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Ranma Saotome
Ranma
se acomodó sobre el tejado con los brazos tras la cabeza.
«Akane…
Bo… bonita… mmm… mmm… ¡corredora! Ella… ella sale a correr… eh…ehhh… Difícil…
Esto es difícil. Yo tendría que… ammm… E… Especial… o sea… no es como si yo creyera que ella… es especial en el
sentido de que… digo ¡nunca he conocido a alguien así! Y he conocido a muchas
personas, muchas más últimamente, y nadie nunca… o sea… ¡aggh! ¿Por dónde
iba?... ¿Estaría mal si digo "fea" ahora? No es como si no fuera
cierto… ella… ¡ella es realmente fea algunas veces! Fea, tonta, marimacho,
bruta, pechos-planos, violenta, con la agilidad de un gorila, torpe, piernas
gordas, boba, sin nada de atractivo… ja-ja-ja… Iufff… no es tan divertido si no
puedo ver su cara de enfado. Tonta… Esto es tan estúpido… Como si yo fuera
bueno con las palabras o algo así… si ella supiera… ¡se reiría, por supuesto!»
Y
sin embargo, a la mente de Ranma no vinieron imágenes de Akane burlándose de
él, sino sonriéndole o riendo con él. Mirándole atentamente a los ojos cuando
él quería decirle algo.
Ranma
sacudió la cabeza cuando sus propios pensamientos empezaban a traicionarlo.
Pero
había una palabra… sí, una palabra que escuchó una vez y cuando la comprendió
supo que se ajustaba a Akane. Era lo que ella significaba para él y por
supuesto esto nadie lo sabía. Y nadie lo sabría nunca mientras él viviera.
¿Cuál
era la palabra?... ¡Diablos! Ni siquiera él se la sabía ya.
Se
hubiera caído de espaldas si no hubiera estado acostado.
«Piensa,
Ranma, piensa… ¿Dónde la escuché?... Creo que la dijo Kuno en alguna de esas
tonterías que balbucea sobre la pelirroja y la tigresa y… ¡Un momento! Si fue
Kuno seguro es algún tipo de palabra realmente desagradable…» Un escalofrío lo
recorrió de pies a cabeza y se sacudió para alejar la sensación.
Estuvo
un rato más pensando pero no le vino a la mente ni si quiera una letra.
«Sería
más productivo ir a entrenar, o algo… Hasta agradecería que apareciera Ryoga…»
Se
levantó y de un salto aterrizó ágil y silenciosamente justo frente al pasillo
exterior de la casa frente a la sala. Akane y Kasumi estaban allí de pie, intercambiando
algunas palabras. El muchacho observó a Akane alisándose la falda y guardando
el dinero que le había dado su hermana en un pequeño monedero. Era un momento
bastante cotidiano, incluso la ropa que ella llevaba puesta Ranma la había
visto varias veces antes. Aun así, al mirarla la vio de pronto con otra luz,
quizás fue esa misma luz la que le iluminó la mente.
«¡Musa!»
—¡Esa
era la palabra que buscaba! —murmuró golpeando el puño de una mano sobre la
palma de la otra.
Las
dos hermanas se volvieron a mirarlo cuando lo escucharon hablar. Él se puso las
manos en los bolsillos y miró a otro lado, disimulando.
—Ranma,
que bueno que estás aquí —dijo Kasumi con una voz extremadamente dulce—. Por
favor, acompaña a Akane. Me temo que los encargues que le di son demasiados y
no podrá traerlos todos ella sola.
—No…
no es necesario —replicó Akane, nerviosa, recordando lo que había estado
pensando en su habitación unos minutos antes.
—No
hay problema —dijo Ranma despreocupado, como si le diera igual—. De todas formas,
estoy aburrido. Iré con ella, Kasumi — se volvió a hablarle pero solo vio un
espacio vacío, la mayor de las Tendo había vuelto a sus quehaceres hacía rato.
—Bien,
vamos —dijo Akane. Su tono fue un poco más seco de lo que hubiera querido.
Salieron
de la casa y, sin ponerse de acuerdo previamente, los dos doblaron a la
izquierda. Akane caminó despacio por la
acera mientras Ranma saltaba por inercia al muro y andaba pensativo, todavía
con las manos en los bolsillos.
«Musa»,
volvió a pensar.
Había
tenido que buscar la palabra en el diccionario para saber que así se le llamaba
a la inspiración de los poetas; no es que él fuera un poeta, nunca lo iba a
ser, pero Akane era su inspiración.
Bastaba con que ella estuviera cerca para que él sintiera que su determinación
crecía; bastaba con que los demás pronunciaran su nombre para que sus fuerzas
renacieran y siguiera luchando a pesar de todo; solo con ver que le sonreía, o
con saber que ella confiaba en él podía vencer todos los obstáculos. Ese era el
secreto del gran Ranma Saotome.
«Vaya…
esto se está poniendo demasiado cursi…», miró de reojo a Akane pero ella
parecía estar pensando en sus propios asuntos y no lo miraba.
«Que
suerte que no haya técnicas para leer el pensamiento o pociones y esas cosas…
¿o acaso la vieja momia tendrá una?», pensó con pánico, sonrojándose.
Akane
lo miró disimuladamente en ese momento, no pudo ver el sonrojo de Ranma porque
el sol se ocultaba y llenaba todo de un tono anaranjado, resaltando solo el
contorno de su figura.
«Que
concentrado va… a veces me gustaría saber qué es lo que piensa».

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