14

 



«Resumiendo

y ya que ciertamente

el olvido está lleno de memoria

vamos a destaparlo/a revelarlo».

 



(14)



 

Ukyo apoyó las palmas de las manos en el mostrador y se echó un poco hacia delante, la tela de su uniforme de cocinera se tensó en el pecho por el movimiento y los senos se apretujaron un poco más. Los ojos delineados por espesas pestañas estaban bien abiertos, los labios temblaban con cierta expectativa.

—Ran-chan... —murmuró suavemente.

Del otro lado de la barra, Ranma Saotome acribillaba a una pobre pizza japonesa con los palillos, sin haber probado todavía ni un trozo de la comida. Tenía la cabeza gacha y, aunque miraba su plato, en realidad no lo veía porque sus pensamientos estaban concentrados en otro lado.

Una de las manos de la cocinera se arrolló formando un puño y su entrecejo se frunció.

—¡Deja en paz ese okonomiyaki! —exclamó de pronto—. Si no vas a comerlo no juegues con él y habla. Dime de una vez lo que viniste a decirme.

El muchacho tragó saliva y dejó los palillos a un costado. Luego se aclaró la garganta.

—Hoy... —soltó un largo suspiro—. Hoy hablaré con ella.

El silencio reinó por un momento en el restaurante, luego Ukyo se llevó una mano al pecho.

—¿De verdad?

Ranma asintió brevemente.

—¡Ran-chan! ¡Me haces tan feliz! —saltó después, con los ojos empañados y tirándose completamente sobre la plancha para rodear el cuello del muchacho con los brazos y apretarlo en un abrazo—. ¡Auch!... esto quema —comentó luego, volviendo a su posición anterior.

Se quedó mirando a su amigo de la infancia un rato, él rehuía su mirada. La muchacha levantó una ceja y adelantó un brazo para tomarlo de la camisa.

—¿Es cierto, no, Ran-chan? ¿No es una broma? —preguntó mirándolo atentamente a la cara.

—Claro que es cierto —replicó él haciéndose el ofendido, soltándose del agarre.

—Entonces... ¡¿por qué rayos vienes aquí a comer en lugar de estar allá con ella diciéndoselo?! ¡VE AHORA MISMO! —ladró.

—¡ESTOY UN POCO NERVIOSO! —respondió Ranma en el mismo tono histérico.

El par de amigos se quedó mirando un momento y después los dos dejaron caer los hombros. Ranma volvió a sentarse en la banqueta de la que se había levantado para poder gritar con mayor potencia.

—Solo tienes que relajarte, tomar aire y decírselo —aconsejó Ukyo—. Fíjate, mira como lo hago yo —la chica tosió un poco y cuando volvió a hablar su voz era un tanto más grave, imitando la del muchacho—. Akane, querida —tomó con gran amor una de las manos del chico entre las suyas—, tu amigo Ryoga estuvo todo este tiempo engañándote. Él también cayó en un estanque maldito y se transforma en un pequeño cerdito negro que tú conoces bien, cielo.

La cocinera sonrió ampliamente.

—¿Ves qué fácil?

Ranma hizo una mueca.

—¡Yo no hablo así! —se quejó, y después suspiró desesperanzado—. Claro, para ti es muy fácil decirlo... a ti no es a quien va a golpear.

—En todo caso, es tu culpa —Ukyo se cruzó de brazos—. De verdad, Ran-chan ¡llevan cuatro años de matrimonio! ¿Cómo puede ser que aún no le contaras un secreto tan importante? Recuerdo la impresión que tuve yo cuando me enteré, ¿te imaginas ella?

—Ya basta con eso, U-chan, ¿crees que no lo he pensado?

—Pues no lo parece —insistió la mujer—. Si hasta da la impresión que me preocupara más yo que tú —agregó.

—¡Las cosas no son así! —exclamó el chico, entre nervioso y exasperado—. Cuando nos casamos... eso era en lo que menos pensaba, ese cerdo era el último tema en mi cabeza. Y después él fue desapareciendo... quiero decir, P-chan ya no aparecía en casa e incluso Ryoga no iba de visita como antes. Después pasaron tantas cosas... había tantas cosas nuevas que enfrentar ¡lo último en mi cabeza era ese cerdo!

—Pues debería haber sido lo primero —replicó la cocinera con un gesto de superioridad—. Quiero decir, si no fuera porque yo ahora te empujo a eso tampoco hablarías con Akane.

—¡No! ¡Eso sí que no! Escucha, quiero empezar una nueva vida, quiero tener una vida normal de una buena vez. Quiero... ¡quiero tantas cosas!

—Me alegro por ti —asintió la chica—. Yo también quiero hacerlo, Ran-chan. Yo también quiero una vida nueva —insistió Ukyo—. Y solo tú puedes dármela.

El muchacho se cruzó de brazos y giró la cabeza a un costado en un gesto infantil.

—No tiene nada que ver una cosa con la otra —murmuró.

—¡Claro que sí! Ryoga y yo... ¡él me ama! Lo sé.

Ranma sacudió la cabeza.

—No entiendo nada —dijo—, lo último que supe era que él estaba intentando algo con Akari, y luego me vienes con estas noticias...

—Ja. ¡Akari!... —Ukyo hizo una mueca—. No entiendes nada, Ran-chan, ¿cómo podría ser feliz con ella? Ella solo lo quiere porque él se convierte en cerdo, no lo acepta cómo es, no conoce los sufrimientos que ha pasado por culpa de su maldición.

Ranma se quedó desconcertado observándola.

—Pero él estaba con ella —insistió confundido.

—¡Eso fue hace mucho! ¿Acaso no te he contado todo? Es verdad que Ryoga había intentado permanecer con ella, pero al poco tiempo empezó a viajar de nuevo. Es su naturaleza, ¿entiendes?, no puede cambiarla. Eso es lo que haremos, ¿sabes? —dijo después sonriendo—. Vamos a viajar por todas partes vendiendo okonomiyakis, el negocio prosperará mucho, lo sé —agregó con ojos ilusionados.

Con buen humor revolvió la mezcla especial que usaba para cocinar y luego dispuso varias porciones sobre la plancha caliente.

Ranma hizo una pequeña mueca, por un momento pensó si Ryoga estaría enterado de esos planes y qué pensaría al respecto, pero después sacudió la cabeza.

—De eso me has hablado muchas veces —replicó—. Yo debo ser sincero con mi esposa, pero no entiendo qué tiene que ver eso contigo —Ukyo abrió la boca, pero el muchacho la interrumpió—. Y no me digas que es solo porque son amigas.

La cocinera cerró la boca hasta apretar mucho los labios.

—¡Quiero que ella lo odie! —exclamó azotando con la espátula la masa que estaba sobre la plancha, el aceite chisporroteó—. ¡Quiero que lo odie!

Ranma se quedó paralizado observándola, vio como ella apretaba un poco la mandíbula y seguía golpeando el okonomiyaki que se cocinaba sobre la superficie caliente. No dijo nada.

—Si ella lo odia cuando sepa la verdad, tal vez él se dé cuenta de una vez por todas que no tiene ninguna posibilidad... ¡Diablos! —exclamó, casi con lágrimas en los ojos—. Yo lo acepto, aunque sea un cerdo. ¡¿Por qué le cuesta tanto entenderlo?! Me gusta como sea, lo amo así. ¿Es tan descabellado? Digo, Akane te acepta a ti, ¡y tú cambias de sexo!

—¡Oye! —intervino su amigo dando un golpe en la mesa, pero la mujer no le prestó atención.

—No quiere ver la realidad, es eso —se quejó—. Pero cuando Akane descubra la verdad y él vea que hace mucho tiempo que no tiene ninguna posibilidad de estar junto a ella... Entonces, creo que se podrá dar cuenta de mi amor. Él siente algo muy fuerte también, lo sé, lo sé.

Ranma agitó una mano.

—U-chan, ¿de qué hablas? ¿Piensas de verdad que está tan enamorado? ¡Ese idiota amaría a cualquiera que le dijera que se ve bien!

—¡Tú no lo conoces como lo conozco yo! Sé que me quiere de verdad —respondió con pasión. Su amigo se quedó quieto, sin saber qué decir. Ukyo suspiró—. No puede ser que pierda a los dos hombres que he amado por la misma mujer —susurró compungida, como si hablara consigo misma.

Ranma frunció el ceño y se removió en el asiento.

—Y lo peor es que no puedo culpar a Akane, ¿sabes? —la mujer movió la cabeza apesadumbrada—. La he conocido un poco mejor en este tiempo, y sé que ella no es una mala persona, sé que ella no buscó enamorarlo. Lo lamento, de verdad, porque sé que va a estar muy dolida cuando se entere lo de P-chan, pero es preferible que lo sepa ahora y no cuando ya sea muy tarde. Dime —Ukyo se echó nuevamente hacia adelante y miró atentamente al muchacho al otro lado de la barra, sus ojos ardieron—, ¿con quién está tu honor, con un amigo o con tu esposa, la mujer que amas?

El muchacho entrecerró los ojos.

—Te dije que lo haría y lo haré, pero no tiene nada que ver con el cerdo de Ryoga ni contigo —anunció con solemnidad—. Lo haré por ella. Y por mí.

—Entonces, vete, vete, antes de que te arrepientas —dijo Ukyo empujándolo hacia la salida.

—No me voy a arrepentir —replicó Ranma.

—¡Buena suerte! —lo animó la cocinera con una sonrisa brillante, sin prestarle la menor atención a sus palabras.

«Sí, lo haré, pero me pregunto cómo reaccionará... No es la misma Akane de siempre, no recuerda todo lo que vivimos. Es el peor momento para hablar con ella», suspiró. «¿Podrá perdonarme?».

El muchacho salió a la calle y a las pocas cuadras una fuerte lluvia lo sorprendió. Suspiró con hartazgo. Ajustó el pantalón a su nuevo cuerpo femenino y sintió como los zapatos le bailaban en los pies.

—Soy una chica —murmuró sin ganas, dando la noticia al viento.

Eso no podía tomarse como una buena señal.

. .

.

.

Voy a pedirle el divorcio. Akane escuchó sus propias palabras como un eco.

Sonaba demasiado fuerte, se le llenó el corazón de angustia y, despacio, la tristeza le fue ganando el lugar a la furia. No iba a poder mirarlo a la cara y enfrentarlo sin llorar, estaba perdida. No iba a poder salir indemne.

Cuando lo vio entrar en la habitación su corazón saltó. Parecía que lo miraba por primera vez, porque lo descubría bajo una nueva luz. A pesar de todo, el cabello mojado y brillante y su expresión de fastidio le recordaban esas veces en que se abrazaba a ella apoyando la cabeza en su regazo, abatido porque nuevamente la cura se le había escapado de las manos.

¿Qué iba a hacer? ¿Qué podía hacer?

Siguió todos sus movimientos con los ojos bien abiertos.

.

.

Ranma resopló, maldiciendo la lluvia. La tormenta había sido tan fuerte que terminó empapado en pocos minutos y tuvo que esperar un rato bajo el puente del canal a que pasara la peor parte del temporal. Al llegar a la entrada de la casa Tendo se quitó la camisa sin mangas que llevaba y la retorció para sacar el exceso de agua, dejando la mitad superior de su femenino cuerpo desnudo.

—Genial, simplemente genial —murmuró entrando a la casa y subiendo los escalones pesadamente, suspirando.

Lo más urgente era conseguir agua caliente, luego... bien, tendría que hablar con Akane.

Deslizó la puerta de la habitación y entró. Akane lo observaba atentamente.

—¿Qué pasa?... Ah... —Ranma miró su propio torso y volvió a suspirar—. Ya sé, ya sé —murmuró y fue a buscar en los cajones algo de ropa—.¿Así te parece bien? —dijo colocándose una camiseta, después suspiró—. ¿Te das cuenta de la tormenta que había afuera? Estoy empapado, ¿qué otra cosa podía hacer? Además, voy a darme un baño, así que no hay mucho caso en vestirse.

—Lo sé todo —anunció Akane sin preámbulos, con la voz entrecortada.

—¿Cómo?... ¿Quieres decir que recordaste? —preguntó Ranma con los ojos brillantes—. Pero ¿cómo? ¿Cuándo...?

La muchacha lo detuvo levantando una mano.

—Oh, sí... recordé. Sí —respiró hondamente—. Recordé que te vi con Ukyo, recordé que la escuché decir que la habías besado...

—¿Qué qué? —Ranma dejó caer la mandíbula—. ¿Que yo...? ¿Cuándo? —se preguntó mirando hacia arriba, rebuscando por acto reflejo en su memoria, indagando si quizá no hubo un momento que pudo malinterpretarse—. ¿Con U-chan?

El apelativo cariñoso que tantas veces le había escuchado la atravesó hiriéndola como nunca.

—No puede ser —concluyó la pelirroja.

—¡Sí! ¡Con Ukyo! —estalló—. ¡No me tomes por tonta! Lo escuché. Ella misma lo dijo, ¡los dos me engañan! Basta de fingir que no es tu culpa o no tienes nada que ver en esto. Lo escuché. Ella dijo que está enamorada y que tú la amas. Por lo menos merezco que me lo digas. Me engañan, los dos. Pensé que ella era... tal vez fui una tonta al pensar en ella como un amiga, pero pensé que por lo menos me respetaba.

—¿Qué te enga...? —Ranma se pasó una mano por la cara—. ¿Habló contigo? ¿Te dijo algo? —preguntó con los ojos llameantes.

Apretó un puño. ¿En qué clase de enredo lo había metido U-chan? Iba a tener que hacerle una visita y no iba a ser muy amistosa... ¡Pero si acababa de estar allí, maldición! ¿Le había ocultado que ya había hablado con Akane? ¿Y se decía su amiga? Sintió que la ira le corroía la garganta, dándole un sabor amargo a la saliva.

—No —dijo Akane en tono bajo—. La escuché hablar con Konatsu por casualidad, y lo lamento de verdad. Hubiera preferido enterarme por ti y no así. Pensé que al menos serías... —se mordió el interior de los labios para no empezar a llorar.

—Que te engañamos —repitió Ranma pensativo—. Que está enamorada —hablaba como si quisiera hacer una nota mental. Después soltó una carcajada corta sin humor—. No tiene nada que ver con eso. No es lo que piensas.

—No, claro. Nunca es lo que pienso, siempre es un malentendido, siempre hay alguna explicación retorcida —dijo Akane con ironía.

—¡Pues sí! —exclamó la mujercita pelirroja—. ¡Te aseguro que no es nada de lo que crees!... ¿Así piensas de mí?

—¡Escuché que me engañaban! —recalcó Akane con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Qué más puede ser?

—O sea que es eso, de mí siempre piensas lo peor —afirmó Ranma con una mirada dura.

—No es cierto. Yo...

—¡Es así! —afirmó la pelirroja—. Lo que te dice cualquiera tiene más peso que todo lo que pasamos —comentó despacio, como si revelara la solución a un problema que había buscado por años.

—Yo... y-yo... —empezó a tartamudear nerviosa y confundida la muchacha.

¿Era posible? ¿Se había imaginado todo? No. ¡No! Había escuchado y las palabras dolían como dagas todavía. Él la engañaba, Ukyo, a quien había creído su amiga, también la engañaba. Lo había sabido por su propia boca.

—Yo lo escuché. ¡Lo escuché! —insistió Akane mirando a todas partes tratando de encontrar una respuesta. Se llevó los dedos a los labios para poder controlar el temblor.

—Lo escuchaste —repitió Ranma decepcionado.

De pronto lo vio muy claro. Nada de lo que él pudiera decir haría que Akane cambiara de idea, su terquedad y su orgullo eran demasiado grandes como para permitirle escuchar. Aguantó las ganas de reírse histérico. Sus ojos estaban por fin abiertos. O sea que las cosas eran así, la felicidad que tuvieron fue solo un espejismo que había llegado a su fin. Sintió que los planes que había hecho se le escapaban entre los dedos, y no tuvo ganas de esforzarse en retenerlos.

Pero ¿cómo era posible que su esposa pensara eso? Y él tan idiota que no podía imaginar siquiera en tocar a otra mujer. Había algo muy irónico en eso, de verdad, ¿sería algún dios aburrido que se estaba divirtiendo a su costa?

—¿Y todo esto por lo que escuchaste? ¿Así tan fácil? No importa nada de lo que yo te diga entonces, ¿no? —la pelirroja se permitió sonreír lentamente con amargura, ahora ya no importaba nada—. No confías en mí, es así de simple. Yo pensé que tú...

Dejó las palabras en el aire, sin ganas ni fuerza para decirlas.

—¡No es eso! —refutó Akane con fuerza, intentando no llorar—. Vi... y escuché... ¡y solo pude imaginarme una cosa! ¿Qué hubieras hecho en mi lugar? Claro que pienso lo peor, nuestra vida parecía demasiado perfecta para ser verdad.

—¿Perfecta? —Ranma parpadeó y ladeó la cabeza, desconcertado, como si Akane hubiera hablado en otro idioma—. Perfecta... ¡Perfecta! —casi escupió—. ¡Mírame! ¡Mírame bien, Akane! —exclamó poniendo las manos en sus pechos—. ¡¿Dónde ves lo perfecto aquí?! ¡¿Qué es lo perfecto en nuestra vida?! ¡Dímelo! ¿Verme en cuerpo de mujer te parece perfecto?¿Estar rodeados por un grupo de gente rara que solo piensa en separarnos?, ¿eh? ¿O tal vez que nuestros padres nos chupen la sangre para vivir cómodos?

—Eso no es verdad —intervino Akane arrugando el ceño.

—¡Como sea! —gritó la mujercita—. ¡Estoy harto! Y debo ser ciego, además, porque no veo lo perfecto por ningún lado —agregó levantando las manos.

—El hecho... el hecho de que tú me amaras era lo que me parecía demasiado perfecto —murmuró Akane agachando la cabeza.

Ranma cerró tanto los puños que se clavó las uñas en las palmas. Tenía ganas de llorar de rabia, era demasiado. Había llegado al límite.

—¡Basta, Akane!... Esto es una idiotez, no me hables más de eso —pidió tratando de controlar la furia—. ¿Qué importa nada lo que yo sienta si tú al final no confías en mí? Nunca me escuchas, estoy cansado. No crees en mí y no hay nada más que pueda hacer. Esto no es bueno para ninguno de los dos. Tal vez la única salida sea separarnos.

Akane lo miró con la boca abierta, horrorizada. La pelirroja salió del cuarto tan rápido que solo fue un borrón de colores.

—¿Qué diablos está pasando aquí? —Akane se miró las manos con los ojos muy abiertos, incrédula y desesperada, tratando de entender si era la realidad o estaba soñando—. ¿Cómo es que resulta que ahora la mala soy yo? ¡No puede ser!

. .

.

.

Nabiki levantó los ojos y miró el techo, tratando de imaginar la escena que estaba teniendo lugar en el piso de arriba, tomando en cuenta los gritos que se escuchaban.

—Nabiki... —murmuró Kasumi llevándose una mano a la mejilla con expresión preocupada. Su hermana giró los ojos hacia ella y silbó apreciativamente.

—Esto es algo gordo, Kasumi —comentó.

—¿Crees que deberíamos...? —pero la hermana mayor no pudo terminar la pregunta.

—Shh... —pidió Nabiki—. Déjame escuchar. ¿Dijeron algo sobre una infidelidad? Creo que tenemos que ir arriba para escuchar y entender mejor.

—Nabiki, por favor —la regañó Kasumi—. Solo tenemos que esperar a que se calmen y se reconcilien, como siempre. Comamos nosotras solas por ahora.

—Esta es una tormenta mucho mayor que la que había hace un momento —reflexionó Nabiki pensativamente.

. .

.

.

Cuando creía que las cosas no podían empeorar, ahí estaba. De nuevo de pie en medio del cuarto y sintiéndose ahora más sola que nunca. Estaba vacía. Sentía dolor y, comparando, no sabía cuál era peor, el dolor de cuando se creyó traicionada, o el de saber que había lastimado a Ranma. Probablemente no importaba, las dos sensaciones eran horribles.

Estuvo durante mucho rato completamente quieta, concentrándose en su respiración. Sentía que el mundo seguía girando a su alrededor, pero ella era incapaz de reaccionar. ¿Qué había hecho? ¿Lo había juzgado demasiado pronto? ¿Se había apresurado?

Sus ojos... Esa mirada que tanto amaba, que a veces podía hablarle mucho mejor que las palabras, se había cerrado para ella. Lo vio, vio cuando Ranma pareció correr una cortina y encerrarse en su propio dolor.

«¿Qué hiciste, Akane? Te equivocaste, no era como creías, no has madurado nada.»

¿Habría alguna salida? ¿Podría ella resolverlo? ¿Había tiempo?

Apretó un puño, resuelta. Como una Tendo era una luchadora nata y como una Saotome había aprendido a no rendirse nunca.

. .

.

.

Las tejas húmedas del techo no eran el mejor sitio para estar sentado en ese momento, pero a Ranma no le importaba. Para mostrarlo con mayor claridad: ni siquiera se daba cuenta. La idea de buscar agua caliente también había sido olvidada.

Con una de sus piernas estiradas, la otra flexionada y uno de sus antebrazos descansando en la rodilla parecía la viva imagen de la placidez y la despreocupación. Si no fuera por los tormentosos pensamientos que cruzaban su cabeza.

De alguna manera sabía que eso tendría fin. Desde el principio, siempre lo supo, solo que la conciencia estaba agazapada al fondo de su mente y él trataba de empujarla siempre atrás. Su vida había sido siempre difícil, nunca le había dado un respiro, pero hacía años se había permitido soñar que después de todo no estaba solo para darle batalla porque la tenía a ella. Akane estaba a su lado y así parecía que las cosas eran más fáciles. Pero como todo, eso fue una ilusión pasajera.

Era el final.

«¡Todo por culpa de ese cerdo!», pensó con rabia. ¡Maldito Ryoga! Si no existiera, si no hubiera aparecido para joderle la existencia, si Akane no fuera tan tonta de no darse cuenta que el chico desorientado y el cerdito negro eran el mismo, él no tendría que verse en ese embrollo en este momento.

Ranma soltó un gruñido y dejó caer el puño sobre la teja sin demasiada fuerza, pero consiguiendo de todos modos agrietarla un poco.

Mentira. Era mentira. Estaba haciendo lo mismo que Ryoga, que como un idiota lo había seguido a China y ahora lo culpaba de estar maldito y de todas las desgracias que le llegaron después. Culpaba a los demás de lo que era solo culpa suya, él era el idiota que no sabía cómo manejar las cosas, él había decidido ocultar lo de P-chan a Akane.

«¿Con quién está tu honor, con un amigo o con tu esposa, la mujer que amas?»

Ranma hizo una mueca, torciendo los labios, como si le hubieran clavado un cuchillo en el pecho.

—Bah... lo dice porque le conviene —murmuró. Pero sabía que, aunque Ukyo solo trataba de convencerlo para ganar el amor del cerdo, en el fondo tenía razón.

No era justo, había luchado tanto, había hecho planes para el futuro. ¿A fin de cuentas iba a terminar todo así? ¿Él lo iba a permitir? ¡No! ¡No! ¡No!

Se llevó las manos a la cabeza y se desordenó el cabello con fastidio.

Era un malentendido. No podía rendirse, no ahora. Si dependía de él, saldría victorioso.

Pero ¿cómo empezar?

. .

.

.

La vieja escalera de mano seguía recostada a la pared de atrás del dojo cuan larga era, la muchacha la tomó y la llevó hasta uno de los lugares más accesibles para llegar al techo. Aferró uno de los peldaños con ambas manos y apoyó la frente en la madera, tomándose un tiempo para respirar. Después empezó a trepar.

Cuando Akane emergió en el techo, parecía que el tiempo había vuelto atrás, a un día como cualquier otro en que Ranma tenía un momento de crisis existencial u otro de sus grandes problemas y ella venía para apoyarlo o simplemente hacerle compañía para que él pudiera pasar el mal trago.

Se sorprendió de ser tan consciente de su aura en cuanto puso los pies sobre las tejas. Era una energía extraña, mezcla de desolación, tristeza y dolor. Supo que a Ranma se le había caído el alma a los pies, y por un momento Akane solo pudo estar de pie sobre el techo, observando el perfil de la pelirroja, que permanecía quieta y mirando al frente.

Trató de reordenar sus ideas mientras daba un par de pasos, quedándose a una distancia prudencial.

—¿Recuerdas...? —se aclaró la garganta, sintiéndola irritada después de haber contenido el llanto. Tragó varias veces—. ¿Recuerdas aquél día en que nuestros padres nos entregaron los papeles del dojo? Estuvieron llorando toda la mañana y hablando sobre el «gran legado» que nos dejaban, hablando sobre que ya estábamos listos para recibir la verdadera herencia y nosotros estábamos tan emocionados pensando que el dojo sería todo nuestro... —Akane sonrió ampliamente, sintiendo con el movimiento que le escocían los labios agrietados—. ¿Recuerdas? Y cuando abrimos la caja, la mayoría de los papeles eran deudas y facturas impagas... entonces, yo me puse tan furiosa y tan triste. Por un momento perdí completamente la esperanza de que pudiéramos arreglar eso.

Ranma la escuchaba atentamente sin moverse. Giró la cabeza hacia un lado para que ella no pudiera verlo a la cara y frunció el ceño con preocupación.

—Pero entonces, tú dijiste algo como «esto es tan propio de ellos, ¡voy a matar a ese maldito viejo!» —Akane respiró hondamente—, y en ese momento me sentí mejor. Supe que estábamos juntos y que no importaba qué pasara, seguiríamos juntos y lucharíamos contra todo... Qué tontería, ¿no?

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Ranma.

—... Quiero decir, no era la primera vez que amenazabas de muerte al tío Genma —continuó la muchacha—, pero en aquel momento me pareció muy claro que a partir de allí éramos dos, juntos para todo, y nos apoyaríamos el uno en el otro. Yo confié en ti.

El corazón de la pelirroja estaba latiendo tan fuerte que de seguro se escuchaba hasta el otro extremo de Tokyo, ¿verdad? Seguía insistentemente mirando hacia el otro lado, no sabía si quería no verla o que ella no lo viera, no pudiera apreciar la conmoción que estaban causándole sus palabras.

—Yo confío en ti —insistió la muchacha de cabello corto—. Tal vez a veces no lo parece, pero así es. Fue muy raro cuando no podía recordar, ¿sabes?, porque de vez en cuando me llegaban estas... memorias, estos recuerdos... y eran siempre momentos felices, en todos esos recuerdos yo me sentía feliz. Qué curioso, ¿verdad?, porque ahora que puedo recordar todo, que tengo memoria de todo lo que ha pasado en estos años, sé que no todos fueron tiempos felices, y eso es normal.

Akane levantó la cabeza y miró por un momento las formas y los colores de las nubes que se amontonaban en el cielo, volvió a tomar aire y a soltarlo despacio.

—Quizás mi mente quería decirme algo, ¿no? —continuó después—. Tal vez me quería mostrar que no importaba que hubiera momentos muy dolorosos, porque también había felicidad, y con un poco de felicidad alcanza... ¡eso tal vez sea más de lo que mucha gente va a poder tener nunca en la vida! —sacudió la cabeza—. Lo siento. No quería olvidarme de ti, no quería perder todas las cosas que habíamos vivido juntos, no sé qué fue lo que ocurrió, pero... Solo sé que hace unos años elegí estar contigo, con todo lo bueno y lo malo que pudiera venir, y... y si llegan momentos difíciles solo tenemos que enfrentarlos juntos.

La chica de trenza seguía sin hablar, no sabía qué decir. Nunca había sido bueno con las palabras y ahora las malditas se le atascaban todas en la garganta y lo ahogaban. La situación lo había sobrepasado de todas las maneras posibles, no sabía ni dónde estaba parado.

Su esposa volvió a tomar aire con fuerza.

—Yo confío en ti —insistió—. ¡De verdad! Eres mi esposo. Yo sé que tú... tú... —Akane caminó de pronto hasta la orilla del techo. Ranma escuchó los pasos, pero cuando se dio cuenta de que no se acercaba a él, se giró para observarla.

La muchacha de cabello corto miró hacia abajo y se quedó pensativa.

—Sí, por ejemplo, yo... resbalara... ¿me salvarías, no? Yo sé que sí, no dejarías que me pasara nada. Puedo caminar por aquí con los ojos cerrados, ¿verdad?

Al mismo tiempo, Akane cerró los párpados, extendió los brazos y sonrió ampliamente, con las puntas de los pies en el borde del techo. Ranma abrió los ojos de par en par, alerta, se incorporó a medias.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Es cierto, ¿no? Siempre puedo confiar en ti —se balanceó un poco, en el abismo.

Ranma se puso en pie de un salto. «¡No puede ser que vaya a...!», acortó la distancia entre ellos y entonces se dio cuenta que Akane no hacía nada, seguía ahí de pie con los brazos abiertos, pero él ya no podía detenerse. El impulso iba a hacer que la derribara, solo podía saltar con ella, y así lo hizo. La envolvió por la cintura y saltó hacia abajo, Akane le devolvió el abrazo y Ranma casi podía jurar que sintió el cuerpo de ella regocijarse entero por el contacto.

Aterrizó en el patio con la suavidad acostumbrada, pero respirando agitadamente.

—¡Mierda, Akane! ¡¿Te quieres matar?! —gritó la pelirroja con la boca seca. Tragó saliva una y otra vez y cayó de rodillas, sin soltar a la otra muchacha.

Akane se encontró sentada en el suelo, con una mano podía acariciar la hierba que crecía en esa parte del patio, mientras la otra aferraba la camiseta de Ranma. Tenía la cabeza apoyada cerca de su corazón y podía escuchar sus rápidos latidos, por un momento se quedó como hipnotizada oyéndolos. Después cerró los ojos y se dio cuenta de algo: el maestro Happosai tenía razón, el pecho de la pelirroja era tibio y cómodo, un lugar muy grato para poder descansar por un momento, nunca lo había notado antes. Por supuesto, se cuidaría de no comentárselo a Ranma o podría ponerse algo paranoico.

Y, después de todo, ¿por qué ella se ponía a pensar una cosa así en un momento como ese?

—¡¿Qué es lo que buscas?! —exigió saber Ranma, todavía asustado, sin apartar a Akane de sí—. ¿Acaso querías saltar? ¡¿Perdiste el poco sentido común que tienes?!

—No iba a saltar, no seas tonto —replicó su esposa, todavía refugiada en su pecho y en el calor de su cuerpo—. No actúes como un loco.

—¡¿Qué yo no actúe...?! Claro que no ibas a saltar. ¡Te ibas a dejar caer! —Ranma soltó un suspiro exasperado—. No puedo creerlo... De verdad, Akane, ¿qué quieres? ¿Hacerme sentir peor de lo que ya me siento?... ¿Qué fue todo ese discurso? Yo... —Akane apretó aún más la tela de su camiseta y la pelirroja se dejó caer sentada en el suelo frente a ella. Negó despacio con la cabeza—. Arruiné todo... Lo siento.

De pronto relajó todo su cuerpo soltando un suspiro, como si se diera por vencido. Dejó caer los brazos a los costados. Akane se alejó un poco para poder mirarlo, pero los ojos de él estaban bajos. Lo tomó de las mejillas con la mayor delicadeza de la que fue capaz, y escondió una vez más las lágrimas en su garganta.

—Los dos. Arruinamos todo los dos, pero sé que vamos a solucionarlo porque... ¿Sabes? Yo te amo —dijo con sencillez.

Ranma la miró alertado, como si le hubiera dicho que caería una bomba en cualquier momento, después apartó la mirada, evitando los ojos de ella.

—Diablos... —susurró mientras se sonrojaba—. ¿Tienes idea...? ¿Sabes hace cuánto no me lo decías? —le reprochó en voz casi inaudible.

—Lo lamento —replicó Akane apretando los labios para no llorar, con las lágrimas agolpándose en sus ojos.

Estuvieron un momento en silencio, durante el cual Ranma estuvo preguntándose si estaría soñando o de verdad hacía unas horas Akane lo había acusado de estar con otra mujer y ahora le había dicho que lo amaba. ¿El mundo se había vuelto loco? ¿O él finalmente había perdido la cordura?

Entonces escuchó que Akane inspiraba lentamente para hablar y volvió a mirarla.

—Ranma... —comenzó ella, usando esa manera especial que tenía de pronunciar su nombre, deteniéndose un momento en la «n» y alargando un segundo más el «ma».

La pelirroja se mordió el labio a medida que se le erizaba la piel de los brazos escuchándola. ¿Y ahora qué? Si hubiera sabido que el día se presentaría así no se habría levantado de la cama.

Akane le apartó algunos mechones de pelo, todavía húmedos, de la frente y lo miró a los ojos, concentrándose en los diferentes tonos del iris, en los juegos de sombra y luz que hacía en ellos el sol, intentando aparecer tras las nubes de tormenta.

Sentía que el pecho le iba a explotar si no hablaba.

—Ranma, tengo que decirte algo —sonrió despacio, toda su cara se iluminó—. Estoy embarazada.






Comentarios