(4)
Akane
caminó hasta Ranma, hasta estar muy cerca y casi arrinconarlo contra el
antepecho de la ventana. Él la miró nervioso, nunca sabía qué esperar de Akane
y mucho menos ahora que estaba tan rara, así que se puso en posición de
defensa.
—¿Qué
pasa? —demandó. Vio que tenía los ojos rojos y un poco hinchados, como si
hubiera estado llorando, pero no parecía triste. Enfadada tampoco. Destilaba un
aire de resolución.
La
muchacha tuvo que levantar la cabeza y pararse en puntillas para mirarlo directamente
a los ojos, se dio cuenta de que este Ranma tenía un par de centímetros más que
el que ella recordaba. Lo observó atentamente y después exigió:
—Quiero
que me lo muestres.
Akane
relajó la postura pero no se alejó ni un milímetro, se quedó esperando.
—¿Cómo?
—quiso saber el muchacho. Se rascó la parte de atrás de la cabeza,
desconcertado.
—Que
quiero que me lo muestres —volvió a repetir Akane levantando un poco más la
voz—. Si en realidad estamos casados supongo que no habrá ningún inconveniente
—continuó con tranquilidad, después lo miró directamente a los ojos durante un
segundo interminable—. ¡Muéstramelo ahora!
Ranma
pestañeó y después miró el techo. Finalmente se aclaró la garganta.
—Y…
solo por saber… ¿qué es exactamente lo que quieres que te muestre? —preguntó.
—¡El
Certificado de matrimonio! —exclamó Akane—. ¿Qué más va a ser? ¿Qué otra cosa
voy a pedirte…? —se detuvo abruptamente cuando cayó en la cuenta de algo—. ¡¿Qué
era lo que imaginabas?! Tú… tú… ¡degenerado! —finalizó con la cara roja.
—No
no no no no —se defendió Ranma cruzándose de brazos—. ¿Qué es lo que tú pensaste que yo pensaba? ¿Eh? ¿Quién
es la degenerada? —se burló.
Akane
miró a otro lado, horrorizada porque él tenía razón.
—Lo
sabía —murmuró ella para sí misma—, me casé con él y ahora… yo también soy una
pervertida.
—¡¿Qué
dices?! ¡Yo no soy ningún pervertido!
—No
cambies el tema —contraatacó ella—. Quiero ver el Certificado de matrimonio.
—¡Pues
bien! ¡Te lo voy a mostrar!
—¡Perfecto!
Los
dos se quedaron furiosos mirándose.
Pasaron
varios segundos. Luego Ranma se aclaró la garganta.
—Solo…
solo tengo que recordar donde está —comentó mirando hacia otro lado. Soltó una
risita.
—¿No
recuerdas dónde está? —preguntó Akane incrédula dejando caer los hombros.
—Tú
lo guardaste —respondió sencillamente—. Pero debe estar en algún lugar por
aquí, no te preocupes.
Se
dio la vuelta y empezó a abrir y revolver los cajones de la cómoda.
—¿Y
no te importa no saber dónde está?
—La
verdad que no —replicó él encogiéndose de hombros.
Como
estaba de espaldas no pudo ver la expresión de la muchacha. Akane sintió que la
abofeteaban, le cayó la realidad como un balde de agua fría empapándola. No le
importaba, no le interesaba, le daba igual, a él no le importaba lo más mínimo.
«¡Qué sencillo era todo y yo dándole vueltas! Este matrimonio es una farsa. Me
pregunto si nuestros padres nos drogaron con algún somnífero y nos casaron a la
fuerza como lo intentaron una vez… Parece que esta vez nadie interrumpió la
boda y no hubo manera de… Vaya…»
No
sabía cómo sentirse con esa revelación. Había perdido el buen humor que
recuperó en el cuarto de baño cuando descubrió que su cuerpo tenía muchas más
curvas. Había decidido enfrentar la situación con energía porque pensaba que
después de todo estaban casados y eso quería decir que él la amaba de la misma
manera profunda en que ella lo amaba. Pero estaba claro que no.
Akane
se masajeó la frente, presintiendo un dolor de cabeza. ¿Qué pasaba? Eso era
precipitarse demasiado. Ranma era así, no le interesaban las formalidades,
nunca sabía dónde tenía la cabeza, era un despistado. Al despertar esa mañana
él la estaba abrazando y parecía a gusto, estaba tranquilo y dormía
profundamente, abrazándola porque quería. Con fuerza, como si ella se fuera a
escapar. Estaba casi segura que no hubiera podido levantarse sin que él lo
notara y despertara.
Cerró
los ojos tratando de serenarse. Lo que ella descubrió en Jusenkyo era verdad,
lo sabía, su corazón se lo decía, y
si sacaba bien las cuentas resultaba que se habían casado un tiempo después de
eso. «Cuatro años… Cuatro años en los que puede que empezara a odiarme… ¡No!
No, no.»
Respiró
profundo. Ayer él parecía feliz, la trataba… bien. No es que fuera todo dulzura
ni romántico, pero estaba segura de haber interpretado bien su mirada. Dejó la
mente en blanco, tratando de recordar la manera exacta en que sus ojos azules
la observaban: en detalle, brillando.
Sin
ella quererlo le empezaron a llegar palabras a la mente, como si fuera parte de
un recuerdo que trataba de abrirse paso en un laberinto.
—Akane, vámonos lejos de aquí…
Una mano en su mano derecha, unos dedos entrelazados
con los suyos.
—Akane, vámonos…
Una voz cansada.
—Akane, Akane…
Una mano fría y pequeña. Una mano de mujer.
Abrió
los ojos tomando aire como si se ahogara. Era Ranma, era su voz estando
transformado. Esa mujer era él.
—En
lugar de estar ahí parada podrías ayudarme —comentó el muchacho dándose la
vuelta.
Ella
lo miró como si lo viera por primera vez, sonrojada, tratando de enfocar en
imágenes lo que solo eran recuerdos de sensaciones sonoras y táctiles, pero
únicamente encontraba oscuridad. Una sola idea le punzaba en la mente, el hecho
de que estuvieran tomados de la mano así siendo ambos chicas. No sabía por qué
eso volvía una y otra vez casi atormentándola, pero más la atormentaba la
sensación de que estaba bien, que no era raro en absoluto. Recordó cuando el
día anterior quiso verificar si seguía maldito y abrazó a la pelirroja con
desesperación.
—No sabía que te gustaba tanto mi maldición.
El
rubor le subió al rostro con mayor intensidad.
—Que te gustaba tanto mi maldición…
«¡¿Qué?!»
—Que te gustaba tanto…
«¡¿Qué?!
¡No es verdad! ¡No es verdad!»
Estaba
estática, con los ojos muy abiertos. Ranma le puso una mano en la frente.
—¿Estás
bien? ¿Tienes fiebre? —preguntó preocupado.
Ella
lo miró otro rato, perdiéndose en sus ojos, sintiendo no mariposas sino
directamente un enjambre de avispas en el estómago. Le gustaba él, le gustaba
mirarlo, le gustaba el calor que le subía desde la punta de los pies y le
coloreaba las mejillas cuando lo observaba entrenar, aunque detestara que eso
la hiciera parecer una tonta enamorada. Le gustaba él y punto.
—Estoy
bien —replicó cansada, alejándose apenas un poco para que su mano dejara de
tocarla. «Kami-sama, creo que me voy a morir de un ataque al corazón».
—¿Estás
segura?
—Ssssí
—aunque tenía mil ideas girando en la cabeza.
—Bueno,
ayúdame a buscar el Certificado —indicó el muchacho.
—Deja
esa cosa —replicó ella.
—¿Qué
lo deje? Estuviste insistiendo todo el rato, ¡decídete!
—Yo
que sé —Akane estaba en otra cosa y no estaba segura del tema que hablaban—.
Haz lo que quieras.
—¡Pero
lo quieres ver o no? —insistió Ranma a punto de jalarse el cabello.
La
muchacha le prestó un poco más de atención ahora. Sí, lo quería ver, con sus
propios ojos.
—Quiero
verlo.
—¡Entonces
vamos a buscarlo! ¡Apúrate!
—¡No
me grites!
—¡Bueno,
tú tampoco me grites a mí!
—¡Tú
eres el idiota insensible que no sabe dónde está el documento! ¿Qué se supone
que significa eso? ¿Qué tengo que interpretar? ¡¿Eh?!
—ABSOLUTAMENTE
NADA. ¿Por qué le buscas un significado a todo? ¡Es muy sencillo! No. Sé.
Dónde. Está. Listo. Vamos a buscarlo.
—Ah,
claro, es muy sencillo. Siempre es muy sencillo para ti. Yo no recuerdo nada y…
—Akane apretó los puños—. Hago lo que puedo, ¿sabes? ¡Hago lo que puedo!
Ranma
se mordió los labios con impaciencia.
—Solo
te pido que me ayudes a buscar, vamos a terminar mucho más rápido —dijo
conteniéndose.
Akane
inspiró profundamente.
—Bien,
bien… Estás dejando el cuarto hecho un desastre —comentó después mirando
alrededor.
—¿Eso
qué importa?
—¡Claro!
Porque seguramente no eres tú el que recoge después.
El
mejor artista marcial de su generación estaba a punto de empezar a darse cabezazos
contra la pared.
. .
.
.
Los
dos hombres en sendos gi de entrenamiento estaban sentados ante el tablero de
shogi, uno frente al otro, en actitud reflexiva y solemne. La claridad de la
mañana iluminaba la escena y los pájaros cantaban en el patio.
—Amigo
mío… —comenzó a decir el de cabello
largo y bigote.
Lo
interrumpieron los ruidos que venían del piso de arriba, como de objetos que
caían (o eran lanzados) y murmullo de voces y algunos gritos.
—Las
cosas no van bien, querido amigo —continuó el hombre controlando las lágrimas.
—Pensé
que últimamente… —replicó el otro, que llevaba anteojos y un pañuelo en la
cabeza. Él tampoco terminó su frase ante una nueva seguidilla de ruidos.
Se
aclaró la garganta.
—¡Ejem!
Pensé que últimamente todo marchaba correctamente —siguió hablando.
—Todo
es muy engañoso, un momento parece que todo va perfectamente y luego pelean
como cuando tenían 16.
—¿Y
todavía sin noticias?
—Todavía
sin noticias —confirmó el que había hablado primero.
Ambos
derramaron lágrimas silenciosas durante algunos minutos. El de pañuelo en la
cabeza fue el primero en recuperarse.
—Todo
está en nuestras manos —sentenció.
—Así
parece. Tendremos que intervenir y resolver el asunto como siempre —sonrió el otro hombre con confianza.
Unieron
sus brazos triunfalmente mientras la luz del sol refulgía sobre ellos.
—Por
cierto, Tendo —habló Genma un momento después—, acaba de perder la partida
—señaló el tablero.
—¿Cómo?
—Soun bajó la vista.
. .
.
.
Tan
rápido como habían empezado a gritarse se serenaron y comenzaron a buscar cada
uno por un rincón de la habitación. Ranma no quería salir disparado por el techo
por un golpe de su esposa (que, aunque no ocurría tan a menudo últimamente, siempre
resultaba muy doloroso), así que había actuado con una diplomacia desacostumbrada
en él y le pidió «por favor» que buscaran el dichoso papel.
Akane
se distrajo en seguida, olvidándose de por qué había abierto la puerta del
armario. Encontró adentro un compartimento que estaba lleno de frascos de crema
y perfume, maquillaje, esmalte de uñas y lociones para limpiarse el rostro. Ahí
estaba también el espejo redondo que ella solía usar. Eran sus cosas, sus cosas
de siempre, sintió una alegría regocijante recorrerla.
Miró
un poco más atrás y descubrió el frasco de champú, la marca y la variedad que
siempre usaba; destapó el recipiente y olió la fragancia convenciéndose de que
era real. Lo dejó y tomó un pomo pequeño de crema para las manos, esa no la
recordaba, era nueva para ella. En la etiqueta decía que contenía avena, se puso
un poco en el centro de la palma y la esparció bien frotándola en las dos
manos, después se las llevó al rostro para apreciar el aroma y lo notó suave y
refrescante.
Escogió
un frasco de vidrio, un perfume; ese tampoco lo recordaba y mirando entre las
cosas no pudo detectar el perfume que ella solía usar. Se sintió un poco
desencantada pero de todas maneras lo destapó y se roció un poco en la muñeca
izquierda. Cerró los ojos para apreciar mejor el aroma, era como sandía, con
algo más. Volvió a inspirar para tratar de descifrar cuál era el otro
ingrediente y se le apareció la cara sonriente de Kasumi.
—Espero que te guste, hermanita. No pude encontrar tu
favorito, pero me recomendaron este.
Abrió
los ojos. ¿De nuevo? ¿Esos eran recuerdos o se lo estaba imaginando? ¿Un déjà vu? Pero ¿a qué momento exactamente
pertenecía cada memoria? ¿Cómo saberlo? Se llevó un dedo a la sien. Estaba
hecha un lío, había atravesado toda una gama de emociones entre cosas nuevas y
viejas y recién era de mañana, por lo menos sabía que era fuerte y no iba a
romperse fácilmente, pero la estabilidad mental era otra cosa.
—¡Lo
encontré! —exclamó triunfal Ranma.
Akane
se dio vuelta para observarlo y se encontró con la habitación puesta de cabeza
y Ranma apareciendo entre una pila de mantas con un brazo en alto. Se acercó
sonriendo orgulloso y se echó hacia atrás la trenza que le caía sobre un hombro
mientras le daba un papel.
—Ahora
podrás convencerte del todo —dijo levantando la barbilla—. Deberías alegrarte
de estar casada con el mejor artista marcial de todo Japón, que además es un
tipo guapo e irresistible. Eso no ha cambiado en este tiempo, las chicas
piensan…
—Esto
es falso —dijo Akane leyendo incrédula el papel.
—¿Queeeeeeeeeeeé?
—Ranma abrió la boca hasta el piso—. ¡¿Se puede saber de qué hablas ahora?!
—Esto
es falso —repitió ella mirándolo—. Tiene que serlo.
Le
mostró el papel. Ranma lo leyó por encima y después miró a la chica con los
ojos entrecerrados.
—Es
auténtico —murmuró.
—No
puede ser —insistió Akane—. Es el registro de mi inscripción en tu familia.
Según este papel ahora me llamo…
—Akane
Saotome —terminó él.
—Se
suponía que cuando nos casáramos llevaríamos el dojo y tu pasarías a formar
parte de mi familia —le dijo ella hablando rápidamente.
—¿En
qué momento se habló de eso? ¿Yo cambiarme el apellido? ¡Ni hablar!
—¿Y
yo sí puedo cambiármelo? —demandó ella.
—¡Estuviste
de acuerdo!
—Pero
el dojo… —Akane se llevó una mano a los labios, pensativa.
—Estamos
llevando el dojo, pero eso es una cosa y el casamiento es otra —declaró él.
—Explícame
porque no entiendo nada —le habló resueltamente ella—. Papá
dijo… cuando papá nos habló del compromiso dijo que era para continuar con la
estirpe Tendo o algo así. Yo pensaba… y como ustedes vivirían aquí...
Ranma
hizo una mueca y después la tomó de una mano.
—Vamos
—dijo.
La
sacó de la habitación y miró a ambos lados del pasillo, cuando se aseguró que
no había nadie siguió caminando hasta el final del corredor. Mientras tanto,
Akane seguía con las ideas bullendo en la cabeza, volvió a pensar en el momento
en que se levantó del suelo en la tienda de ropa y su tía la miraba preocupada.
En aquel momento había escuchado a las empleadas gritar, pensó que le hablaban
a Nodoka, pero…
—Señora Saotome, ¿qué ocurre?
«¿Me
hablaban a mí?» Imposible. Absolutamente imposible.
Ranma
la había llevado hasta la entrada al balcón que quedaba al final del primer
piso. Salieron afuera.
—¿Dónde…?
—empezó Akane, pero él la silenció con un dedo en los labios.
—Estoy
harto de que siempre nos interrumpan —le dijo.
La
tomó en brazos y se impulsó en la baranda para dar un salto hacia el techo.
Akane se apretó contra él cuando el mundo se le dio vuelta por el movimiento,
cerró los ojos para evitar el mareo y lanzó un pequeño grito.
Ranma
aterrizó suavemente en el tejado y la dejó allí sentada, luego se sentó a su
lado.
—¡Idiota!
Avísame cuando vayas a hacer esas cosas —lo golpeó en el hombro respirando
agitada.
—No
te hagas la delicada —sonrió él —. Una marimacho como tú.
Pero
un nuevo golpe le cortó la risa de cuajo.
—¡No
me insultes! ¿Qué te crees que…? —no pudo terminar cuando sintió un agudo dolor
en la pierna—. ¡Auch! ¿Qué fue eso? —quiso saber.
—Te
pellizqué —respondió Ranma como si nada.
—¿Que
tú qué? —acentuó las palabras—.
¡¿Cómo te atreves?!
Un
nuevo golpe y esta vez Ranma le metió la mano bajo el vestido y le pellizcó el
muslo.
Akane
se puso de todos los colores y le dio una cachetada con todas las fuerzas de
que era capaz, tomando en cuenta el ángulo en el que estaba sentada.
—¡Ranma!
—No
me importa que esto no lo recuerdes —replicó él inmutable, con la mejilla un
poco enrojecida—. El trato es así, si yo controlo mi boca tú controlas tus
manos.
—¿Ah,
sí? —Akane levantó una ceja—. ¿Y cuándo se supone que controlaste tu boca?
—¡Hoy
muchas veces! —se exasperó—. No me hagas entrar en detalles.
—Pues
ese trato que yo no recuerdo no te da derecho a tocarme —se quejó ella y le dio
un empujón.
Él
volvió a meter la mano bajo la falda del vestido y pellizcarla velozmente en el
muslo, un poco más arriba y con un poco más de fuerza.
—¡Aauuu!
—Akane frunció el ceño y se frotó la zona dolorida—. Eres un pervertido de
primera, ¡eso ni siquiera fue un golpe!... auch. Bruto. Me vas a dejar marcas.
—¿Qué
importa? Solo las voy a ver yo —replicó él encogiéndose de hombros.
Esa
frase fue de lo más efectiva para hacer que se quedara completamente quieta.
Miró hacia otro lado avergonzada y habló despacio:
—Bueno…
¿me vas a explicar todo ahora?
Ranma
suspiró largamente.
—Bien.
Pero… me siento un poco ridículo contándote cosas que ya sabes… Además, no soy
muy bueno con las palabras y…
—¿Te
parece bien si yo pregunto y tú me respondes? —ofreció ella.
—De
acuerdo.
Se
miraron a los ojos, dándose la señal para comenzar.
—¿Por
qué nos casamos? —preguntó Akane.
Ranma
se rascó una ceja y sonrió.
—Vas
directo al grano, ¿no?
—Es
lo que quiero saber —explicó la muchacha—. Estamos casados, me lo vienes
repitiendo desde ayer y no entiendo nada. ¿Por qué nos casamos?... Cuando
volvimos de China y yo estaba dispuesta tú huiste de la boda…
—¡No
huí de la boda! Iba tras el agua del nanniichuan. Era la cura, ¿lo entiendes? La cura.
—Sí,
pero… —en realidad no lo entendía porque no podía ni siquiera imaginarse lo que
era tener ese tipo de maldición, pero decidió continuar— es que… ¿por qué? ¿Por
qué nos casamos?
—No
entiendo esa pregunta —replicó Ranma—. ¿Cómo que por qué? Te lo propuse,
aceptaste y nos casamos. Punto.
«¡Él
me lo propuso!» Akane sintió que un par de campanas tocaban una melodía cuando
escuchó esas palabras. Su rostro se iluminó. «No dijo por el dojo, o por el honor
o porque nos obligaron. ¿Será
posible?»
—¿De
verdad? —preguntó emocionada.
—Ajá.
—¿Y
cómo fue la boda?
—¿B-Boda?
—Ranma soltó una risita nerviosa—. Es que no hubo boda.
—¿Cómo?
—el ánimo de Akane cayó en picada—. ¿Pero… estamos casados o no?
Ranma
suspiró.
—Es
que no hubo ceremonia —dijo—. Solo firmamos los papeles y ya.
—Ah…
—replicó desanimada.
El
muchacho sintió que se le apretaba el estómago al verla así, porque le
recordaba a esa otra vez donde habían tenido una conversación parecida y habían
decidido que no habría ceremonia, ni vestido blanco, ni barril de sake, ni
tampoco comida y bebida para los amigos.
Le
tomó la mano a Akane y la apretó un momento, después empezó a jugar con el
anillo que ella tenía puesto, girándolo en el dedo. Ella se lo quedó mirando en
silencio.
—Te
voy a explicar —dijo Ranma.
. .
.
.
Fue
Kasumi quien llamó a la puerta, pero al no recibir respuesta su padre se
adelantó y la abrió de un tirón. Soun y Genma se asomaron mientras Kasumi se
llevaba las manos a la boca con delicadeza:
—¡Oh!
—Es
terrible, terrible —lloriqueó Soun Tendo.
—La
pelea ha sido fea esta vez —reflexionó Genma.
El
cuarto de Ranma y Akane estaba en completo desorden, la cama estaba
desarreglada y llena de papeles. Había todo tipo de objetos por el suelo y los
cajones estaban abiertos como bocas, vertiendo su contenido hacia fuera.
—¿Así
que era esto lo que se oía desde la cocina? —preguntó Kasumi—. Más bien parece
un robo.
—¿Lo
cree, Tendo? —interrogó Genma con el ceño fruncido.
—No,
el maestro Happosai no está. Además, ¡se escuchaban gritos! —recordó con
acierto.
—La
ropa está tirada —comentó la muchacha.
—¿No
creerá que…? —Tendo miró sobresaltado a su amigo.
—No,
no —carcajeó el otro con humor—. Eso no pasaría.
Un
viento helado pasó entre ellos cuando la risa de Genma paró. Ambos hombres se
abalanzaron hacia el armario y los cajones para, después, volver a respirar
tranquilos.
—La
ropa de mi muchacho sigue aquí —dijo Genma con orgullo—. ¿Qué hay de su hija,
Tendo?
—También
está aquí. Además, mi pequeña no abandonaría a su padre así je-je-je —forzó una
risa.
—No
se preocupen, cuando se van de viaje siempre avisan —dijo Kasumi con
tranquilidad—. Tengo que volver a la cocina.
Y
salió del cuarto dejando a los dos amigos allí.
—Ninguno
de los dos abandonó al otro y tampoco se fueron juntos de viaje —resumió Soun—.
Escuche, Saotome, las cosas se están poniendo cada vez más raras. Sea lo que
sea que esté pasando aquí, tenemos que hacer algo.
—Por
supuesto, hay que intervenir cuanto antes —acordó el otro—. Solo con nuestra
ayuda se resolverá todo y podremos tener un final feliz.
—Claro,
nada puede salir mal —replicó afablemente Soun mostrando sus brillantes
dientes.
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