«Cierto que el aire está
contaminado
(5)
Una brisa suave pasó meciéndoles los cabellos. Ranma
estaba en silencio, todavía sosteniendo la mano de su esposa, reordenando sus
ideas para empezar a hablar.
—¿Y bien? —indagó Akane curiosa.
—Fue culpa de Nabiki.
—¿Eh?
—Quiero decir... bueno, tú sabes, en la boda anterior
ella invitó a todo Nerima y las cosas salieron muy mal así que supusimos que
ahora también lo iba a hacer.
—¿Lo hizo? —preguntó ella entre dolida y resignada.
—Decidimos tenerla de nuestro lado y por supuesto nos
cobró bastante por sus servicios.
—Por supuesto —convino Akane.
—Envió invitaciones a todo el mundo nuevamente, pero
esta vez eran falsas...
—¿Falsas?
—¡Sí, falsas! Estoy tratando de contar una historia
aquí, ¿puedes dejar de interrumpirme? —pidió Ranma exasperado.
—Muy bien —replicó Akane frunciendo el ceño, retiró su
mano de la de él y se cruzó de brazos—. Puedes continuar.
El artista marcial suspiró y siguió hablando.
—Todavía se estaban pagando las reparaciones del dojo
por todo lo que había pasado en la otra boda, y mamá estaba pagando los
arreglos de su casa así que para pagarle a Nabiki y comprar los anillos solo
teníamos nuestros ahorros. Por eso no hubo celebración, ni luna de miel, ni
nada, solo una comida con la familia —la miró para ver si ella entendía ese
punto—. Bueno, las invitaciones decían que el casamiento sería en algún lugar
en las afueras de Tokyo, no recuerdo bien el nombre. El punto es que ese día,
mientras íbamos al juzgado a firmar los papeles y nos casábamos, toda la panda
de locos iba en la dirección contraria a «impedir» justamente eso... bueno, no
todos, por lo que sé, Ryoga nunca llegó al sitio.
Ranma soltó una risa.
—Pero Ryoga no fue quien arruinó la otra boda —indicó
Akane.
Él no le hizo caso y siguió hablando.
—Así que las cosas fueron de ese modo. Claro que, al
otro día, todos llegaron aquí haciendo escándalo... y muchos de los días que
siguieron también—sacudió la cabeza pensando en que aún continuaban
molestándolos a veces—. Sabíamos que las cosas no serían fáciles, pero, en fin,
ya está hecho.
Akane se mordió la uña del pulgar. «¿Y cómo se habrá
declarado?, ¿cómo me habrá dicho que me amaba? ¿Cómo será que me pidió
matrimonio? ¡Ay! Me gustaría recordar eso. Quisiera saber, pero... Se va a
burlar si le pregunto esas cosas, va a decir Pero si eres la chica menos romántica de este planeta o algo así.
Idiota. ¿Qué puede saber él? Soy una chica, me gustan esa clase de cosas, que él no se dé cuenta es otro tema.» A
medida que continuaba su monólogo interno, el ceño de Akane se iba arrugando
cada vez más.
—¿Qué pasa? —quiso saber Ranma.
—Nada —dijo ella mecánicamente, frunciendo los labios.
—¿Sabes que el que dio más problemas fue Kuno? Pensé
que Shampoo haría de las suyas, con la ayuda de la vieja Cologne... bueno, no
digo que no fue difícil con ellas y sus tontas leyes, pero Kuno... ¡ese idiota!
—¿Qué hay con Kuno? —preguntó Akane intrigada.
—No deja de insistir con que ahora debo liberar a la diosa
del cabello de fuego —respondió intentando imitar el tono del kendoka— para que
él pueda «desposarla y vivir plenamente su amor». No importa cuántas veces le
explico las cosas, el muy imbécil no entiende.
—¿Desposarla?... Vaya, Kuno va en serio con ella, ¿eh?
Akane se llevó una mano a la boca para esconder la
risa.
—¡Oye! No es nada gracioso. No te rías.
Pero Akane ya estaba riendo abiertamente con las manos sosteniendo su estómago. Ranma
no pudo evitar esbozar una sonrisa, era la primera vez que la veía tan alegre
en días... no, en semanas. Era agradable escuchar su risa y sentir que su
energía, su aura intensa, fluía nuevamente hacia él.
Akane se secó algunas lágrimas de risa y trató de
serenarse. Se acomodó sobre el tejado.
—¿Y... qué hay de Ukyo? ¿Cómo lo tomó? —preguntó
después.
—¿U... U-chan? Mmm... ella... bueno, es la que lo
aceptó más rápido. Quiero decir... después de todo éramos amigos, siempre fuimos
solo amigos —rió Ranma rascándose la nuca.
—¿Entonces está bien si vamos a comer a su restaurante?
—preguntó Akane.
—¿A comer?
—Sí... ¿aún tiene el restaurante aquí?
—Eh... sí, pero...
—Ranma pestañeó—. ¿Quieres decir ahora?
—Claro. Tengo hambre y me dan muchas ganas de comer
okonomiyakis —respondió Akane jugando con sus dedos.
—Pero desayunamos hace un rato —acotó Ranma asombrado.
—Hace mucho rato —aclaró ella molesta—. Y habrás
desayunado tú porque lo que es yo apenas pude comer... ¿Sabes qué? Voy sola, no
necesito que me acompañes.
Se levantó y fue hasta una de las orillas del techo.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo vas a bajar? —preguntó Ranma cruzando
las manos tras la cabeza.
Cuando Akane se puso a mirar se dio cuenta que no
estaba por ningún lado la escalera que ella solía usar justamente para ese
propósito. Se fastidió sobremanera porque nada le saliera bien ese día.
—¿Qué significa
esto? —quiso saber.
—Que me necesitas para subir y bajar —dijo simplemente
él, y después se puso a silbar como si nada.
La muchacha de cabello corto se quedó mirando el suelo
desde esa altura y sopesando sus opciones.
—Saltaré —dijo muy segura—. No es tan complicado.
Y lo hizo. Solo que Ranma se movió veloz como el rayo
para atraparla en el aire y llevarla segura a tocar tierra.
—¡¿Eres tonta o qué?! —le espetó.
—¡¿Se puede saber qué haces?!
—Con lo torpe que eres seguramente te rompías la
cabeza al saltar.
—¡Yo sé caer! ¡No soy tan idiota como te gusta pensar!
—avanzó hacia la entrada de la casa.
. .
.
.
Soun y Genma se habían sentado cómodamente a la mesa
de la sala y se dedicaban a trazar planes mientras bebían unas agradables tazas
de té. La pequeña atmósfera de quietud que habían logrado convocar se quebró de
inmediato con los gritos que venían desde la entrada.
—¡No me trates como una descerebrada!
—¡Debes asumir que eres torpe y que con un salto así
te podrías haber matado!
—¡¿Sabes qué?! ¡Había vivido 16 años de mi vida sin
necesitar de ningún Ranma Saotome y puedo seguir haciéndolo perfectamente!
Los dos hombres se asomaron al recibidor, donde Ranma
y Akane estaban discutiendo mientras se ponían los zapatos.
—No sé para qué me molesto contigo, desagradecida
—espetó Ranma.
—¿Qué es lo que tengo que agradecer? —preguntó Akane
frunciendo el ceño—. Te aviso que quiero esa escalera en el mismo lugar hoy
mismo. ¡Hoy mismo! —repitió.
—¿Piensas que yo la escondí o qué? ¡¿Por qué perdería
el tiempo así?!
—¡Ejem! —Soun se aclaró la garganta nervioso, lo que
provocó que los dos jóvenes lo observaran al mismo tiempo. El buen hombre iba a
hablar pero su hija mayor se le adelantó.
—¿Van a salir? —preguntó sonriente Kasumi, haciendo
saltar a Genma que no la había escuchado acercarse.
—Sí, no vendremos a almorzar —indicó Ranma.
—Bien. Que se diviertan —continuó la muchacha de
cabello largo.
Soun Tendo movió los labios balbuceando algo pero
nadie le prestó atención.
—Buenos días, tío Genma —saludó Akane después.
—Ho-hola —respondió el hombre de pañuelo en la cabeza.
—Vámonos ya —dijo Ranma.
Ambos jóvenes salieron con tranquilidad, dejando a los
dos hombres del recibidor anonadados.
—Me pregunto si no será mejor una consulta con un
psiquiatra —comentó Genma.
—Estamos perdidos, completamente perdidos —lloriqueó
el dueño de casa.
. .
.
.
Iban caminando lentamente uno cerca del otro, tan
cerca que de vez en cuando Akane sentía la manga de Ranma rozar su brazo por el
movimiento. Ella se aclaró la garganta.
—¿Ranma? Dime una cosa —le pidió.
—¿Qué?
—¿Qué tal funciona el dojo?... Porque está abierto...
¿verdad?
Ranma puso las manos en los bolsillos.
—Todo va bien, es bastante próspero... tenemos varios
alumnos, niños y jóvenes —explicó—. Tú te encargas de los niños.
—¿En serio?
—Se te da mejor —acotó.
—Claro, es que tú no tienes sensibilidad para esas
cosas —replicó ella sonriente.
—No quise decir eso —gruñó Ranma por lo bajo.
—¿Y hay mucha gente?, ¿cómo son las cosas?, ¿qué tal
somos como maestros?, ¿lo hacemos bien? Es decir... es que prácticamente no
recuerdo la época en que el dojo estaba abierto y tenía muchos alumnos —dijo
ella feliz—. Supongo que nuestros padres estarán muy contentos con eso.
—Lloraron como nunca —comentó el muchacho.
—Bueno, respóndeme, dime, por favor —casi daba
saltitos de emoción y a Ranma le hizo gracia.
—Todo está bien —respondió sonriendo—. Nunca nos
haremos ricos con el dojo pero nos va bien... lo hacemos bastante bien. Además,
siempre hay algún monstruo que atrapar, un ladrón que detener o algún objeto
maldito que da problemas y nos llaman para solucionarlo. Creo que no tenemos
tiempo de aburrirnos.
—Nunca, desde que tú llegaste —dijo Akane pensativa—.
Dime algo más.
Lo miró con los ojos brillantes.
—¿Qué pasa? —preguntó el chico sorprendido.
—Mi comida ha mejorado, ¿verdad? Sé que en estos años
tiene que haber mejorado.
Ranma observó su rostro radiante de alegría y luego
empezó a buscar frenéticamente con la mirada una vía de escape.
—Mmm... esto...
—Habla, Ranma —le exigió impaciente.
—Digamos que... ha mejor... ha mejorado... —estaba
sudando frío— algo...
—¿Sólo algo?
—Ehh.... ¡Mira! —exclamó aliviado señalando hacia
adelante—. Estamos llegando.
Y efectivamente, el local de okonomiyakis estaba unos
metros más adelante que ellos. Akane observó las cortinas nuevas de la entrada
y se empezó a poner un poco nerviosa mientras avanzaban, tal vez después de
todo las relaciones con Ukyo no eran tan buenas y ella se había apresurado solo
porque tenía hambre. Se estaba pareciendo a Ranma en eso y no le gustó nada.
Cuando entraron, Ukyo estaba tras la barra gritándole
un par de cosas a Ryoga, que tenía puesto un delantal y limpiaba una mesa.
—Ahora no pongas excusas ¡era la puerta de mi
habitación! —exclamó Ukyo—. El baño queda hasta el otro lado de la casa,
¿piensas que voy a creer que te equivocaste de
nuevo?
—¡Es tu culpa por tener tantas malditas puertas y
pasillos en este lugar! —replicó el chico de cabello castaño.
—¡Por favor! Nunca había escuchado una tontería más
grande en toda mi vida.
—B... Buenos días —saludó Akane, sintiéndose incómoda.
Ukyo los vio en la entrada y sonrió feliz.
—¡Ran-chan! ¡Akane! Que gusto verlos. Pasen, pasen
—agregó haciéndoles señas de que se acercaran.
—Hola —dijo Akane, un poco sorprendida por el recibimiento
tan caluroso.
Ukyo le indicó amablemente una de las sillas para que
se sentara, después miró a Ranma sonriendo. Él solo levantó una mano a modo de
saludo y miró a otro lado.
—Buenos días, Akane —Ryoga se inclinó, luego gruñó:—
Ranma.
—Hola, cerdito —se burló el chico de trenza.
El puño que Ryoga estaba levantando lo dejó caer
cuando escuchó hablar a Akane.
—Ryoga... —dijo ella sorprendida— ¿así que tú vives
aquí?
—¡No, no!
—¡Para nada! ¿Cómo crees? —intervino Ukyo sonrojada.
—Lo lamento —se disculpó la chica de cabello corto—,
es que como lo vi...
—No, no es nada de eso —habló Ryoga rápidamente—. Solo
le estoy haciendo un pequeño favor a Ukyo —agregó riendo y rascándose la parte
de atrás de la cabeza.
—¿Quién le hace el favor a quién? —preguntó la
cocinera—. Si no fuera por mí continuarías perdido vagando a unas calles de
aquí creyéndote en Kobe. Lo dejo quedarse unos días a cambio de que me ayude en
el local —les explicó después a los recién llegados—. Konatsu no se ha sentido
muy bien últimamente y hay muchos clientes.
—Es como decía, te estoy haciendo un favor —aclaró
Ryoga.
—Como sea —Ukyo miró a Akane y sonrió—. ¿Qué van a
pedir?
—Uno mixto.
—Para mí también, U-chan.
—¡Saliendo ahora mismo! —anunció Ukyo y se puso a
trabajar rápidamente sobre la plancha—. Me alegra que vinieran, hacía mucho que
no los veía, ya no vienes a visitarme, Akane. Tú tampoco vienes, Ran-chan
—agregó después mirándolo atentamente, hasta que él apartó la vista incómodo.
—Hemos estado algo ocupados —comentó Ranma.
—Bueno, así es la vida —suspiró Ukyo.
Akane observó su destreza al cocinar, sus ojos
concentrados en lo que hacía, su largo y abundante cabello castaño recogido en
una alta cola. Daba la impresión de verse muy feliz, rebosante de vitalidad.
Akane se alegró de que las cosas estuvieran yendo bien entre ellas, tomando en
cuenta que en el pasado habían sido rivales.
—Ukyo... te ves bien —comentó.
—Gracias —sonrió la cocinera—. Tú también —agregó
después sin apartar la vista de la plancha para evitar que la comida se quemara.
Cuando vio a las dos mujeres conversando animadamente,
Ranma se acercó despacio a Ryoga.
—Y dime, chico-cerdo —empezó a decir con sorna—, ¿qué
es lo que haces aquí?
—¿No escuchaste a Ukyo? —replicó el otro, acercándose
con cara de pocos amigos—. La estoy ayudando.
—Sí, me imagino cómo la estás ayudando.
—¿Qué te pasa, nenita? ¿Estás celoso? —se burló Ryoga.
—¿Yo? Para nada. Solo me preocupo por mi amiga porque
conozco tus mañas, siempre te ha gustado engañar a chicas bonitas.
—Escúchame, bastardo —gruñó Ryoga tomándolo por la
camisa—, yo tampoco me olvido de todas tus burlas. Y sobre todo de lo que
hiciste con la cura. Esas cosas no se le hacen a un amigo.
—¿Y desde cuándo somos amigos tú y yo? —replicó Ranma
agarrándolo también por la ropa—. Eres un imbécil, ¿no entiendes que ni
siquiera conseguí la cura para mí? ¿Cómo piensas que te iba a dar un poco?
Estaban casi nariz con nariz, sacándose chispas.
—¡No voy a permitir que me tomes por tonto, Ranma!
¡Prepárate para... !
Pero fue interrumpido cuando una serie de pequeñas
espátulas volaron sobre sus cabezas y fueron a clavarse a la pared.
—¡Ustedes dos! —casi ladró Ukyo—. Si piensan pelear
más les vale hacerlo fuera de mi local. ¿Entendieron?
Los dos muchachos se apartaron varios centímetros y
miraron en direcciones opuestas.
—Ustedes no cambian, ¿cierto? —comentó Akane.
—Lo lamento tanto, Akane, no era mi intención arruinar
tu almuerzo —se disculpó Ryoga avanzando unos pasos hacia ella—. Todo ha sido
culpa del grosero de Ranma.
Justo en ese momento el grosero de Ranma también se
adelantó y le dio «sin querer» un codazo en pleno estómago al pasar a su lado.
Luego se sentó junto a su esposa.
—Ranma —dijo Akane por lo bajo en tono de advertencia.
—¿Qué pasa? —preguntó él haciéndose el inocente.
—Su comida está lista —anunció Ukyo poniendo un plato
frente a cada uno—. Que disfruten.
—Muchas gracias.
—Come o se te va a enfriar, Ran-chan —aconsejó la
cocinera con una dulce sonrisa.
—Ajá —replicó Ranma tomando los palillos, removiéndose
incómodo en el asiento.
. .
.
.
—Eso fue un poco extraño —dijo Akane mientras volvían
caminando despacio a casa.
—Eso creo —comentó Ranma sin ganas de decir nada más.
—Además... Ukyo decía que hacía mucho no nos reuníamos
para charlar «cosas de chicas» y... es tan raro pensar que no tengo ni idea de
lo que hablábamos. No recuerdo que hayamos hablado en absoluto —Akane suspiró.
Ranma se acercó un poco más a ella, por un momento la
muchacha pensó que la tomaría de la mano, pero no lo hizo.
—Vas a estar bien —dijo suavemente—. Vas a mejorar.
—Sí, lo sé —asintió confiada—. Creo que tal vez el
doctor Tofu pueda ayudarme.
—Ah, pero... el doctor Tofu ya no vive aquí —informó
Ranma.
—¿Cómo? ¿Y dónde está?
—Se fue a China hace tiempo... a aprender nuevas
técnicas de acupuntura y esa clase de cosas. Viene a veces de visita, pero hace
mucho que no lo hemos visto.
—Pero... —Akane se masajeó la frente—. ¿Cómo que...?
¿Cómo que el doctor Tofu se fue? —preguntó contrariada.
—Se fue y ya —dijo Ranma en tono cortante. ¿Por qué
tanto escándalo porque Tofu se había ido?
—¿Y Kasumi?
—¿Kasumi? Kasumi está en la casa, la viste esta mañana
—la miró preocupado—. ¿Ahora empiezas a olvidar las cosas recientes?
—No, bobo. Quiero decir qué pasó con Kasumi —espetó
Akane—. Al doctor Tofu le gustaba Kasumi —aclaró.
—Mmm... ¿y a Kasumi le gustaba Tofu? —preguntó Ranma
con excelente puntería para dar en el clavo.
Akane se quedó callada pensando en eso, pero no pudo
encontrar ninguna respuesta certera.
—Ranma, que buena pregunta —se admiró.
—¿Eh? —dijo él distraído.
—Hay otra cosa que quiero saber —dijo después la
muchacha cuando ya casi llegaban al dojo—. ¿Tus padres viven aquí? No los vi en
el desayuno, pero luego el tío Genma estaba ahí y pensé que tal vez...
—No —Ranma negó con la cabeza—. Cuando terminaron de
reparar la casa de mamá se mudaron para allá. Aunque pasan tanto tiempo en casa
que es casi como si vivieran aquí. No vienen a desayunar, pero casi siempre se
quedan a cenar.
Ranma abrió la puerta y cuando entraron se encontraron
a Nodoka, que iba hacia la escalera.
—Hola —saludó alegre la mujer.
—Mamá, ¿se quedan a cenar hoy?
—Por supuesto, hijo.
—Nos vemos más tarde —comentó Ranma dirigiéndose a la
cocina y haciéndole un gesto a Akane por detrás de su madre.
—Hola, tía —saludó ella tratando de no prestar atención
al muchacho de trenza.
—Querida, ¿te encuentras bien? Ayer me quedé muy
preocupada.
—Estoy muy bien —dijo Akane con ánimo.
—Que bien —Nodoka se acercó a ella y le puso una mano
en el hombro, la observó atentamente con una sonrisa—. Me alegro mucho. Seguramente
solo estabas cansada, y es mi culpa por llevarte toda la tarde de compras... en
fin. Me alegro mucho de que estés bien —terminó soltando una risita y
alejándose.
—Procura descansar —agregó mientras se iba.
—Ehh... Sí.
Akane se quedó de pie en el recibidor.
—¿Será que en esta casa no hay nadie cuerdo? —se
preguntó después.
Al subir y abrir la puerta de su «nueva habitación» se
quedó espantada viendo el desorden y suspiró con cansancio. Ranma llegó un
momento después tras ella y chasqueó los dedos.
—¡Lo había olvidado! —comentó mientras entraba.
—Yo también —replicó ella desganada.
—No importa —dijo Ranma, la tomó de la muñeca y la
atrajo un poco hacia él mientras se inclinaba y le daba un leve beso en los
labios. Fue apenas un roce, tan ligero que cuando Akane lo sintió él ya se
estaba alejando—. Vamos a ordenar, yo te ayudo.
Ella se quedó quieta, sorprendida, más que por el beso
por la actitud tan despreocupada de él. Después pestañeó al comprender las
palabras.
—Dirás que yo te voy a ayudar a ti —comentó—. ¿Quién
fue el que dejó el cuarto así?
. .
.
.
La cena fue bastante normal. Genma y Ranma peleaban
por la comida ya que (según palabras del hombre mayor) el entrenamiento duraba
toda la vida y era el deber de un padre sacrificarse por un hijo. Nodoka y
Kasumi hablaban sobre cosas del hogar y el almuerzo del día siguiente.
Akane se incomodó un poco sintiendo de vez en cuando
la mirada de Nabiki sobre ella. La mediana de las hermanas comía lentamente,
sacando conclusiones e imaginando diferentes tipos de situaciones, finalmente
se encogió de hombros y decidió olvidar lo que fuera que estuviera pensando.
En conclusión, no pasó nada del otro mundo y Akane no
tuvo preocupaciones... hasta la hora de irse a dormir. Cuando entró al cuarto
cayó en la cuenta de algo: tendría que dormir en la misma cama con Ranma. Con
total conciencia de sus actos.
Pero no estaba dispuesta a eso. Fue al baño a ponerse
el pijama mientras se le ocurría alguna forma de evadir el problema. ¿Qué
querría Ranma? ¿Qué esperaba de ella? ¿Qué era lo que se suponía tenía que
hacer? Tenía miedo, esa era la verdad, tenía miedo de lo que pudiera pasar.
—Por supuesto no dormiremos los dos ahí —comentó muy
confiada cuando volvía a la habitación.
Ranma estaba nuevamente solo con los bóxers y una
camiseta, apartando las mantas de la cama y preparándose para dormir.
—¿Qué? —preguntó sin comprender.
—No vamos a... No voy a dormir ahí —señaló ella.
—Eso es ridículo —replicó simplemente él.
—Será lo que sea, pero nosotros no vamos a compartir
la cama —casi le temblaban las manos.
—Entonces ya me dirás qué harás —dijo el muchacho
acostándose—, porque yo me quedo aquí.
Akane se quedó un momento quieta.
—Pues
bien, entonces iré a dormir a mi habitación… o mi antigua habitación… ¡como
sea! —levantó los brazos frustrada.
—De
acuerdo, que te vaya bien por allá —Ranma cruzó los brazos bajo la cabeza y se
acomodó en la cama.
Su
esposa frunció los labios molesta porque él no se dignara a detenerla. Le dio
una mirada de hielo y se giró hacia la salida del cuarto, caminando dignamente,
con la cabeza alta. Salió al corredor y alcanzó a ver la cabeza de su padre
ocultándose en el recodo del pasillo y… ¿acaso Kasumi lo acompañaba? Eso la
puso de peor humor, pero se acercó despacio a la puerta de su antiguo cuarto y la
abrió. Encendió la luz.
El
lugar estaba irreconocible. Lo único que quedaba de lo que fue su antigua habitación
era la cama, pero sin colchón ni cobijas de ningún tipo. El escritorio había
desaparecido y la silla que lo acompañaba también, ahora el lugar era ocupado por
varias cajas. Había algunos adornos viejos y muebles en desuso, en un rincón
había varios futones doblados y apilados.
Parecía
que el cuarto se había convertido en un desván, apenas si se podía caminar ahí
por la cantidad de trastos que había. Akane se indignó.
Ranma
silbaba tranquilamente mirando el techo cuando Akane volvió a entrar en la
alcoba.
—No
puedo dormir allí —sentenció con voz de ultratumba.
—Ah,
¿de verdad? —replicó él inocentemente—. Parece que tendrás que quedarte aquí.
La
muchacha desplegó una sonrisa brillante.
—Mira
lo que encontré —le dijo. Y sacó de atrás de la espalda, por supuesto, un
futón.
«¡Maldición!»
—Voy
a dormir aquí —siguió, muy contenta, desdoblando y acomodando la improvisada
cama en el suelo.
Ranma
se levantó.
—Deja
eso, Akane.
—No
me molestes, tengo sueño.
Se
acostó de costado en el futón y cerró los ojos haciéndose la dormida, pero no
se echó las cobijas por encima.
—Ya
deja ese juego —advirtió Ranma con seriedad.
Ella
ni se molestó en responderle.
—Esto
es una idiotez —siguió él, y como ella no le hacía el más mínimo caso decidió
jugar sus mejores cartas—. No tienes nada que temer. Como si yo fuera a tocar a
una marimacho, pechos planos que encima es fea y gorda.
«¿Pechos
planos? ¡Sí, cómo no!», pensó Akane con los ojos todavía cerrados. Se acordó de
todas las veces en el día en que él la había tocado, como involuntariamente
pero siempre de una forma posesiva; volvió a recordar cuando despertó esa
mañana y él estaba sobre ella.
—¿Si
soy todo eso entonces por qué insistes tanto en que duerma contigo? —preguntó
abriendo un solo ojo para mirarlo.
Punto
para Akane.
—¡Hm!
—resopló él, pero no dijo nada. Un momento después agregó:— Ve a la cama, yo
dormiré aquí.
—¿Y
eso por qué?
—Tengo
que comportarme como un caballero y dejarte dormir en la cama... aunque tú no
seas ninguna dama delicada —recalcó con burla.
Akane
se levantó y le sacó la lengua.
—Pues
que el piso sea de su agrado, señor caballero.
—¡Estará
perfecto! —comentó Ranma acostándose con mucha parsimonia.
Akane
apagó la luz antes de meterse a la cama resoplando. Se cubrió hasta la cabeza
con las mantas, pero le daba demasiado calor así que un rato después se volvió
a destapar. Se quedó con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando el piso
crujir cada vez que Ranma se daba vuelta a un lado y otro en el futón. Se
sintió un poco mal porque él pagara por sus propios miedos, que después de todo
eran ridículos, no es que él fuera a hacerle algo sin su consentimiento o que
se fuera a aprovechar... ¿verdad?
—¿Akane?
—la llamó desde el suelo con voz débil.
—¿Qué
quieres?
—El
piso está muy incómodo —informó.
—Antes
dormías siempre así —dijo ella.
—Tal
vez me acostumbré al colchón —replicó exasperado.
Se
quedaron en silencio un largo rato, ninguno de los dos se movía, pero Akane
estaba segura que él no se había dormido. Se puso de espaldas y suspiró.
—Esto
es injusto, ¿verdad? —le preguntó suavemente.
—Si
me lo preguntan a mí, sí, es muy
injusto —respondió él.
—Lo
lamento.
Se
quedaron de nuevo en silencio.
—Bueno,
¿vas a invitarme a la cama de una vez o no? —preguntó Ranma.
Akane
puso los ojos en blanco y resopló.
—De
acuerdo, ven a dormir aquí —dijo derrotada.
En
menos de cinco segundos sintió que el colchón se hundía con su peso y que él se
acostaba a su lado. Akane respiró lentamente y se serenó para tratar de dormir,
pero él estaba intranquilo, estaba a punto de preguntarle qué rayos le pasaba
cuando Ranma se movió de pronto y se puso encima de ella. Tenía las manos a
cada lado de sus hombros para sostener su peso y Akane sintió que el final de
su trenza le hacía cosquillas en el cuello, en la penumbra no podía ver nada,
solo apenas el brillo de sus ojos.
—¿Qué...
ocurre? —preguntó ella, temiendo y deseando algo al mismo tiempo, desorientada.
—¿Recuerdas
lo que te dije? Ese es mi lado de la cama.
—¿Cómo?
Entonces
sintió que él la tomaba por la cintura y la empujaba suavemente hacia el lado
derecho de la cama y él se acostaba en el izquierdo suspirando. Akane se vio de
pronto tremendamente desubicada alejada del calor que le daba su cuerpo sobre
ella, se quedó pestañeando hasta que, molesta, se puso de costado y se tapó,
cerrando los ojos con fuerza, decidida a dormirse a como diera lugar.
Ranma
se sintió tranquilo por fin. Desde esa posición podía recibir e interceptar los
ataques que vinieran desde la ventana y tenía suficiente tiempo para prepararse
para los que vinieran desde la puerta del cuarto. Las primeras semanas de
matrimonio le habían enseñado mucho y era mejor estar prevenido.
Se
inclinó hacia su esposa y le dio un beso en la mejilla.
—Buenas
noches.
Se
recostó y cerró los ojos.
Akane
se sonrojó. Creyó que pasaría en vela sin poder dormirse, pero a los diez
minutos ya había perdido la conciencia, segura y en paz.
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