9

 



 

«El amor me sorprende pero no se equivoca 

cuando te echa de menos/cuando te pide más».

 

 

(9)

 



Ranma miró de reojo a su esposa. Ella iba absolutamente callada desde que habían salido de casa, llevaba el monedero apretado entre las manos y miraba constantemente hacia el suelo o a lo lejos hacia la calle. El muchacho se sintió mal, con el tiempo había aprendido a interpretar y comprender un poco más a aquella muchacha de ojos marrones que compartía su vida. Pero solo un poco, muchas veces fallaba en descubrir lo que ella sentía o pensaba, o lo que imaginaba.

Verla triste o preocupada sin conocer la causa lo carcomía por dentro porque no sabía cómo ayudarla. Sin embargo, esta vez creía saber lo que le rondaba la mente. Lo sintió cuando le dijo con aquel tono extraño que tenían que ir a comprar comida al Neko-hanten, así que trató de aventurar algo.

—Ella no está ahí, ¿sabes? —comentó como al pasar.

Akane levantó la cabeza y parpadeó.

—¿De quién hablas?

—Shampoo. No está ahí. ¿Estás pensando en eso?

Akane le echó una mirada rara y recién en ese momento Ranma se dio cuenta de qué manera podía interpretarse lo que había dicho. Ya se esperaba el «¿o sea que tú pensabas en Shampoo?», «¿acaso la extrañas?», ahora incluso podía decir «¿y cómo sabes tú exactamente si Shampoo está o no?». Suspiró, preparándose para lo que viniera.

—Ah... —comentó Akane, luego miró hacia otro lado—. Y... ¿dónde está?

Ranma pareció aliviado.

—Hace tiempo se fueron a China, ella y la vieja momia —explicó.

—Ya veo... ¿Simplemente así? ¿Se rindió?

—Bien... no exactamente —no quería darle los detalles. ¿Por qué contarle de las veces en que se había aparecido desnuda cuando él estaba en el baño? ¿O esas veces en que intentaba drogarlo con comida para llevárselo a la aldea amazona a la fuerza? ¿O incluso cuando había intentado seducirlo con una cura para la maldición si es que él dejaba a Akane y se iba con ella a China? Era mejor ahorrarse algunos malos recuerdos—. No se rindió sin luchar, pero finalmente tuvo que irse. ¿Qué más podía hacer? Nosotros estamos casados.

Akane sintió un cosquilleo en el estómago, siempre lo sentía cuando él decía con esa simpleza que estaban casados, como si eso lo explicara todo. En esos momentos trataba, de verdad y con mucha fuerza, de recordar.

—A veces viene de visita —tuvo que admitir el muchacho.

—¿Ah, sí? —Akane levantó una ceja.

—Dejaron el Neko-hanten a cargo de Mousse, ¿sabes? —Ranma quiso cambiar de tema—. Creo que con la promesa de que si el negocio marcha bien por un tiempo, Shampoo tal vez acepte que él es digno de casarse con ella.

—Dudo mucho que Shampoo acepte casarse con él algún día —comentó Akane.

—Yo también.

—Creo que hasta me da un poco de pena Mousse —dijo Akane con suavidad.

—«El amor es ciego», esa frase nunca estuvo mejor dicha —rió el muchacho de trenza.

—¡Ranma! —le reprochó su esposa.

Ukyo había salido a tirar la basura cuando vio a Ranma cruzar la esquina. Por un momento se emocionó y su corazón empezó a latir rápidamente pensando que iba a verla, pero después vio la figura de Akane caminando junto a él; ambos iban charlando animadamente.

Ukyo se quedó observándolos hasta que se perdieron en la otra cuadra sin darse cuenta en ningún momento de la presencia de la cocinera.

—Quizá venga mañana —se dijo la muchacha, recuperando el buen humor.

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—Bienvenidos —los saludó una sonriente chica en cuanto entraron al restaurante chino—. ¿Desean una mesa?

Ranma y Akane se la quedaron mirando igual de sorprendidos. Era una jovencita delgada, de piel muy blanca y cabello largo y negro recogido sobre la nuca en una cola de caballo. Traía puesto un traje chino, muy parecido a los que Ranma solía usar cuando había trabajado allí, y sobre él un pequeño delantal blanco.

—Oh... ah... —tartamudeó Ranma mirándola a los ojos—. Ehh...

—Queremos comida para llevar, por favor —pidió Akane interviniendo.

—Muy bien. Si se dirigen a la barra el señor Mousse tomará su orden —respondió la chica con una inclinación—. Que tengan una buena noche. Vuelvan pronto.

Se fue a atender a otros clientes, con su cabello ondeando tras sus pasos. Ranma la observó estupefacto hasta que Akane le dio un profundo codazo en las costillas.

—Y... ¿quién es ella? —quiso saber mirándolo a los ojos.

—¡Yo que sé! ¡Nunca en mi vida la había visto! —se defendió el muchacho frotándose el costado.

—¡Hm! Vamos de una vez por la comida que se hace tarde —dijo Akane avanzando a grandes pasos hacia el interior del local.

Mousse tenía las mangas de su traje recogidas y se movía rápidamente, atendiendo varias ollas y sartenes al mismo tiempo.

—¡Mousse! —saludó Ranma alegre, se apoyó en el mostrador y alargó el brazo para palmearle la espalda cuando el otro se acercó—. ¿Qué tal, eh? Te mantienes muy calladas las noticas.

—Buenas noches —saludó Akane parándose al lado de Ranma.

—Ranma Saotome. Akane Saotome —Mousse movió apenas la cabeza a modo de saludo—. ¿Ramen para llevar? —preguntó mirando a Akane.

Ella asintió. El muchacho chino se alejó unos pasos hasta el lugar donde cocinaba, movió sus manos con más velocidad todavía, dejó varios platos humeantes dispuestos sobre el mostrador y luego puso una olla más al fuego.

—No entiendo de qué hablas, Saotome —comentó después.

—¿Cómo que no entiendes? Hablo de esa chica que trabaja aquí. ¿Has olvidado a Shampoo? Déjame decirte que haces bien, lo de ustedes nunca funcionaría —comentó Ranma acodado en el mostrador.

—Pareces una vieja chismosa de barrio, Saotome —comentó Mousse sin mirarlo.

—¡Oye! Pato mal agradecido...

—Contraté una camarera porque no daba abasto yo solo. Yuki es solo una empleada. No creas que mi amor por Shampoo morirá tan fácilmente, ¡todo lo que hago es por ella! —sentenció el muchacho.

Ranma lo observó con una mueca, sin saber qué decir. Mousse dejó de revolver el sartén por un momento y se acercó para mirarlo a los ojos a través de los grandes lentes redondos.

—Tú deberías entenderme bien en eso de amar locamente a una mujer y no tener ojos para ninguna otra.

Ranma se aclaró la garganta y se sonrojó, tratando de balbucear una respuesta. Akane lo observó atentamente mientras él trataba de hacer una pose varonil y quitar importancia al asunto. Y como lo estaba observando pudo ver el momento exacto en que el agua de la jarra que traía Yuki salió disparada cuando tropezó y cayó encima de Ranma, obrando un cambio mágico. El cuerpo era de mujer, los pechos grandes y redondos llenaban la camisa, la cintura se adivinaba pequeña y estrecha entre los dobleces de ropa. Las pestañas eran mucho más largas y curvas, la boca más pequeña y sonrosada, pero la expresión era la misma, los ojos exactamente los mismos. Akane vio cómo Ranma se decepcionaba y torcía un poco la boca, cómo pestañeaba lentamente y después tamborileaba con los dedos sobre el mostrador.

—¡Cuánto lo siento, señor! —exclamó Yuki apenada, inclinándose—. Mmm... ¿Tal vez debería decir señora? —sugirió después.

—¡Soy un hombre!

—Lo lamento, lo lamento tanto —la chica se inclinó varias veces más—. ¿Usted sufre de lo mismo que el señor Mousse?

—Sí —respondió Ranma de mal humor.

—No te preocupes, Yuki, vuelve al trabajo —ordenó Mousse sin descuidar las ollas. Luego miró al otro artista marcial—. ¿Quieres agua caliente o vas a quedarte así?

—Agua caliente, por favor —replicó entre dientes.

Akane escuchó la conversación, pero estaba pendiente de la cara de Ranma y cada uno de sus movimientos. La muchacha de cabello corto se mordió el labio, se había dado cuenta de que lo quería de la forma que fuera y era muy importante aceptar lo que le pasaba, lo que sentía cuando estaba cerca de él aunque fuera un «ella». En ese momento sintió que estaba bien, que de alguna manera Ranma transformado en chica y ella quedaban bien parados uno junto al otro, no supo entender exactamente por qué.

Decidió intentar algo, aunque no cuando estuvieran rodeados de gente.

La pelirroja tomó la caldera de manos del joven chino y se la roció en la cabeza, recuperando la contextura varonil. Se sacudió el cabello y suspiró cansado, como quien había realizado las mismas acciones muchas veces antes.

—Gracias —terminó diciendo en voz baja.

—Para servirte —replicó Mousse ajustándose los anteojos sobre la nariz. Luego puso varios paquetes sobre la barra—. Aquí está su pedido, puse las porciones de siempre.

—Muchas gracias, Mousse —dijo Akane mientras le pagaba.

Ranma tomó casi todos los paquetes y se los puso bajo el brazo. Su esposa recogió los que quedaban y lo imitó.

—Gracias a ti, Akane Saotome. Adiós, vuelvan pronto —saludó el chico chino inclinando de nuevo un poco la cabeza.

Esbozó una pequeña sonrisa mientras Akane se sonrojaba por el apelativo y después continuó cocinando.

La pareja salió nuevamente a la noche cálida y caminó tranquilamente de regreso a casa. Mientras caminaban, Akane tuvo el repentino capricho de ir de la mano con Ranma, pensó que ya que él no parecía tomar nunca esa iniciativa cuando salían, tendría que correr por cuenta de ella.

La muchacha acercó la mano hasta él, conteniendo la respiración, sin atreverse a continuar. No entendía por qué le resultaba tan difícil, después de todo sería natural y tenía el derecho a hacerlo. Tal vez era la decisión que había tomado la que le daba vueltas en la cabeza y le retorcía los nervios.

Estiró los dedos, casi hasta rozarle la mano, después los retiró y cerró el puño. Pero de nuevo tomó coraje y se impulsó, abrió lentamente la mano y tocó los dedos de Ranma, que se movieron en respuesta y en seguida tomaron su mano.

Akane se emocionó casi hasta las lágrimas sin poder evitarlo. Se dio cuenta de que lo amaba, fue mucho más consciente de ese hecho en aquel momento con aquella simple acción, por la alegría y la sensación de tranquilidad que le daba tocarlo y sentir que estaba a su lado.

—¿Pasa algo? —preguntó Ranma, totalmente ajeno a las mezcla de emociones y sensaciones que pasaban por su esposa.

Ella negó con la cabeza porque no sabía si la voz le iba a salir. Tragó saliva y sintió que el corazón le golpeaba en el pecho como si quisiera escaparse de su cuerpo.

—Ranma... —Akane le apretó un poco más la mano—. Cuando lleguemos a casa... tengo algo que pedirte.

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Fue después de la cena cuando tuvieron un momento para estar a solas y ambos subieron a la habitación.

—¿Podrías ir a mojarte con agua fría y volver? —preguntó Akane.

Ranma la observó suspicaz, con los ojos entrecerrados.

—¿Con agua fría?

Ella asintió.

—¿Estás segura?

Volvió a asentir.

—¿Qué planeas?

—¿Vas a hacerlo o prefieres que lo haga yo como la última vez? —preguntó Akane perdiendo la paciencia.

—Ya, ya, no tienes que ser tan violenta —respondió él—. Marimacho —murmuró mientras salía del cuarto.

—¡Te escuché! —le gritó Akane.

—¡Eso esperaba! —respondió él en el mismo tono desde fuera.

En la sala de la casa, Soun Tendo se inclinó sobre la mesa y observó atentamente a su amigo.

—¿Qué ocurre con su muchacho, Saotome? ¿No será que la maldición lo está... ¡ejem!... afectando?

—¿Afectando? —preguntó Genma sin comprender del todo—. Explíquese, Tendo.

—Bueno, ya sabe… tanto tiempo teniendo que llevar a cuestas ese mal… quizás se acostumbró. Quizás lo prefiera.

—¿De qué habla? —Genma rió a carcajadas—. ¡Mi hijo es todo un hombre y lo seguirá siendo siempre!

—No he visto muy bien a mi hija últimamente, y puede que sea porque su marido a decidido… seguir otra senda —Soun lo miró atentamente—. Eso tal vez explica que ellos aún no…

—Tal vez sea al revés —lo interrumpió Saotome mirándolo con el ceño fruncido—. ¿No será su hija la que tiene otros gustos, amigo mío? Después de todo, eso es muy común hoy en día.

—¡¿De qué habla?! —se abalanzó sobre el otro hombre y lo tomó de la parte superior del gi—. No me diga esas cosas. Mi pequeña… mi pequeña… —las lágrimas no tardaron en caer—. Es que ella creció sin su madre, no es su culpa. ¡No es su culpa, amigo mío!

—Clama, calma, Tendo —le dio unas palmadas en el hombro y trató de sacárselo de encima—. No se preocupe por nada, cualquiera puede confundirse un poco, sobre todo siendo tan joven. Pero para eso tenemos a Ranma, él podrá conducirla por el buen camino, ese es el deber de un esposo. Un hombre como él lo logrará, después de todo salió a mí —dijo sonriendo con orgullo.

Ranma bajó la escalera y cruzó hasta la cocina refunfuñando.

«Y todavía el baño está ocupado y tengo que venir hasta aquí para conseguir agua fría… ¿qué se propone de todas maneras? Me estuvo mirando raro todo el tiempo… quizás quiera echarme en cara la maldición, quizá quiera que me deshaga de ella cuanto antes. ¡Como si no lo hubiera intentado! Como si no lo quisiera también. No es mi culpa, definitivamente no es mi culpa, tendría que haberlo entendido, pensé que lo había entendido hace tiempo. ¿Qué va a decirme ahora? ¿Qué se dio cuenta que necesita un hombre completo a su lado? ¿Qué no le basto? ¿Va a reprocharme que la mitad del tiempo soy mujer, o qué?... ¿Eso era lo que la tenía tan rara todo este tiempo? ¿Pensaba… pensaba dejarme? ¿Quería dejarme y no se atrevía a decírmelo, a hacerlo? ¿Por eso me miraba así, casi como si se estuviera despidiendo? ¿Sería eso? ¿Habrá recordado que… quería abandonarme?»

Ranma entró a la cocina con el rostro sombrío y se tiró agua fría encima sin mirar o hablarle siquiera a Kasumi, que estaba lavando los platos. Volvió a salir, convertido en la chica pelirroja que todos en la casa conocían bien, y cruzó nuevamente por las puertas abiertas de la sala.

—Pues bien, seré una chica. Seré una chica —repetía en un murmullo.

Soun Tendo y Genma Saotome lo observaron. El hombre de cabello largo y bigotes sacudió la cabeza y se giró hacia su amigo.

—Todo un hombre, ¿no es cierto?

Pero el otro no respondió nada, estaba convertido en panda y jugando con una pelota de colores.

Ranma entró al cuarto y encontró a Akane de pie en el mismo lugar donde la había dejado. La miró mientras avanzaba hacia ella, con los labios apretados, con tantas cosas arremolinándose claramente en sus ojos azules. Se detuvo frente a ella sin decir nada y esperó. Entonces, Akane le devolvió la mirada y el corazón de Ranma saltó, porque vio el cambio en sus ojos.

Él conocía todos los matices del color de ojos de su esposa: los destellos miel de felicidad, el tono opaco de la tristeza, la manera en que aparecían pequeñas astillas de verde oscuro cuando lloraba, y el marrón oscuro como chocolate fundido cuando estaba decidida, que aparecía cuando ponía todo de sí para aprender algo nuevo… o cuando lo tomaba de la mano para atraerlo hacia ella y besarlo cuando nadie los veía.

La chica de cabello corto dio un paso hacia adelante y le puso una mano en el hombro para acercarse todavía más. La mujer de trenza parpadeó.

—A... Akane... ¿qué haces? —le preguntó Ranma nervioso, trató de desviar la atención porque ya no lo soportaba—. No me digas que tienes… fantasías secretas.

—Shh… deja de decir tonterías —susurró la otra chica. Se había concentrado todo el tiempo que estuvo sola para poder hacerlo, no iba a dejar que él arruinara todo por no poder mantener la boca cerrada.

Akane le pasó suavemente la punta de los dedos por la mejilla y se inclinó de a poco mientras se perdía en los ojos azules. Se humedeció los labios y se acercó a la boca de la mujer pelirroja, muy cerca, hasta sentir su aliento tibio.

Pero en el último movimiento se giró hasta la izquierda y terminó apoyando la frente en el hombro de la otra mujer.

—Rayos... no puedo hacerlo —dijo frustrada, conteniendo lágrimas de rabia.

Ranma cerró los ojos un momento, soltando el aire que estuvo reteniendo todo el rato, después los abrió. En su cara apareció una sonrisa coqueta.

—Oye... yo tenía razón, sí que tienes esas fantasías, ¿eh?

—¡No es eso! —exclamó Akane con voz ahogada—. Yo solo... tú decías que... que nosotros... ¡Aggg! —levantó súbitamente la cabeza—. Si estuviera casada con Mousse lo besaría en su forma de pato.

—¿Lo harías? —preguntó Ranma con cara de espanto, después reaccionó—. ¡Un momento! ¿Qué es eso de tú casada con Mousse?

—Es solo un ejemplo.

—¡Pues vaya ejemplo! ¿Te das cuenta de la imagen mental que acabo de tener? —le reprochó Ranma.

—No tengo la culpa de que seas un pervertido.

—¡No soy ningún pervertido!

Ranma resopló.

—Además, mira quien lo dice. Eres tú la que quiere hacer «cosas» conmigo cuando somos ambos chicas —la acicateó.

—¡Yo no quiero hacer cosas! ¡Solo quiero besarte! —exclamó Akane, después se llevó una mano a la boca comprendiendo lo que había gritado, pero la bajó en seguida—. ¿Qué importa? De todas formas no puedo hacerlo. De verdad... quiero... pero no puedo... resulta tan raro —agregó apesadumbrada.

—Es que lo estás haciendo todo mal —dijo Ranma cerrando los ojos en un gesto de superioridad, como cuando corregía a un alumno en el dojo.

—¿Qué quieres decir?

La pelirroja la observó un momento y después suspiró.

—Es que no es así, no es como si me transformara a propósito para la ocasión —dijo incómodo—, solo pasa. No lo buscamos, simplemente... se da.

—Yo... perdóname —replicó Akane avergonzada—. No era por ti, era por mí. Se suponía que yo debía hacerlo... debía poder hacerlo.

Ranma negó con la cabeza sonriendo de costado.

—Te esfuerzas demasiado —comentó. Estiró un poco la mano y le acomodó el cabello detrás de la oreja a la otra muchacha y después se paró de puntillas para besarla.

Akane estaba desprevenida y reaccionó cuando ya tuvo a la mujer encima. Cerró los ojos y buscó algún apoyo en el cuerpo menudo de Ranma, pasó las manos por los costados, rosando los senos, y finalmente las dejó reposar en la cintura. Se dedicó a sentir los labios suaves y cálidos y responder al beso lo mejor que podía. No fue difícil, en algún lugar recóndito su mente parecía recordar aquello y su boca armonizó con la de la pelirroja. Se besaron despacio, sin prisas, y se separaron lentamente.

El pecho de Ranma subía y bajaba con su respiración agitada. La miró.

—Bueno... ¿qué tal?

—Ehh... yo... creo que… tal vez lo prefiero cuando eres un chico —respondió Akane sonrojándose.

—Yo también —admitió Ranma—. Es tan raro ser más bajo que tú.

Akane se echó a reír sin poder controlarse.

—Perdón, estoy un poco nerviosa. No es que no me guste... En realidad es lindo. Bueno, tampoco estoy diciendo que me guste. O sea... en un sentido raro. No quiero decir que sea rara. Es... no sé describirlo.

—Bueno, yo tampoco —dijo Ranma con una pequeña sonrisa, después bajó la mirada—. Al principio era muy raro, pero dijiste que estaba bien, que no te importaba... y después... se empezó a sentir normal. Además, en realidad soy un chico, yo lo sé y tú lo sabes. ¡Y sigo siendo yo! Aunque tenga este cuerpo sigo siendo yo —aclaró.

—Claro que eres tú, hueles igual —comentó Akane con sinceridad.

Ranma levantó la cabeza para mirarla y pestañeó, y Akane pensó, casi con envidia, que parecía más bonita que nunca.

—Eso es lo que me dices siempre —replicó la pelirroja observándola con gesto de sorpresa.

Akane se sonrojó y la otra mujer sonrió.

—Mmm... ¿en serio? —preguntó la chica de cabello corto jugando con sus dedos—. No lo recuerdo.

Ranma no pudo evitar echarse a reír.

—Esa frase se me hace conocida —dijo.

—Ahora… tal vez ya puedes mojarte con agua caliente —sugirió Akane.

—Estoy de acuerdo —accedió Ranma y salió alegremente del cuarto.

Esta vez el baño estaba libre así que pudo volver a la habitación en poco tiempo. Se arregló un poco la camisa que estaba húmeda y sacudió el cabello trenzado para quitar un poco de agua.

Akane seguía de pie. Él cerró la puerta y se acercó decididamente a ella, le puso una mano en la cintura y la otra en la nuca para atraerla hacia él y besarla nuevamente, esta vez siendo un hombre. La muchacha estaba sorprendida y expectante pero se dejó guiar, y antes de cerrar los ojos y perderse en el beso, Ranma pudo ver en sus mirada ese color que tanto le gustaba, el del chocolate fundido.

La besó hasta quedarse sin respiración, estrechándola contra sí, saboreándole los labios. Akane le apretó la tela de la camisa entre las manos y cuando él terminó el beso y la abrazó pudo sentir cómo le soltaba el aliento en el cuello. La chica sonrió con los ojos llenos de lágrimas y le rodeó el cuello con los brazos.

—Akane… —el muchacho boqueó tratando de recuperar la respiración.

—Así está bien —dijo ella ocultando la cara en su pecho, escuchando cómo latía desenfrenado su corazón, y sintiendo el suyo propio como un eco en los oídos—. … Pero… en realidad ahora no puedo decidir de qué forma me gusta más. Vamos… vamos a tener que practicar de las dos maneras un poco más.

Ranma no sabía si desmayarse por una hemorragia nasal o reírse a carcajadas. Optó por pellizcarla en la cintura, en un poco de piel que se veía entre la ropa.

—¡Auch! ¿Qué haces? —demandó Akane dándole un puñetazo en el hombro y mirándolo furiosa.

—Eso por ser tan pervertida.

—¡Aquí el único pervertido eres tú! —exclamó acusándolo.

Y Ranma pudo ver otro cambio en sus ojos, las pequeñas llamas rojizas mezclándose con el tono café que aparecían cuando se enfadaba. Ese color también le gustaba, casi tanto como el otro.

—Admite de una vez que tienes esas fantasías de dos chicas… ya sabes —comentó provocándola—. No es que hayamos llegado a tanto, pero si tú quieres, tal vez podríamos…

—¡Deja ya eso! Eres un idiota. No puedo creer con qué facilidad arruinas un momento… un momento… —se mordió los labios sin poder calificarlo—. ¡Eres tú el que tiene esas ideas! Si no, no lo propondrías a cada rato... Yo solo… —tomó una gran bocanada de aire—, yo solo intento hacerte entender que… que no me importa cómo seas, qué forma tengas y tú… ¡tú me sales con esto!

El muchacho no pudo ocultar la emoción que esas palabras le provocaban. Sus ojos brillaron.

—De acuerdo… podemos seguir practicando un poco más —dijo con voz suave. Quería volver a ver el cambio de tono en sus ojos. Estaba fascinado con los ojos de su esposa y cómo podían expresar todo su interior, incluso las cosas que no llegaba a decir.

Se inclinó un poco, pero Akane ladeó la cara a un lado.

—Ahora no. Quizá mañana —replicó, con dolor en el alma y los labios hormigueándole de anticipación.

Ranma iba a abrir la boca para protestar, pero Akane siguió hablando.

—¿Me abrazas ahora? —le pidió.

Y él no se pudo negar, porque lo dijo con esa cara de súplica y ese sonrojo encantador de cuando le pedía probar alguna de sus nuevas incursiones en la cocina, con un final lamentable y conocido. Además, no le costaba nada, durante toda la discusión no se habían soltado, solo se alejaron algunos centímetros.

Le envolvió la cintura y la apretó contra él, y Akane se relajó, sintiendo que las lágrimas empezaban a fluir solas.

«Estoy hecha una tonta. ¿Por qué me pongo a llorar? Ya no puedo controlarme, doy pena». Mientras las lágrimas seguían cayendo en silencio, ella se puso a escuchar el latido rítmico del corazón de él. De Ranma Saotome. De su esposo.

 





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