Akane
La
señora Akane Kuno se levantó esa mañana con una extraña sensación en el pecho a
la que no quiso prestarle atención. Peinó sus largos cabellos negros y brillantes,
se maquilló como siempre y ensayó frente al espejo la fingida sonrisa que debía
llevar puesta por el resto del día.
Desayunó
en el amplio comedor de la mansión acompañada por su cuñada Kodachi y el hombre
idiota y desagradable que era su tercer marido. Nuevamente se admiró de
compartir la mesa con la misma mujer que provocó que viviera algunos desagradables
momentos siendo adolescente, pero eso había sido años atrás y la vida se
encargaba de dar muchas vueltas. Participó en la charla desabrida de cada día y
luego se retiró hacia los menesteres usuales en su automóvil particular
conducido por un chofer.
Primero
pasó por su antigua casa a saludar a su padre. Estaba preocupada de que
últimamente él volviera a insistir con aquel cuento que venía contando desde
hacía más de diez años: un amigo que iba a llegar a la casa para salvar el dojo.
Resultaba casi una leyenda, una historia que hacía años Soun Tendo había creído
fervientemente, pero con el tiempo se fue desvaneciendo. Según Nabiki era una
fantasía que se había inventado para poder sobrevivir y no perder la cordura al
saber que se iba a la quiebra.
Akane lo encontró con buena salud, aunque un poco
más alicaído que el día anterior, el hombre nunca llegó a acostumbrarse del
todo a la soledad de la casa luego de que todas sus hijas se marcharan y,
aunque el practicar y enseñar las artes marciales lo mantenía activo, también
se sentía vacío. ¿Para quién hacía todo el esfuerzo? ¿A quién le dejaría todo
ese legado? No tenía hijos varones que continuaran su tarea, por lo que siempre
le reprochaba a Akane que aún no le diera nietos; por momentos parecía que el
hombre se olvidaba que tenía otras dos hijas que igualmente podían continuar la
descendencia.
Akane
apretaba la sonrisa y evadía el tema, se había casado con Tatewaki Kuno solo
para poder salvar a la casa del embargo luego del mal manejo de su padre con
las finanzas de la familia. No sentía por ese hombre absolutamente nada excepto
fastidio y, algunas veces, asco. Era un muchacho con dinero y desde la escuela
le expresaba abiertamente sus sentimientos en elaboradas y pseudo-poéticas
declaraciones de amor. Nabiki había expuesto con mente muy fría lo conveniente
de su unión y Akane lo pensó solo dos veces antes de aceptar: se casó y salvó a
la familia. Ese día algo murió dentro de ella para siempre y la dejó un poco
más amargada de lo que ya estaba desde aquel otro día, cuando tenía más o menos
16 años y sin motivo aparente se echó a llorar desconsolada como si le hubieran
arrancado una parte del corazón. Nunca fue la misma desde entonces y, para
rematarla, el casamiento la transformó en una muñeca sin espíritu.
Al
convertirse en la señora Kuno dejó las artes marciales que practicaba y se
concentró en su aspecto, en estar siempre hermosa y tener la ropa más exclusiva,
no le importaba lo frívolo que pudiera ser, hacía tiempo que sentía que su vida
estaba mal, como si estuviera viviendo las cosas equivocadas. Parecía que todo
transcurría como en un sueño, sin que ella interviniera demasiado en nada.
En
la tarde, luego de las compras habituales en el centro comercial, su automóvil
cruzó por una pequeña plaza donde varios niños jugaban y reían. Se acercó al
lugar y se sentó en uno de los bancos a la sombra de los árboles, la sensación
de esa mañana en su pecho era más fuerte que nunca. Le dolía la cabeza, pero
por lo menos esa noche Kuno no la molestaría porque tenía que verse con una de
sus amantes... claro que él diría que tenía mucho trabajo en la oficina y debía
quedarse hasta tarde. Mejor así. Hoy se sentía mucho más triste que de
costumbre y no lograría soportar que la tocara.
Escuchó
a una mujer llamar a un niño en medio de la plaza y la voz la perforó en el
pecho como si viniera desde el pasado y la atravesara hasta llevarla a un
futuro que nunca viviría.
«¡Ranma,
ven aquí!».
Qué nombre tan raro,
pensó Akane observando al niño de ojos chispeantes corriendo hacia la mujer.
De
pronto, su mundo entero se desbordó y la invadieron las ganas de llorar. Y
volviendo al vehículo, y encaminándose a la fría y solitaria casa donde vivía,
lloró. Lloró por no haber sido fuerte para negarse a ese matrimonio, por la
vida miserable que llevaba, porque no había logrado ser feliz. Pero sobre todo
lloró porque al evocar ese extraño nombre, «Ranma», sentía que una parte de su
existencia se había perdido para siempre.
Sin
embargo, ella nunca llegó a conocer a ningún Ranma, ni siquiera a aquel
muchacho que había muerto hacía años en alguna parte de China, con cuerpo femenino,
pero corazón de hombre.

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