«Rojo—como el que más[…]
el balcón de geranios
la llama de tus labios»
(8)
—¡No tomes el pedazo más grande, Akane! —se quejó Nabiki.
—Es el trozo que Kasumi cortó para mí —se defendió la menor.
—Vamos, no peleen —pidió la hermana mayor sonriendo amable—.
Dámelo, Nabiki, te lo cambio por el mío.
—Espera, mejor véndeselo por quinientos yens, Kasumi —dijo Akane
con burla mientras sus hermanas intercambiaban los trozos de sandía.
La mayor rió alegre y la mediana hizo una mueca.
—Ja-ja-ja —ironizó—. ¿Quién lo diría, Akane? Tú tan alegre aquí...
pensé que sin tu maridito en la casa estarías más deprimida.
—Vamos, Nabiki, sabes que es la primera vez en el día que está un
poco animada —intervino Kasumi—. ¡Con lo que me costó sacarle una sonrisa en el
almuerzo!
—No es para tanto —comentó Akane sonrojada. Bajó la vista para
concentrarse en sacar las semillas con su palillo.
Kasumi suspiró.
—Cuantos recuerdos... —comentó—. ¿Se acuerdan cuando éramos niñas
y mamá repartía la sandía? Ustedes siempre se peleaban por el trozo más grande,
aunque todos eran idénticos —sonrió.
—En realidad... no lo recuerdo —respondió Nabiki. Mordió la fruta
y el flequillo tapó su cara.
—Yo tampoco —admitió Akane avergonzada.
Kasumi las observó con una mezcla de ternura y tristeza.
—Ha pasado mucho tiempo desde entonces —dijo con calidez—.
Mírense... Nabiki comenzando la Universidad... Akane casada y haciendo
funcionar el dojo...
—Eso está por verse aún, dos alumnos no es gran cosa —comentó
Nabiki—. No sé cómo harán para levantar ese viejo dojo.
—¡Lo lograremos!
—Bien, bien. Seguramente necesitarán de mis servicios así que tal
vez les haga descuentos especiales por ser familia. Digamos... —se puso el
índice en la barbilla— un cinco por ciento.
Guiñó un ojo.
—¡Qué generosa! —espetó Akane con ironía.
En ese momento sonó el teléfono y la menor hizo el ademán de
ponerse de pie, pero después se quedó quieta, sintiendo la mirada de Nabiki
clavada en ella.
—¿Podrías contestar, Akane? —pidió su hermana mayor.
Mientras la muchacha se levantaba rápidamente para cumplir con el
pedido, Nabiki rió.
—Saluda a Ranma de mi parte —dijo cuando Akane estaba saliendo de la sala.
—Ranma...
—¿Qué? —preguntó él.
Todavía entre sueños, Akane abrió un poco
los ojos y pudo observar al chico de trenza que, recostado de lado en la cama,
la observaba atentamente. Ella cerró los ojos de nuevo y se acercó despacio
para abrazarlo y apoyar la cabeza en su pecho, tomó aire y lo soltó en un largo
suspiro.
—Ranma...
—Ya entiendo, ¿estabas soñando conmigo?
—preguntó el muchacho acariciándole la espalda y sintiendo que su ego se
elevaba y flotaba sobre la habitación.
Akane movió apenas la cabeza, negando.
—Tú ni siquiera estabas ahí —respondió
adormilada—. Había sandías.
El ego cayó en picada y le abofeteó la
mejilla izquierda. Y dolió.
—¿Sandías, eh?
«Genial. ¿Y qué se supone que tienen que
ver las sandías conmigo?».
Quiso
preguntarle, pero escuchó la respiración pausada de Akane. Ya se había vuelto a
dormir, o mejor dicho, nunca había estado del todo despierta. Se quedó quieto
disfrutando de su cercanía, todavía podían quedarse diez minutos más así hasta
que fuera momento de levantarse.
—Akane,
despierta —escuchó que una voz la llamaba, pero no hizo caso.
Tenía
ganas de dormir quince horas más, se sentía pesada, se sentía rara. Había
pasado toda la noche teniendo sueños extraños que ni siquiera recordaba, a
excepción del último, donde estaba sentada en la frescura de la sala comiendo
sandías con sus hermanas. Ese sueño le traía una sensación ominosa, como de
normalidad y extrañeza al mismo tiempo; pero después la imagen cambiaba, veía a
Ranma frente a ella y no podía evitar abrazarlo como lo había hecho en tantos
otros sueños. A partir de ahí no recordaba nada más, no tenía conciencia, ahora
solamente estaba la voz que insistía.
—Akane...
despierta de una vez. ¿Quieres que yo me encargue de las clases hoy?
Abrió
un ojo primero y después el otro y sintió que alguien se apartaba de ella y el
colchón se movía por el cambio de peso. Todavía tenía los brazos estirados,
abrazando ahora un espacio vacío.
Se
enderezó de golpe y se llevó las manos a la cara.
«No
era un sueño», pensó, sintiendo las mejillas enrojecidas. Pero si eso no era un
sueño, ¿lo otro tampoco? ¿Eran recuerdos? Le hubiera gustado tener memoria de
cada cosa que había soñado, pero todo se entremezclaba como en una nebulosa sin
sentido. Se frotó la cara de manera brusca mientras gruñía.
—Akane...
¿estás bien? —preguntó Ranma mientras se ponía los pantalones—. ¿Quieres que
yo...?
—Estoy
bien —lo interrumpió ella mirándolo—. Yo me voy a encargar de la clase. No te
preocupes.
Suspiró
apesadumbrada y se atusó el pelo bruscamente con el ceño fruncido.
—Hoy
va a hacer mucho calor —comentó Ranma.
.
.
.
.
Y
por supuesto que hizo calor. Las puertas corredizas que daban al jardín se
mantuvieron abiertas todo el día para dejar que entrara la brisa fresca, Kasumi
canturreaba en la cocina mientras preparaba limonada y los patriarcas Tendo y
Saotome colocaron el tablero de shogi en el pasillo exterior para poder jugar
con mayor comodidad.
Y
Ranma estuvo casi todo el día transformado en chica.
Después
de entrenar en la mañana se mojó con agua fría para refrescarse y luego se
quedó con ese cuerpo que resultaba más cómodo y resistente al calor. Akane lo
vio cuando fue a tomar un poco de agua a la cocina entre medio de sus clases; tenía
una camiseta de tirantes blanca y unos pantalones y estaba sentado en el suelo
de madera abanicándose despacio. La muchacha de cabello corto se lo quedó mirando
un rato y después sacudió la cabeza para volver a lo suyo.
A
la hora del almuerzo, un femenino Ranma se sentó a su lado, Akane lo estuvo
mirando de reojo todo el tiempo, casi a punto de decirle algo, pero no sabía
exactamente qué. Era la primera vez que lo veía tanto tiempo como chica desde
que había conocido su «nueva condición civil», y le resultaba de lo más
extraño, como si algo faltara para llenar un espacio. El muchacho, que para el
momento ostentaba un cuerpo de mujer, comía como si nada, casi sin darse cuenta
de que su esposa lo observaba pensativamente.
A
media tarde Akane subió a su habitación sintiéndose agotada de tanto pensar y
con una sensación rara en el cuerpo. Estaba cansada, cansada de no saber lo que
le ocurría y de no saber lo que le había pasado.
Cerró
la puerta con apatía. Le dolían un poco los pechos y los sentía inflamados, eso
le estaba avisando que en cualquier momento tendría el período. Ahora ni
siquiera sabía sus fechas. Suspiró dejándose caer en la cama. Sería tan fácil
tener un diario íntimo y poder leer ahí de su puño y letra todo lo que había
pasado en ese tiempo, pero no usaba un diario como desde los 14, y había
guardado ese solo como un recuerdo de la niñez.
Akane
se llevó la mano a la frente mientras pensaba qué hacer, entonces recordó el
libro que compró la tarde anterior. Lo buscó entre los cajones y después lo
abrió sobre la cama y se sentó en el suelo para leerlo. Pasó la primera página
y la presentación de los editores.
—Esto
es tan estúpido —se dijo mientras leía la introducción—. Como si un libro fuera
a ayudarme en algo.
«Los problemas de memoria
son frecuentes en muchas personas, pero las causas de pérdida de memoria pueden
ser múltiples. En general quienes olvidan las cosas cotidianas tienen muchas
cosas en la cabeza, muchos pensamientos que 'ocupan demasiado lugar'...
Entonces, los problemas de memoria se pueden deber a causas psicológicas, que
es lo más frecuente, o a causas tanto orgánicas como biológicas. Más adelante
hablaremos de... »
Akane
suspiró mientras pasaba un par de páginas.
«La amnesia es un
trastorno del funcionamiento de la memoria, según el cual el individuo es
incapaz de conservar o recuperar información almacenada con anterioridad. Las
causas de la amnesia son orgánicas o funcionales. Las orgánicas incluyen daño
al cerebro, causado por enfermedades o traumas, o por uso de ciertas drogas...»
«... A continuación se
detallan algunas de las causas de la pérdida de memoria:
- Intoxicación con
alcohol o drogas ilícitas.
- Ciertos medicamentos.
- Ciertos tipos de
convulsiones.
- Demencia.
- Depresión, trastorno
bipolar o esquizofrenia cuando no se han controlado bien los síntomas...»
—¡Esto
es terrible! —exclamó cerrando el libro de golpe.
Apoyó
la cabeza en sus brazos cruzados y suspiró.
—¿Estaré
enferma? —murmuró, después sacudió la cabeza—. No, Ranma me lo habría dicho...
o alguien más.
Volvió
a pensar en Ranma abanicándose desganado en el pasillo exterior, transformado
en chica. Estuvo pensando en eso, con los ojos cerrados, hasta que se quedó
dormida.
Estaba lloviendo, pero de todas maneras Ranma estaba
sentado en el tejado. Hacía rato que su cuerpo había cambiado por uno femenino,
curvilíneo y menudo, y su cabello era ahora de un color rojo, más oscuro y
profundo porque estaba mojado.
El muchacho escuchó unos pasos cerca de él (que
reconoció en seguida como los de su esposa) y a los pocos segundos sintió que
alguien se sentaba a su lado. De pronto, las gotas de agua ya no lo mojaban,
aunque seguía lloviendo.
Ranma levantó la mirada y vio a Akane a su lado, que
lo miraba con una pequeña sonrisa y sostenía en su mano derecha un paraguas que
los cubría a ambos.
La pelirroja volvió a mirar el patio.
—¡Uf! Hacía tiempo que no usaba esa escalera —comentó
Akane suspirando. Ranma no dijo nada, así que ella siguió hablando—. Te vas a
enfermar si sigues aquí.
—No pasa nada.
Akane observó su mirada perdida en la lluvia.
—¿Sabes?... odio cuando estamos peleados —le dijo con
voz suave.
—No estamos peleados —acotó Ranma mirándola con
sorpresa.
—Lo digo por ayer... por lo del dojo. Odio cuando no
nos hablamos y estamos resentidos. Tú... tú eres mi mejor amigo y me pone muy
triste no poder contarte cosas.
Ahora Ranma la miró más atentamente y se dio cuenta de
que tenía los ojos brillantes, como si estuviera a punto de llorar.
—Akane, ¿qué te pasa?
—¿Qué te pasa a ti? —inquirió ella—. ¿Estás molesto
aún? ¿Estás preocupado, Ranma? Habla conmigo, por favor. Tiene que ser algo
importante para que estés aquí sin que te importe el agua.
Se miraron a los ojos y entonces Ranma se sonrojó un
poco, de una manera adorable, según Akane.
—Yo... es que quería pensar un poco —dijo, después se
tironeó la trenza nervioso—. Olvidé que estaba lloviendo.
—¿Lo olvidaste?
—Cuando puse un pie afuera y lo recordé, ya me había
transformado —explicó encogiendo los hombros avergonzado.
—Eres tan tonto —susurró Akane sonriendo. Cambió de
mano el paraguas para poder tomar la mano de su esposo y entrelazar los dedos
con los suyos. Se acomodó un poco más cerca.
—¡Ah! No, Akane, no te acerques tanto.
La mano que apretaba la suya se sintió de pronto como
plomo. La pelirroja empezó a balbucear para tratar de aclarar.
—Es... no es porque... Estoy empapado. Te vas a
enfermar —logró decir.
—No importa. Si nos enfermamos nos quedaremos los dos
en la cama, ¿qué tiene de malo?
Ranma giró la cabeza para mirarla y Akane abrió mucho
los ojos, dándose cuenta de lo que había dicho.
—No es... no te imagines cosas.
—¡Yo no me imaginé nada! —replicó Ranma echándose a reír.
Akane ocultó el sonrojo pegándose al brazo de la
mujercita y escondiendo la cabeza en su hombro.
—Pervertido.
—¿Yo? ¡Tú te pusiste colorada! —Ranma no podía dejar
de reírse.
—¡No es cierto! —trató de negar la muchacha de cabello
corto.
—Claro que sí. Siento el calor de tu cara a través de
la ropa.
—¡Ya basta!
Akane se alejó un poco, aunque no le soltó la mano.
—No es para tanto —dijo Ranma sonriendo—. Debes
admitir que eres una mal pensada.
Akane no dijo nada y se quedaron en silencio por un
rato.
—Akane, vámonos lejos de aquí.
—No creo que a nadie le haga mucha gracia que nos
vayamos de viaje dejando el dojo así —comentó la chica de cabello corto
sonriendo.
—Eh... hablo de irnos para siempre —replicó Ranma sin
querer mirarla a los ojos todavía.
—¿Para siempre?... Y... ¿a dónde iríamos? —preguntó
Akane con la emoción bailando en la garganta.
—No lo sé. A cualquier parte... Sería un lugar
solamente nuestro, donde no tengamos que preocuparnos por los demás, por lo que
piensen o lo que digan.
—¿Y el dojo?
—Vamos a levantarlo —aseguró Ranma girándose para
mirarla—. No hay nada que yo no pueda lograr, te aseguro que en poco tiempo
tendremos muchos alumnos y este será el mejor dojo de Japón.
—Bueno, bueno, tampoco hay que exagerar —replicó la
otra chica—. Entonces... este lugar hipotético al que iríamos... no implicaría
dejar el dojo.
—¡Claro que no! ¿Creés que quiero morir despellejado
por mi viejo? —dijo la pelirroja—. Podemos hacer ambas cosas. Además... no es
mala idea tener un dojo, me gustaría poder enseñar todo lo que sé, tener a
quién transmitírselo. Fue interesante ser maestro... aunque duró poco.
—Ranma, realmente has pensado mucho en esto —dijo Akane
asombrada, y no era una pregunta.
—Solo algo... a veces —admitió—. Ya sé que ahora es
muy complicado, pero más adelante, quizás. Se necesita mucho dinero. Tú...
¿quieres?
—Sería agradable tener un lugar para nosotros, para
variar —respondió Akane haciendo una mueca. Después se volvió para mirar a su
esposo, que por cuestiones del destino ahora era una linda mujercita de ojos
azules y cabello rojo, y le sonrió ampliamente, como sabía que le gustaba—. Me
encantaría, Ranma. Claro que quiero.
Y lo soltó, para tirarle los brazos al cuello y
besarlo en los labios, olvidándose de mantener el paraguas sobre ellos. Akane
puso todo el amor del que fue capaz en ese beso intenso, sintió los labios
fríos y se alejó cuando la otra mujer empezaba a responderle.
—Estás helado. Ve a darte un baño ahora mismo —le
ordenó con rostro severo.
—Pero... pero... —Ranma estaba pestañeando y con las
manos todavía en el aire, adonde las había movido para empezar a tocarla—.
¿Qué... ? Akane...
—Date prisa —lo urgió su esposa, levantándose con
cuidado para no resbalar en las tejas. Se fue hasta donde estaba apoyada la
escalera de mano y se volvió a mirarlo—. Vamos, Ranma, de verdad te vas a
enfermar... —comenzó a descender la escalera mientras Ranma se levantaba
suspirando y antes de que su cabeza desapareciera del todo del campo visual de
la pelirroja agregó—: Luego tal vez continuemos donde lo dejamos.
Se fue soltando una risita.
—¡Te tomaré la palabra! —anunció la otra mujer desde
arriba.
Akane
despertó de golpe y levantó la cabeza. Tenía los brazos dormidos por haber
permanecido en la misma posición y aún escuchaba en la mente la risa vivaz de
la pelirroja, la risa de Ranma.
Se
llevó la mano a los labios y sintió su cara arder. Nunca se había puesto a
pensar hasta dónde llegaba la influencia de la maldición de Ranma, nunca había
reflexionado en lo que podía ser de verdad estar casada y compartir la vida con
él así, significaba comprenderlo y aceptarlo pese a todo; y, más aún, hacerlo
sentir aceptado. Solo había entendido lo terrible que podía ser tener una
maldición como las de Jusenkyo en aquellos momentos en que Ranma sufría por
estar atrapado en su cuerpo de mujer sin poder volver a ser hombre. Pero, ¿y el
resto del tiempo? ¿Cómo era en la vida cotidiana?
¿Qué
era lo que su mente quería decirle con ese sueño? ¿Y era realmente un sueño?
Porque era demasiado vívido y detallado para ser un producto de su imaginación.
Decidió que había solo una persona a la que podía preguntarle eso y, con los
nervios a flor de piel, fue a buscar a Ranma Saotome.
.
.
.
.
Era
demasiado embarazoso preguntarle directamente sobre el tema de los besos, así
que decidió tratar primero otro que también se le había quedado grabado en el
corazón. Encontró a Ranma en el dojo, ya con su cuerpo masculino y con el gi
puesto preparándose para sus clases.
—Lo
sabía. Vienes a ver mis clases, ¿no? —preguntó él cuando la vio entrar. Estaba
arrodillado en un costado acomodando unas pesas y otros útiles de ejercicio. Se
levantó con presteza y caminó gallardamente hacia ella.
—Quiero
preguntarte algo —replicó Akane sin querer andar con rodeos, en cualquier
momento empezarían a llegar los alumnos.
—¿Qué
pasa? —Ranma dejó el juego y la miró atentamente.
—Nosotros...
¿puede ser que nosotros... planeáramos ir a vivir a otro lado? —Akane lo miró
expectante.
—¿Lo
recuerdas? ¿Recordaste? ¿Cómo, cuándo... ? —la tomó por los hombros con
expresión afligida.
—No,
no exactamente —la muchacha pensó un momento antes de hablar—. Son como sueños,
y no sé si lo que pasa ahí en verdad ocurrió o yo me lo imaginé.
—¿Qué
pasa en el sueño?
—Bueno...
está lloviendo y estamos en el tejado —Ranma asintió—. Tú estás como chica y me
hablas sobre esto de... tener un lugar para nosotros... —Akane se sonrojó—.
Bueno, eso.
Ranma
asintió y la soltó lentamente, rozando de paso sus brazos.
—Sí...
han pasado muchas cosas desde aquel momento —comentó.
—¿De
verdad pasó? —inquirió Akane acercándose un poco.
—Sí,
lo recuerdo porque... —pero se interrumpió—. Ah, no importa.
—¿Qué
ibas a decir? ¡Ranma! Dime qué ibas a decir.
—Nada
—la cortó él—. Es que hacía poco que el dojo... había quebrado —dijo con rostro
sombrío—. Y habíamos discutido mucho y nos dijimos cosas horribles.
Ranma
miró hacia otro lado y Akane se mordió el labio inferior. No le importaba eso,
muchas veces se habían gritado y se habían peleado pasando días sin hablarse,
claro que en aquel tiempo todavía no estaban casados, pero siempre terminaban
reconciliándose y haciendo las paces. Y en ese recuerdo, en esa conversación
que tenían los dos en el techo bajo el paraguas, ella había podido ver
compañerismo y comprensión, había visto planes para un futuro y alegría por
compartirlo.
Akane
tomó aire y soltó:
—Y
nos besábamos.
—¿Qué?
—En
mi sueño... —se iba sonrojando cada vez más— nos besábamos. Pero tú eras una
chica.
—Ajá
—dijo Ranma, como esperando que ella continuara hablando hasta llegar a una
parte más importante.
—¿No...
no era la primera vez que pasaba? —tartamudeó la muchacha.
—No
—respondió él como si fuera obvio. Y después cayó en la cuenta de que ella no
recordaba nada—. Akane... es que...
Se
escucharon murmullos en la puerta del dojo y varios alumnos entraron y
saludaron respetuosamente. El matrimonio devolvió el saludo, ambos turbados y
sin saber bien qué decir a continuación.
—Está
bien —le dijo Akane pensativa. Después sonrió—. Ya va a comenzar la clase.
Yo... emm... me quedaré a mirar.
Vio
que él tenía una mirada casi desesperada así que le apretó ligeramente el brazo
para darle ánimos antes de ir a sentarse en un costado de la duela.
La
clase comenzó con estiramientos sencillos y algunos movimientos para entrar en
calor, después fueron a los enfrentamientos de uno contra uno. Akane observó
con un educado interés. Eran jóvenes entre 15 y 18 años, todos varones, con
excepción de dos chicas; estaban todos muy atentos a las explicaciones y
demostraciones de su maestro y se esforzaban bastante.
Mientras
Ranma iba impartiendo directivas por toda la duela con su energía habitual,
Akane volvió a pensar en su recuerdo, en la sensación de los labios fríos de la
pelirroja, en cómo la mano de ella empezaba a entibiarse en contacto con la
suya, en las gotas de lluvia fría sobre sus mejillas. Estuvo tan concentrada en
sus pensamientos que se dio cuenta de que la clase acabó solo porque varios
alumnos se pusieron a charlar en la puerta del dojo y la sacaron de su
ensimismamiento.
Ranma
se acercó a ella secándose el sudor con una toalla.
—Estuviste
muy bien —comentó Akane en seguida para tratar de ser amable y ocultar que casi
no había prestado atención.
—Ah
¿sí?
Los
alumnos saludaron y se dispersaron de a poco. Ranma y Akane caminaron lentamente
hacia la casa.
—Voy
a darme un baño —dijo Ranma, y por un momento abrió la boca como si fuera a
agregar algo más, pero lo pensó mejor—. Luego hablamos.
—Bien
—replicó la muchacha, aunque no estaba muy segura de querer hablar del tema que
había quedado pendiente en el dojo.
Entraron
a la sala y Ranma subió la escalera, mientras su esposa se quedaba abajo,
observando a Nabiki. Su hermana estaba sentada a la mesa de la sala,
estudiando. Akane se sentó frente a ella y observó todos los libros que tenía
sobre la mesa, no era difícil adivinar lo que estudiaba, casi todos tenían
escrita la palabra «economía» y los que no decían «matemática» o estaban llenos
de números.
—¿Qué
se traen ustedes dos? —preguntó Nabiki.
Su
hermana menor levantó la cabeza para mirarla a la cara.
—¿Qué?
—Tú
y Ranma están muy raros últimamente, estoy segura de que se traen algo entre
manos —dijo la otra muchacha—. Te aseguro que si estuviera un poco más de
tiempo en casa podría observarlos mejor y lo averiguaría. Aún así, tengo varias
teorías.
—Creo
que no quiero saberlas —comentó Akane.
—Como
digas —Nabiki se encogió de hombros.
—¿Por
qué mejor no hablamos sobre las fotografías? —continuó Akane con el rostro
serio.
—¿Las
fotografías? —Nabiki dejó de escribir en su cuaderno por un momento. Después
empezó a sonreír despacio—. ¿Las fotografías tuyas y de mi «cuñadita»? Ajá...
yo sabía que era eso lo que te preocupaba y estabas dispuesta a hacerlas.
Después de todo tú eres bastante inteligente.
—¡Nada
de eso! —exclamó la menor—. ¿No te da vergüenza sacar dinero de nosotros así?
¡No puedo creerlo, Nabiki!
La
aludida puso los ojos en blanco con fastidio.
—¿De
nuevo con el sermón, Akane? Ya me lo dijiste hace mucho.
—Pues
quiero repetirlo.
—Y
yo vuelvo a repetirte por millonésima vez, Akane, es un gran negocio —aseguró Nabiki echándose hacia adelante y
golpeando con el lápiz uno de los libros—. Incluso podrían salir besándose, con
eso sí que ganaríamos dinero.
—¿Besándonos?
—dijo Akane.
—¡Claro!
Para ustedes no sería gran cosa, ya lo han hecho.
—¡¿Tú
qué sabes?! —replicó la menor mirando hacia otro lado.
—Me
lo supongo, nada más. Y por tu reacción está más que claro —Nabiki sonrió de
costado—. Solo son unas fotos, no es tan grave.
—Eso
es... es nuestra intimidad —Akane no sabía hacia dónde mirar, pero sabía que no
a la cara de su hermana—. ¿Cómo se te ocurre querer vender algo así? ¡Y todavía
en la Universidad!
—Por
favor, hermanita, ahí es donde más lo necesitan —replicó Nabiki con gesto
dramático—, ¿y quién soy yo para negarles un poco de distensión a los corazones
de los pobres muchachos afligidos por el estudio?
—Sí,
claro, a los «corazones» —comentó Akane ácidamente.
—Deberías
ayudarme, tendrías que colaborar conmigo. Ya sabes que con mis negocios apenas
puedo pagarme la Universidad, si tuviera dinero extra podría irme de casa y así
tú y tu maridito tendrían algo más de espacio. Imagínate, tal vez así no
tendrían que irse de viaje cada vez que quieren un momento a solas.
Nabiki
la miró con intención y el sonrojo cubrió a Akane como una manta.
—¡¿Se
puede saber de qué hablas?! —preguntó ofuscada.
—¿Qué
pasa? ¿Ahora te volviste inocente? Es muy fácil darse cuenta cuando están
planeando esos «viajes de entrenamiento», los dos andan muy emocionados dándose
miraditas... en fin, supongo que eso mantiene la chispa del matrimonio —Nabiki
sonrió—. Lo que nunca me has contado es qué entrenan exactamente.
Después
rió viendo a su hermana menor con la mandíbula desencajada.
—¿Akane?
—llamó Kasumi entrando a la estancia—. ¿Podrías venir un momento?
—Cla...
claro, ya voy.
La
chica le dedicó otra mirada de incredulidad a su hermana, que había vuelto a
concentrarse en los libros, y después salió del cuarto. Kasumi la estaba
esperando al pie de la escalera con una sonrisa.
—Hermanita,
necesito un favor, ¿podrían tú y Ranma ir a buscar algo de ramen al
Neko-hanten? Me atrasé con la limpieza y no podré tener la comida a tiempo.
«Qué
bien, de paseo al Neko-hanten», pensó con ironía.
—¿Por
qué mejor no lo ordenas por teléfono, Kasumi? —sugirió.
—¿De
qué hablas? —su hermana rió discretamente—. Tú sabes que ya no hacen entregas a
domicilio. Toma, aquí tienes el dinero. Recuerda que hoy vienen los tíos a
cenar.
Kasumi
desapareció y Akane se quedó mirando los yenes que tenía en la mano.


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