«El olvido está tan lleno de memoria
que a veces no caben las remembranzas
y hay que tirar rencores por la borda».
(15)
Embarazada.
Decirlo
en voz alta le daba un sentido de realidad insospechado, sintió todo de golpe:
felicidad, miedo, emoción. Tuvo pequeñas visiones llenas de luz, potentes
imágenes de un segundo que su imaginación le mostraba acerca del futuro que les
esperaba. O el que harían juntos. A partir de ahí la vida iba a cambiar, y
mucho. Iba a ser un constante desafío, día a día, pero era un desafío que ella
quería asumir. Si él la acompañaba.
Simplemente
no podía ser más feliz. No podía creer que hacía solo unos momentos se había
balanceado entre la incertidumbre, la desolación y la oscuridad, y ahora
pudiera estar sonriendo tan alegre, notando que la tormenta había pasado.
Volvió
a apartar de la cara de Ranma un mechón de cabello que la brisa se empecinaba
en poner frente a sus ojos. Entonces vio cómo su mirada ardió de furia. Akane
se hizo un poco hacia atrás instintivamente mientras la pelirroja la tomaba de
las muñecas y le apartaba las manos.
—Debe
ser una broma —dijo en tono bajo.
—¿Qué...?
—¡Más
te vale que estés bromeando! —recalcó apretando el agarre.
—¿Crees
que bromearía con algo así? ¿Después de todo lo que pasamos? —se indignó Akane—.
Nunca. No sería capaz. ¿Eso piensas
de mí?
—Entonces,
estás loca. ¡Estás loca! —Ranma la abrazó desesperado, apretándola contra sí—.
¡¿Cómo vas a saltar del techo estando embarazada?!
—Yo
no iba a...
—¡Nada!
Te prohíbo que subas al techo, a menos que yo te lleve... No, no, no puedes
subir al techo para nada. No se te
ocurra usar la escalera de nuevo.... ¡Ah! Y tampoco vas a seguir dando clases,
podrías golpearte. ¡Qué digo! ¡Una mujer tan torpe como tú! Vas a ser un
peligro constante, voy a tener que atarte. Sí, esa es la mejor solución... Un
hijo... ¿Qué voy a hacer? No puedo... ¿Qué voy a hacer, Akane?
Su
esposa apoyó la cabeza en su hombro, escondiendo la sonrisa.
—No
te vayas a desmayar, Ranma —le advirtió.
—Creo
que no me siento muy bien.
—Respira
—aconsejó.
La
pelirroja la apartó para poder mirarla a la cara. La inspeccionó entera con una
mirada.
—¿Estás
bien? ¿Te duele algo? Es decir... —titubeó.
—Estoy
bien —respondió la muchacha.
—Ah...
perfecto... —movió un poco las manos sin saber qué hacer.
Su
esposa le acarició una mejilla y la mujer de trenza aprovechó para esconder la
cara en su cuello y abrazarse a ella de nuevo.
—No
sé qué hacer... Akane... —su pecho subía y bajaba rápidamente—. Akane, Akane...
Akane...
La
chica de cabello corto le pasó la mano por la espalda, sonriendo con los ojos
llenos de lágrimas, y se tragó la pregunta que quería salir de su boca:
«¿Ranma? ¿Estás llorando?».
.
.
.
.
—Te
dije que no era necesario —repitió Akane mientras se sentaba en la cama.
—Y
yo te dije que quería decírtelo como hombre —replicó un masculino Ranma,
manteniéndose de pie.
Se
miraron a los ojos y Akane fue la que apartó la mirada primero.
—¿Es
algo grave, no? —preguntó mientras movía nerviosa las manos sobre el regazo—.
Estoy asustada. ¿Qué puede ser tan terrible para que estés así de serio? ¿Y qué
tiene que ver Ukyo? Yo pensé que ustedes...
—¡No
hables más de eso! —pidió Ranma—. Ya te dije que no tiene nada que ver con eso.
Ella... yo... Escucha —se sentó en el suelo frente a ella y soltó todo el aire
de golpe antes de hablar—. Quiero que empecemos de nuevo.
—¿De
nuevo?
—Sí,
quiero que nos vayamos de aquí.
—¿Cómo?
—lo miró frunciendo el ceño.
—Estuve...
pensando mucho las cosas. Tenemos que tener nuestra propia casa... tal vez no
será como esta —se aclaró la garganta—, pero será nuestra. Y no va a faltarnos
nada, te lo prometo. Cuando gane el torneo vamos a tener dinero.
—¿El...
torneo?
—Sí,
el torneo. Faltan pocos días para las preliminares... ¿No recuerdas? —insistió
el muchacho.
—Ah...
el torneo. Para ser sincera hay algunas cosas que no recuerdo bien. No es como
si todos los detalles hubieran vuelto, ¿sabes?... No creo que funcione así.
Todos estos días anteriores... siento que todo eso ocurrió hace mucho tiempo,
es todo muy confuso... Pero voy a poder recuperarme del todo —terminó sonriendo
ampliamente.
Ranma
la miró a los ojos en silencio, un poco escéptico.
—Y
me gusta tu idea de... irnos. Esta es mi casa y siempre la voy a sentir así,
pero creo que tienes razón y ya es tiempo de tener nuestro propio hogar. Mucho
más ahora que... vamos a tener un hijo.
Su
esposo solo asintió, sin saber qué responder.
—Está
bien que sea pequeño, y no tiene por qué ser nada lujoso, ni tú ni yo estamos
acostumbrados a esas cosas. Además ¿sabes el precio de los alquileres? ¡Y más
en esta época del año! Tendrá que ser modesto, pero estará bien así... ¿no
crees?... ¡Ay, Ranma!, me hace tan feliz que pensaras en todo esto, que tú seas
el que proponga esto.
Ranma
se sonrojó sin poder evitarlo.
—Ja.
Claro que pienso en estas cosas... es decir, soy el hombre de esta familia, es
mi deber.
—Sí,
claro que lo eres —replicó ella, entre orgullosa y divertida.
Después
Ranma se mordió el labio y su rostro se puso sombrío. Akane se preocupó.
—No
era esto, ¿verdad? —preguntó la muchacha—. Esto es algo bueno, no era esto lo
que me tenías que contar. ¿Qué es? ¡Ya, Ranma! ¡Me matas de angustia!
Él,
todavía arrodillado en el suelo, alargó una mano hacia ella, casi hasta tocar
su estómago, pero a último momento apretó la mano en un puño y la alejó.
—Es... muy complicado... pero... Bueno, es
sobre... Ryoga —susurró la última palabra.
—¿Ryoga?
—Akane frunció el ceño.
—Sssssí...
Ry-Ryoga... o sea Ryoga... —tragó saliva nervioso—. La cosa es... que Ry-Ryogaespchan.
—¿Qué?
—preguntó Akane. No había entendido bien y a la vez estaba deseando no entender bien.
—Eso
—saltó Ranma—. Ryoga es P-chan —hubo
un momento de silencio en el que fue consciente de que por fin lo había dicho.
Después tomó aire y siguió hablando atropelladamente—. Él... él me siguió a
China, ¿sabes? No es mi culpa. Se cayó en un estanque y desde ese momento se
transforma en cerdo con agua fría. Ya sabes cómo es eso —indicó haciendo gestos
con las manos—. Y... y bueno, es así. ¡Pero no tengo nada que ver con el
asunto! Bueno, técnicamente es por
mí, pero... ¡yo no le dije que me siguiera! Tampoco le dije que viniera aquí,
eso fue parte de sus locuras, y no tengo la culpa de que dijeras «¡oh, mira qué
cerdito tan lindo!» —exclamó con voz aguda y haciendo aspavientos—, y que
decidieras tenerlo como mascota. ¿Me entiendes? ¿Me entiendes, Akane?
—insistió—. Y después todo se fue complicando... Pero ya no más. Quiero que
empecemos de nuevo y juntos, no puede haber más secretos o malos entendidos
entre nosotros. Tenía... tenía que decírtelo.
La
miró expectante, esperando la sentencia como quien ya se sabía condenado a
muerte. Akane inspiró.
—¿Me
estás diciendo que... que mi P-chan en realidad es Ryoga? ¿Que todo el tiempo
fue él? ¿Qué todas las veces que le conté mis cosas para desahogarme era Ryoga y podía entenderme? —Ranma asentía
automáticamente mientras ella hablaba—. Y todas las veces en que me cambiaba de
ropa frente a él, ¿en realidad eran los ojos de Ryoga los que me veían? ¿Me estás diciendo que era mi amigo Ryoga?
Ranma
asintió una vez más, solemnemente. Akane se llevó las manos a la boca.
—¡No!
—se quedó con los ojos bien abiertos mirando el suelo, quieta, durante largos
segundos. Empezó a mover lentamente la cabeza—. Ranma, dime que esto es una
broma, un malentendido —le pidió, aferrándose a sus hombros.
—Me
gustaría, pero esta es... la triste realidad —respondió cerrando los ojos.
—No
puede ser —Akane sacudió la cabeza consternada—. Pero, ¿hace cuánto que lo
sabes?
El
muchacho casi se desmaya, la sangre se le fue del cuerpo y quedó blanco como un
papel mientras comenzaba a temblar.
—A-Akane...
lo-lo que ocurre es que...
—Ranma
—sentenció ella con esa voz de ultratumba que le erizaba el cabello de miedo—. ¿Hace cuánto que lo sabes? —repitió,
imprimiendo fuerza en cada palabra.
—Es
que... es que... —inconscientemente se iba alejando de ella, pero Akane se
echaba a su vez hacia adelante para mirarlo a los ojos y no perder detalle.
—¡Ranma!
El
artista marcial se decidió y apoyó las manos en el suelo. No podía llamarse hombre si no lograba enfrentarse a esta
prueba y salir victorioso. Lo hacía por ella. Por ella daba todo.
—Desde...
desde el principio —dijo con voz apagada—. Cuando encontraste a aquel cerdito y
me pediste que le diera un baño, ¿recuerdas? Y le prometí, le di mi palabra como
artista marcial, de que no te iba a contar nada. Odiaba, odiaba, como siempre se aprovechaba de su maldición para estar
contigo. Me volvía loco y me hacía hervir de celos, por eso siempre trataba
de... de separarlos. ¡Y siempre te di señales para que te dieras cuenta quién
era realmente! ¡Prácticamente te lo estaba gritando! Pero tú parecías ciega. Y
yo... yo...
Akane
se levantó de la cama de golpe. Estaba más allá de la furia, su cara era una
máscara. Su aura explotó en un halo de color púrpura, llenando el espacio y
subiendo varios grados la temperatura de la habitación. Ranma se agachó un poco
más y la observó entre temeroso y fascinado.
—Akane,
escúchame, yo sé que estás enojada y ahora...
—No,
no, no estoy enojada —replicó ella con voz clara—. ¡Estoy furiosa! Ryoga me
dejó como una imbécil y se aprovechó de mí, pero voy a ajustar cuentas con él.
Eso te lo aseguro. ¡Y tú!
Lo
señaló con un dedo llameante.
—Lo
sé, lo sé, me merezco lo peor —asintió Ranma estremeciéndose y ejecutó la
técnica del Lamento del Tigre Caído mejor de lo que nunca lo hizo—. Lo lamento,
lo lamento, lo lamento —dijo inclinándose repetidas veces—. Pero cálmate, por
favor, no quiero que le ocurra nada a...
Entonces
la miró y ella lo entendió perfectamente. Akane apretó un puño y respiró hondo.
—Tú
y yo vamos a tener una larga conversación después —sentenció con voz dura—.
Ahora vete.
—Pero,
Akane...
—Si
Ryoga está en Nerima quiero que lo encuentres y lo traigas —anunció con voz
glacial—. Y si no, la próxima vez que venga voy a darle una dulce, muy dulce,
bienvenida.
Eso
sonaba terrorífico. Ranma se puso de pie.
—Akane,
tienes que tranquilizarte y pensar muy bien...
—¡Si
quieres que alguna vez te perdone por esto será mejor que vayas a hacer lo que
te pedí! —su voz sonó como un látigo en el aire.
Ranma
no lo pensó dos veces antes de salir corriendo escaleras abajo. Tenía que
localizar a Ryoga para evitar que por algunos días se acercara a la casa, o era
probable que cenaran cerdo al horno.
.
.
.
.
Akane
apretó los puños mientras sentía que la rabia le subía hasta la boca del
estómago, quemándola por dentro. Su corazón se aceleró, su cuerpo se reveló
contra la quietud y tuvo que pasearse de un lado al otro por el cuarto para
tratar de calmar las ansias asesinas.
¡Qué
imbécil! ¡Qué vergüenza comprobar lo imbécil que había sido! Pero lo
sospechaba... y hasta último momento esperó equivocarse.
En
ese momento sus pensamientos se interrumpieron y el momento dramático que vivía
se cortó de cuajo por un sonoro gruñido de su famélico estómago. ¡Comida! ¿Cómo
podía pensar en comida en un momento como ese?, se preguntó con irritación.
Puso las manos en su estómago y no pensó solamente en el hambre, ahora esa
parte de su anatomía adquiría un nuevo significado.
Se
observó a sí misma durante un momento y suspiró acariciando su vientre. Comida,
pues, ya no era ella la que mandaba.
Un
momento. ¿Comida? Claro. Comida.
Sonrió
lentamente.
.
.
—Mmm...
Akane, ¿te encuentras bien? —inquirió Kasumi observando a su hermana dar
vueltas alegremente por la cocina. Tenía puesto un delantal y tarareaba
canciones de moda mientras acomodaba varias verduras sobre la mesada.
Estaba
de buen humor. La comida le había levantado el ánimo y le había dado energías
para poder trabajar de todo corazón durante un par de horas. Todo iba a salir
bien.
—Estoy
muy bien, Kasumi. Gracias por preguntar —sonrió con dulzura.
—¿Vas...?
—siguió mirando cómo ella acomodaba alimentos sobre la mesa: huevos, pescado,
algo de carne. Sacó especias y salsa de soja de un aparador—. ¿Vas a cocinar,
querida? ¿Necesitas ayuda?
—No,
no, esto tengo que hacerlo sola —respondió la muchacha.
Se
detuvo por algunos segundos, su corazón se dividía entre las ganas de poder
lograr que la comida quedara deliciosa y todos pudieran probarla y felicitarla
por ello, y el deseo de que quedara asquerosa. Quería que fuera lo peor que
hubiera cocinado nunca, que con solo probar un bocado se deseara morir que
continuar con la tortura. Akane frunció el ceño, era muy triste pensar en
eso... pero lo superaría.
—Entiendo
—comentó Kasumi—, quieres cocinar para Ranma y reconciliarte con él, ¿verdad?
—preguntó con una sonrisa.
Akane
la observó y Kasumi hizo un gesto contrariado.
—Es
que... los escuchamos pelear. Pero no creo que sea nada grave, ¿cierto? Sé que
podrán salir de los problemas —sus palabras y deseos eran auténticos. Akane la
miró más atentamente y después asintió.
—Pero
esto es para otra persona —respondió finalmente—. Para una persona muy especial
que merece cada migaja de lo que voy a preparar. ¿Podrías dejarme sola mientras
hago todo?
—...
Bien.
Kasumi
estaba reacia a abandonar el lugar que consideraba el más sagrado de toda la
casa y dejarlo en manos de una Akane que sonreía de manera extraña y que
mostraba demasiado buen humor. Finalmente se fue, pero se quedó en la sala y de
vez en cuando se asomaba a mirar furtivamente en la cocina.
Akane
se lavó las manos con esmero. «¿Cocinar para Ranma? Quizá él también podría
probar algo de la comida...». Después desechó la idea. No, él era su esposo y
ella tenía otras maneras de hacerlo pagar.
.
.
.
.
Lo
más irónico de todo era que Ranma Saotome había pasado varios años de su vida
siendo acosado por Ryoga y su instinto asesino, o encontrándose con él al dar
vuelta en cualquier esquina, en los momentos más inoportunos, pero en el día de
la fecha, cuando lo buscaba por un motivo totalmente desinteresado, no podía
hallarlo. Había saltado y corrido por toda la ciudad sin encontrar ni rastro
del muchacho, y finalmente pensó que si todavía se alojaba en lo de Ukyo, nadie
mejor que ella para darle información.
El
local tenía bastante público y Ranma tuvo que abrirse paso hasta la barra a
fuerza de algunos «con permiso» y varios empujones.
—¡U-chan!
¡U-chan!
La
jovencita estaba trabajando a cuatro manos sobre la plancha, mientras Kontasu
revoloteaba en el resto del local sirviendo órdenes y cobrando.
—¡Está
saliendo! —indicó la cocinera y repartió a la velocidad del rayo varios
okonomiyakis que volaron y se depositaron con exacta precisión en sendos platos sobre la barra, frente a
cada cliente. Algunos aplaudieron la proeza y dejaron propina. Una de las
imprevistas pizzas había aterrizado suavemente en un plato frente a Ranma y él
se apresuró a dar buena cuenta de ella.
—U-shan,
nefejito plegum... —empezó, con medio okonomiyaki en la boca.
—Un
momento, un momento —pidió Ukyo levantando el dedo índice de la mano izquierda,
mientras con la derecha manejaba el cucharón depositando nuevas porciones de
masa encima de la plancha caliente.
—Pero,
U-chan...
—Sí,
sí, ya voy —recién en ese momento Ukyo levantó los ojos de su tarea y se pasó
el antebrazo por la frente—. Cuánto calor... ¿Qué es lo que...? ¡Ran-chan! Que
gusto verte.
—¡Hace
quince minutos que estoy parado aquí!
—Lo
siento, ya sabes cómo son los fines de semana —después sonrió con su mejor cara
de vendedora—. ¿Okonomiyakis para llevar?
—No,
no, necesito encontrar a Ryoga. ¿Lo has visto?
—¿Ryoga?
Claro, lo envié a repartir los pedidos.
—¿Eh?
—Sí,
ya sé que no es una idea muy brillante —Ukyo maniobró la masa sobre la plancha,
la dio vuelta y la untó con su salsa especial—, pero no puedo enviarlo a fregar
los platos por el agua fría. La última vez que quise enseñarle a usar una
parrilla casi la destroza, ese muchacho no sabe controlar su fuerza. Además —agregó, colocando los
okonomiyakis en una bandeja que le alargó Konatsu—, es mejor eso a que esté
aquí preguntando todo el tiempo en qué puede ayudar, o intentando hacer las
cosas él mismo.
—Sírvete,
Ran-chan —dijo después poniendo un nuevo okonomiyaki frente a él—. ¿Para qué lo
buscas?
—Ej
que Aga... —tragó la comida y continuó—. Ese imbécil debería agradecerme, vengo
a salvarle el pellejo. Akane quiere matarlo, será mejor que no se acerque al
dojo por un tiempo.
—¿Akane?
¿Y ahora qué...? ¡Ran-chan! ¡Se lo dijiste! Estoy tan ocupada que me había
olvidado. Es una excelente noticia —sonrió.
Ranma
hizo una mueca.
—Y
tan excelente. No quiero que metan a la cárcel a mi mujer por homicidio
porcino. Además, ¡Akane está furiosa! Y me odia.
—Nah,
no creo que te odie —Ukyo sacudió la mano para quitar importancia al asunto.
Volvió a sacar okonomiyakis de la plancha—. Sí, le duele, pero ya te perdonará.
En todo caso, luego tendré que hablar con ella, yo también le oculté todo
cuando me enteré. A mí también va a odiarme por un tiempo.
Apretó
un poco los labios y después continuó con su tarea.
—Ese
maldito cerdo —murmuró Ranma entre dientes.
—No
te involucres en el asunto —aconsejó Ukyo mirándolo—. No obstaculices la ira de
una mujer, más si se trata de Akane. Yo quiero a Ryoga, pero no voy a
justificarlo, se merece un castigo y Akane está en su derecho. No te preocupes,
no creo que pase nada malo, pero ellos tienen que arreglar este problema, tarde
o temprano... Y me parece que va a ser temprano.
—¿Qué?
¿Qué significa eso?
—¡Konatsu!
Por favor, más camarones. ¡Y casi se me acaba la salsa! —exclamó la cocinera
alzando la voz.
—¡En
seguida, señorita Ukyo!
—Lo
que quiero decir, Ran-chan —continuó después—, es que para este momento
probablemente Ryoga ya esté en el dojo.
—¡¿Qué?!
¡Cof! ¡Cof! —Ranma se había atragantado con su propia saliva.
—¿No
sabes cómo funciona? —Ukyo movió la cabeza decepcionada—. Ryoga tiene el peor
sentido de orientación del mundo, no sabe leer mapas ni seguir indicaciones, pero es como si tuviera un sexto sentido
para llegar a ciertos lugares, ¿verdad? ¿No lo has notado? No importaba lo
perdido que se encontrara, siempre llegaba al dojo Tendo, en ocasiones en el
momento justo. Él me lo contó. Creo que también le ocurre con mi restaurante,
muchas veces ha aparecido en mi puerta sin darse cuenta de que estaba en Tokyo,
y muchas veces ha sido cuando yo necesitaba ayuda. Una vez había un par de
tipos, bastante borrachos, querían irse sin pagar. Era cuando ya casi cerraba
el local, no había ni un alama en la calle, se pusieron un poco violentos...
Ukyo
se detuvo al sentir una brisa repentina que la despeinó. Al levantar la vista
descubrió el sitio de Ranma vacío y el plato frente a él todavía tambaleando
después de la velocidad con que había salido.
Cuando
el muchacho de trenza se impulsó de nuevo hacia los techos brilló en su mente
por un momento el pensamiento de si Ukyo, conociendo esa extraña habilidad de
Ryoga, no lo había enviado a propósito a entregar pedidos esperando que
terminara en la casa de Akane. Después, Ranma ya no tuvo tiempo para esas
reflexiones, volaba a toda velocidad por la ciudad hacia el dojo.
.
.
.
.
Akane
suspiró apoyando un codo en la mesita de la sala. Pensó en lo tonto que era lo
que había hecho, ahí estaba, con la mesa llena de diferentes platillos
esperando a que ocurriera el milagro de que Ryoga apareciera por la puerta. ¿Y
si no venía? ¿Y si pasaban meses hasta que volvían a verlo, como ya había
ocurrido en otras ocasiones? ¿Qué iba a hacer, guardar el resentimiento hasta
ese momento? ¿Tirárselo a su esposo porque era el que estaría a su lado?
Negó
con la cabeza. No, tenía que ajustar las cuentas con Ryoga o nunca estaría
tranquila. Ranma... era otra cuestión, su traición le dolía de manera diferente
porque su relación con él era distinta.
Miró
la mesa, servida con varios pocillos y bandejas, debía admitir que el aspecto
de su comida no era muy tentador, pero no se atrevía a probarla. Cada cucharada
estaba destinada a una única persona, pero, de nuevo, ¿y si no aparecía nunca?
No pudo evitar pensar en el desperdicio de comida.
Por
lo menos nadie sería testigo de su idiotez. Kasumi, todavía convencida de que
Akane quería organizar una velada romántica con Ranma pero era demasiado tímida
para admitirlo, había convencido a su otra hermana para salir. Nabiki no se
hizo rogar, consideraba a los tortolitos un caso definitivamente perdido con
sus peleas y reconciliaciones y su extraña manera de demostrarse amor. No
quería quedarse en casa un sábado por la noche a mirar cómo volaban los
sartenes cuando a Ranma se le ocurriera hacer un comentario sobre el sabor de
la comida de su esposa, prefería irse, además pensaba aprovechar la oportunidad
para presentarle a Kasumi algunos compañeros de la facultad.
—Tienes
que vivir un poco de buena vida —había afirmado Nabiki—. Saldremos a beber. Te
presentaré un par de personas, son mayores que tú y ya casi terminan la
carrera. Es hora de que te empieces a divertir.
Kasumi,
sonrojada, aceptó la invitación solo por esa vez.
Akane
suspiró y en ese momento llamaron a la puerta. Se levantó como un resorte y fue
a abrir llena de entusiasmo. Ryoga estaba del otro lado, inocentemente cayendo
en la trampa. Levantó la cabeza y observó la figura de Akane de pie en el
umbral de la puerta, con una mano apoyada delicadamente en el marco. Observó su
vaporoso vestido de verano y sus pies enfundados en coloridas pantuflas, su
piel de un blanco resplandeciente, el corto cabello desordenado de manera
encantadora.
La
mujer esbozó una sonrisa brillante que él correspondió en seguida.
—Bienvenido,
Ryoga —las suaves palabras de Akane deslizándose dulcemente hacia sus oídos
eran la mejor sensación del mundo—. Pasa, por favor.
¡Oh!
El calor de su nívea y perfecta mano en su brazo.
—Ho-hola,
Akane. Tanto tiempo —sonrió con nerviosismo, rascándose la nuca. Estaba
demasiado cerca de la mujer que tanto adoraba, ni siquiera recordó los pedidos
del restaurante y que se había equivocado de dirección.
Escuchó
el ruido de la puerta cerrándose despacio detrás de él y sintió un escalofrío
de aprehensión, un resabio del instinto animal que desarrollaba cuando se
convertía en cerdito.
Algo
dentro le gritaba «peligro» con letras mayúsculas. Pero no le hizo caso.
.
.
Ranma
llegó corriendo a la casa y entró en la sala a trompicones, respirando agitado.
Akane se encontraba de pie, sin ninguna expresión en el rostro, observando el
suelo, el preciso lugar donde Ryoga estaba tirado como sin vida, con la boca
abierta y la lengua colgando hacia fuera.


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