(Fanart de こあけ en pixiv)
El ivierno volvió en primavera
Kaoru
se quedó en silencio, después de todo ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Cuáles eran
las palabras que se usaban en momentos como ese? Agradeció que Megumi y los
demás hubieran ido a la cocina a preparar un poco de té, necesitaba un momento
de silencio y reflexión, necesitaba pensar. Se quedó quieta y callada tratando
de asimilar la historia que había oído.
Lo
primero que sintió fue una punzada de celos, un sentimiento estúpido que se
recriminó en seguida, pero no pudo apartar de su pecho. Había creído que el
vagabundo era un solitario, como ella, alguien que había sufrido mucho a lo
largo de los años y se mantenía en los caminos intentando vivir una existencia
tranquila. Quizá nunca se había detenido a pensar en que era todo un hombre que
le llevaba diez años, tal vez Kenshin era tan parco y hasta silencioso sobre su
propia vida que la llevó a creer que no había ocurrido ninguna cosa muy
importante antes de que él llegara a Tokyo.
Que
tonta. Kenshin no solo había vivido: se había casado, había amado y matado a su
esposa.
A
pesar de la época del año sintió un frío estremeciéndole el cuerpo.
Sabía
que era un asesino y sin embargo
nunca usaría esa palabra para describirlo. Era bondadoso, amable, fuerte,
inteligente, siempre dispuesto a ayudar a otros, siempre dispuesto a
sacrificarse. Era imposible que él la hubiera matado... tenía que tratarse de
otra cosa, un malentendido, un accidente, una terrible tragedia.
De
improviso se encontró pensando cómo habría sido esa mujer silenciosa y
tranquila de ojos oscuros que Kenshin había evocado con sus palabras. Le
hubiera gustado conocerla, saber de su vida, de sus penas y alegrías, de las
cosas que había tenido que pasar en aquellos tiempos de guerra. Hubiera querido
mirarla y comprenderla, saber qué había en ella que había logrado acercarse y
permanecer al lado del asesino más despiadado del Bakumatsu.
¿Qué
había hecho que él la amara? Porque Kenshin la había amado, quizá todavía la
amaba, eso podía verse claramente en sus gestos, en la manera en que hablaba
sobre ella.
La
brisa nocturna se agitó entre ellos, Kaoru volvió a estremecerse de frío, esta
vez hasta la médula, ahora sentía como una herida en el cuerpo. Ahí estaba el
problema de todo. Se había permitido soñar con que obtendría el corazón del
vagabundo y la realidad la golpeó, desatando la pena, mostrando que las cosas
siempre son mucho más complejas de lo que se cree.
Se
reprochó mentalmente. No podía caer en la autocompasión ahora, no podía pensar
solo en ella, había cosas más importantes, más urgentes. Quiso recordar los recientes acontecimientos, los
problemas de Tae al haber perdido su restaurante; las heridas de Sanosuke al
enfrentarse al enemigo; la propia lucha de Yahiko por querer hacerse más
fuerte; la pena y la culpa rebalsando desde el relato de Kenshin, los duros
momentos que él pasó. De verdad intentó pensar en todo eso como prioridad dentro de sus preocupaciones, y lo hizo, incluso
intentó extender una mano hacia el espadachín sentado a su lado para apoyarla
en su brazo y poder transmitirle en silencio su apoyo. Pero no pudo, se quedó
paralizada. Sintió que no le correspondía, que era un atrevimiento demasiado
grande. Por tonto que sonara, no podía tocar al hombre de otra mujer y sería
perfectamente entendible si él rechazaba su apoyo diciéndole que no podía
comprender su dolor, que nunca llegaría saber lo que sentía.
«Qué
boba te has puesto, Kaoru», pensó para sí misma.
Cerró
los ojos y respiró hondamente. Tal vez estaba dramatizando demasiado, pero
habían pasado muchas cosas en poco tiempo y no sabía qué pensar. Lo que sí
sabía era que todo pasaría pronto, tenía
que ser así, el sol saldría luego de la tormenta y las flores florecerían de
nuevo en primavera. Tenía que concentrarse en ayudar a Kenshin. Haría su mejor
esfuerzo.
En
ese momento los demás volvieron desde la cocina con algunos bocadillos. Tsubame
le depositó una taza suavemente entre las manos y la tibieza del té pareció
calentarle también un poco el corazón, reconfortándola. Levantó la mirada y en
el camino se cruzó con los ojos de Megumi, la doctora la miró con una mezcla de
lástima y comprensión a partes iguales, pero también algo más, tal vez el
recuerdo de lo que habían charlado en Kyoto cuando Kenshin se recuperó.
De
ahora en adelante Kaoru tenía que cuidar de él, ser fuerte para él, sonreír
para él. Mantenerlo vivo. Lo había
prometido.
Asintió
imperceptiblemente hacia Megumi, la otra mujer se apartó el cabello hacia atrás
sobre el hombro en un gesto típico suyo. Kaoru no sabía aún cómo ayudarlo, pero
tenía que hacer que comprendiera que seguía a su lado, y seguiría siempre ahí,
sin importar qué tragedia se escondía al final de la historia de Tomoe Himura.
Se
levantó de sopetón del entarimado del porche, casi derramando el té sobre su
regazo.
—¡Kaoru-san!
—se alertó Tsubame.
—Por
favor, Kenshin, cuéntanos el resto de la historia —pidió Kaoru con ímpetu. Era
la única manera que encontraba para mostrarle que no lo juzgaba, nunca lo había
hecho, que ninguno de ellos lo condenaba por las cosas que habían ocurrido en
el pasado.
Kenshin
abrió despacio los ojos por primera vez en mucho rato, como despertando de un
sueño. Aún había esperanza.
—De
acuerdo —pronunció con voz cansada—, terminaré la historia.

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