«El corazón y el sol tienen sistemasy también eclipses y mala sombra».
(7)
—¿Estás
segura de esto? —preguntó Ranma.
Akane
asintió con seriedad mientras se ajustaba el cinturón de su gi. En realidad
estaba nerviosa, las palmas le sudaban, el corazón le latía desacompasado, pero
debía enfrentar eso.
—Puedo
encargarme yo —sugirió Ranma.
Estaban
parados en mitad del dojo, ambos con los gi blancos de entrenamiento. Cuando
esa mañana Ranma se levantó antes que ella, Akane debió sospechar que algo
estaba pasando, pero no fue hasta después del desayuno cuando recibió la súbita
noticia: tenía que dar una clase de artes marciales en media hora.
—Dijiste
que yo era mejor con la clase de los niños —replicó Akane—, tú no podrás
encargarte.
—Puedo
transformarme en chica y dar la clase.
—¿Y
eso en qué va a ayudar? Cambias por fuera pero sigues siendo tú —le informó su
esposa.
Ranma
no supo si tomar esas palabras como un cumplido o como una ofensa. Por un lado
significaba que para ella él seguía siendo el mismo sin importar el aspecto;
pero por el otro parecía que su personalidad no era del todo atrayente.
—Solo
trato de colaborar —hizo una mueca.
—¡Ahora
es tarde! —exclamó Akane, después respiró profundo varias veces—. De verdad,
Ranma, ¿por qué no me hablaste antes de esto?
—¡Ayer
te dije que teníamos clases!
—Pensé
que querías decir que teníamos que ir a la escuela o algo así —dijo ella
nerviosa.
—¿Entonces
yo tengo la culpa de que tú seas una tonta? —preguntó el muchacho arqueando una
ceja.
—¡Ranma!
—Escucha,
escucha —levantó las manos para que se calmara—. No tienes que hacerlo, podemos
suspender las clases hasta que te recuperes.
—No,
no podemos. ¿O acaso no quieres saldar la deuda con Nabiki cuanto antes? —acicateó ella.
—¡Claro
que quiero!
—Entonces
lo voy a hacer —replicó decidida.
Apretó
los puños y sus ojos brillaron. Ranma asintió viendo la resolución en su
semblante.
—Has
algo útil y cuéntame qué clases de cosas les estoy enseñando. Cuáles katas y
cuáles movimientos... o si hay algo en especial que estemos practicando... o
algo así.
¡Por
Kami-sama! Nunca en su vida había dado clases de artes marciales, pero ese no
era realmente el problema. Se tenía confianza como artista marcial y creía que
podía llegar a ser buena maestra, sin embargo, hacía mucho que no entrenaba en
serio, o eso sentía, por lo menos.
—Nada
de katas ni cosas complicadas. ¡Son niños!
—Pero...
Y
no pudieron cruzar más palabras porque empezaban a entrar personas por la
puerta del dojo, hombres y mujeres que saludaban, dejaban a uno o dos niños y
salían. Pronto había por lo menos diez o doce pequeños que la miraban
expectantes formados en dos filas frente a ella.
Ranma
saludó con la mano y se fue, encerrándola dentro con los niños. Akane empezó a
sentirse más y más nerviosa, juntó las manos frente a ella sin saber qué hacer.
Cuando Ranma había dicho que eran niños, había imaginado niños, de 9 o 10 años... pero no, estos no pasarían de los 7.
—Ehh...
—se aclaró la garganta y después hizo una reverencia—. Buenos días.
—¡Buenos
días, maestra! —replicaron todos a coro haciendo también una reverencia.
«¡Me
llaman maestra!», pensó orgullosa y con los ojos iluminados. «¡Esto es lo mejor
del mundo!».
Más
de tres horas después Akane arrastraba los pies hacia la sala de la casa donde
Ranma estaba bebiendo un té con suma tranquilidad frente a la mesa. La muchacha
tenía el cabello revuelto y el cinturón del gi aflojado, se dejó caer al piso y
apoyó los codos en la mesa.
—Esto...
es... lo peor del mundo —comentó sin fuerzas, después suspiró y apoyó la cabeza
en sus brazos, cerró los ojos. Juraba que si alguien más la llamaba «maestra»
el día de hoy iba a correr sangre.
—Te
dije que tenías que entrenar un poco más duro. Partir ladrillos en el patio no
te mantiene en forma —comentó Ranma con los ojos cerrados y la taza frente a
sí, de modo que las volutas de vapor lo envolvían confiriéndole un aire de
sabiduría que estaba lejos de poseer.
—¿Ladrillos?
—preguntó Akane sin entender nada, deseando sumergirse en el sueño—. ¿Qué
dices?
—Últimamente
no hacías más que romper ladrillos —explicó el muchacho mirándola—. Era como si
quisieras descargarte... te dije que eso no te convenía pero decías que estaba
bien así.
Akane
levantó la cabeza para mirarlo y pestañeó.
—¿En
serio? ¿Era todo lo que hacía?
—Algo
así.
Akane
no quiso reflexionar mucho sobre el tema. Tenía la mente agotada, había tenido
que dar dos clases, cada una con más de diez niños pequeños que hablaban todos
al mismo tiempo, moviéndose de un lado a otro, y le contaban cosas esperando
que ella supiera sus nombres y sus vidas. Pero no recordaba a ninguno, sintió
pena por no reconocer sus caras alegres pero era optimista pensando que todo
eso volvería a su mente. Lo que consideraba más importante ahora era para aprenderse
los nombres de todos, y para eso tenía que idear algún juego divertido, pero
pensaría en eso más tarde.
—Te
dije que tendríamos que suspender las clases —comentó Ranma después de mirarla
hecha despojos sobre la mesa.
—Y
yo te dije que no —insistió ella—. Puedo encargarme de esto... Podrías haberme
dicho que eran dos clases. Ese pequeño detalle
—dijo, mostrando con los dedos el tamaño de una pizca— podría haberme ayudado.
—Mira,
las cosas son así —Ranma dejó la taza a un lado y puso una mano en la mesa, que
iba moviendo mientras hablaba—. Son cuatro clases diarias de lunes a viernes,
niños y jóvenes. Tú en la mañana, yo tomo las de la tarde. Sábados y domingos
no hay clase, pero prepárate, porque dentro de poco comienzan las clases de
verano.
—¿Clases
de verano?
—Idea
de Nabiki para ingresos extra —comentó, odiaba admitir que en realidad la idea
era buena—. Además de las clases regulares tomamos clases recreativas los
sábados por la mañana y la tarde.
—Ya
veo...
—Los
padres quieren deshacerse de sus hijos en las vacaciones —sentenció Ranma—, y
los mandan a cualquier parte.
—¿Ah?...
Bueno, pero... ¿y con todo eso aún no podemos saldar la deuda? Digo... no han
de ser ingresos desorbitantes pero deben estar muy bien. ¿Como... cuánto falta
para terminar de pagar?
—Mmm...
bastante aún. Pero no te preocupes —sonrió optimista el muchacho—. Saldremos
adelante.
Akane
quedó pensativa un momento y después dejó caer la cabeza nuevamente sobre la
mesa.
Ranma
movió la boca nervioso. No sabía si era buena idea contarle que habían tenido
la oportunidad de tener bastante dinero y él lo había usado para conseguir una
cura para la maldición. Eso lo mostraría como un idiota y un fracasado a los
ojos de ella y no estaba dispuesto.
—Que
bien que ya terminaste, hermanita —dijo Kasumi entrando al cuarto—. ¿Por qué no
vas a darte un baño? El almuerzo está casi listo.
—En
realidad no tengo mucha hambre, Kasumi.
—¿Qué
dices? Tienes que alimentarte bien. Vamos, ve, yo pondré la mesa.
—Bien...
Akane
se levantó y caminó pesadamente hasta las escaleras. Subió los escalones sin
ganas y fue casi arrastrándose por el pasillo hasta su habitación. Se cruzó con
su padre, que la miró con cara rara.
Mientras
se relajaba con el baño volvió a pensar en ella partiendo ladrillos en esos
días que no recordaba. Eso era algo que había hecho desde hacía años, su padre
le había dicho que así entrenaría su fuerza natural y con el tiempo lo había
tomado como parte de su entrenamiento normal. Solo había dos motivos por los
que solía romper más ladrillos de lo habitual: porque estaba enfadada o porque
estaba muy triste.
Akane
se sumergió un poco más en la bañera, el agua caliente le llegó casi a la
barbilla.
¿Qué
había detrás de todo eso? Cada vez se sentía más confundida, a cada paso había
más interrogantes y cuando respondía algunas preguntas surgían otras, que antes
estaban ahí pero ella no lograba verlas.
Cerró
los ojos con fuerza. Recordó cómo había empezado todo cuando llegó a casa y
descubrió que tenía otra habitación, que su relación con su prometido había
cambiado abismalmente y todo le resultaba nuevo y confuso. Todo desde aquel día
en que había salido inocentemente a hacer compras con su tía.
Akane
se incorporó de pronto, salpicando agua. ¿Y si la tía Nodoka tenía alguna
respuesta? ¿Y si sabía algo? Tal vez le podría contar sobre aquel día, tal vez
le podía dar la clave... Bueno, no, esperar que las cosas fueran así de sencillas
era demasiado, en esa casa y con esa familia las cosas nunca fueron normales.
Pero no perdía nada con intentarlo.
En
el almuerzo, Akane apenas comió, sentía nervios por las cosas que podría llegar
a descubrir con su visita a Nodoka y el estómago se le empezó a revolver. Unas
horas después fue a alistarse y cuando casi salía de la casa se encontró con
Ranma. Él todavía tenía puesto el gi y se dirigió hacia ella con una mirada
interrogante.
—¿Vas
a salir?
—Así
es —confirmó Akane alegre.
—Pensé
que ibas a observar mis clases —comentó Ranma desconcertado—. Para... para
mejorar en las tuyas.
—Pasaré
por alto que diste a entender que mis clases son malas —dijo ella palmeándole
el hombro quizás con demasiada fuerza—. Tengo que irme.
—¿A
dónde? —demandó.
—Voy
a ver a la tía Nodoka. Que te vaya bien con los alumnos.
—Pero
es que...
—¡Hasta
pronto! —sonrió Akane saludándolo con el brazo en alto.
Ranma
la observó irse como en cámara lenta, perdiéndose de a poco en la puerta de la
casa, mientras sus ojos brillaban de tristeza y, detrás de él, los pétalos de
sakura flotaban en el aire. Estiró un brazo para tratar de alcanzarla, pero
hacía rato que ella se había ido.
—Pero...
A... Akane...
Agachó
la cabeza y apretó un puño, y cuando volvió a levantarla tenía una sonrisa
torcida.
—Esa
boba... ¿Quién la necesita, de todas maneras? —se dijo en voz alta, con
engreimiento y un destello brilló en su sonrisa.
Se
dio la vuelta y avanzó hacia el dojo con un aura negra de depresión sobre los
hombros.
.
.
.
.
—Me
alegra mucho cuando vienes a visitarme de improviso —comentó Nodoka sonriendo
mientras servía un poco de té.
—Lo
lamento —dijo Akane—. Debería haber avisado, tía.
—No
te disculpes. Somos familia, siempre tengo tiempo para atenderte. ¿Quieres
algunos bollos? —le ofreció alcanzándole un plato.
La
muchacha negó con la cabeza.
—Tía...
quería preguntarle algo —comenzó la muchacha.
—¿Sí?
¿Es algo que te inquieta? —preguntó muy interesada la mujer.
—De
alguna manera —reflexionó Akane—. Digamos que... es sobre esa tienda a la que
fuimos el otro día. Cuando... tuve ese «accidente».
La
chica miró expectante a la otra mujer, que parecía desconcertada, hasta que una
luz se encendió en su mente.
—Ah...
ya veo. Te refieres a la tienda de lencería —dijo bebiendo un poco de té—. ¡Es
increíble pensar el tiempo que hace que compramos allí! ¿Desde cuándo? ¿Fue
cuando buscábamos algo para la noche de bodas, cierto?
—¿No...
Noche de bodas? —preguntó Akane tragando pesadamente su té.
Nodoka
rió.
—Recuerdo
bien ese día. ¡Estabas tan sonrojada!... Pero era necesario encontrar algo
impactante para impresionar a tu esposo... Supongo que mi hijo se habrá
comportado como todo un hombre contigo, ¿verdad? Y que lo seguirá haciendo.
Como
la muchacha estaba transformada en una estatua de piedra no pudo responder.
—Bueno,
querida, entiendo si no quieres contarme esas cosas —Nodoka cerró los ojos con
actitud comprensiva y sabedora—. Pero no olvides que siempre hay que mantener a
tu marido deseoso y expectante, sobre todo para que no piense en buscarse
amantes.
—¿Amantes?
—Akane logró salir de su estupor de pronto. Sintió que esa palabra le cortaba
la garganta como un filo.
—Yo
sé que Ranma no lo haría, pero ten presente que para ellos no es algo que esté
mal. Les parece normal porque todos los hombres lo hacen —explicó la mujer—,
por eso nosotras tenemos que tener nuestros trucos...
Le
guiñó un ojo.
—Comprendo
—murmuró Akane, con la cabeza demasiado llena de información.
—Por
lo menos hasta que tengan hijos —dejó caer la buena señora tomando otro sorbo
de té.
—¿Mm?
—Akane la miró atentamente—. Tía, ¿me quiere decir que después de eso una mujer
no tiene que prestarle atención a su esposo?
—Lo
que quiero decir es que quiero tener nietos cuanto antes —respondió la mujer
sonriendo ampliamente, cosa que hizo enrojecer a su nuera—. Y si vienes a
pedirme consejo sobre cómo conquistar a tu marido para lograrlo, puedo
ayudarte.
—En
realidad, yo no vengo a...
—Los
hombres Saotome son bastante básicos en ese asunto. Pero, por supuesto, un
atuendo apropiado siempre da puntos extra. Si quieres puedo acompañarte a la
tienda, como somos clientes habituales nos atenderán muy bien... Ahora que lo
pienso... la primera vez que fuimos allí fue porque yo quería regalarte algo
para tu cumpleaños, y ya que pronto será tu cumpleaños podemos ir a elegir algo
nuevamente...
—¡Tía!
—la interrumpió Akane—. ¿Recuerda ese día? ¿La primera vez que fuimos a esa
tienda?
Nodoka
tomó un bollo y empezó a comerlo lentamente.
—Sí,
ahora que lo dices, ¡claro que sí! Tú estabas tan nerviosa... pero yo solo
quería que te relajaras y te soltaras un poco. Habían sucedido tantas cosas,
con lo de China y luego la boda y ese incidente tan lamentable.
—¿Y
no pasó nada más ese día? —preguntó Akane ávidamente, inclinándose un poco
sobre la mesa.
—¿Algo
más? No sé. ¿A qué te refieres? ¿Tú recuerdas algo?
Akane
no era la persona más indicada para preguntarle sobre recuerdos en ese momento.
—No,
nada en particular —respondió agachando la cabeza.
—¿Te
refieres a la caída? —dijo de pronto Nodoka.
—¿La
caída?
—Cuando
tropezaste y tiraste a una mujer que volcó su té encima de otra y se armó un
pequeño alboroto —Nodoka río—. No parabas de disculparte con todo el mundo.
Akane
sintió la vergüenza que debió haber sentido en aquel momento, aunque no lo
recordara.
—Pero
no hubo mayores problemas, además supongo que les caíste bien a las vendedoras
porque nos trataron muy bien.
Nodoka
sirvió más té, que Akane se apresuró a beber.
—Por
eso quise llevarte ahí el otro día —continuó hablando la mujer—, quería ver si
podíamos levantarte el ánimo.
—¿A
mí? —preguntó la chica, interesada.
—Bueno...
es que últimamente te veía muy decaída, por eso pensé en llevarte de compras.
—Yo...
—pero descubrió que no tenía idea de qué decir.
—A
veces tenías una cara, hija... como si te fueran a dar una noticia terrible
—Nodoka sonrió—. Pero supongo que solo era cansancio —agregó alegremente.
La
muchacha asintió, no sabía qué otra cosa podía hacer. Sintió que su tía
estiraba el brazo sobre la mesa y le apretaba ligeramente la mano.
—¿Están
bien? ¿Ranma y tú?
—Sí...
—Akane se sonrojó recordando el beso de la noche anterior. Sonrió.
—Me
alegro. Siempre me gustó verlos juntos, hacen una pareja muy bonita —Nodoka le
sonrió cálidamente, con cariño—. Desde el principio supe que estarían bien,
supe que tú eras la elegida... Ya sabes, con tantas chicas alrededor y él solo
tenía ojos para ti.
—Bueno...
—No
tienes que avergonzarte por esas cosas —comentó alegre su suegra—. Charlemos un
poco de cosas de mujeres, ¿quieres?
En
el atardecer, Akane volvía a casa caminando pensativa, no había obtenido las
respuestas que buscaba, pero después de todo ¿qué esperaba? ¿Qué Nodoka tuviera
la solución a su problema cuando ni siquiera sabía que ella no recordaba nada?
Aunque
estaba distraída, algo llamó su atención en la vidriera de una librería. Casi
olvidado en el escaparate, inclinado en un rincón, había un libro que captó su
mirada. «¿Por qué olvidamos? Amnesia y
trastornos de la memoria». Se lo quedó mirando un rato antes de decidirse a
entrar y comprarlo; lo echó en su bolso y siguió caminando un poco más animada.
.
.
.
.
Kasumi
observó atentamente el brillo de la hoja del cuchillo cuando cayó como una
guillotina sobre las zanahorias que estaban en la tabla.
—¡Ha....
iaaaaaaa! —exclamó la muchacha de cabello corto poniendo toda su voluntad en
realizar una comida deliciosa para la familia.
—Con
tranquilidad, Akane —pidió su hermana mayor. Después de un rato dijo—:
Hermanita, dime algo sobre las artes marciales.
—¿Cómo?
—Akane se detuvo y la observó extrañada—. ¿Sobre las artes marciales?
—Bueno,
sí. Explícame, ¿no se supone que buscan
cultivar el espíritu y mejorar el interior de las personas? A través de
la disciplina se mejora el comportamiento y los hábitos, ¿verdad? y con la
práctica regular el estudiante mejora su concentración, su agilidad, su fuerza,
pero también su mente. ¿No es así? ¿No decía siempre papá que era necesaria la
meditación para poder encontrarse a uno mismo y ser uno solo con los elementos
de la naturaleza y así dominar el Arte?
—B-B...
bueno... —Akane no podía cerrar la boca—. Es... sí, es verdad... es cierto,
Kasumi. Pero ¿qué tiene que ver todo eso?
—Akane,
hermanita, tendrías que aplicar a la cocina todos los grandes conocimientos que
posees sobre artes marciales. Empezando por lo principal, la armonía —sonrió
ampliamente y en ese momento Akane recordó por qué los sermones de Kasumi eran
los peores. No había cosa más detestable que el que le dijeran a uno las
verdades con una sonrisa—. Fíjate en esto —continuó poniéndole una mano en el
hombro, y Akane ya no tenía escapatoria—, esto no es una lucha. Debes
concentrarte y dar lo mejor de ti, pero no es necesario emplear tanta fuerza. Disfruta,
no hay nada mejor que ver la alegría de las personas para las que cocinas.
Querida Akane, ya habíamos hablado de esto.
La
menor se sonrojó un poco mirando a su hermana. Era como si la hubieran pillado
en una falta.
—Habías
hecho algunos progresos —acotó Kasumi y en seguida sonrió más ampliamente—.
Pero no te preocupes, ha de ser la falta de práctica, últimamente no querías
acercarte a la cocina.
Se
alejó para sacar algunos huevos y nuevas verduras del refrigerador.
—Ah,
sí —comentó Akane sin saber qué decir.
—Te
veías un poco triste —siguió Kasumi—. Me alegro de que decidieras volver. Ya
verás que todo irá bien, solo piensa en lo que te dije sobre las artes
marciales, ¿no crees que todo eso puede aplicarse muy bien a cualquier ámbito?
Akane
asintió, no muy convencida.
—¿Por
qué todos insisten con lo mismo? —se preguntó un tiempo después mientras iba
pensativa subiendo la escalera—. ¿Yo estaba triste? ...Tal vez solo me había
venido la regla y estaba un poco sensible —murmuró tratando de convencerse—.
Nadie entiende nada.
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.
.
Antes
de irse a dormir aprovechó cuando Ranma fue a lavarse los dientes para buscar
el conjunto de ropa interior del que le había hablado su tía. Según ella era
rojo, con encajes y lo habían comprado especialmente para la noche de bodas,
aunque conociéndola, Akane estaba segura que Nodoka lo había elegido y ella no
había tenido más remedio que aceptarlo.
Lo
encontró casi en el fondo del cajón, las bragas eran totalmente de encaje y el
corpiño tenía transparencias. La muchacha levantó ambas prendas para
observarlas atentamente. Era cierto, ahí estaba, no podía creerlo. Lo habían
comprado. Pero lo que más le llamaba la atención era que esas cosas diminutas
le quedaran bien.
—¿Por
qué nunca usaste eso? —preguntó de pronto Ranma apareciendo sobre su hombro
derecho.
—¡Kyyaaaaa!
—Akane gritó y tiró la ropa por el aire del susto. Después se llevó una mano al
pecho—. ¡No te a parezcas así! ¡Idiota! Me va a dar un ataque...
Se
apresuró a esconder el conjunto rojo lo mejor que podía entre las demás cosas
del cajón. Aunque, por supuesto, ya era muy tarde para eso.
—¿Cuándo
lo compraste?
—Deja
de hacer esas preguntas —exigió Akane mientras se sonrojaba y trataba de cerrar
el cajón, pero parecía atorado, o sus nervios la estaban traicionando. Luchó un
poco más hasta que finalmente lo logró. Entonces se levantó resueltamente.
—Vamos
a dormir —dijo animada y apagó la luz y se metió en la cama.
Ranma
se quedó pestañeando en el medio del cuarto sin entender bien qué había
ocurrido. Finalmente se encogió de hombros y fue a ocupar su lugar en la cama.
Cuando se metió buscó en seguida el calor que emanaba del cuerpo de su esposa.
Akane
se quedó de espaldas, con los ojos muy abiertos mientras el muchacho se
acomodaba sobre su hombro, le pasaba un brazo por la cintura y le daba un
pequeño beso en el cuello que hizo que ella casi saltara de la impresión.
—¿Ranma?
—lo llamó en la penumbra, como pidiendo una explicación.
—Quedémonos
un poco así —replicó él.
La
chica se quedó quieta. Le resultaba tan extraño que él fuera tan
demostrativo... bueno, en realidad no lo era, no frente a otros, por lo menos.
Pero estando solos daba la impresión que se soltaba un poco y bajaba sus
defensas con ella, y en esas condiciones a ella misma le resultaba fácil
disfrutar de su cercanía. Se sentía querida de esa manera, sin necesitar nada
más, como cuando se sentía protegida simplemente sabiendo que él estaba
caminando cerca de ella, sobre la valla.
—¿Akane?
—la llamó con voz ronca, ella sintió su aliento en el cuello mientras la
abrazaba.
—¿Qu-Qué
pasa?
—Vámonos
de campamento.
—¿Eh?
—quedó descolocada.
—Es
la única manera de poder estar solos —le explicó él con los ojos cerrados,
respirando tranquilo su aroma—. Vámonos a las montañas, o donde sea… Aquél
lugar con las aguas termales, donde fuimos la última vez.
—Estás
loco —replicó ella nerviosa—. No podemos dejar el dojo, tenemos que saldar la
deuda con Nabiki.
Ranma
se alejó apenas un poco para poder mirarla a la cara, aunque apenas la veía en
la oscuridad.
—No
te asustes —dijo—. No va a pasar nada que no quieras que pase.
—¡¿Qué
dices?! No es... No es eso —Akane se sonrojó—. Ahora no podemos irnos a ningún
lado.
Ranma
volvió a acomodarse en el hueco entre el hombro y el cuello de su esposa y notó
el latido desenfrenado de su pulso. Se sonrió, ella estaba siendo muy valiente
no corriendo despavorida. Le gustaba provocarla así.
—Bueno,
pero cuando tengamos un par de días libres nos vamos de aquí —dijo casi como
una orden.
Ella
no dijo nada. Tragó saliva.
—Mientras
tanto… voy a abrazarte un poco más.
—B-Bien
—volvió a tragar saliva, sentía la garganta seca.
Ranma
la estrechó por la cintura y suspiró satisfecho. Akane no sabía qué hacer,
quería aquello, era una sensación demasiado agradable como para alejarse. Al
mismo tiempo, se sentía incómoda, como si no pudiera actuar en la forma que él
esperaba y la carcomía la culpa por no ser esa Akane que había vivido cuatro
años de matrimonio con Ranma. Soltó un corto suspiro de frustración.
—¿Akane?
—le susurró él cerca del oído.
Ella
no se lo esperaba y se le puso la piel de gallina.
—¿Qué?
—preguntó.
—Te
amo —le dijo en voz muy baja.
A
Akane se le llenaron los ojos de lágrimas de improviso, se lo había dicho casi
en un suspiro, tan bajo que por un momento pensó que se lo había imaginado.
—¿De
verdad? —preguntó también en voz baja, controlando el llanto.
Él
no respondió, la estrechó un poco más en el abrazo.
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