A piece of love
Sabía
que terminaría así. Akane sabía que el doctor Tofu siempre la había preferido a
ella después de todo, se notaba a simple vista, cuando Kasumi Tendo llegaba a
la consulta los demás pacientes corrían espantados porque a partir de ese
momento Ono Tofu dejaba de ser el quiropráctico y acupunturista responsable,
metódico y reflexivo para transformarse en un idiota enamorado. Pero realmente
idiota.
Estuvo
claro desde el principio, cuando recién la había conocido, siendo todavía
practicante en el consultorio de acupuntura; Kasumi y ella habían acompañado a
su madre para tratarse unas dolencias que no la abandonaban. En cuanto el joven
Tofu había visto a Kasumi empezó a sonrojarse y tartamudear, Kasumi pareció no
notarlo y le sonrió amablemente, como le sonreía a todos.
No,
Kasumi casi ni reparó en él, pero Akane sí lo había hecho; casi de inmediato
empezó a amar sus modales amables y su mirada amistosa. Les dio un poco de
conversación mientras el doctor atendía a su madre, a Akane le gustó su voz
modulada y su sonrisa amplia y permanente, tan permanente como la de Kasumi.
Les habló un poco de su gusto por las artes marciales. Akane se interesó
todavía más.
Lo
vieron unas veces más en la consulta. Tofu seguía ruborizado y hablando
torpemente, sus palabras iban dirigidas casi exclusivamente a Kasumi, pero a
Akane no le importó, cuando volteaba a mirarla a ella los ojos le brillaban
detrás de las gafas, igual que con su hermana.
También
las visitó en la casa un par de veces. Claro que no iba a verlas a ellas, acompañaba
en calidad de estudiante al doctor acupunturista que trataba a su madre, en
esos días especiales en que el mal de la señora Tendo aumentaba y los dolores
eran tan fuertes que no podía levantarse del futón. Tofu charlaba con ellas
brevemente al llegar y al despedirse. Una vez se demoró un minuto más con
Kasumi en la puerta de calle. La prefería, por supuesto, como cualquier otro la
hubiera preferido, y eso Akane lo tenía bien claro. Sin embargo a ella también
le recomendaba y le prestaba libros sobre medicina china, no solo a Kasumi; y
ella sí que los leía, al contrario de su hermana que apenas los miraba al
llegar del instituto y luego los dejaba para ayudar a su madre enla casa.
Luego
volvió a visitar a la familia para
enterarse de la salud de la madre, que ya había abandonado el tratamiento y se
había puesto en manos de la medicina tradicional al observar que los síntomas
no menguaban. Siempre atento, el joven Tofu se había puesto a las órdenes ante
cualquier eventualidad. Casi no cruzaba palabras con Kasumi, aunque le echaba
ansiosas miradas cada tanto, y pudo controlarse lo bastante para no hacer
ninguna tontería porque la muchacha no lo había mirado más que para ofrecerle
té.
Tofu
mantenía largas charlas con él señor Tendo, ayudándolo a mantener a raya el
llanto; y también hablaba con ella, con Akane. Con la chica sí mantenía
conversaciones, a ella sí podía mirarla a los ojos, a ella le había apoyado la
mano en la espalda brindándole palabras de ánimo, diciéndole que podía contar
con él hasta que su madre mejorara, lo cual sería muy pronto. A ella, a Akane,
le apoyó una mano en la cabeza y a ella le acarició como al pasar el largo
cabello, comentándole que se le veía muy bonito de ese modo.
Akane
sonrió contenta de que lo hubiera notado. Se lo había dejado así para parecerse
a Kasumi, porque sabía que él la admiraba por esa belleza de su castaño,
brillante y largo cabello. Se lo había dejado así para gustarle a él.
Tofu
no se apartó del lado de la familia, ni siquiera en los duros meses siguientes.
El día del funeral también estuvo, firmemente de pie a un lado de Kasumi, y
sosteniendo por el brazo a un quebrado Soun Tendo. Aquel día sí abrazó
brevemente a Akane, sin palabras inútiles que no iban a dar consuelo, si no
mostrándole en ese simple gesto su imponente presencia y su compañía. A Kasumi
ni siquiera la tocó, pero estuvieron los dos sentados a la mesa de la sala por
horas al volver a casa, sin decirse nada, con la cabeza gacha, mientras el té
se enfriaba en los pocillos.
A
partir de ese momento Kasumi adoptó la costumbre de invitarlo de vez en cuando
a comer, según indicaciones de su padre, como agradecimiento a todo lo que
había hecho por la familia. Sabían que no solo había consolado a Akane y
acompañado a Kasumi, también había tenido palabras de consuelo para Nabiki, y
por supuesto había sido un constante apoyo para el señor Tendo.
Cuando
se cumplió un año y todos fueron al cementerio él también los acompañó. Kasumi
iba a veces hasta el consultorio, del que ahora se encargaba el joven Tofu, y
le llevaba algo de comida casera, galletas y dulces para el té. Él perdía la
compostura y apenas podía agradecerle sus atenciones, Akane lo pudo ver con sus
propios ojos en un par de ocasiones en que acompañó a su hermana.
Hoy
que se cumplían dos años también estaba con ellos.
Esa
vez el silencio era más grande, su padre había desmejorado mucho en los últimos
meses, habría que consultar al médico pronto. Akane sentía más ganas de llorar
que nunca, pero mantenía las lágrimas detrás de los ojos con valentía; le
devolvió la sonrisa compasiva a Tofu. Supo, de alguna manera supo, todo se lo anunciaba, que aquel
día no sería nada bueno, más allá del aniversario que recordaba.
Primero
había perdido a su madre; después el espíritu de su padre enflaqueció hasta volverse
transparente y ahora era solo un alma en pena que rondaba la casa, ese momento
marcó el fin de su entrenamiento en las artes marciales y así perdió la
posibilidad de continuar con lo que más la apasionaba en el mundo. Ahora le
tocaba perder también la esperanza.
Podía
verlos y se sentía mal, como una fisgona, pero no era para tanto tampoco,
¿verdad? Ellos estaban ahí parados en el camino de piedra por donde se entraba
a la casa; demasiado cerca uno del otro, la lluvia caía y se refugiaban bajo el
paraguas que Kasumi llevó al cementerio, avizorando que habría tormenta. Desde
donde estaba, en una de las ventanas del primer piso, no podía verlos del todo
porque el paraguas les ocultaba el cuerpo hasta los hombros, pero aún era capaz
de ver sus manos, sobre todo las de él. Las de Kasumi seguro aferraban el
paraguas con fuerza.
El
brazo de Tofu se movió y su mano se apoyó en el brazo de Kasumi con cierto
titubeo, después con un poco más de confianza. Akane tenía los ojos clavados en
aquella mano, en los dedos que reposaban sobre la piel de su hermana.
Imposible. Kasumi era dulce, cándida, amable, pero nunca dejaba que alguien de
fuera de la familia la tocara de aquella manera y mucho menos durante un tiempo
prolongado. Si llegaba a suceder sonreía con simpatía y se apartaba, sin ser
grosera, pero con frialdad. A veces hasta había rechazado los mimos excesivos
de su propia madre.
Akane
pestañeó, sintiendo que los ojos le ardían.
Esa
mano extendió la caricia y se atrevió a más todavía, retuvo el brazo de Kasumi
y atrajo a la muchacha hacia sí. Tofu la acercó a su cuerpo, el paraguas aún
los ocultaba a los ojos de Akane.
Pero
entonces el paraguas se le cayó a su hermana de las manos y quedó olvidado en
el camino de piedra. La lluvia empezó a empaparlos sin que se dieran cuenta.
Akane
se apartó de la ventana dando un respingo y apoyó la espalda en la pared. El
dolor la sobresaltó, sabía que terminaría así, lo sabía desde hacía mucho, pero
la revelación igual lastimaba. Tomó aire varias veces, su pecho subía y bajaba
controlando las ganas de echarse a llorar.
No
era tan malo, él siempre la había preferido a ella y lo sabía; los dos se
querían y tenía que estar feliz por ellos. Lo estaba, estaba feliz por su
hermana, amaba a Kasumi y quería para ella toda la felicidad del mundo.
De
verdad estaba feliz, por lo menos habría un poco de amor en esa casa, un
pedacito de luz y felicidad. Estaba feliz, lo estaba, lo estaba.
Aunque
su mundo se hubiera vuelto del todo negro, igual que el cielo afuera de la
ventana.

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