«Después de todo y
pese a todo».
(16)
Ranma
se puso pálido.
—¡No!
¡Lo mataste! Llegué demasiado tarde —se lamentó compungido. Después se rehízo
con gran fuerza de voluntad y sentenció—: Bueno, no hay remedio. Ahora hay que
pensar dónde esconder el cuerpo.
Su
esposa lo miró ceñuda, con el rostro ensombrecido.
—No
lo maté, idiota —replicó—. Solo se desmayó.
Después
dio media vuelta y salió de la sala, dejando a Ranma tan desconcertado como
siempre. El muchacho pestañeó un par de veces y la vio venir de nuevo, esta vez
con un balde en las manos. Supo lo que pensaba hacer.
—No,
Akane, espera...
Pero
ella ya había arrojado el agua fría sobre el muchacho que estaba en el suelo y
el cambio fue instantáneo: un cerdito negro, con un pañuelo idéntico al de
Ryoga atado al pescuezo, abrió unos ojos enormes, despertando de golpe. Miró a
todas partes sin advertir quién había sido su verdugo, y divisó a la hermosa
muchacha que tanto tiempo lo había tenido como mascota.
—¡Cuic!
¡Cuic! —gritó alegre.
—¡P-chan!
—exclamó Akane con una amplia sonrisa, inclinándose hacia el suelo, sus
rodillas tocaron el charco de agua.
Ryoga
estaba feliz, lo último que recordaba era estar saboreando la comida de Akane y
luego haberse desvanecido, no sabía si a causa del alimento o de la tremenda
emoción de poder estar nuevamente compartiendo un momento con quien había sido
el gran amor de su vida. Ahora era un
cerdo, ¿cómo había ocurrido? No lo sabía, quizá por una vez la inoportuna agua
fría había aparecido en buen momento para ayudarlo, porque el estómago de un
cerdo era mucho más aguantador.
Fue
recibido en el abrazo de la chica de cabello corto con el mismo cariño de
siempre, quizá la mujer lo estaba apretando con fuerza un poco excesiva, pero
el blando pecho de ella estaba tibio y cómodo, parecía incluso más grande y
acogedor que nunca.
—Akane...
La
voz de Ranma vibró en el espacio. La voz de su rival de siempre. El sonido
rompió el encanto y trajo consigo la triste realidad que había intentado
olvidar en sus viajes por todo Japón: ella estaba casada, y nada más y nada
menos que con aquel bastardo que no la merecía. ¡Oh, triste vida aquella! Pero
él aún podía gozar de algunos privilegios, como aquel por ejemplo, acurrucarse
en el calor de la muchacha y ser feliz por un instante.
Giró
la cabeza hacia su rival mientras Akane subía lentamente las escaleras. La
mirada de Ranma no reflejaba envidia ni celos, como muchas otras veces, ahora
solo mostraba lástima... quizá hasta miedo. El cerdito lo observó desconcertado
y después miró a la muchacha que lo tenía en brazos, los ojos de ella estaban
brillantes y su sonrisa más amplia que nunca.
—Tengo
un baño caliente preparado especialmente para ti, P-chan —anunció Akane sin
dejar de caminar.
El
cerdito empezó a chillar y Ranma sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
«Esto
es aterrador», pensó. Y siguió a Akane hacia el piso de arriba.
.
.
.
.
Le
costó sujetar al animalito hasta llegar al baño, incluso un segundo antes de
dar un paso hacia la bañera Akane dudó, quería evitarse el trago amargo, el
impacto de haberlo visto cambiar frente a ella en la sala aún le duraba y ahora
vería de nuevo la transformación. ¿Y si simplemente lo dejaba ir?
No,
había algo dentro de ella que quería desahogarse y dejarle en claro muchas
cosas.
Tiró
al cerdito en la tina y el animal se hundió hasta el fondo. Ryoga emergió del
agua y observó a la chica parada frente a él, que tenía los brazos en jarras y
lo contemplaba con ojos de fuego.
—A-Akane
—murmuró el chico, llevando inmediatamente sus manos a partes nobles de su
anatomía que no podía permitir que la jovencita viera—. A-Akane... y-yo... creo
que este n-no es el lugar...
—¡Por
favor! No te esfuerces tanto. ¿Crees que nunca vi a un hombre desnudo? ¿Crees
acaso que me interesa verte?
Ryoga
se puso rojo de pena y humillación, bajando la cabeza. Ranma estaba de pie unos
pasos más atrás, preguntándose a qué fin llevaría todo eso, como fuera, el
estaba preparado para intervenir si era necesario.
—Y-yo...
yo puedo explicar todo, Akane —aseguró Ryoga sin levantar la cabeza.
—¿Ah,
sí? ¿Puedes explicarlo? —soltó Akane—. ¿Entiendes cómo me siento? ¡Mi propia
mascota se burló de mí!
—No
es... no es así... ¡por favor!
—¿No
lo es? —contraatacó ella—. ¡¿Qué tan tonta crees que puedo llegar a ser?! Ya sé
que hice el ridículo mucho tiempo, pero ya no más. No quiero volver a verte
nunca —sentenció con el rostro serio.
Ranma
pasó la vista de uno a otro. Ryoga tragó saliva y la miró.
—Por
favor, de-déjame hablar, Akane. Todo fue un malentendido...
—No
quiero escucharte —replicó ella con voz firme, levantando una mano—. Ya no
quiero escucharte.
—Pero...
—¡Pensé
que eras mi amigo! —rugió furiosa y Ryoga bajó de nuevo la cabeza, aplastado
por la culpa—. P-chan era mi querida mascota, pensé que era el único amigo que
pasara lo que pasara nunca me traicionaría. Qué idiota fui.
—No,
Akane, no quise traicionarte nunca...
—Yo
confiaba en ti, Ryoga —continuó ella, serenándose a medida que sus palabras
encontraban mayor fuerza y su voluntad se hacía más firme—. ¿Te diste cuenta
alguna vez? Siempre pensé que me estimabas, que estabas cerca para ayudarme
porque querías mi bien.
—Y
así es, Akane —intentó hablar desesperado el chico—. Yo...
—¡Tú
eres un degenerado que quería aprovecharse de mí! —soltó la mujer—. Eres igual
a todos aquellos chicos en el instituto, y eso lo aborrezco; usaste tu
maldición para burlarte de mí. Nunca más... —movió la cabeza respirando
profundamente—. Incluso aunque algún día podamos volver a hablar, incluso
aunque podamos volver a ser amigos... ya nunca más voy a confiar en ti.
Dio
media vuelta y salió del cuarto de baño.
El
muchacho se impulsó y salió de la bañera salpicando agua.
—¡No!
Todo lo hice porque te amaba. Te amaba y solo quería estar contigo, ¡aunque
fuera como un cerdo! —exclamó.
Akane
no lo había escuchado, una vez que salió del baño ya no volvió, Ryoga se quedó
de pie, desnudo, con el corazón golpeándole las costillas. Las gotas de agua
brillaban sobre su cuerpo gracias a la luz que venía del techo, el líquido se
escurría por sus músculos y formaba sendos charcos en el suelo.
Dio
un paso hacia adelante, pero Ranma se interpuso en su camino y le arrojó una
pequeña toalla para cubrirse.
—Será
mejor que te vayas. Tuviste suerte, podría haber sido peor —dijo con seriedad—.
Tu ropa está abajo.
Los
ojos oscuros de Ryoga se giraron hacia él con una mirada asesina.
—¿Tú
tienes algo que ver en esto?
El
chico de trenza tardó tres segundos en responder.
—Yo
se lo conté.
Ryoga
arrugó la toalla en un puño.
—¡Maldito!
¡Me habías dado tu palabra!
—¡Mi
palabra está con ella, es mi esposa!
—¡Voy
a matarte, idiota!
—¡No
vas a tener tanta suerte!
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.
.
.
Cerró
la puerta y se sentó en el suelo, apoyando la espalda en ella. Necesitaba un
momento de quietud, pensó que de inmediato llegarían las lágrimas y no podría
contenerse de llorar amargamente. Pero no. Se trataba de otra cosa, de una pena
y una decepción que no reclamaban llanto, simplemente una honda tristeza que se
imponía en su pecho. Quizá era que todavía no había asimilado la magnitud de
todo lo que había ocurrido en ese corto tiempo, podía ser que mañana se
levantara avergonzada y aflorara toda la furia y la humillación. ¿Qué pasaría
después? ¿Qué ocurriría cuando viera a Ryoga la próxima vez?
No
quería pensar en eso. Se llevó las manos a la frente y se masajeó las sienes
suspirando cansada. En el mañana solo importaba una cosa.
—¿Akane?
—oyó la voz de Ranma del otro lado, en el pasillo.
En
seguida se escuchó un chasquido cuando él intentó abrir la puerta, pero el peso
de ella se lo impidió.
—Este
no es un buen momento —indicó levantando un poco la voz para que su esposo la
escuchara con claridad.
—¿Pasa
algo? ¿Akane, estás bien? —preguntó con desesperación.
—Bien,
bien... —puso los ojos en blanco y después afirmó la espalda, bien recta,
contra la puerta—. Solo no quiero verte ahora, de verdad.
Habló
en el mismo tono fuerte y claro y se quedó atenta, esperando por la respuesta,
pero pasaron varios segundos y no ocurría nada. Pasó un minuto entero. Entonces
Akane se acordó de la manía de él a entrar muchas veces por la ventana y
resopló. No necesitaba esto, no quería que se pusieran a pelear ahora por una
idiotez.
Después
escuchó un ruido en el pasillo y el crujido de la madera del piso cuando Ranma
se sentó a su vez, del otro lado de la puerta.
—Bueno,
no me mires —replicó—, pero me voy a quedar aquí porque tengo algo que decir.
Akane
suspiró y se puso la palma de la mano sobre los ojos. Apretó los dientes y se
cruzó de brazos, dispuesta a la lucha, no pensaba ceder ni un ápice en nada.
Estaba dispuesta al contraataque. Si él tenía algo que decir, entonces ella
también; tuvo la intención de dejar las aguas quietas y esperar un poco antes
de que pudieran hablar todo lo que era necesario que hablaran, pero ahora era
imposible. Él había dado el primer paso.
¡Maldición!
Ella había decidido confiar en él a pesar de todo, había decidido darle el
beneficio de la duda y de esa forma le había demostrado cuánto lo quería, y
ahora resultaba que sí había una traición de su parte. Solo de pensar en todo
esto la furia volvía a ella y la boca se le llenaba sola de palabras que quería
soltarle.
Estaba
tan enojada. Tal vez por eso no había llorado, porque el enojo reemplazó toda
emoción y ahora la colmaba por completo. Respiró varias veces mientras iba
imaginando varias escenas en su cabeza, mientras inventaba diálogos donde Ranma
le decía mil cosas diferentes y ella le respondía todo lo que quería
responderle. Discutían, una y otra vez, la escena iba hacia atrás y hacia
adelante, Ranma hablaba y ella volvía a responder, y al final lo mandaba a
volar dejando un agujero en el techo.
Estuvo
un rato perdida en sus peleas mentales y tardó en darse cuenta que aunque Ranma
dijo que quería decirle algo todavía no había pronunciado ni una palabra.
Entonces descruzó los brazos y fue relajando los músculos. Comprendió que había
discutido tanto con él imaginariamente que lo peor del enojo había pasado, eso
no significaba que solo iba a perdonarlo con una sonrisa como si nada hubiera
pasado, no, solo significaba que iba a poder pensar con más claridad las
palabras que le iba a decir.
Miró
el techo mordiéndose el labio inferior. Había entendido lo que él estaba
haciendo, solo se estaba sentando a su lado en silencio, acompañándola en el
torbellino de sus emociones. Así como hacía un buen amigo, así como ella lo
había hecho con él, sentándose en el techo a veces desde el atardecer hasta que
todas las estrellas brillaban en el cielo y la luna estaba alta. Recordaba unos
cuantos momentos como esos, pero en ese instante no lograba recordar si él lo
había hecho para ella antes, o no de manera tan clara por lo menos.
Se
le llenaron los ojos de lágrimas. Idiota, ¿por qué le hacía esto? Lo odiaba. Y
o amaba. Todo al mismo tiempo.
—¿Te
sientes mejor? —le preguntó Ranma desde su lugar en el pasillo.
Akane
negó con la cabeza, apretando los labios para aguantar las ganas de llorar.
Respiró varias veces.
—Algo
—respondió finalmente pasando saliva.
—Qué
bien. Yo... —se detuvo.
—Lo
sospechaba, ¿sabes? —dijo ella de pronto.
El
muchacho giró la cabeza hacia un lado, para poder comprender mejor.
—¿Cómo?
—Lo
sospechaba... que Ryoga y P-chan... —Akane tragó saliva—. No quería creerlo,
siempre pensé que habría alguna explicación, siempre pensé encontrarla, pero...
Era muy raro. Podía entender que ya Ryoga no viniera tanto a casa una vez que
nos casamos, las cosas se habían puesto más tranquilas, y él tenía a Akari...
pero no había razón para que P-chan desapareciera. Nunca llegué a contarle a
P-chan que por fin me casaría contigo, ¿sabes? —evocó con una sonrisa triste—.
Nunca entendí por qué él no volvió.
Suspiró
largamente.
Pasaron
varios segundos.
—¿Me
dejas entrar ahora?
Akane
cerró los ojos y después se levantó para abrir la puerta y dejarlo entrar.
—Mmm...
¿Akane? Sobre eso de tener nuestra propia casa... tendremos que aplazarlo un
poco —murmuró Ranma ingresando a la habitación y jugando modestamente con su
trenza.
—¿Qué
pasó? —preguntó Akane incrédula. Lo observó bien, tenía varias heridas en el
rostro, la ropa desarreglada y rota, y el cabello revuelto, aún húmedo.
—Vamos
a tener que arreglar el cuarto de baño —respondió él sin dar más detalles.
Chasqueó la lengua con decepción—. Lo lamento, volví a arruinar todo... Tendría
que habértelo dicho mucho antes.
—Ay,
Ranma...
Las
lágrimas encontraron el camino y ella encontró el refugio en sus brazos, donde
podía sentirse a salvo de todo, donde podía ser ella misma.
—Fue
horrible —le dijo entre llantos—, fue horrible, Ranma, nunca se quejó. Le
ofrecí la comida y la tragaba sin chistar. Yo sé que debía estar asquerosa,
pero él no hizo ningún gesto... Solo le lloraban los ojos, me dijo que era de
la emoción... ¡Ese imbécil!... Continuó tragando hasta que se cayó al suelo.
Ranma
la abrazó tratando de controlar las ganas de reír.
—Ya,
ya terminó. No te preocupes —comentó dándole unas palmaditas en la espalda.
Akane se abrazó más a él.
—Quizá...
quizá algún día pueda perdonarlo... no lo sé.
Sí,
Ranma no lo dudó, conocía el gran corazón de Akane mejor que nadie, a veces
ella incluso era demasiado indulgente con las personas.
La
separó un poco para mirarla a la cara y cuando Akane levantó el rostro le secó
las lágrimas que todavía corrían por sus mejillas.
—No
sé si pueda perdonarte a ti —confesó ella en voz baja.
—¿Q-Qué...?
—Necesito
pensarlo muy bien.
—¡¿Cómo?!
—se alertó el muchacho—. ¿Estás dispuesta a perdonar a ese cerdo y no a mí?
—¡Es
totalmente diferente!
—¿Ah,
sí? ¿O sea que con él es muy fácil y conmigo lo tienes que pensar? —preguntó
celoso y ofuscado.
—Por
supuesto, tú me importas mucho más —respondió sencillamente la mujer.
Se
quedaron en silencio y ella apartó la mirada.
—Solo...
dame un tiempo para pensar —pidió con la voz quebrada.
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Era
casi de madrugada cuando Ukyo preparó todo para cerrar el local. No podía
quejarse, la ganancia había sido buena porque la lluvia nocturna sorprendió a
varios transeúntes que no tuvieron más remedio que refugiarse en el restaurante
y, de paso, comer unos deliciosos okonomiyakis.
—Déjeme
ayudarla, señorita Ukyo —pidió Konatsu, siempre servicial y vistiendo el
delantal sobre su kimono.
—Puedo
hacerlo sola —replicó la cocinera—. Ve a descansar, apenas te estás recuperando
de tu enfermedad.
—Yo
estoy bien, señorita Ukyo —comentó el kunoichi con ánimo.
La
muchacha lo observó un momento y pudo apreciar claramente las ojeras y ese aire
de tristeza que lo impregnaba desde hacía semanas. Frunció el ceño.
—Mañana
seguramente será un día muy ajetreado también. Es mejor que descanses
—insistió—. Yo también iré a dormir en un momento.
—Está
bien —el ninja aún dudó antes de retirarse—. Pero no tarde demasiado, señorita
Ukyo, recuerde que desvelarse es malo para la salud.
La
chica asintió. Salió a la calle para entrar la cortina del negocio y fijarse
que las ventanas estuvieran bien cerradas. En ese momento escuchó un extraño
ruido y vio un bulto oscuro moviéndose entre las sombras; Ukyo llevó
automáticamente la mano hacia atrás sobre un hombro para poder tomar su
espátula, pero solo encontró el aire. Recordó que la había limpiado y dejado
sobre el mostrador. Chasqueó la lengua y se paró firmemente en la acera.
—¿Quién
anda ahí? —demandó.
—Cuic,
cuic.
Desde
las sombras de la calle apareció de a poco un pequeño cerdito que se movía
despacio.
—¡Ryoga!
—exclamó la muchacha. Ahora volvía a recordar la visita de Ranma y todo lo que
había ocurrido en la mañana.
El
animalito la observó desconcertado, inclinando la cabeza a un lado y mirando
después alrededor suyo.
—Sí,
aún sigues en Nerima —respondió Ukyo, interpretándolo bien.
P-chan
agachó la cabeza apesadumbrado.
—La
lluvia te sorprendió, ¿verdad? —preguntó la cocinera—. Ven adentro, te daré
agua caliente.
El
cerdito no se movió ni un milímetro y Ukyo se agachó en el suelo junto a él.
—Fue
un día difícil, ¿no?
—Cuic...
cuic, cuic —la miró con grandes ojos tristes y la cocinera sintió un nudo en la
garganta.
—¿Ryoga?
P-chan
saltó a su regazo y derramó algunas lágrimas. Ukyo solo pudo acariciarle la
cabeza, desolada.
—Oh,
Ryoga...
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Nabiki
alzó ambas cejas con incredulidad y miró a Kasumi. Su hermana mayor le devolvió
la mirada y pestañeó un tanto resignada, para después bajar los ojos y
continuar sirviendo el desayuno con un suspiro.
La
chica de cabello corto ocultó la sonrisa dándole un sorbo a su té, mientras
miraba sobre el borde de la taza a su hermanita y su cuñado sentados frente a
ella.
—Así
que... —empezó, haciendo a propósito una pausa para dar más efecto a sus
palabras— ¿no tienen algo que contarnos?
Ranma
y Akane saltaron al mismo tiempo y lo que ocurrió fue muy extraño: el muchacho
movió el antebrazo izquierdo, que tenía sobre la mesa, un poco más hacia Akane,
mientras ella movía la mano hacia donde estaba él. Parecían movimientos
inconscientes, como si quisieran protegerse el uno al otro. En seguida Akane
disimuló acomodándose un mechón de pelo detrás de la oreja y Ranma volvió a tomar
su tazón y mover rítmicamente los palillos. Nabiki frunció el ceño, sintiendo
que se le escapaba algo. Antes era muy fácil leerlos y hacerlos seguir el
camino que ella quería soltando algún comentario por aquí o interviniendo por
allá, pero últimamente se habían vuelto cerrados, demasiado unidos y fuertes.
Sin embargo, por un momento le pareció ver un resabio de aquellos días en que
los tres iban al instituto y Ranma se metía en líos por culpa de las otras
chicas, y Akane mostraba todo su enfado, pero a la vez estaba siempre ahí para
ayudarlo. Hasta que empezaba a correr riesgos y Ranma le gritaba que era una
inútil y una idiota, pero se jugaba la vida para rescatarla. Ahora mismo había
una tensión entre ellos, algo pasaba, pero al mismo tiempo daba la impresión
que había una cosa buena que los había acercado más que nunca. Nabiki pasó los
ojos de uno a otro y aguzó la mirada, ¿sería qué...? Pero eso no explicaba la
pelea, ¿qué tipo de enfado descomunal podría tener Akane para pelearse con
Ranma y dejar tales destrozos en el baño? Y aunque después de eso se hubieran
reconciliado, nada cuadraba con lo que ocurría ahora: no se hablaban, ni
siquiera se habían mirado durante el desayuno.
Nunca
había conocido a dos personas tan complejas.
—No
sé de qué hablas, Nabiki —replicó Akane llevándose otro bocado a los labios.
—Hablo
sobre el desastre del baño. ¿Tienen algo que declarar?
—Eso
fue... —comenzó Akane dudando.
—Vamos
a pagar las reparaciones, no te preocupes —intervino Ranma con seriedad, pero
sin levantar la vista.
Hubo
un silencio prolongado y después Ranma se levantó de su lugar comentando que
tenía que entrenar. Akane continuó comiendo, mientras un tenue color rosa teñía
sus mejillas.
Mmm
¿tan apurado para irse a entrenar? ¿Un domingo?
Nabiki
dio otro sorbo a su té.
.
.
.
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Akane
se acostó y se quedó mirando el techo en la oscuridad de la noche, nunca pensó
que un día pudiera ser tan largo, creyó que se volvería loca, ya no soportaba
ni un minuto más.
¿Qué
era lo que estaba haciendo? ¿Adónde llevaba todo esto? ¿Lo estaba castigando a
él? Porque en el camino ella estaba sufriendo lo suyo también. Se había pasado
el día reflexionando sobre su actitud sin poder concluir nada. ¿Cuál era el
caso? ¿Qué era lo que Ranma tenía que pagar? Sí, le había ocultado algo durante
años, pero también había afrontado el problema y le había revelado la verdad subiendo
que ella se iba a poner furiosa, y sobre todo con él.
«Estuve... pensando mucho las cosas. Tenemos que tener
nuestra propia casa...».
Quería
seguir adelante, con ella. ¿Y acaso ella no quería lo mismo?
Dio
golpes sobre el colchón liberando la frustración. Odiaba pensar tanto en el
asunto. De seguro Ranma solo se había enfurruñado sin dedicar más de dos
minutos a pensar en el tema, ahora mismo no lo escuchaba ni respirar, como si
su presencia se hubiera extinguido de la habitación.
Se
asustó de su propio pensamiento y se sentó de golpe en la cama. Sus ojos ya
acostumbrados a la oscuridad, y ayudados por la tenue luz de la luna que
entraba por la ventana, descubrieron en seguida la figura de su esposo dándole
la espalda acostado en el futón. El corazón de Akane se apaciguó al observar
cómo el cuerpo se movía suavemente al ritmo de la respiración y en ese momento
se sintió maravillada al darse cuenta de lo que deseaba.
Quería
perdonarlo, quería estar con él, sobrevivir a esa prueba y continuar juntos,
porque solo así sería feliz.
Se
levantó sigilosa y avanzó por el cuarto.
.
.
Ranma
abrió y cerró una mano probando de nuevo la intensidad del dolor. No debería
haber golpeado con tanta fuerza los ladrillos, o las pilas de concreto, o
incluso las maderas... Por lo menos había recobrado la cordura cuando se dio
cuenta que estaban vibrando las tablas del dojo y si continuaba se le vendría
encima otro gasto que afrontar.
Era
un idiota por esperar por ella, por la palabra que lo salve. ¿Y si Akane
decidía que no podía perdonarlo, que él debía alejarse de ella y de su hijo
para siempre? Imaginárselo era como entrar en un abismo sin fondo.
No,
debía ser paciente, darle su espacio, esperarla. ¿Qué más podía hacer? Él no
era nada sin ella, Akane estaba siempre, en el principio y en el fin de todo.
Se preguntó en qué momento se había acostumbrado tanto a ella. ¿En qué momento
empezó a ser tan constante que llegó a inundarlo todo? Porque había un antes y
un después de Akane, como una marca en su turbulenta vida que, aunque sonara
raro, se había aquietado al llegar a Nerima, porque ahora estaba ella. Y ella
era fuerte y luchaba contra todo, y estaba siempre a su lado, aunque él fuera
torpe y no supiera cómo agradecerlo.
Sí,
tenía que esperar esa palabra que lo salvara.
De
pronto sintió que se acomodaba junto a él, primero pensó que eran imaginaciones
suyas, que finalmente se había dormido y estaba soñando. Pero cuando lo tocó
supo que era verdad, porque su cuerpo revivió, pudo seguir respirando y las
horas interminables finalizaron.
Akane
lo abrazó desde atrás y apoyó la frente en su espalda, suspirando, soltando el
aire de a poco como si así se desprendiera también de las dudas.
—¿A-Akane?
—Ranma tocó la mano de ella y rozó el aro de metal que estaba en su dedo.
—Esto
es una tontería —susurró Akane todavía escondiendo la cara—, nuestro hijo es lo
más importante, deberíamos estar pensando en eso. Estoy feliz, pero asustada, y
tienes que acompañarme, quiero que estés conmigo.
—Akane...
—No
voy a perdonarte —sentenció ella—. Es que no hay nada que perdonar. Has
cometido errores, yo también... y volveremos a cometerlos, lo sé. Pero... pero
creo que aprenderemos y podremos salir adelante. No me importan los demás, si
tú me aceptas... quiero estar contigo para siempre.
Ranma
respiró hondamente y se desprendió de su abrazo. Giró y la empujó suavemente de
un hombro para ponerla de espaldas, necesitaba verla, tocarla, llenarse los sentidos de esa mujer nuevamente. Se
apoyó en un codo y la miró a la cara atentamente, Akane le devolvió la mirada
con intriga, una sonrisa queriendo florecer en sus labios. Ranma levantó la
mano y le acarició la mejilla deslizando los dedos por la piel suave.
—Ranma,
¿no tienes nada para decir? —cuestionó su esposa, arrugando un poco el ceño.
Había
hablado con todo el corazón, había puesto todo en sus manos, confiaba en él
para construir juntos el futuro. Quería al menos...
—¿Qué
haces? —le preguntó curiosa cuando sintió que la mano de él se deslizaba por su
cuerpo.
Ranma
no le hizo caso, encontró la cintura del pijama y levantó la blusa hasta
descubrir completamente el estómago. Akane se quedó quieta, experimentando el
calor de esa mano en su piel; su esposo bajó lentamente la cabeza, apoyó la
mejilla en su vientre y cerró los ojos, llenándose del aroma a jabón en la
piel.
—¿Ranma?...
—intentó de nuevo la mujer, aunque en voz más baja, casi como un reproche entre
risas.
El
hombre siguió respirando tranquilo, impactado de la tibieza que desprendía ese
cuerpo, y por un momento no pudo evitar volver atrás en el tiempo.
Jusenkyo.
Ella estaba helada. Nunca se había permitido pensar demasiado en el tema, sin
embargo, ahora fue el primer recuerdo que le vino a la mente: el contraste
entre aquel cuerpo frío del que se escapaba la vida y este, que la conservaba
en su calidez.
Parecía
haber un mundo de diferencia entre esos dos momentos, pero eran solo unos años.
Tenía que agradecer eso, el destino no se la había arrebatado aquel día, ahora
la tenía con él. Su valor más preciado. Ella era demasiado importante, le había
regalado muchas cosas y ahora le daba, además, un futuro. ¿Cómo podía igualar
eso? ¿Qué podía hacer para pagarle? Lo meditó de verdad mientras le abrazaba
las caderas soñando con el mañana. Hizo planes, pensó en todo lo que le daría a
su hijo, a todos sus hijos, porque
tendrían muchos más, porque él la haría feliz, haría que siempre estuviera
sonriendo, la mantendría siempre junto a él, hasta el final de los días.
Y
se permitiría ser feliz él mismo, porque se lo había ganado. Era feliz con ella
y con nadie más, y aunque sonara egoísta no permitiría que ella se alejara
nunca. Tenía que prometerle eso.
«Ranma, ¿no tienes nada para decir?
Abrió
los ojos y sonrió, sin moverse de su posición.
—Te
amo, Akane.
La
mujer abrió mucho los ojos, incluso levantó un poco la cabeza para observarlo
mejor, pero desde su lugar solo podía ver el oscuro cabello trenzado.
Nunca
lo había escuchado decirlo en voz tan alta y clara, sin ninguna pausa, sin
atascarse con las palabras, sin susurrar para que únicamente ella lo escuchara.
Entonces sintió el calor de la mejilla de él en su estómago y pudo imaginarse
cómo se estaba poniendo colorado hasta las orejas. Era su esposo, después de
tanto tiempo, de tantas cosas que habían hecho y de tanto que habían pasado,
¿aún así conservaba ese rubor?
Alargó
la mano para acariciarle el cabello.
—Ranma...
yo también.
Dobló
el otro brazo para ponerlo bajo la cabeza y se quedó mirando la luna, grande y
redonda, que aparecía por la ventana.
.
.
.
.
La
campanilla de viento sonó con la brisa del final de la tarde.
Ranma
y Akane estaban cómodamente sentados, uno al lado del otro, en el pasillo
exterior de la casa, frente al estanque. Akane tenía las piernas dobladas y los
ojos cerrados. Ranma estaba echado ligeramente hacia atrás con las manos
apoyadas en el piso, sus piernas colgaban desgarbadas y él las movía de vez en
cuando como siguiendo un ritmo interior. De improviso, Akane abrió los ojos.
—Esto
es muy extraño —dijo.
—¿Te
refieres a la tranquilidad que hay?
—Sí.
—Tienes
razón —concordó Ranma—. Pero en cualquier momento llegarán todos. Creo que hoy
vuelven del viaje de entrenamiento Happosai y nuestros padres, así que mamá
vendrá también a cenar.
—Ah.
—O
sea que durará poco —siguió Ranma.
Se
quedaron en silencio.
—¿Cómo
crees que terminará? —preguntó Akane después de un momento—. Quiero decir, lo
nuestro… ¿Cómo crees que terminaremos?
—¿Qué
quieres decir? —quiso saber Ranma, un poco nervioso, no le agradaba mucho la
forma en que ella usaba la palabra «terminar».
—¿Sabes?…
últimamente no he podido evitar pensar en el futuro —Akane pasó la yema de los
dedos por su vientre—. ¿Qué pasará con nosotros en unos años? ¿Cómo será
nuestra vida? ¿Qué habremos hecho?...
Ranma
se relajó.
—Bueno…
eso está muy claro. Yo, lamentablemente, moriré joven —dijo con lentitud.
—¿Qué
dices? —Akane volteó a verlo, asustada—. ¿Por qué dices eso?, ¿de qué hablas?
—Es
el destino —comentó él solemnemente—. Que aún no haya muerto por comer tu
comida tóxica es solo suerte, pero no faltará mucho para que tus platillos o
tus golpes me manden al otro mundo. Lo peor es que será un desperdicio porque
aún seré joven y apuesto.
Miró
de reojo a su esposa, que apretaba todo el rostro haciendo una mueca de furia.
A Akane le brillaron los ojos como a un demonio y dejó explotar un aura
terroríficamente hirviente todo alrededor. Ranma pensó si quizá no se habría
pasado.
—Eres
un idiota insensible —dijo la muchacha entre dientes—, ¿cómo se te ocurre
bromear con algo así?
Él
se preparó para el ataque, el que fuera, pero de pronto el aura se extinguió y
la brisa refrescante pasó entre ellos. Akane se acomodó mejor en su posición.
—Pensándolo
bien, tienes razón —replicó—. Ahora que lo dices, puedo ver el futuro
perfectamente —volteó el rostro a un lado y levantó la mano en un gesto
teatral—. Dentro de unos años comenzarás a perder el cabello y quedarás
completamente calvo. También tu vista fallará y necesitarás anteojos —se puso
el índice bajo la barbilla—. Me pregunto si usarás un pañuelo para cubrir tu vergüenza...
Ranma
tenía una vena palpitando en la frente y los puños apretados.
—Tú…
—comenzó, pero Akane lo interrumpió, continuando la actuación.
—Pasarás
tus días aquí, jugando shogi ¿quizás con Ryoga?... Intentando siempre ganarle.
—¿Intentando ganarle? ¿Qué rayos quieres
decir con eso?
—…
y luego harán locos acuerdos sobre comprometer a sus hijos y que se casen para
heredar el dojo.
—¡¿Qué?!
—Lo
bueno de todo esto, Ranma —Akane lo miró con una mano en el pecho—, es que
Happosai ya no te perseguirá para que te pongas esos sostenes. Ya sabes… no
creo que le guste una mujer calva.
Se
quedaron mirando en silencio. El pez saltó en el estanque del jardín.
—Estás
loca —murmuró Ranma.
Akane
le sacó la lengua con burla.
—Bobo
—le sonrió—. Y para que lo sepas, yo seguiré siendo joven y hermosa.
Ranma
volvió a relajar la postura y miró el jardín.
—Yo
no pienso hacer eso —comentó—. No pienso comprometer a nuestros hijos a la
fuerza. «¡Mucho menos con un hijo de ese cerdo!», agregó mentalmente.
—Ya
lo sé —le dijo Akane con sinceridad.
—Tampoco
pienso ser un viejo y seguir transformándome en mujer —continuó decidido.
—Bueno,
eso es más complicado… ¿No has pensado que puede ser el destino? Tal vez las
cosas simplemente tenían que pasar así, ¿por qué si no siempre ocurre algo para
que no puedas llegar a la cura?
—¡No
lo digas ni en broma! No voy a transformarme en mujer por siempre —dijo
obstinado.
—Está
bien —Akane suspiró—. Ya sabes que te voy a ayudar en todo lo que pueda, como
siempre. Solo tómatelo con calma.
—Muy
pronto viajaré de nuevo a China —dijo categórico, luego dudó—. Bueno... en
cuanto sea posible y haya dinero. Pero será muy pronto —asintió.
Akane
se sonrió apenas.
—Bien,
ya te lo dije, yo estaré contigo —comentó.
Nuevamente
los envolvió un silencio apacible.
Akane
sintió de improviso el calor de la mano de él en la suya. Buscó sus ojos.
—Vamos
a estar bien —comentó Ranma apretando el agarre.
Ella
asintió.
—Sí,
tenemos el futuro por delante.
Al
poco rato se escuchó la voz de Kasumi en la entrada.
—¡Ya
llegamos!
Luego
se oyeron algunos murmullos de Nabiki y el ruido mientras se descalzaban.
Después se pudo distinguir la voz de Nodoka.
—¿Crees
que hoy tendríamos que decirles a todos? Ya sabes… —Ranma no terminó la frase.
—Mmm…
Quizá sí. ¿En la cena cuando estemos todos reunidos? —preguntó la mujer.
Ranma
asintió sonriendo. Ella le devolvió la sonrisa.
La
campanilla de viento volvió a sonar.
.
.
.
Fin de Todo el olvido está lleno de memoria


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