El pilar
La
claridad de la mañana empezaba a extenderse y el movimiento del barrio se
iniciaba lentamente. De pie en la cocina, Kasumi Tendo observaba a través de la
ventana los cambios en el color del cielo a medida que el sol ganaba la batalla
contra las sombras.
Tomó
el delantal de encima de la mesa y pasó un lazo por detrás de su cuello. Su
rostro era hermoso y pacífico, los grandes ojos marrones mostraban la
tranquilidad de espíritu de un santo, la tersa y blanca piel brillaba
saludable, los labios sonrosados se mantenían neutrales: aún no habían esbozado
ninguna sonrisa. La muchacha terminó de atar las otras dos cintas en su
estrecha cintura y soltó un suspiro, pero materializado únicamente en su mente.
«Otro
día más», pensó. No tuvo interés, ganas ni tiempo en ponerse a desentrañar con
qué ánimo había pensado esa frase. Solo ella sabía lo complejos que podían
resultar su mente y su corazón y en la mayoría de los casos ni siquiera ella
misma lograba comprenderse o comprender su actitud. Lo más importante ahora era
llenar la arrocera y encenderla.
Claro
que la vida no siempre había sido así. Recordaba todavía esos momentos en que,
siendo una niña, se despertaba temprano y bajaba la escalera con suaves pasitos
para asomarse por la entrada de la cocina. Allí, entre los deliciosos aromas de
comida casera y los vapores de las ollas, su madre reinaba. En su mente
infantil su mamá era la mujer más hermosa del mundo y ninguna otra podría nunca
comparársele, se veía perfecta con su cabello corto y oscuro, sus ojos
profundos, el cuerpo grácil y pequeño, casi frágil; tarareando una canción
mientras abría el horno y sacaba una de las bandejas dejando que el aroma
inundara la casa. La pequeña Kasumi inspiraba encantada: galletitas de canela,
sus favoritas, y ahora sabía que su madre pondría algunas en su paquete del
almuerzo. El día no podía ser más perfecto.
La
niña luego se deslizaba hacia las puertas correderas que daban al patio y
observaba a hurtadillas a su padre, sentado en el suave césped con las piernas
cruzadas, meditando luego de los ejercicios matutinos, mientras la suave brisa mecía
algunos mechones de su largo cabello. Esos eran sus recuerdos favoritos, los
primeros que le venían a la mente cuando pensaba en la vida que había sido.
Hasta podía recordar perfectamente cómo después sabía que el tiempo para
deleitarse había terminado y tendría que subir a prepararse para ir a la
escuela, y además despertar a Nabiki a la que siempre se le quedaban pegadas las
sábanas.
La
Kasumi de 19 años terminó el suave y rítmico golpeteo del cuchillo sobre la
tabla de picar, los vegetales estaban cortados, los colocó en la olla y dejó
que se cocinaran a fuego lento. Fue al refrigerador y sacó el pescado, que
aderezó a conciencia.
Sí,
esa era la vida de antes. La vida de
una paz y quietud tranquilizadora, de los suaves días que se deslizaban en la
cotidianeidad sin que a ella le preocuparan otras cosas más que hacer la tarea,
sentarse con sus amigas a la hora del almuerzo o ir a divertirse a algún
festival esperando encontrarse quizás con aquel chico del curso superior.
Kasumi
encendió a fuego vivo una de las hornallas de la cocina y colocó la gran tetera
llena de agua. Últimamente el requerimiento de agua caliente a toda hora en
aquella casa había aumentado.
Después
del sacudimiento de la tragedia la casa volvió a quedar tranquila y pacífica,
pero tristemente silenciosa. Kasumi odió aquello. Odió profundamente a su madre
por haberlos abandonado, por dejar a su padre hecho un pobre monigote que solo
podía llorar y dejar a sus hijas solas y desvalidas. No era justo, ella tenía
solo 10 años ¿qué podía hacer? Estuvo ahogada por el resentimiento y el dolor
durante días, acompañando con cara solemne a su padre cuando los vecinos venían
a saludar y preparando y sirviendo té a las visitas como se suponía que era su
deber. Por las noches se echaba a llorar de dolor y vergüenza, porque era
mentira que odiaba a su madre. La amaba. La amaba y la extrañaba, su ausencia
dolía como una herida en carne viva y tardaría mucho tiempo en sanar, y el
pensamiento de que ella no fuera capaz de aguantar hasta entonces le resultaba
terrorífico. No parecía haber salida. Aunque era verano, había un frío
extendiéndose por todos los rincones de la casa y por todas sus habitaciones.
El
comportamiento taciturno y cínico de su hermana Nabiki se acentuó de forma
sorprendente y ahora se la podía ver casi siempre con su calculadora o con el
ábaco, sacando cuentas y después haciendo anotaciones en una libreta. Kasumi
pensó que tal vez era mejor así, si uno vivía en un mundo donde 2+2 sumaba 4 y
ya, sin darle más vueltas al asunto. Lo cierto es que su semblante triste y sus
ojos llenos de lágrimas del primer día habían cambiado y ahora daba la
impresión de que, para ella, en la casa Tendo no había ocurrido nada. Kasumi
casi la envidiaba por haber aprendido tan pronto a sobrellevar el dolor.
En
la cocina, la muchacha abrió un mueble y sacó los cuencos y pocillos
necesarios. Luego contó los juegos de palillos y los fue dejando sobre la mesa.
Podía escuchar pasos en el piso de arriba, la casa despertaba de a poco.
—¡Estoy
en casa!
Anunció
Akane y luego se detuvo un momento en la puerta de la cocina cuando entraba.
—Buenos
días, Kasumi —dijo.
—Bueno
días, Akane —Kasumi continuaba revolviendo la olla, de espaldas a ella—. Date
prisa o se te hará tarde. El desayuno está casi listo.
—Ya
voy, hermana.
Luego,
los pasos rápidos subiendo la escalera.
Kasumi
recordaba el momento en que comprendió
que tendría que tomar el asunto en sus manos. Estaba en su habitación
intentando hacer la tarea de matemática cuando escuchó el llanto desconsolado
de Akane proviniendo del dojo. Dando un suspiro, se levantó y fue a mirar. En
la parte de atrás del salón de entrenamiento estaba la niña, vistiendo el gi
que su madre le había regalado una Navidad.
—Ahora que tu padre comenzará a enseñarte vas a
necesitarlo —había dicho la mujer con una sonrisa
deslumbrante, y los ojos de Akane brillaron de alegría.
Soun
Tendo había comenzado a entrenarla, poco a poco, y resultó claro que la
chiquilla tenía cierto talento natural que si se pulía podía mostrar
maravillas.
—Es una auténtica guerrera —comentó
la madre.
Pero
el padre había dejado de darle clases desde aquel
día y no parecía que la apatía pasara pronto y él retomara el
entrenamiento, por eso Akane había continuado sola y ahora estaba echada en el
suelo llorando mientras la sangre brotaba de su rodilla.
Kasumi
se acuclilló a su lado.
—¿Akane?
—Hermana
—lloriqueó la niña—, no puedo hacerlo bien. Siempre me lastimo y duele mucho.
Duele mucho.
Se
pasó la manga del gi, un poco sucia de tierra, por la cara tratando de secar
las lágrimas.
Duele mucho.
Kasumi
hizo un esfuerzo para tragarse sus propias lágrimas y le pasó la mano
suavemente a su hermanita por sus cortos cabellos. Le sonrió ampliamente.
—Vamos
a limpiar esa herida, ¿eh?
Cuando
terminó de desinfectar y la cubrió con una bandita, Akane alzó hacia ella sus
enormes ojos marrones y le dijo con cierta admiración:
—Kasumi,
hermana, eres muy buena.
—Tú
también eres una niña muy buena —comentó de corazón la chica.
Akane
estaba siendo muy fuerte, demasiado; otros niños en su lugar quizá harían un
berrinche por todo, se pelearían con sus compañeros de colegio o se
encapricharían, todo como forma de llamar la atención y mostrar su
inconformidad con lo que ocurría. No era justo que tuviera que vivir eso, no
iba a permitirlo, su hermanita iba a crecer alegre, ella se encargaría. Aunque
ella misma tuviera que cargar un peso doble sobre los hombros iba a darle un futuro
brillante y alegre a aquella niñita.
—¿Quieres
que preparemos unas galletas para tomar el té? —preguntó sonriendo y Akane
asintió con emoción.
Fueron
a la cocina y cuando esa vez se anudó el delantal sintió que algo había
cambiado, aunque hacía unos días que había empezado a encargarse de hacer la
comida hoy sentía que era diferente, porque vio que a través de sus actos y de
sus palabras podía cambiar las cosas.
Cuando
las galletas casi estaban listas envió a Akane a darse un baño mientras ella
terminaba de limpiar lo que habían usado para cocinar. Nabiki entró al cuarto
en ese momento y se paró junto a ella en el fregadero, en pocas palabras le
comunicó que había hecho algunas cuentas y que si el dojo no volvía abrir
pronto se verían en muchas dificultades económicas. La hermana mayor asintió y
prometió encargarse de todo. En el fondo estaba horrorizada de que una niña
hubiera tenido tan buena cabeza para pensar en ese asunto; de verdad sus
hermanas estaban siendo muy fuertes y maduras y ella tenía que comportarse
igual. Esa noche le comentó a su padre, con sonrisas, amabilidad y de la manera
más sutil, que la familia no podría sobrevivir si él no continuaba trabajando.
Su padre la miró por un momento como saliendo del estupor y asintió
devolviéndole el gesto. La muchacha pensó que tal vez ella había sanado un poco
su corazón con aquella sonrisa, entonces se reprochó por haber estado tanto
tiempo con el rostro adusto y no haber sonreído más.
A
partir de aquel momento se decidió a tratar de alegrar a todos y procurar que
las cosas marcharan lo mejor posible. Sin proponérselo se convirtió casi en el
pilar de la casa. No supo cuándo, pero un día se dio cuenta de que Akane y
Nabiki estaban confiadas de que ella les tendría listas sus cajas del almuerzo
para la escuela, y su padre dejaba en sus manos la tarea de ordenar la casa y
hacer las compras mientras él daba clases en el dojo. No se quejó, porque los
amaba y le gustaba verlos sonreír de nuevo, verlos compartir alegres la mesa
durante la cena, planear vacaciones y salidas. Ella era feliz si ellos lo eran.
Pero
a veces costaba ser ese pilar, era una enorme responsabilidad porque si el
pilar se rompía, todo lo que se apoyaba en él caía. Kasumi era fuerte, o así lo
creía por lo menos, pero había días en que quería descansar, apoyar la carga en
alguien más aunque fuera solo por un momento, porque con el tiempo descubrió
que cansaba mucho ser siempre fuerte. Después de aquello había tomado cada día como venía y trataba siempre de
sacarle lo mejor, cuidaba de su familia, de la casa, y agradecía siempre que
continuaran todos juntos. Ahora, con dos huéspedes el trabajo era mayor, pero
no se quejaba (aunque era cierto que a veces quería gritar por cómo quedaba el
baño después de alguna pelea), porque también habían traído muchas cosas
positivas. Era lindo ver tanto movimiento en la casa, ver a su padre pasando
tiempo con un viejo amigo, observar la felicidad de Nabiki por lograr tan
buenas ganancias y comprobar que Akane podía llevarse bien con un muchacho... a
su manera, claro, pero pasaban cierto tiempo juntos, eso no se podía negar.
Moviéndose
por la cocina como cada día, Kasumi suspiró mientras recordaba todo lo que
había pasado hasta aquel momento. Las cosas no habían sido fáciles, era cierto,
había tenido que madurar de golpe y a veces se sentía mucho más grande que la
edad que tenía, tal vez era por eso que la aburrían los chicos menores que
ella. Incluso los de su edad le resultaban molestos, solo hablaban de chicas o
tonteaban sobre cualquier cosa. Por eso le gustaba charlar, por ejemplo, con el
doctor Tofú. Él era un hombre agradable y muy inteligente, y ella siempre lo
veía bromeando y haciendo las cosas más locas para tratar de hacerla sonreír.
Le agradecía mucho eso. Era un buen amigo, hacía años que lo conocía y podía
confiar en él; había tratado muy bien a Akane desde el principio y en
agradecimiento ella siempre había cocinado algo para él.
Llevó
los cuencos a la mesa de la sala y los distribuyó, luego sirvió los demás
platillos. Colocó la sopa de miso en el centro, encima del apoya-fuente, y
conectó la arrocera a la corriente eléctrica para que se mantuviera caliente.
—¡Familia!
¡El desayuno está listo! —anunció en voz alta para que todos en la casa
pudieran escucharla.
El
primero en acercarse a la mesa fue un panda, que la saludó a través de un
cartel.
—Buenos
días, tío Genma —respondió la muchacha y volvió a la cocina para buscar los
últimos utensilios.
Sí,
el doctor Tofú era muy agradable. Cuando hacía un par de días había ido a la
clínica a devolverle su libro había estado tan gracioso y disparatado como
siempre, y Akane le había dicho que solo se comportaba así en presencia suya. Saber
eso la hizo sentir muy bien, se sintió especial y le gustó que su sola
presencia pudiera ponerlo en ese estado.
Kasumi
sonrió ampliamente, con tranquilidad. La primera sonrisa del día.
Cuando
abrió el armario para sacar las últimas especias para agregar al pescado, vio
otro frasco más allá y lo tomó. Leyó la etiqueta: canela. Quizás... sí, quizás
podría hacer unas galletas más tarde. Se sentía de humor.
Dejó
el frasco en la mesa y fue a sentarse con los demás en la sala.

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