«En resumidas cuentas
¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?
(3)
Abrió los ojos y pestañeó para aclarar la visión, se quedó mirando el techo extraño que no era el de su habitación y después quiso acomodar el cuerpo, pero cuando no pudo miró hacia abajo. Vio el cabello negro y revuelto de Ranma, que tenía la cabeza apoyada casi encima de sus pechos y un brazo alrededor de su cintura y dormía con total tranquilidad olvidado del mundo.
En la cabeza de Akane no hubo ningún pensamiento mediador, el cerebro dio la orden al músculo y el brazo de la muchacha se elevó en el aire para mandar de un puñetazo al ingenuo durmiente hasta el otro lado del cuarto al mismo tiempo que gritaba con todas sus fuerzas:
—¡¡Aprovechado!!
Ranma rompió el revoque de la pared y cayó al suelo desorientado, sacudiendo la cabeza y tratando de abrir los ojos. Sentía el cuerpo pesado y dolorido y no comprendía nada de lo que ocurría.
Se escuchó de pronto un suave golpe en la puerta.
—¿Están bien? —quiso saber Kasumi desde el otro lado con gentileza.
Ranma miró finalmente a su esposa, sentada en la cama, respirando agitada con una mano en el pecho.
—Sí… —respondió—. Creo que Akane tuvo una pesadilla.
—Bien. El desayuno estará listo en un momento —anunció Kasumi y se alejó rumbo al piso de abajo.
—Muchas gracias —el muchacho suspiró y se puso en pie, sacudiéndose el polvo de los escombros.
—Buenos días para ti también —dijo con sarcasmo mirando a Akane.
Ella miró de nuevo alrededor y no pudo más que convencerse de que lo del día anterior no había sido un sueño, ni una pesadilla, o que por lo menos si lo era no había terminado aún.
—Todo es culpa tuya —acusó a Ranma apuntándolo con un dedo.
—¿Mía? —dijo él distraído mientras estiraba los brazos y movía la cintura.
—Estabas… estabas… —no pudo evitar sonrojarse mientras lo recordaba—. ¿Por qué estabas encima de mí? ¿Y qué hacías durmiendo aquí de todas maneras?
—¡Es mi habitación! ¿Dónde más iba a…? —se detuvo mirándola atentamente—. ¡Oh no! No recordaste nada, ¿cierto?
Akane tragó saliva y se quedó callada.
—De verdad pensé que con un poco de descanso ibas a mejorar —siguió diciendo Ranma viendo que ella no hablaba. Se deshizo la trenza, acomodó un poco el cabello y lo volvió a trenzar en un abrir y cerrar de ojos—. Pensé que te habías golpeado la cabeza y sería algo momentáneo, pero…
—¡Yo no me golpeé la cabeza! —Akane encontró su voz—. Eso lo recuerdo perfectamente. Además, ¿por qué te quedaste a dormir aquí?
—¿Cuántas veces lo voy a tener que repetir? Esta. Es. Mi. Habitación. ¡Estamos casados!
—Pero yo no lo recuerdo —se empecinó la muchacha.
Ranma la miró un momento y después hizo una mueca.
—¿Ah, sí? Pues tú tomaste mi lado de la cama y yo no me estoy quejando —dijo.
Akane miró incrédula el lugar en donde permanecía sentada y repentinamente se sintió cansada y se le fueron las ganas de pelear. De acuerdo, aceptaría esto el tiempo que durara, hasta que despertara en su habitación y descubriera que era uno de esos sueños raros producto de una cena demasiado pesada. O, finalmente, resultaría que estaba más loca que Kodachi y la internarían en un manicomio. Ya podía imaginarse a su padre llorando a moco tendido por eso.
Suspiró.
—Debí quedarme dormida ayer —dijo—. Dijiste que volverías en un momento y tardaste más de una hora, ¿qué pasó?
Ranma sonrió con cansancio.
—Ya sabes, tuve que soportar el interrogatorio de siempre y luego los comentarios de Nabiki sobre por qué estaba convertido en chica… bah, rutina. Además, tenía que darme un baño —se encogió de hombros.
Se quedaron mirando un momento, hasta que Akane dijo tímidamente:
—No quiero que lo sepan.
—¿Eh?
—No quiero que nadie sepa nada de mi… —dudó un momento sin saber cómo llamarlo— «confusión».
—De que tienes amnesia —la ayudó Ranma sin tapujos.
«Que es amnesia aún está por verse», pensó la muchacha entrecerrando los ojos.
—Como quieras llamarle —concedió—. No quiero que lo sepan y estén encima de mí y que papá llore y Nabiki aproveche para intentar venderme los datos sobre mi vida, o que…
—De todas maneras tu padre va a encontrar algo por lo que llorar y Nabiki algo por lo que ganar dinero contigo. Lo sabes, ¿no?
Ranma se dio la vuelta y buscó algo en los cajones empotrados en la pared, sacó un pantalón y una camisa de estilo chino, de color azul oscuro, que se empezó a poner despacio sobre la camiseta, aunque no se la abrochó.
—Bueno… no importa… No quiero que ellos sepan nada. Yo… —Akane no podía dejar de mirarlo. Él se había quedado ahí de pie, con los brazos en jarras, pensativo, mirando hacia arriba, y ella solo observó cómo se le marcaban los músculos del abdomen bajo la camiseta, la fuerza que mostraban sus piernas y cómo solamente tenía puestos los bóxers.
«¡Basta, Akane! Esto es el colmo», se reprendió mentalmente.
—Así que tendremos un secreto nosotros dos —comentó Ranma despacio, sonriendo con malicia—. Bien, me parece bien.
—Sí… yo… —Akane miró hacia otro lado— yo voy a buscar respuestas, voy a encontrar el modo de… resolver todo esto… sea lo que sea.
Ranma la observaba mientras hablaba, hasta que el grito de la muchacha lo hizo saltar.
—¡¿Quieres ponerte la ropa de una vez?! —exclamó agobiada.
—Ya, ya, ¿qué te pasa?
—¡Solo hazlo!
—Tú y tu maldito humor matutino —masculló el muchacho recogiendo el pantalón y colocándoselo. Luego comentó, mientras se amarraba la camisa—. Deberías ser un poco más amable, soy el único que sabe tu secreto y vas a necesitarme —terminó sacándole la lengua.
Akane supo que eso era cierto y estaba abriendo la boca para tratar de disculparse, pero igualmente Ranma la interrumpió.
—Ahora hay cosas más importantes que atender: la comida —dijo con una mano en su estómago—. Nos vemos abajo —guiñó un ojo y salió del cuarto.
Ella se quedó con la boca abierta.
—Creo que puedo confiarle mi vida, pero que no sea antes del desayuno —comentó después para sí misma.
Se acomodó un poco el pelo, que sabía que estaría horriblemente despeinado, y apartó los cobertores, descubriendo que seguía completamente vestida. Bueno, al menos ese pervertido no había intentado quitarle la ropa, aunque si era su marido… prefería no seguir esa línea de pensamiento. Se levantó rápidamente, sonrojada, pero debió ser demasiado rápido porque perdió el equilibrio y apoyó una mano en la cama para estabilizarse. Se sentía un poco mareada y su estómago emitió un sonoro gruñido de protesta.
—¡Me muero de hambre! —casi lloriqueó—. Ayer no cené… Será mejor que baje cuanto antes, que sea lo que sea, no me importa. ¡Tengo que comer algo ahora mismo!
Salió disparada hasta el baño para tirarse un poco de agua fría en la cara. Ni siquiera se miró al espejo.
Al llegar a las escaleras, sin embargo, el coraje que le daba el apetito se fue desvaneciendo y tuvo miedo de descubrir que había diferencias enormes entre la vida que ella recordaba y esta de ahora. Cuatro años no parecían mucho tiempo y sin embargo…
Bajó los últimos escalones casi demasiado lentamente y fue despacio hasta la sala, asomando primero apenas la nariz para espiar el interior. Lo primero que apareció en su ángulo de visión fue Ranma, que estaba levantando los palillos para comenzar a comer. Luego vio a su padre sentado en una punta de la mesa, tenía el periódico desplegado de tal manera que le tapaba parte la cara, pero pudo ver sus manos y una mata de pelo negro. Más hacia allá estaba Nabiki, muy interesada en leer el libro que tenía abierto sobre la mesa. El cabello de su hermana estaba un poco más largo pero no encontraba mayores diferencias con la Nabiki que recordaba.
No había nadie más, casi parecía que sobraba espacio.
Ranma miró de reojo a la muchacha espiando desde la entrada y observó cómo se sobresaltaba cuando Kasumi pasó a su lado saludándola. La hermana mayor ocupó su lugar en la otra punta de la mesa y Akane caminó recelosa hacia su puesto de siempre (de antes y de ahora) al lado del muchacho de trenza. Se fue sentando con movimientos tensos, preparada para que en cualquier momento algo explotara.
Ranma cerró los ojos para aguantarse la risa que le provocaba la cara de susto que tenía Akane.
Soun Tendo apartó el periódico y miró a su hija un segundo antes de abalanzarse hacia ella sobre la mesa. Ranma levantó la comida a tiempo sin inmutarse y Nabiki movió su libro para que no sufriera ningún daño.
—¡Hija mía! —empezó a llorar el hombre a lágrima viva.
—¿Papá? —replicó Akane sin saber qué ocurría.
Nabiki los observó con gesto aburrido y volvió a su libro.
—Hija mía —Tendo le tomó las manos, aún con medio cuerpo sobre la mesa—. ¿Pasa algo? ¿Te encuentras bien? ¡¿Qué ocurre?!
—Nada, nada —Akane tragó saliva—. ¿Por qué iba a pasar algo?
—Es que anoche no bajaste a cenar, mi niña —continuó compungido el hombre—. ¿Está todo bien?
—No pasa nada, papá… —replicó nerviosa su hija menor. No se le ocurría qué excusa dar.
—No se la puede culpar, ¿verdad? —intervino Nabiki—. ¿Quién querría pasar tiempo con sus suegros? Yo no lo haría.
—Nabiki, eso no es nada agradable —la reprendió suavemente Kasumi mientras le servía un tazón a Akane.
—Solo bromeaba, hermana —Nabiki puso los ojos en blanco y se concentró en su libro.
Akane tomó la comida y se puso a mirar disimuladamente a su hermana mayor. No sabía en qué se podía observar el paso del tiempo en Kasumi, tal vez el cabello más largo, o algunas expresiones de su rostro más marcadas, quizás solamente tenía un aire acentuado de señora del hogar, Akane no podía decirlo; pero estaba segura que su hermana se veía mucho más grande, más como ¿de los casi 25 años que tenía?
Después fijó la vista en su padre, que ya no tenía el periódico y se dedicaba a disfrutar de su ración. Parecía el mismo y, sin embargo, no lo era del todo; tenía arrugas más marcadas alrededor de los ojos y la boca, y en su largo pelo negro habían aparecido algunos cabellos grises, muy esporádicos y casi invisibles, pero que de todas maneras estaban ahí.
—¿Pasa algo, hija? —preguntó Soun Tendo sobresaltando a la chica, que se pegó un poco a Ranma.
—Nada, nada, de verdad —Akane forzó una sonrisa.
—Es que se te nota mucho lo viejo que estás, papá —comentó Nabiki sin levantar la vista del libro.
—¡No es eso! —aclaró Akane concentrándose en comer, aunque había sido justamente eso lo que miraba.
—Ya te lo había dicho, papá, deberías considerar la tintura de cabello —continuó Nabiki.
Ranma cerró los ojos con más fuerza todavía y se concentró en su arroz. Si llegaba a ver la cara que el viejo Tendo estaba poniendo ahora no iba a aguantar la risa.
—Por favor, hermanita, desayunemos con tranquilidad —pidió Kasumi con una sonrisa.
—Como si eso fuera posible —comentó la mediana de las hermanas en un murmullo. Luego se levantó con el libro bajo el brazo—. Bien, familia, hasta luego —saludó.
—¿Vienes a almorzar? —quiso saber Kasumi.
—No, tengo clase en la tarde así que voy a comer algo en la facultad —respondió ella. Cuando estaba por irse se dio cuenta de que su hermana menor la estaba mirando y parecía que quería hablar.
¿Era impresión de Akane o su hermana estaba maquillada? Y estaba usando una ropa con la que nunca la había visto, casi demasiado formal.
—¿Qué pasa, Akane? —preguntó—. Hoy estás muy rara.
—Yo… eh…
Ranma apartó el tazón y miró curioso a su esposa.
—¿Acaso cambiaste de opinión y estás dispuesta a aceptar mi propuesta? —preguntó Nabiki sencillamente.
—¡Por supuesto que no! —exclamó Ranma golpeando la mesa con una mano, sin darle siquiera tiempo a respirar.
—Ya, ya —Nabiki movió un mano como restándole importancia a la cuestión—. No hay necesidad de ponerse así. Nos vemos.
Y desapareció por el pasillo.
—¿De qué habla? —exigió saber Akane mirando al muchacho.
—Nada, nada, luego lo hablaremos —Ranma se hizo el desentendido.
—¿Por qué esperar si puedes decírmelo ahora?
—Dije que después —insistió él.
—¿Qué me ocultas? ¿De qué se trata esto?
—No es nada, solo te imaginas cosas.
—¡Ajá! ¿Ahora me llamas loca? —se encolerizó Akane.
—¡Tú misma te llamaste así!
—Oh, no —Soun comenzó otra sesión de buen llanto matutino—. Kasumi, ¿qué fue lo que hicimos mal? Kasumi, hija mía.
—No te preocupes, papá —replicó su hija—. Van a estar bien.
—Esto es terrible, terrible —murmuraba Tendo sacudiendo la cabeza.
—¡Basta! —exigió Akane apoyando ambas manos en la mesa y mirando enojada a su padre—. Dejen de hablar como si no estuviéramos aquí.
—Terrible, terrible… —seguía murmurando el patriarca de la casa.
La muchacha suspiró y bajó la cabeza y fue entonces cuando lo vio y el estómago le dio un vuelco, revolviéndose en su interior. Un anillo. Un anillo delgado y sencillo que brillaba suavemente en el dedo anular de su mano izquierda. Un anillo de matrimonio.
Se levantó despacio, sin mirar a nadie.
—Gracias por la comida. Voy a darme un baño —murmuró antes de subir las escaleras y perderse en el piso de arriba.
—Casi no comió nada —se lamentó Kasumi.
Ranma miró pensativo el lugar que hacía un momento ocupaba su esposa.
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Akane cerró la puerta corrediza de la alcoba y se apoyó en ella. No se le había ocurrido ir a otro lugar, ni siquiera pensó en entrar en la que fue toda la vida su habitación. No, volvió a ese cuarto, el cuarto que tenía una cama matrimonial con las sábanas desarregladas que mostraba que habían dormido ahí. Ellos dos. Juntos.
«Estoy casada», pensó, pero al decirlo con palabras no le resultaba tan real como cuando había visto el anillo. No sabía por qué pero ese anillo le confirmaba todo de una manera tan clara que resultaba hasta gracioso, tal vez porque era un símbolo muy antiguo que se usaba en tantas culturas alrededor del mundo que era demasiado obvio.
Se deslizó hasta quedar sentada en el piso. Y comenzó a reír.
Se llevó las manos a la boca para aplacar la risa. Era toda una idiota, ese anillo no quería decir nada, cualquiera podía ponerse una alianza y fingir estar casado, pero para ella era la confirmación de la verdad. «No estaba soñando después de todo», se dijo todavía riendo. ¿Por qué con ese pequeño detalle veía las cosas con tanta claridad? ¿Por qué?, se preguntó una y otra vez, riendo histérica, hasta que la risa se transformó en llanto y tuvo que morderse los nudillos para no gritar con todas sus fuerzas.
«¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué no puedo recordar? ¿Qué me pasa? ¿Qué hay mal conmigo?» Seguía sollozando y le temblaba todo el cuerpo. «¿Qué me pasa? ¿Qué significa esto? Por Kami, no puedo dejar de llorar… Soy tan tonta. Que nadie me vea así… No puedo… no puedo… Y ahora… ni siquiera voy a saber cuál es mi cepillo de dientes».
Y fue el grado de ridiculez de ese último pensamiento el que la terminó de hundir en la miseria, rodeándola de un aura negra de desesperación. Se mantuvo un momento quieta, con la cabeza gacha, sentada en el suelo, con el rostro mojado por las lágrimas, respirando agitadamente.
«Suficiente, Akane. Eres una luchadora, una artista marcial. Vas a enfrentar esto. ¡Vamos!». Pero su cuerpo continuaba inmóvil, desconectado de su mente como si no le perteneciera.
«Vamos, Akane. ¿Y qué si estás casada con Ranma? ¿No ibas a casarte de todas formas? Estabas dispuesta a hacerlo, te pusiste el vestido de novia, ¿verdad?, sí, y él dijo que te veías bonita… ¿Qué importa si no recuerdas? Eso es solo un detalle, un pequeño detalle. Eres la esposa de Ranma Saotome. Él te eligió a ti».
—¿Él me eligió a mí? —murmuró, levantando un poco la cabeza.
Solo había una manera de averiguarlo.
—Suficiente de llorar tirada por los rincones —se dijo en voz alta, levantándose y limpiándose las lágrimas—, yo no soy así. Hay mucho que hacer y primero, lo primero, tengo que darme un baño… Pero… ¿dónde estará mi ropa? —preguntó mirando alrededor de la habitación.
No tenía ni la más remota idea.
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Finalmente Akane entró al baño. Había realizado una expedición en la que ella llamaba su «nueva habitación» y, luego de toparse con los cajones que contenían la ropa interior de Ranma (sonrojo descomunal), encontró lo necesario para tomar un baño y cambiarse de ropa.
Cuando entró se miró al espejo. Estaba un poco ojerosa y tenía los ojos rojos. La cara estaba pálida, sin embargo, se vio igual que siempre, quizás con el cabello apenas más largo (¿estaría necesitando el corte que siempre se hacía para mantener el largo?). Se miró un poco más de cerca y vio la decisión brillando en sus ojos marrones, era la Akane de siempre y eso la tranquilizó.
Se quitó la ropa y estaba por ir a enjabonarse cuando no resistió mirarse una vez más en el espejo, esta vez observando todo su cuerpo. Su piel blanca y lisa, la cintura estrecha, las piernas largas y los senos muchísimo más grandes… bueno, decir muchísimo sería exagerar, pero su tamaño había aumentado notoriamente. Akane se puso de perfil con las manos en la cintura para verse mejor. Sí, era cierto, no estaba viendo mal ni imaginando cosas. Su busto había aumentado de tamaño. Era un hecho.
Levantó las manos hacia el techo mientras la luz de la divinidad la envolvía y un coro de ángeles cantaba anunciando la buena nueva.
—Lo sabía, sabía que era cuestión de tiempo —dijo con lágrimas de alegría.
Y la felicidad la embargó.
Ranma la encontró cuando ella salía del baño tarareando una canción y sonriendo. Cuando lo vio se detuvo y lo miró a los ojos de manera penetrante, con seguridad y determinación. Parecía brillar, y en ese momento Ranma la encontró magnífica y hermosa, y se quedó sin habla como tantas otras veces en que la miraba. Ella se acercó y tiró de él hasta la habitación. El muchacho se dejó llevar sin importarle nada. Cuando entraron lo volvió a mirar a los ojos.
—Tú y yo tenemos que hablar muy seriamente —dijo Akane cerrando la puerta a su espalda.
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