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«El corazón y el sol tienen sistemas 
y también eclipses y mala sombra».

 
 


(7)




—¿Estás segura de esto? —preguntó Ranma.
Akane asintió con seriedad mientras se ajustaba el cinturón de su gi. En realidad estaba nerviosa, las palmas le sudaban, el corazón le latía desacompasado, pero debía enfrentar eso.
—Puedo encargarme yo —sugirió Ranma.
Estaban parados en mitad del dojo, ambos con los gi blancos de entrenamiento. Cuando esa mañana Ranma se levantó antes que ella, Akane debió sospechar que algo estaba pasando, pero no fue hasta después del desayuno cuando recibió la súbita noticia: tenía que dar una clase de artes marciales en media hora.
—Dijiste que yo era mejor con la clase de los niños —replicó Akane—, tú no podrás encargarte.
—Puedo transformarme en chica y dar la clase.
—¿Y eso en qué va a ayudar? Cambias por fuera pero sigues siendo tú —le informó su esposa.
Ranma no supo si tomar esas palabras como un cumplido o como una ofensa. Por un lado significaba que para ella él seguía siendo el mismo sin importar el aspecto; pero por el otro parecía que su personalidad no era del todo atrayente.
—Solo trato de colaborar —hizo una mueca.
—¡Ahora es tarde! —exclamó Akane, después respiró profundo varias veces—. De verdad, Ranma, ¿por qué no me hablaste antes de esto?
—¡Ayer te dije que teníamos clases!
—Pensé que querías decir que teníamos que ir a la escuela o algo así —dijo ella nerviosa.
—¿Entonces yo tengo la culpa de que tú seas una tonta? —preguntó el muchacho arqueando una ceja.
—¡Ranma!
—Escucha, escucha —levantó las manos para que se calmara—. No tienes que hacerlo, podemos suspender las clases hasta que te recuperes.
—No, no podemos. ¿O acaso no quieres saldar la deuda con Nabiki cuanto antes?  —acicateó ella.
—¡Claro que quiero!
—Entonces lo voy a hacer —replicó decidida.
Apretó los puños y sus ojos brillaron. Ranma asintió viendo la resolución en su semblante.
—Has algo útil y cuéntame qué clases de cosas les estoy enseñando. Cuáles katas y cuáles movimientos... o si hay algo en especial que estemos practicando... o algo así.
¡Por Kami-sama! Nunca en su vida había dado clases de artes marciales, pero ese no era realmente el problema. Se tenía confianza como artista marcial y creía que podía llegar a ser buena maestra, sin embargo, hacía mucho que no entrenaba en serio, o eso sentía, por lo menos.
—Nada de katas ni cosas complicadas. ¡Son niños!
—Pero...
Y no pudieron cruzar más palabras porque empezaban a entrar personas por la puerta del dojo, hombres y mujeres que saludaban, dejaban a uno o dos niños y salían. Pronto había por lo menos diez o doce pequeños que la miraban expectantes formados en dos filas frente a ella.
Ranma saludó con la mano y se fue, encerrándola dentro con los niños. Akane empezó a sentirse más y más nerviosa, juntó las manos frente a ella sin saber qué hacer. Cuando Ranma había dicho que eran niños, había imaginado niños, de 9 o 10 años... pero no, estos no pasarían de los 7.
—Ehh... —se aclaró la garganta y después hizo una reverencia—. Buenos días.
—¡Buenos días, maestra! —replicaron todos a coro haciendo también una reverencia.
«¡Me llaman maestra!», pensó orgullosa y con los ojos iluminados. «¡Esto es lo mejor del mundo!».
Más de tres horas después Akane arrastraba los pies hacia la sala de la casa donde Ranma estaba bebiendo un té con suma tranquilidad frente a la mesa. La muchacha tenía el cabello revuelto y el cinturón del gi aflojado, se dejó caer al piso y apoyó los codos en la mesa.
—Esto... es... lo peor del mundo —comentó sin fuerzas, después suspiró y apoyó la cabeza en sus brazos, cerró los ojos. Juraba que si alguien más la llamaba «maestra» el día de hoy iba a correr sangre.
—Te dije que tenías que entrenar un poco más duro. Partir ladrillos en el patio no te mantiene en forma —comentó Ranma con los ojos cerrados y la taza frente a sí, de modo que las volutas de vapor lo envolvían confiriéndole un aire de sabiduría que estaba lejos de poseer.
—¿Ladrillos? —preguntó Akane sin entender nada, deseando sumergirse en el sueño—. ¿Qué dices?
—Últimamente no hacías más que romper ladrillos —explicó el muchacho mirándola—. Era como si quisieras descargarte... te dije que eso no te convenía pero decías que estaba bien así.
Akane levantó la cabeza para mirarlo y pestañeó.
—¿En serio? ¿Era todo lo que hacía?
—Algo así.
Akane no quiso reflexionar mucho sobre el tema. Tenía la mente agotada, había tenido que dar dos clases, cada una con más de diez niños pequeños que hablaban todos al mismo tiempo, moviéndose de un lado a otro, y le contaban cosas esperando que ella supiera sus nombres y sus vidas. Pero no recordaba a ninguno, sintió pena por no reconocer sus caras alegres pero era optimista pensando que todo eso volvería a su mente. Lo que consideraba más importante ahora era para aprenderse los nombres de todos, y para eso tenía que idear algún juego divertido, pero pensaría en eso más tarde.
—Te dije que tendríamos que suspender las clases —comentó Ranma después de mirarla hecha despojos sobre la mesa.
—Y yo te dije que no —insistió ella—. Puedo encargarme de esto... Podrías haberme dicho que eran dos clases. Ese pequeño detalle —dijo, mostrando con los dedos el tamaño de una pizca— podría haberme ayudado.
—Mira, las cosas son así —Ranma dejó la taza a un lado y puso una mano en la mesa, que iba moviendo mientras hablaba—. Son cuatro clases diarias de lunes a viernes, niños y jóvenes. Tú en la mañana, yo tomo las de la tarde. Sábados y domingos no hay clase, pero prepárate, porque dentro de poco comienzan las clases de verano.
—¿Clases de verano?
—Idea de Nabiki para ingresos extra —comentó, odiaba admitir que en realidad la idea era buena—. Además de las clases regulares tomamos clases recreativas los sábados por la mañana y la tarde.
—Ya veo...
—Los padres quieren deshacerse de sus hijos en las vacaciones —sentenció Ranma—, y los mandan a cualquier parte.
—¿Ah?... Bueno, pero... ¿y con todo eso aún no podemos saldar la deuda? Digo... no han de ser ingresos desorbitantes pero deben estar muy bien. ¿Como... cuánto falta para terminar de pagar?
—Mmm... bastante aún. Pero no te preocupes —sonrió optimista el muchacho—. Saldremos adelante.
Akane quedó pensativa un momento y después dejó caer la cabeza nuevamente sobre la mesa.
Ranma movió la boca nervioso. No sabía si era buena idea contarle que habían tenido la oportunidad de tener bastante dinero y él lo había usado para conseguir una cura para la maldición. Eso lo mostraría como un idiota y un fracasado a los ojos de ella y no estaba dispuesto.
—Que bien que ya terminaste, hermanita —dijo Kasumi entrando al cuarto—. ¿Por qué no vas a darte un baño? El almuerzo está casi listo.
—En realidad no tengo mucha hambre, Kasumi.
—¿Qué dices? Tienes que alimentarte bien. Vamos, ve, yo pondré la mesa.
—Bien...
Akane se levantó y caminó pesadamente hasta las escaleras. Subió los escalones sin ganas y fue casi arrastrándose por el pasillo hasta su habitación. Se cruzó con su padre, que la miró con cara rara.
Mientras se relajaba con el baño volvió a pensar en ella partiendo ladrillos en esos días que no recordaba. Eso era algo que había hecho desde hacía años, su padre le había dicho que así entrenaría su fuerza natural y con el tiempo lo había tomado como parte de su entrenamiento normal. Solo había dos motivos por los que solía romper más ladrillos de lo habitual: porque estaba enfadada o porque estaba muy triste.
Akane se sumergió un poco más en la bañera, el agua caliente le llegó casi a la barbilla.
¿Qué había detrás de todo eso? Cada vez se sentía más confundida, a cada paso había más interrogantes y cuando respondía algunas preguntas surgían otras, que antes estaban ahí pero ella no lograba verlas.
Cerró los ojos con fuerza. Recordó cómo había empezado todo cuando llegó a casa y descubrió que tenía otra habitación, que su relación con su prometido había cambiado abismalmente y todo le resultaba nuevo y confuso. Todo desde aquel día en que había salido inocentemente a hacer compras con su tía.
Akane se incorporó de pronto, salpicando agua. ¿Y si la tía Nodoka tenía alguna respuesta? ¿Y si sabía algo? Tal vez le podría contar sobre aquel día, tal vez le podía dar la clave... Bueno, no, esperar que las cosas fueran así de sencillas era demasiado, en esa casa y con esa familia las cosas nunca fueron normales. Pero no perdía nada con intentarlo.
En el almuerzo, Akane apenas comió, sentía nervios por las cosas que podría llegar a descubrir con su visita a Nodoka y el estómago se le empezó a revolver. Unas horas después fue a alistarse y cuando casi salía de la casa se encontró con Ranma. Él todavía tenía puesto el gi y se dirigió hacia ella con una mirada interrogante.
—¿Vas a salir?
—Así es —confirmó Akane alegre.
—Pensé que ibas a observar mis clases —comentó Ranma desconcertado—. Para... para mejorar en las tuyas.
—Pasaré por alto que diste a entender que mis clases son malas —dijo ella palmeándole el hombro quizás con demasiada fuerza—. Tengo que irme.
—¿A dónde? —demandó.
—Voy a ver a la tía Nodoka. Que te vaya bien con los alumnos.
—Pero es que...
—¡Hasta pronto! —sonrió Akane saludándolo con el brazo en alto.
Ranma la observó irse como en cámara lenta, perdiéndose de a poco en la puerta de la casa, mientras sus ojos brillaban de tristeza y, detrás de él, los pétalos de sakura flotaban en el aire. Estiró un brazo para tratar de alcanzarla, pero hacía rato que ella se había ido.
—Pero... A... Akane...
Agachó la cabeza y apretó un puño, y cuando volvió a levantarla tenía una sonrisa torcida.
—Esa boba... ¿Quién la necesita, de todas maneras? —se dijo en voz alta, con engreimiento y un destello brilló en su sonrisa.
Se dio la vuelta y avanzó hacia el dojo con un aura negra de depresión sobre los hombros.
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—Me alegra mucho cuando vienes a visitarme de improviso —comentó Nodoka sonriendo mientras servía un poco de té.
—Lo lamento —dijo Akane—. Debería haber avisado, tía.
—No te disculpes. Somos familia, siempre tengo tiempo para atenderte. ¿Quieres algunos bollos? —le ofreció alcanzándole un plato.
La muchacha negó con la cabeza.
—Tía... quería preguntarle algo —comenzó la muchacha.
—¿Sí? ¿Es algo que te inquieta? —preguntó muy interesada la mujer.
—De alguna manera —reflexionó Akane—. Digamos que... es sobre esa tienda a la que fuimos el otro día. Cuando... tuve ese «accidente».
La chica miró expectante a la otra mujer, que parecía desconcertada, hasta que una luz se encendió en su mente.
—Ah... ya veo. Te refieres a la tienda de lencería —dijo bebiendo un poco de té—. ¡Es increíble pensar el tiempo que hace que compramos allí! ¿Desde cuándo? ¿Fue cuando buscábamos algo para la noche de bodas, cierto?
—¿No... Noche de bodas? —preguntó Akane tragando pesadamente su té.
Nodoka rió.
—Recuerdo bien ese día. ¡Estabas tan sonrojada!... Pero era necesario encontrar algo impactante para impresionar a tu esposo... Supongo que mi hijo se habrá comportado como todo un hombre contigo, ¿verdad? Y que lo seguirá haciendo.
Como la muchacha estaba transformada en una estatua de piedra no pudo responder.
—Bueno, querida, entiendo si no quieres contarme esas cosas —Nodoka cerró los ojos con actitud comprensiva y sabedora—. Pero no olvides que siempre hay que mantener a tu marido deseoso y expectante, sobre todo para que no piense en buscarse amantes.
—¿Amantes? —Akane logró salir de su estupor de pronto. Sintió que esa palabra le cortaba la garganta como un filo.
—Yo sé que Ranma no lo haría, pero ten presente que para ellos no es algo que esté mal. Les parece normal porque todos los hombres lo hacen —explicó la mujer—, por eso nosotras tenemos que tener nuestros trucos...
Le guiñó un ojo.
—Comprendo —murmuró Akane, con la cabeza demasiado llena de información.
—Por lo menos hasta que tengan hijos —dejó caer la buena señora tomando otro sorbo de té.
—¿Mm? —Akane la miró atentamente—. Tía, ¿me quiere decir que después de eso una mujer no tiene que prestarle atención a su esposo?
—Lo que quiero decir es que quiero tener nietos cuanto antes —respondió la mujer sonriendo ampliamente, cosa que hizo enrojecer a su nuera—. Y si vienes a pedirme consejo sobre cómo conquistar a tu marido para lograrlo, puedo ayudarte.
—En realidad, yo no vengo a...
—Los hombres Saotome son bastante básicos en ese asunto. Pero, por supuesto, un atuendo apropiado siempre da puntos extra. Si quieres puedo acompañarte a la tienda, como somos clientes habituales nos atenderán muy bien... Ahora que lo pienso... la primera vez que fuimos allí fue porque yo quería regalarte algo para tu cumpleaños, y ya que pronto será tu cumpleaños podemos ir a elegir algo nuevamente...
—¡Tía! —la interrumpió Akane—. ¿Recuerda ese día? ¿La primera vez que fuimos a esa tienda?
Nodoka tomó un bollo y empezó a comerlo lentamente.
—Sí, ahora que lo dices, ¡claro que sí! Tú estabas tan nerviosa... pero yo solo quería que te relajaras y te soltaras un poco. Habían sucedido tantas cosas, con lo de China y luego la boda y ese incidente tan lamentable.
—¿Y no pasó nada más ese día? —preguntó Akane ávidamente, inclinándose un poco sobre la mesa.
—¿Algo más? No sé. ¿A qué te refieres? ¿Tú recuerdas algo?
Akane no era la persona más indicada para preguntarle sobre recuerdos en ese momento.
—No, nada en particular —respondió agachando la cabeza.
—¿Te refieres a la caída? —dijo de pronto Nodoka.
—¿La caída?
—Cuando tropezaste y tiraste a una mujer que volcó su té encima de otra y se armó un pequeño alboroto —Nodoka río—. No parabas de disculparte con todo el mundo.
Akane sintió la vergüenza que debió haber sentido en aquel momento, aunque no lo recordara.
—Pero no hubo mayores problemas, además supongo que les caíste bien a las vendedoras porque nos trataron muy bien.
Nodoka sirvió más té, que Akane se apresuró a beber.
—Por eso quise llevarte ahí el otro día —continuó hablando la mujer—, quería ver si podíamos levantarte el ánimo.
—¿A mí? —preguntó la chica, interesada.
—Bueno... es que últimamente te veía muy decaída, por eso pensé en llevarte de compras.
—Yo... —pero descubrió que no tenía idea de qué decir.
—A veces tenías una cara, hija... como si te fueran a dar una noticia terrible —Nodoka sonrió—. Pero supongo que solo era cansancio —agregó alegremente.
La muchacha asintió, no sabía qué otra cosa podía hacer. Sintió que su tía estiraba el brazo sobre la mesa y le apretaba ligeramente la mano.
—¿Están bien? ¿Ranma y tú?
—Sí... —Akane se sonrojó recordando el beso de la noche anterior. Sonrió.
—Me alegro. Siempre me gustó verlos juntos, hacen una pareja muy bonita —Nodoka le sonrió cálidamente, con cariño—. Desde el principio supe que estarían bien, supe que tú eras la elegida... Ya sabes, con tantas chicas alrededor y él solo tenía ojos para ti.
—Bueno...
—No tienes que avergonzarte por esas cosas —comentó alegre su suegra—. Charlemos un poco de cosas de mujeres, ¿quieres?
En el atardecer, Akane volvía a casa caminando pensativa, no había obtenido las respuestas que buscaba, pero después de todo ¿qué esperaba? ¿Qué Nodoka tuviera la solución a su problema cuando ni siquiera sabía que ella no recordaba nada?
Aunque estaba distraída, algo llamó su atención en la vidriera de una librería. Casi olvidado en el escaparate, inclinado en un rincón, había un libro que captó su mirada. «¿Por qué olvidamos? Amnesia y trastornos de la memoria». Se lo quedó mirando un rato antes de decidirse a entrar y comprarlo; lo echó en su bolso y siguió caminando un poco más animada.
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Kasumi observó atentamente el brillo de la hoja del cuchillo cuando cayó como una guillotina sobre las zanahorias que estaban en la tabla.
—¡Ha.... iaaaaaaa! —exclamó la muchacha de cabello corto poniendo toda su voluntad en realizar una comida deliciosa para la familia.
—Con tranquilidad, Akane —pidió su hermana mayor. Después de un rato dijo—: Hermanita, dime algo sobre las artes marciales.
—¿Cómo? —Akane se detuvo y la observó extrañada—. ¿Sobre las artes marciales?
—Bueno, sí. Explícame, ¿no se supone que buscan  cultivar el espíritu y mejorar el interior de las personas? A través de la disciplina se mejora el comportamiento y los hábitos, ¿verdad? y con la práctica regular el estudiante mejora su concentración, su agilidad, su fuerza, pero también su mente. ¿No es así? ¿No decía siempre papá que era necesaria la meditación para poder encontrarse a uno mismo y ser uno solo con los elementos de la naturaleza y así dominar el Arte?
—B-B... bueno... —Akane no podía cerrar la boca—. Es... sí, es verdad... es cierto, Kasumi. Pero ¿qué tiene que ver todo eso?
—Akane, hermanita, tendrías que aplicar a la cocina todos los grandes conocimientos que posees sobre artes marciales. Empezando por lo principal, la armonía —sonrió ampliamente y en ese momento Akane recordó por qué los sermones de Kasumi eran los peores. No había cosa más detestable que el que le dijeran a uno las verdades con una sonrisa—. Fíjate en esto —continuó poniéndole una mano en el hombro, y Akane ya no tenía escapatoria—, esto no es una lucha. Debes concentrarte y dar lo mejor de ti, pero no es necesario emplear tanta fuerza. Disfruta, no hay nada mejor que ver la alegría de las personas para las que cocinas. Querida Akane, ya habíamos hablado de esto.
La menor se sonrojó un poco mirando a su hermana. Era como si la hubieran pillado en una falta.
—Habías hecho algunos progresos —acotó Kasumi y en seguida sonrió más ampliamente—. Pero no te preocupes, ha de ser la falta de práctica, últimamente no querías acercarte a la cocina.
Se alejó para sacar algunos huevos y nuevas verduras del refrigerador.
—Ah, sí —comentó Akane sin saber qué decir.
—Te veías un poco triste —siguió Kasumi—. Me alegro de que decidieras volver. Ya verás que todo irá bien, solo piensa en lo que te dije sobre las artes marciales, ¿no crees que todo eso puede aplicarse muy bien a cualquier ámbito?
Akane asintió, no muy convencida.
—¿Por qué todos insisten con lo mismo? —se preguntó un tiempo después mientras iba pensativa subiendo la escalera—. ¿Yo estaba triste? ...Tal vez solo me había venido la regla y estaba un poco sensible —murmuró tratando de convencerse—. Nadie entiende nada.
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Antes de irse a dormir aprovechó cuando Ranma fue a lavarse los dientes para buscar el conjunto de ropa interior del que le había hablado su tía. Según ella era rojo, con encajes y lo habían comprado especialmente para la noche de bodas, aunque conociéndola, Akane estaba segura que Nodoka lo había elegido y ella no había tenido más remedio que aceptarlo.
Lo encontró casi en el fondo del cajón, las bragas eran totalmente de encaje y el corpiño tenía transparencias. La muchacha levantó ambas prendas para observarlas atentamente. Era cierto, ahí estaba, no podía creerlo. Lo habían comprado. Pero lo que más le llamaba la atención era que esas cosas diminutas le quedaran bien.
—¿Por qué nunca usaste eso? —preguntó de pronto Ranma apareciendo sobre su hombro derecho.
—¡Kyyaaaaa! —Akane gritó y tiró la ropa por el aire del susto. Después se llevó una mano al pecho—. ¡No te a parezcas así! ¡Idiota! Me va a dar un ataque...
Se apresuró a esconder el conjunto rojo lo mejor que podía entre las demás cosas del cajón. Aunque, por supuesto, ya era muy tarde para eso.
—¿Cuándo lo compraste?
—Deja de hacer esas preguntas —exigió Akane mientras se sonrojaba y trataba de cerrar el cajón, pero parecía atorado, o sus nervios la estaban traicionando. Luchó un poco más hasta que finalmente lo logró. Entonces se levantó resueltamente.
—Vamos a dormir —dijo animada y apagó la luz y se metió en la cama.
Ranma se quedó pestañeando en el medio del cuarto sin entender bien qué había ocurrido. Finalmente se encogió de hombros y fue a ocupar su lugar en la cama. Cuando se metió buscó en seguida el calor que emanaba del cuerpo de su esposa.
Akane se quedó de espaldas, con los ojos muy abiertos mientras el muchacho se acomodaba sobre su hombro, le pasaba un brazo por la cintura y le daba un pequeño beso en el cuello que hizo que ella casi saltara de la impresión.
—¿Ranma? —lo llamó en la penumbra, como pidiendo una explicación.
—Quedémonos un poco así —replicó él.
La chica se quedó quieta. Le resultaba tan extraño que él fuera tan demostrativo... bueno, en realidad no lo era, no frente a otros, por lo menos. Pero estando solos daba la impresión que se soltaba un poco y bajaba sus defensas con ella, y en esas condiciones a ella misma le resultaba fácil disfrutar de su cercanía. Se sentía querida de esa manera, sin necesitar nada más, como cuando se sentía protegida simplemente sabiendo que él estaba caminando cerca de ella, sobre la valla.
—¿Akane? —la llamó con voz ronca, ella sintió su aliento en el cuello mientras la abrazaba.
—¿Qu-Qué pasa?
—Vámonos de campamento.
—¿Eh? —quedó descolocada.
—Es la única manera de poder estar solos —le explicó él con los ojos cerrados, respirando tranquilo su aroma—. Vámonos a las montañas, o donde sea… Aquél lugar con las aguas termales, donde fuimos la última vez.
—Estás loco —replicó ella nerviosa—. No podemos dejar el dojo, tenemos que saldar la deuda con Nabiki.
Ranma se alejó apenas un poco para poder mirarla a la cara, aunque apenas la veía en la oscuridad.
—No te asustes —dijo—. No va a pasar nada que no quieras que pase.
—¡¿Qué dices?! No es... No es eso —Akane se sonrojó—. Ahora no podemos irnos a ningún lado.
Ranma volvió a acomodarse en el hueco entre el hombro y el cuello de su esposa y notó el latido desenfrenado de su pulso. Se sonrió, ella estaba siendo muy valiente no corriendo despavorida. Le gustaba provocarla así.
—Bueno, pero cuando tengamos un par de días libres nos vamos de aquí —dijo casi como una orden.
Ella no dijo nada. Tragó saliva.
—Mientras tanto… voy a abrazarte un poco más.
—B-Bien —volvió a tragar saliva, sentía la garganta seca.
Ranma la estrechó por la cintura y suspiró satisfecho. Akane no sabía qué hacer, quería aquello, era una sensación demasiado agradable como para alejarse. Al mismo tiempo, se sentía incómoda, como si no pudiera actuar en la forma que él esperaba y la carcomía la culpa por no ser esa Akane que había vivido cuatro años de matrimonio con Ranma. Soltó un corto suspiro de frustración.
—¿Akane? —le susurró él cerca del oído.
Ella no se lo esperaba y se le puso la piel de gallina.
—¿Qué? —preguntó.
—Te amo —le dijo en voz muy baja.
A Akane se le llenaron los ojos de lágrimas de improviso, se lo había dicho casi en un suspiro, tan bajo que por un momento pensó que se lo había imaginado.
—¿De verdad? —preguntó también en voz baja, controlando el llanto.
Él no respondió, la estrechó un poco más en el abrazo.

 





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