«La noticia veneno llueve a cántaros».
(13)
El
teléfono ya había sonado dos veces cuando se escuchó la voz de Kasumi.
—¿Podrías
responder, Akane? —pidió alegremente, asomando la cabeza por la entrada de la
cocina. Su voz atravesó los pasillos de la casa hasta dar con Akane y poder
penetrar en su maraña de pensamientos.
La
muchacha estaba caminando de un lado para otro por la sala. Era sábado y pensó
que como no había clases ella y Ranma podrían salir, ¿quizás ir a comer?, o a
cualquier lugar; pasar simplemente un momento juntos, que él le contara las
cosas que Akane no recordaba o ella le pudiera preguntar sobre las confusas
memorias que a veces tenía. Creyó que podría contarle más sobre la vida que
llevaban, el torneo que se avecinaba, sobre otros en los que había participado,
los lugares a los que habían viajado juntos, las cosas que habían hecho, sobre
qué habían peleado (porque todo lo vivido, lo bueno y lo malo, conformaba su
vida). Sobre ¡tantas cosas!
Pero
parecía que Ranma no era de la misma idea. Había salido después de desayunar
sin darle explicaciones, pero recordándole que volvería más tarde y que quería
hablar de algo importante con ella. Y se había ido sin esperar su respuesta.
¡Perfecto!
Y lo que ella quería, ¿qué? ¿Y lo que ella
quería hablar con él? Por un momento se planteó seguirlo y ver a qué lugar tan
importante tenía que ir antes de hablar
con su esposa. No sabía si estaba enfadada o preocupada por lo que ocurría, él
estaba actuando muy extraño, se había dado cuenta, no era ninguna tonta.
Cuando
había dado un paso hacia la puerta para poder averiguar más sobre el asunto, el
pedido de Kasumi la detuvo.
—Mmm...
¡Sí, Kasumi, ya voy! —le respondió a su hermana mientras iba hasta el vestíbulo.
—¿Diga?
—Buenos
días, quisiera hablar con la señora Saotome, por favor —pidió una voz de
mujer—. Akane Saotome.
Del
otro lado del teléfono, Akane dio un respingo, como le ocurría cada vez que alguien la llamaba por
ese nombre.
—Sí...
soy yo —respondió con voz insegura.
—Señora
Saotome, llamo de la Clínica Ikuryo. Sus exámenes están listos desde hace días,
le recuerdo que puede pasar a buscarlos.
Akane
se quedó en blanco sin saber qué respuesta dar. ¿Clínica Ikuryo? ¿Exámenes?
¿Qué...?
—¿Señora
Saotome? ¿Me escucha? —inquirió la mujer con tono aburrido, como si eso le
pasara bastante seguido.
—Sí,
sí... Muchas gracias. Yo... muchas gracias.
—Que
tenga buen día —saludó la mujer del otro lado y cortó la comunicación.
Akane
se quedó un rato mirando el teléfono con temor.
Exámenes.
¿Habría
algo malo detrás de eso? Es verdad que últimamente se sentía más cansada de lo
habitual, y a veces no podía probar bocado simplemente porque su estómago no lo
soportaba, pero ¿eso significaba una verdadera enfermedad? ¿Después de todo
estaba realmente enferma y así se explicaban sus problemas de memoria? Se llevó
una mano a la frente.
Supuso
que si nadie había comentado nada era porque ninguno en la casa lo sabía,
quizás había mantenido el secreto de sus síntomas, ¿o Ranma no había querido
decirle nada para no preocuparla y aliviar la carga de su sufrimiento?... No
quería eso. Quería conocer la verdad.
Fue
hacia la calle en un impulso, no necesitaba meditar mucho sobre el asunto,
quería saber lo que ocurría. Le avisó a Kasumi que saldría y volvería más tarde,
no escuchó la respuesta de su hermana, tenía la mente puesta en el camino que
debería recorrer y en que para llegar a la tal clínica iba a tener que tomar el
metro. Después de consultar los mapas que estaban a la entrada del subterráneo
tomó el tren que la línea indicaba y pasó todo el viaje preguntándose si había
sido a propósito que decidió hacerse exámenes en un lugar tan lejos de casa.
Nuevamente volvía a la superficie la idea de que nadie de la familia sabía lo que
estaba ocurriendo, que quizás ella había cuidado muy bien que fuera así.
Ninguna
pregunta se respondió al llegar frente a la clínica. Era un edificio grande y
bien pintado, con grandes escalones que llevaban a las puertas de vidrio de la
entrada, donde Akane observó su reflejo al acercarse. Se acomodó un poco el
pelo y no pudo hacer nada con su rostro pálido, luego ingresó al lugar. Había
un vestíbulo amplio y varios hombres y mujeres de túnica blanca caminaban por
allí con paso apresurado; mujeres llevaban a niños de la mano y más allá una
mujer trapeaba el piso de madera reluciente en un pasillo.
La
muchacha de cabello corto observó todo con rapidez, sin reparar en realidad en
los detalles, lo único que buscaba era un lugar donde pudieran informarla. Divisó
un mostrador a unos cuantos pasos de la entrada y se acercó. Detrás del
mostrador de madera lustrada y pintada de blanco había una mujer de cabello
oscuro y abundante, cortado a la altura de los hombros, y grandes anteojos, que
la miró sin prestarle demasiada atención cuando ella se aproximó.
—Disculpe...
—¿Sí?
—inquirió la mujer revisando unos papeles, sin mirarla.
—Vengo
a recoger unos exámenes.
—¿Nombre?
—preguntó la recepcionista con las manos listas para teclear en la computadora
que tenía enfrente.
—Akane...
Saotome.
El
ruido de las teclas fue corto, después de un momento la mujer se impulsó hacia
atrás en la silla con rueditas en la que se sentaba, buscó entre los papeles de
una mesa a su espalda y sacó un sobre que dejó sobre la repisa.
—Aquí
están, señora —dirigió una breve mirada hacia Akane y después miró unas
planillas a su lado—. El doctor Higaki le aconseja solicitar una consulta lo
más pronto posible —comunicó finalmente.
—Muchas
gracias —dijo Akane, casi arrebatando el sobre de la superficie de madera y
dándose la vuelta. La recepcionista le dirigió una mirada reprobatoria y pensó
en la falta de cortesía de los jóvenes de hoy, después se acomodó los anteojos
y se encogió de hombros como si le diera igual.
Akane
salió casi despavorida, apretando el papel contra su pecho. Si hubiera prestado
un poco de atención a la escena a su alrededor habría visto las paredes
pintadas de suaves tonos pastel, los cuadros con alegres paisajes de flores y
los carteles con imágenes de niños y bebés que hablaban sobre la prevención de
enfermedades durante la gestación y los cuidados del recién nacido.
.
.
.
.
Al
llegar a casa se tropezó con Nabiki en la entrada.
—¡Lo
siento! —exclamó mirando hacia atrás y levantando una mano mientras subía la
escalera—. Tengo prisa.
Nabiki
levantó una ceja y se quedó mirando el lugar por el que su hermana acaba de
desaparecer; después se encogió de hombros y fue hasta la sala. Por las puertas
abiertas pudo ver cómo el cielo se ponía cada vez más grisáceo y comenzaba a
levantarse un poco de viento.
Ya
en su habitación, Akane se aseguró de cerrar la puerta y después se quedó de
pie en el medio del cuarto observando el sobre que tenía en las manos. Era
blanco, con el nombre de la clínica impreso y más abajo su propio nombre en
elegantes caracteres. No pudo contener la impaciencia de rasgarlo y abrirlo
cuanto antes. Adentro había una hoja de papel, la desdobló en un solo movimiento
y en un acto de gran valentía miró su contenido. Arriba estaba escrito su
nombre junto a varios números; más abajo había una lista de raros nombres,
algunos de los cuales recordaba de las clases de biología en el instituto, y
junto a ellos una serie de valores expresados en porcentajes. Casi al final del
papel había una frase.
El
corazón le empezó a golpear en el pecho ensordeciendo sus oídos.
«Prueba
de embarazo en sangre: positiva».
Tuvo
miedo. Se sintió contrariada al descubrir que le temblaban las piernas.
«Positiva».
Se
dejó caer en la cama. Estaba empezando a marearse y le dolía la cabeza. Supuso
que si de pronto veía borroso era por las lágrimas acumuladas en sus ojos.
Qué
extraño resultaba. Pensó que el recordar sería un procesos violento y revoltoso
donde le vendrían a la mente varias escenas juntas y ella tendría que apretarse
la cabeza con las dos manos para soportar la sacudida, como pasaba en las
películas. Pero no. Se le apareció en la mente una sola imagen, el rostro de
Nodoka Saotome, un poco borroso, frente a ella y lo demás no tuvo que pensarlo,
los acontecimientos estaban dentro de ella. Lo recordaba porque lo sabía, y lo
sabía porque lo había vivido. No fue como un río inundando un cauce de pronto,
era más bien como una sábana que se levanta poco a poco para mostrar el fino y
delicado mueble que estaba cubriendo del polvo y los daños.
Tomó
una gran bocanada de aire y mientras el papel resbalaba de sus manos y caía
lentamente al piso, afuera empezaban a caer las primeras gotas de lluvia.
.
.
.
.
Seguramente era ella la
que había cambiado y había arruinado todo. Era cierto que tal vez su humor no era
el mejor, pero tampoco podía estar tan alegre después de descubrir que no había
embarazo y era solo una falsa alarma. ¡Se sentía tan frustrada! Ella siempre
había sido tan regular, desde la primera vez, que nunca se le había pasado por
la mente que la regla se le retrasara por cualquier otro motivo que no fuera un
embarazo. Cuando una mañana se levantó y descubrió la sangre en su ropa
interior se le fue el alma a los pies, y fue peor cuando tuvo que darle la
noticia a su esposo y pudo ver su propia decepción reflejada en sus ojos.
—Está bien, todavía somos
demasiado jóvenes —había dicho él en voz baja.
Pero Akane se sintió peor
por haberlo ilusionado en vano, después de la segunda vez en que ocurrió
decidió callar y de ahí en adelante guardarse las sospechas para sí misma. Lo
veía más callado y un poco más serio cada vez, y en varias ocasiones se la
quedaba mirando como si quisiera decirle algo, pero después desviaba la vista.
Entonces, ella empezó a
pensar, y cuanto más pensaba, más segura estaba que era ella la que tenía un
problema para concebir, que era su culpa todo lo que pasaba. Era muy triste, pero
por más amor que hubiera eso no bastaba. Su esposo ya ni siquiera la miraba con
un atisbo de expectativa esperando que le diera «la noticia». No podía culparlo,
probablemente se había resignado, como ella. Al principio ninguno de los dos
pensaba demasiado en los hijos, apenas se habían casado y tenían tantas
responsabilidades y tantas cosas nuevas a las que adaptarse que era normal que
solo se preocuparan por la pareja. Pero después vinieron los comentarios de la
familia, las bromas de Nabiki con segundas intenciones o las abiertas
observaciones de Nodoka sobre los nietos, y de su padre y su tío sobre el
futuro heredero.
En aquel momento Akane y
Ranma se habían mirado a través de la mesa y comprendieron lo mismo a un
tiempo: hacía meses que se habían casado y aunque los encuentros no eran tan
frecuentes como ellos quisieran, nunca habían usado ninguna protección. De
pronto se instaló en ellos la conciencia de que si Akane no estaba ya
embarazada lo estaría muy pronto. Y ella vio esa mirada en él y creyó
interpretar bien el brillo de la esperanza en sus ojos, y se sintió feliz. Pero
después vinieron las expectativas vanas, las negativas y la desilusión, y algo
cambió en él. También en ella. De pronto se instaló la duda y Akane ya no pudo
sacarla de su cabeza.
Un sábado por la mañana,
soleado y no demasiado caluroso, salió a hacer unas compras pensando que sería
un día como cualquier otro, pero no. Se encontró con Ranma y Ukyo, los vio a
los dos juntos, hablando en una esquina. No le sorprendió eso, si bien al
enterarse de la boda Ukyo había venido a molestarlos como todos los demás para
tratar de separarlos, un tiempo después se resignó y comprendió que el amor de
Ranma no era suyo. De a poco las dos volvieron a tener casi la misma amistad de
cuando eran más jóvenes y ambas eran prometidas del artista marcial, de a poco
fueron charlando con más naturalidad de otras cosas que no fueran trivialidades
o el clima. A veces, Akane pasaba por el local de okonomiyakis a saludarla o se
quedaba a comer, Ukyo también iba al dojo, aunque con menos frecuencia porque
no le gustaba desatender su negocio y Konatsu no era de fiar para dejarlo como
encargado.
Ranma continuaba siendo
su amigo también, por supuesto, y se veían a menudo, Akane lo sabía, y puesto
que comprendía la extraña amistad que tenían (afianzada rápidamente en la niñez
y fortalecida después por el estómago de su marido), no era algo que le
molestara y no tenía intención de reprochárselo.
Sí, ya se los había
encontrado en la calle por casualidad otras veces, charlando. Pero nunca así.
Se sorprendió de lo cerca que estaban el uno del otro y se crispó cuando vio
que Ranma le tomaba ambas manos... o que Ukyo se las tomaba a él, no podía
estar bien segura a esa distancia. ¡Pero estaban tomados de la mano! Y Ukyo le
hablaba con sentimiento mirándolo a los ojos. Sintió que la ola de celos la
inundaba desde los pies hasta la cabeza.
Ni siquiera pensó en
acercarse a ellos, sus pasos la llevaron solos a cruzar la calle y alcanzarlos;
no pudo soportar la manera en que se miraban a los ojos el uno al otro y ahora
vio cómo era Ranma el que le apretaba las manos y el que movía su boca diciendo
algo que ella no alcanzaba a escuchar. Después supo el momento exacto en que
advirtieron su presencia cuando ella se aproximaba, los dos se separaron dando
un respingo y Akane no pudo saber si Ukyo fue más rápida retirando sus manos o
fue Ranma el que la soltó y se giró hacia ella.
—¿A- Akane? —dijo
nervioso.
—¡Akane! —intervino Ukyo
sonriendo nerviosa—. Es... no es... mmm ¿Cómo has estado, Akane?
Estaban los dos temiendo
lo peor, esperando que estallara, que golpeara al muchacho en plena calle, pero
no les iba a dar el gusto. ¿Acaso creían que no había madurado nada?, ¿que
todos esos años habían sido en vano?
—Muy bien, Ukyo, ¿y tú?
—respondió sonriendo forzadamente.
Ranma se adelantó hasta
ella.
—¿Qué...? ¿Qué haces por
aquí? —preguntó aparentando alegría.
—Solo haciendo unas
compras —dijo con rostro serio, ya no pudo seguir fingiendo la sonrisa.
—Vamos, te acompaño —replicó
el muchacho y la tomó de la mano para empezar a alejarse—. ¡Hasta luego,
U-chan!
Akane volteó a mirar a la
otra muchacha, que se quedó de pie en la vereda, los observó un momento y luego
levantó un brazo para despedirlos.
—Hasta luego. Pasen algún
día por el restaurante, los espero.
«¡Qué pasemos por el
restaurante! ¡Qué desfachatez!», pensó Akane volviendo su vista al frente.
Resopló y trató de soltar la mano de la de su esposo, pero él la tenía agarrada
con fuerza y estuvieron forcejeando unos segundos hasta que ella lo miró
ceñuda.
—Ya déjame —pidió.
—¿Vas a gritarme?
—preguntó él devolviéndole la mirada.
—No.
—¿Vas a golpearme?
—¿Eso es lo que quieres?
—preguntó levantando una ceja—. ¿Tengo motivos para hacerlo?¡Dime! ¡Explícame!
—¡Esto no es mi culpa!
¡Estás imaginando algo!
—No tengo que imaginar
nada, acabo de verlo perfectamente —rebatió ella—. ¿Qué tengo que pensar cuando
veo a mi esposo con otra mujer en esas circunstancias?
—Ella es mi amiga —acentuó Ranma las plabras—. Lo sabes. No
hay nada.
—Me estás ocultando algo
—dijo de pronto Akane con total seguridad, mirándolo distinto. Intentó
nuevamente deslizar su mano de la de él, pero el muchacho se lo impidió afianzando
el agarre.
—No, Akane, no —movió la
cabeza, pero más que negar las palabras de ella, parecía que quería convencerse
a sí mismo—. ¿No confías en mí?
Y ella quería confiar,
ahora eran un matrimonio, se suponía que habían pasado la etapa de los celos
ridículos y las peleas por tonterías. Él le había hablado claramente sobre sus
sentimientos, había sido iniciativa de él que se casaran, que comenzaran a
compartir la vida. ¿Podía ser que ahora arruinara todo y buscara a otra mujer?
—Es eso —habló Ranma de
nuevo—. No confías en mí.
Y la mirada de derrota y
desaliento le rompió el corazón a Akane. ¡No era justo que le hiciera eso! ¿Por
qué la miraba así?, él sabía que ella no podía soportarlo. Suspiró largamente.
—Entiendo que tal vez hay
cosas que solo puedes hablar con Ukyo porque es tu amiga —comentó girando la
cabeza a un lado, si Ranma conocía sus puntos débiles, ella también los de él—.
Solo me gustaría... que hablaras conmigo.
Continuó con la cabeza
vuelta, sin mirarlo, y caminaron en silencio. Akane fue sintiendo la presión de
la mano de su marido cada vez con menos fuerza, hasta que con suavidad la
soltó.
Y a partir de ese
momento, la duda creció.
Siempre había sido una
muchacha alegre. De carácter, no lo negaba, pero alegre; practicaba las artes
marciales, que amaba; se llevaba bien con sus compañeros de instituto
(exceptuando ciertos inconvenientes producidos a la hora de la entrada por un
grupo de pervertidos, pero podía manejarlo); ayudaba a Kasumi en las cosas del
hogar; salía con sus amigas. Incluso cuando la comprometieron con un extraño
trató de conservar el buen humor; incluso cuando resultó que a su prometido le
salían otras prometidas de debajo de la tierra trató de seguir siendo alegre.
No se consideraba una persona triste, lloraba a veces, como todo el mundo que
necesitaba hacerlo de vez en cuando, pero tenía un pensamiento positivo. Sin
embargo, después de aquel encuentro fortuito su ánimo decayó, no podía sacarse
de la cabeza que quizá Ranma la engañaba, pero no por buscar placer en otra
parte, si no para tratar de tener un hijo.
Era una idea absurda, eso
le decía una parte de su mente, pero la otra le informaba de la presión que
tenía él para ser varonil, para demostrar que era todo un hombre y
para dar un heredero a la Escuela de Combate Libre. Quizá después de todo no
importaba quien era la madre de ese heredero.
No dudaba que él la
quisiera, pero se angustiaba pensando que a veces existían cosas más
importantes que el amor: el deber, por ejemplo. No podía evitar sentirse
desdichada notando que a veces Ranma estaba a punto de hablarle, a punto de
decirle algo importante, pero después solo comentaba sobre la comida o los
avances de algún alumno del dojo. Había momentos en que él la abrazaba casi con
desesperación, y a ella se le encogía el corazón pensando que él también sufría
por algo.
Se encontró en muchos
momentos pensando dónde estaba su carácter, adónde se había ido su espíritu de
lucha, era incapaz de recuperarlo. Había días en que se sentía aletargada, como
si no fuera ella misma, cansada y hasta débil. Solo un día en que se le
revolvió el estómago al probar una de sus galletas favoritas cayó en la cuenta
de las fechas e hizo cálculos rápidamente. Veinte días. Nunca había tenido un
atraso tan grande y solo esperó un par de días más para poder estar segura,
hasta que finalmente fue a hacerse el examen para tener una prueba absoluta.
Había sonreído
ampliamente al volver a casa desde la clínica, pensando en que al otro día
tendría listos los resultados y podría confirmar sus sospechas. La telaraña de
malos pensamientos de los días anteriores se deshacía y con la mente despejada
pudo darse cuenta de las tonterías que había pensado. No podía haber nada entre
Ranma y Ukyo, seguramente era todo un malentendido, como tantos otros de cuando
era adolescente. Es más, pasaría a ver a Ukyo en la tarde, pensó con ánimo,
había dejado de verla porque sí sin mediar una palabra solo porque estaba
celosa y dolida. Sí, iría a saludarla... y quizá comería algo. Se le antojaba
un okonomiyaki.
—¿Entonces está enamorada,
señorita Ukyo?
La voz de Konatsu sonó
suave, casi triste y, sin saber por qué, Akane se detuvo en el momento en que
iba a deslizar del todo la puerta para entrar al local. Instintivamente se hizo
hacia atrás para quedar oculta por la mampara. El corazón empezó a latirle más
rápido de la cuenta, y aunque sabía que solo espiaba una conversación ajena,
estaba ávida por oír aquello. Necesitaba saber.
—Bueno... supongo que
para ti no es ninguna novedad, ¿cierto? —replicó Ukyo con una pequeña risita.
—Cierto —indicó Konatsu.
Todo quedó en tan
completo silencio que Akane tuvo que mover unos milímetros la cabeza y mirar
por la pequeña abertura de la entrada para cerciorarse de que continuaban en la
habitación. Ukyo estaba allí, tras la barra, limpiando y acomodando los
utensilios que usaba para cocinar. Más hacia un costado, el ninja, de espaldas
a Akane, le pasaba lentamente un trapo a una de las mesas.
—Estoy segura de que él
también me quiere —aseguró Ukyo después—. No me lo ha dicho exactamente,
pero... Bueno, solo lo sé. Nos hemos besado. En más de una ocasión.
Akane vio como la
cocinera se sonrojaba un poco, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
No podía estar hablando de... No, no podía ser, ¿verdad? Pero la muchacha tuvo la certeza de que no se equivocaba en lo
que pensaba.
Konatsu se movió y
entonces la chica de cabello corto pudo observar su rostro pálido y apagado,
sus labios apretados y sus ojos tristes. El kunoichi suspiró y se deslizó
despacio hasta la parte de atrás del local.
—Pero yo pensaba que él
estaba... —comenzó a decir.
—Sí, lo sé, yo también
—lo interrumpió la cocinera. Después sacudió la cabeza—. Yo también creía que
él estaba enamorado... pero, si fuera así no aceptaría que yo... No fui yo
quien lo besó. Él viene aquí. Él me busca y yo...
Se interrumpió
mordiéndose los labios.
—Entiendo, señorita
Ukyo...
Konatsu dijo algo más,
pero Akane no lo escuchó debido a la distancia, o quizá su corazón estaba
latiendo demasiado fuerte en su pecho y no podía oír. Se apoyó en la puerta sintiendo
la presión de una piedra en el estómago. Y en la garganta. Y por todas partes.
Algo le estaba impidiendo respirar, algo de hierro le estaba apretando el
corazón.
Escuchó en un murmullo la
conversación de Konatsu en el fondo del local, pero no fue capaz de entender
nada de lo que decía. La respuesta de Ukyo, sin embargo, la escuchó sin
dificultad desde su lugar.
—Sí... y ese es el
problema —Ukyo suspiró—. Todo sería mejor si se lo dijera... Quiero decir, ¡Akane
se merece saberlo!... Espero que Ranma hable pronto con ella... a mí no me
gusta engañarla así, ella es mi amiga.
Akane cerró los ojos. En
ese momento no sabía si entrar al local de okonomiyakis gritando y pidiendo
explicaciones, o ir a casa corriendo y buscar a Ranma para estrangularlo, para
matarlo. No sabía si quería morirse en ese mismo instante.
Estaba tan furiosa que
temblaba, era incapaz de llorar. No recordaba cómo había llegado a casa después
de eso, pero sí recordaba la mirada preocupada de Kasumi cuando le respondió
que Ranma no estaba. Eso había sido una lástima, si hubiera estado en casa
podría haberlo golpeado y podría haber gritado hasta quedarse sin voz. Podría
haber llorado hasta deshidratarse porque sus sueños se rompían en pedazos,
porque la habían engañado, porque la persona que más amaba en el mundo le había
mentido.
Pero Ranma no estaba, y
eso la obligaba a no actuar, a esperar. Y a pensar. Y pensar resultaba
demasiado doloroso, sobre todo cuando la frase «nos hemos besado» se repetía
una y otra vez en su cabeza. Tenía que tragarse las recriminaciones y la
desesperación. Cuando corría el riesgo de dejar un surco en la alcoba después
de caminar de aquí para allá por media hora, y después de que a su mente habían
llegado todas las implicancias de la infidelidad de su marido, decidió bajar la
escalera, sintiendo que el secreto que había descubierto le quemaba dentro del
cuerpo.
El destino quiso que
fuera su suegra la primera persona que se cruzara en el vestíbulo. La mujer la
miró con una sonrisa, la misma más amplia y brillante que de costumbre con que
la miraba los últimos días, sobre todo cuando Akane tenía que retirarse de la
mesa alegando que estaba llena, porque no podía soportar el aroma a pescado de
los guisos de Kasumi. Sí, seguramente Nodoka se había dado cuenta de que estaba
embarazada y por eso siempre andaba tan alegre.
—Akane, ¿te encuentras
bien? —preguntó cálidamente, poniéndole una mano en el brazo.
La muchacha se
estremeció. ¿Qué podía decirle? «Sí, tía, estoy muy bien. Acabo de descubrir
que Ranma tiene una amante». Se le rompería el corazón. Prefería ahorrarle el
sufrimiento por ahora, prefería cargar ella con ese peso hasta que fuera
inevitable que se enterara. Porque toda la familia se iba a enterar tarde o
temprano, sobre todo cuando ellos se separaran; no le importaban las
tradiciones en ese aspecto, no iba a ser la esposa tonta y sumisa que perdonaba
y mantenía las apariencias en casa mientras el marido se divertía fuera.
Apretó los puños.
—Sí, tía —respondió
juntando todo el valor posible.
—Te encuentro un poco
pálida —comentó la señora. Si hubiera observado mejor también habría apreciado
los ojos marrones brillando como dos brasas en su rostro—. Creo que te vendría
bien tomar un poco de aire, acompáñame a hacer unas compras.
—Tía... creo que este no
es buen momento...
—Ven, vamos —insistió
Nodoka llevándola de la mano hasta la salida—. Kasumi quiere que le traiga unas
cosas del centro comercial, podemos pasar por alguna tienda para comprarte
algo. Se acerca tu cumpleaños.
Lo había olvidado, pronto
cumpliría 22. Cerró los ojos durante un momento. Tal vez sí podría despejarse
por un rato antes de enfrentar a Ranma y que ocurriera lo inevitable.
—De acuerdo —respondió
con voz apagada.
Sin embargo, cuando
entraron a la tienda que ambas conocían bien por haber comprado allí en otras
ocasiones, pensó mejor aquello de que podría despejarse. Las empleadas no
paraban de hablar sobre el matrimonio y los niños; a esa altura era un hábito para
ellas indagar si Nodoka se había convertido ya en abuela, y esta vez a Akane la
pregunta le hizo doler el estómago. Aceptó con gusto probarse cualquier ropa
solo para tener un poco de paz encerrada en el probador.
Corrió la cortina con
fuerza y se tapó el rostro con ambas manos respirando agitadamente. Sintió que
a partir de ese momento empezaría a tragarla un pozo negro. ¿Qué iba a hacer?
Tenía un hijo, lo sabía, no necesitaba la confirmación del examen. Ahora ya no
se trataba de pensar solo en su propio futuro, había otra vida por la que velar
y preocuparse.
«Tienes que ser fuerte,
Akane», pensó para darse ánimos. «Tienes que serlo».
Seguiría adelante.
Kami-sama sabía lo difícil que sería tener que seguir viéndolo, saber que tenía
que participar en la crianza y la educación de ese hijo, saber que seguirían
compartiendo algo tan importante por siempre. Iba a dolerle más allá de lo que
se podía explicar porque sabía que nunca iba a dejar de amarlo, este
convencimiento era tan fuerte como el amor que le tenía.
«Tienes que ser fuerte».
Pero era muy difícil. Ya no quería ser fuerte, necesitaba un momento para
echarse a llorar. Quería despertar de pronto y descubrir que todo era un sueño
horrible. Quería olvidar todo, para que ya no doliera.
Sabía lo difícil que
sería todo. Tener que enfrentar a su esposo, revelarle que conocía el engaño.
¿Estaría él arrepentido, de alguna manera?, ¿tendría intenciones de arreglar
las cosas entre ellos? Akane dio un largo suspiro, pensando en que eso sería
incluso peor.
Porque tuvo la certeza de
que aunque le rogara, no podría perdonarlo.
.
.
.
.
Akane
se tapó la boca con una mano en un intento de acallar el llanto. Afuera estaba
lloviendo a cántaros desde hacía rato y había una tormenta eléctrica
importante, pero ella prácticamente no se había percatado. Estaba demasiado
sumida en los recuerdos y en la terrible noticia de que la amnesia solo había
servido para retrasar lo inevitable y ahora aquello dolía más profundamente que
nunca. Bien decían, ten cuidado con lo que deseas.
Se
movió frenética por el cuarto, pensando en aquel día cuando ya no soportó el
reducido espacio del probador donde parecía que sus pensamientos querían
volverla loca, y cuando salió las piernas no la sostuvieron; se desvaneció
mientras veía la cara preocupada de su tía. Y después nada. Oscuridad. Luego
abrir los ojos para vivir una vida que no recordaba.
Repasó
todos los acontecimientos de aquellos días, sobre todo la manera en que Ranma
siempre estaba a su lado; cómo le costaba poner en palabras todos sus
sentimientos, pero cómo con acciones podía demostrar más, cómo la miraba, con
una mezcla de amor y preocupación.
«Tal
vez él está arrepentido de todo y quiere comenzar de nuevo. Tal vez yo podría
perdonarlo... puedo entender que él haya querido... Tal vez tengo que olvidarme
de todo y pretender que nada ocurrió, y seguir adelante. Nosotros podremos
seguir juntos y aquello solo será un
incidente, nunca tendríamos que hablar del tema siquiera. Nunca mencionaríamos
que él...».
—¡No!
—exclamó decidida, levantando el brazo y apretando un puño—. ¿A quién engaño? ¡Nunca podría soportarlo!
Un
relámpago rasgó el cielo e iluminó el grisáceo día por un segundo. Akane dejó
caer el brazo que había levantado.
—Voy
a pedirle el divorcio —murmuró con voz grave.
El
trueno resonó por toda la ciudad como si la tierra se estuviera abriendo.
El
estruendo hizo vibrar los cristales de la ventana de la cocina. Kasumi dejó por
un momento de probar la sopa que preparaba para observar el panorama que se
divisaba desde la ventana.
—Qué
clima horrible —comentó Nabiki sacando una botella de jugo del refrigerador—.
Suerte que no tengo clases.
Kasumi
miró afuera un segundo más y luego siguió con su tarea con el humor habitual.
—No
te preocupes —replicó—, es solo una tormenta de verano. Pasará pronto
—vaticinó.


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