Cada corazón merece una oportunidad
El
día comenzó como siempre y todos bajaron a desayunar. Soun Tendo estaba pálido
como un muerto y fumaba mirando desesperanzado a su hija y su futuro yerno
mientras comían sin decir una palabra. Un poco más atrás, el panda jugaba con
una pelota de colores.
Kasumi
le reprochó dulcemente a su padre por fumar en la mesa del desayuno, luego le
sonrió a Nabiki y le aconsejó que dejara a un lado los yenes y la calculadora
porque la comida se enfriaba. Nodoka soltó un suspiro de resignación.
Nadie
mencionó la boda. Nadie comentó nada sobre que hoy podría haber sido el primer
día de Ranma y Akane como esposos. Nabiki estaba muy ocupada como para hacer un
comentario ácido sobre todo lo que se gritó la pareja la noche anterior antes
de irse cada cual a su habitación.
Happosai
entró de repente al cuarto y se lanzó al regazo de Akane con los brazos
abiertos.
—¡Akane,
preciosa! Puedes abrazarme y darme los buenos días.
Nunca
llegó a destino porque se encontró de frente con el puño de Ranma y cayó al
suelo inconsciente.
—Viejo
libidinoso —masculló el muchacho.
—Parece
que hoy será un lindo día —comentó Kasumi mientras servía más arroz.
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Akane
subió a su habitación y puso manos a la obra. Cuando el día anterior se cambió
de ropa había tirado el vestido de novia de cualquier manera en el piso y ahora
era un revoltijo de seda y encaje blanco. Se lo quedó mirando mientras una
mueca irónica le aparecía en el rostro y después cerró los ojos, respiró
profundo y lo levantó.
Hizo
una bola y lo metió en el bolso más grande que tenía, después se colgó el bolso
del hombro y salió dando grandes pasos hacia la puerta de la casa.
—Akane,
querida —la llamó Nodoka cuando la vio poniéndose los zapatos para irse—, tengo
que hablar contigo.
—Lo
siento, tía, voy de salida —respondió la muchacha—. Hablamos cuando regrese.
Y
desapareció.
Nodoka
alcanzó a ver el trozo de encaje que sobresalía del bolso de Akane y se llevó
una mano a la frente. «¿Qué será lo que hará?», se preguntó, era justamente eso
lo que quería evitar, el vestido le había costado una fortuna. Tendría que
hablar con su hijo seriamente sobre el tema.
Ranma
vio de reojo cómo Akane desaparecía hacia la calle y por un momento pensó en
seguirla porque la tonta podría meterse en problemas como siempre, además, la
batalla en el dojo era muy reciente aún. ¿Y si aparecía Shampoo? ¿O Kodachi? ¿Y
si se encontraba con Kuno? Luego lo asaltó el rencor, Akane le había ocultado
lo del Nanniichuan… No se lo perdonaba. Decidió irse a entrenar y pasó el resto
del día intranquilo.
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Ya
era casi la hora de la cena cuando se escuchó llegar a Akane.
—¡Estoy
en casa! —exclamó alegre, tiró los zapatos en la entrada y subió las escaleras
como si estuviera en una maratón.
Ranma
(que obviamente no esperaba impaciente su regreso y se dejó caer por allí solo casualmente
en cuanto escuchó su voz) estuvo ahí un segundo después de que ella tocara el
recibidor y solo distinguió una sombra que doblaba el recodo del segundo piso.
Kasumi salió de la cocina secándose las manos en el delantal.
—Bienvenida,
hermani… ¡Oh! Creí escuchar a Akane —sonrió cuando vio a Ranma parado a un lado
de la puerta.
—Sí…
eeeh… ella llegó hace un momento —replicó el muchacho, todavía asombrado de la
velocidad que podía llegar a tener Akane si se lo proponía.
—Muy
bien. Por favor, Ranma, avísale que baje a cenar. Yo pondré la mesa —y sin
esperar respuesta, Kasumi volvió a la cocina.
—Claro,
Kasumi.
Pestañeó
un par de veces y subió la escalera.
En
su habitación, Akane respiraba agitada apoyada en la puerta, sosteniendo la
percha en la mano derecha. Había sido una buena carrera, en todo el día no
había visto ni a Ukyo ni a Sampoo, y ¡gracias a Kami! tampoco a Kodachi, pero
seguramente al volver el destino iba a querer que se las cruzara así que
decidió correr. Y corrió mucho más rápido al llegar a casa porque supuso cuáles
serían los comentarios si alguien la veía, y si la llegaba a ver Ranma sería peor
porque la situación se volvería muy embarazosa.
Apretó
contra su pecho la funda que colgaba de la percha y se sobresaltó al escuchar
un golpe seco en la puerta.
—Oye,
Akane.
Era
Ranma. Miró desesperada a todas partes y se aclaró la garganta.
—¿Sí?,
¿qué pasa? —preguntó sin abrir la puerta.
—¿Te
encuentras bien?
De
pronto los dos se dieron cuenta al mismo tiempo de que esas eran las primeras
palabras que se dirigían en el día, luego de los gritos de la noche anterior y
las recriminaciones cuando el señor Tendo les comunicó que la boda se aplazaba.
Ranma había tenido una charla con su madre (o más bien había observado
atentamente la katana que portaba Nodoka mientras ella hablaba), y lo único que
podía recordar con claridad era el consejo de llevarse mejor con Akane.
Lo
problemas entre ellos no eran su culpa, no, señor, no lo eran; pero aún así decidió
esforzarse, hasta que Akane lo echara a perder, como solía hacer.
Akane
se dio cuenta de que si seguía así levantaría sospechas, por lo que tiró la
funda con el vestido bajo la cama y abrió la puerta sonriendo.
—Sí,
estoy bien. Gracias —dijo, un poco nerviosa.
Ranma
se puso igual de nervioso al verla, pero quedó aliviado, no parecía tener
ningún rasguño, la ropa estaba intacta y… sonreía. Ella estaba sonriéndole.
—Mmm…
Ka…Kasumi dice que la cena… está lista —tartamudeó todavía mirándola embobado.
—Gracias…
Ranma. En seguida bajo —replicó Akane, y cerró la puerta lo más rápido y menos
maleducadamente posible.
Ranma
volvió a pestañear varias veces frente a la puerta cerrada sin saber si
sentirse ofendido o no, luego se dio la vuelta y bajó las escaleras.
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Akane
se arrodilló y sacó despacio la funda de abajo de la cama. La levantó y la
sacudió un poco por si se había ensuciado y cuando vio que estaba en perfecto
estado se fue con ella hasta el armario.
Estaba
a punto de guardarla cuando dudó y abrió un poco el cierre para observar el
vestido de novia. Estaba impecable ahora que lo había llevado a la tintorería,
ayer no se había fijado, pero supuso que además de sucio estaría roto y descosido
en varias partes después de la disputa en el dojo, pero se dio cuenta que no.
Lo que estaba más maltratado era el velo, seguramente de cuando trató de
librarse de Happosai, pero por lo demás había salido bastante bien librado;
claro que eso mismo no se podía decir de la ropa de Ranma, pensó después.
Había
decidido atesorar ese vestido por el resto de su vida. No entendía ni ella
misma por qué lo hacía, así que darle explicaciones a otro sería mucho más
difícil. ¿Cómo podía describir la emoción que sintió cuando Ranma se quedó sin
palabras viéndola vestida de novia? ¿Cómo explicar que ella sabía, de alguna
manera misteriosa, que esa boda se iba a repetir y esta vez saldría bien? Lo
más probable es que en esa ocasión no usara el mismo vestido, pero igualmente
quiso guardarlo, como una especie de talismán de buena suerte. Esa prenda le
recordaba un momento hermoso, a pesar de todo, y se ilusionaba pensando que en
algún momento iba a poder vivirlo de verdad.
—Ranma, tú me amas, ¿no es así?… podría jurar que te
oí… ya sabes, decir que me amabas.
—¡ Estoy seguro de que no lo dije en voz alta!
«No
lo dijiste en voz alta, ¿eh?», Akane sonrió para sí misma. Guardó el vestido prolijamente
en la parte de atrás, oculto por el resto de la ropa, cerró el armario y bajó a
cenar.
Ya
todos estaban sentados a la mesa y en cuanto ella ocupó su puesto junto a Ranma
todos empezaron a comer y charlar. Parecían más animados que en la mañana.
—Akane,
encontré a tu cerdito en el patio —le comentó Kasumi entregándole a su mascota.
—¡P-chan!
—exclamó la muchacha sorprendida.
El
pobre Ryoga captó la mirada de reojo de Ranma atravesándolo y bajó la cabeza
avergonzado. Había salido buscando nuevamente la casa de Akari pero la mala
suerte hizo que terminara transformado en cerdo y en el dojo Tendo, más
precisamente entre los brazos de Akane. Lanzó un suspiró de resignación y se
acomodó mejor en la suavidad de su lecho.
Akane
levantó la cabeza para mirar a su prometido. El chico se concentró de nuevo en
su comida. Akane siguió mirándolo tranquilamente. Ranma se puso nervioso. Ella
sonrió, dejó a P-chan en su regazo y se dispuso a comer. Ranma la miró durante
exactamente un segundo con lo que Ryoga calificó de «una mirada llena de amor»,
y luego volvió a lo suyo.
P-chan
soltó algunas lágrimas, inconsolable. Ranma aprovechó para camuflar su sutil
acercamiento a Akane tratando de alcanzar un tazón.
P-chan
lloró con un poco más de ganas. «Oh, Akari, si tan solo el destino no se
empeñara en separarnos ahora mismo podría estar entregándote todos los regalos
que te compré», pensó restregándose en el cómodo regazo de Akane.
—¡Oh,
P-chan! Pareces muy afligido —comentó Akane mirándolo.
El
cerdito asintió levemente.
—Es
solo un cerdo aprovechado —acotó Ranma y se acercó un poco más a Akane mientras
seguía comiendo—. Ese maldito de Ryoga me las pagará —continuó.
—¿Qué
tiene que ver Ryoga en esto? Ya déjalo en paz, Ranma —replicó Akane fastidiada.
No dijo nada sobre el acercamiento de su prometido y tampoco hizo ningún
movimiento para apartarse.
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