Fanart de うちだ en pixiv
Doki-Doki
Acercó
la mano despacio, tratando de comprobar si tal vez desaparecería al tocarla. No
podía creer que ahora tendría la suerte de acariciarla y dormirse así, acunado
por el latido del corazón de su mujer, escondido en el calor de su cuerpo y
envuelto en su aroma. Que los labios de Akane siempre iban a pronunciar su nombre, que la mano de ella siempre
iba a estar en la suya, tocándolo a él. No iba a permitir lo contrario.
Se
asustó de su grado de posesivo, pero no cerró los ojos para lograr apartar el
pensamiento, para hacer como si nunca hubiera tenido esa idea. Se sentía
distinto y más honesto que nunca. Esta novedad potenciaba sus sentidos, su
cuerpo, y lo hacía invencible, estaba seguro que en ese momento podría derrotar
al enemigo que fuera; ahora estaba completo y extrañamente sereno, aunque su
corazón se aceleraba. Latía firme por ella. Movió la mano por la blanca piel
con mucha más firmeza, acarició la curva de la cadera. Akane se removió en
sueños, pegándose más a él, murmurando algo ininteligible. Él se quedó quieto,
casi maravillado, observando a su mujer.
Se
acomodó, abrazándola, pasando la punta de los dedos por el centro de su
espalda. Nada de «degenerado» ahora, nada de «pervertido» seguido de golpes,
ahora era libre. Ahora se sentía libre.
El corazón le empezó a latir más rápido cuando ensambló sus curvas con las de
ella, los dos solos, desnudos en la cama.
Hasta
que las respiraciones se acompasaron y él cayó en una laxitud embriagadora y
fascinante donde podía percibir todo lo que lo rodeaba con absoluta claridad
aunque tenía los ojos cerrados. Todo el día había sido como un sueño, pero cuando
por fin pudo tocarla... No pensó en nada. No había palabras para describirlo,
eso era mucho más real que la tinta con la que habían estampado sus nombres en
los papeles, mucho más real que el aro de oro que encerraba el dedo de ella, y
seguramente más cierto y real que el suyo propio, que era inservible cuando se
volvía mujer.
Le
hubiera gustado no tener que parpadear para no perderse ni una milésima de
segundo de cada uno de los gestos que hacía ella. Del sonrojo, los ojos
brillantes y la curva en la comisura de la boca cuando la vio sonreír apenas al
inclinarse para besarla.
La
amaba. Lo sabía desde hacía tiempo, pero no estaba preparado para experimentar
el impulso con que su cuerpo quería demostrárselo físicamente. Estaba aterrado,
temblaba, tal vez de miedo, o de excitación, o ambas cosas. Quería que fuera
perfecto, inolvidable, no quería asustarla; quería darle todo y ser el mejor
pero ni siquiera sabía por dónde empezar o qué hacer. Quedar en ridículo no era
una opción.
Entonces...
los dedos de ella tocándole despacio la palma de la mano, con timidez,
tanteando el terreno, hasta tomarla del todo y entrelazar los dedos con los
suyos. Se dio cuenta que a ella le transpiraban las manos, que temblaba con los
mismos nervios, que también buscaba la mejor manera de entregarse completamente
a él, y esa realidad lo hizo sonreír despacio. Transitarían juntos el camino,
lentamente, descubriendo todas las maneras en que podían decirse «te amo» sin
pronunciar palabra.
El
muchacho cerró los párpados pesadamente y los volvió a abrir en seguida.
Luchaba. No quería dormir aún, quería seguir rememorando todos los segundos que
habían estado juntos, todas las veces que la besó y la acarició, las veces en
que sintió su aliento rozándole la oreja. El instante en que ella subió las
manos por su cabeza tanteando entre el pelo, erizándole la piel con sus toques,
hasta llegar al final de la trenza y deshacerla. Por un momento había quedado
desconcertado sintiendo el cabello frío sobre la piel ardiente de su espalda,
no estaba acostumbrado a llevarlo así, se sentía raro. Después vio la expresión
de satisfacción de Akane y de inmediato ella enterró los dedos entre los mechones
sueltos con una sonrisa de triunfo.
Entonces
se sintió bien. Estaba dispuesto a brindarle todo para que fuera feliz, todos y
cada uno de sus movimientos estarían hechos para ella, cada segundo lo
arrastraría hasta la meta de su sonrisa. Era una promesa.
Cerró
los ojos, vencido. No quería dormirse pero era inevitable, había sido el día
más caótico y largo de su vida, pero también el mejor, y aún así tarde o
temprano terminaría. La apretó más contra sí.
Pero
aún quedaban muchos días más por vivir. Y también noches.

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