Fanart de ちーすけ en pixiv
Equal romance
Se
vieron por primera vez cuando tenían doce años. Akane recordaba bien el día en
que su padre había anunciado que tendría un socio en el dojo, Genma Saotome, un
hombre diestro en las artes marciales que además era un gran amigo de su
juventud. El señor Saotome y su familia vivían en una ciudad cercana, pero se
mudarían a Nerima en poco tiempo. Nabiki, curiosa, preguntó muchas cosas sobre
el matrimonio Saotome, la mayoría de las cuales su padre no pudo responder
porque no los había visto en años, lo único que dijo era que tenían una hija,
«tiene la edad de Akane, seguramente irá a la misma escuela que ustedes». Y después
agregó como al pasar «creo que es bastante aficionada a las artes marciales».
La
curiosidad de Akane quedó cautiva para siempre y ella creía que ahí mismo se había
sellado su destino.
Mientras
su padre y el señor Genma Saotome se abrazaban y lloraban con efusividad, la
chica reparó en las personas que acompañaban a ese hombre. Una dama de aspecto
elegante, que vestía un kimono y tenía el cabello recogido sobre la nuca; más
atrás había una niña, también vistiendo kimono, aunque no parecía tan cómoda en
él como su madre. Akane quedó sorprendida del rojo profundo de su cabello
trenzado y del color azul de sus ojos, había además en su mirada una mezcla de
hosquedad y tristeza que la puso sobre aviso.
Después
de saludar a todos como correspondía no pudo evitar dirigirse directamente a la
otra niña.
—Ehmm...
mi nombre es Akane Tendo —dijo con una sonrisa—. Supe que practicas kenpo. ¿Te
gustaría ir al dojo?
Parecía
que los ojos de la otra chica reparaban por primera vez en ella, pestañeó un
par de veces antes de asentir con la cabeza.
—Pero
no creo que pueda hacer nada con esta cosa —replicó tocándose el kimono con una
mueca.
Akane
sonrió divertida.
—Te
prestaré algo.
.
.
Con
el gi puesto la pelirroja parecía mucho más a gusto y, dando unos pasos por la
duela, daba la impresión de encontrarse en su propio ámbito. Recorrió el lugar
con la vista y después sonrió apenas.
—¿Qué
dices? ¿Luchamos un poco? —preguntó Akane emocionada.
—Claro.
Durante
algunos minutos estuvieron probándose y conociéndose a través del ejercicio.
—Vaya,
eres realmente buena —comentó Akane un rato después, ofreciéndole una toalla
para que se secara el sudor del rostro, y haciendo ella otro tanto.
—Tú
tampoco estás nada mal.
—Gracias.
—Mi
viejo me ha llevado a algunos lugares a entrenar, pero sé que aún no me enseña
todo lo que sabe.
Era
una chica interesante, decidió Akane, hablaba de una forma un tanto peculiar
que le resultaba divertida, pero, además, compartía su misma pasión por las
artes marciales y era probable que si iban al mismo instituto la pusieran en su
salón. Quizá podrían llegar a ser buenas amigas.
La
observó un momento más.
—¿Cómo
te llamas?
La
pelirroja se sonrojó y, avergonzada por no haberse presentado aún, agachó un
poco la cabeza.
—Soy
Ranma. Ranma Saotome.
Ranma...
«Qué
nombre tan extraño para una chica», pensó Akane.
.
.
.
.
En
unos pocos meses estuvo claro que congeniaban bien. Iban juntas a las clases
que daban sus padres, aunque ambos hombres las habían entrenado en las artes
marciales ninguno había llegado tan lejos en ese entrenamiento. Ahora que el
dojo Tendo empezaba a tener más alumnos y más movimiento Ranma y Akane buscaban
aprovecharse de ello y perfeccionarse en el Arte.
Para
Akane resultaba raro que el señor Saotome no hubiera sido socio de su padre
desde siempre, siendo que se conocían desde muy jóvenes, a veces lamentaba eso,
podría haber conocido a Ranma mucho antes y hubiera tenido a una persona con
quien compartir sus intereses. Supo por la propia chica que Genma había estado
casi siempre de viaje de entrenamiento (en algunas contadas y afortunadas
ocasiones, llevándose a su hija con él), pero nunca tuvo un dojo propio ni
ningún lugar donde enseñar lo que sabía. ¿Por qué habría sido de esa manera?, se
preguntaba Akane.
A
las pocas semanas ella y Ranma se enteraron de la verdad y fue Nabiki la que
pudo confirmarles la historia con los datos que había obtenido: su padre, Soun
Tendo, y el señor Saotome habían hecho un absurdo pacto en su juventud donde planearon
casar a sus hijos para unir a las familias y procurar la herencia del dojo y la
Escuela de Combate Libre. Pero el plan les falló porque ninguno de los dos
había tenido un varón y ya no planeaban tener más hijos, así que ahora solo
podían convertirse en socios y continuar impartiendo las artes marciales.
«Adiós al retiro anticipado para ellos», comentó Nabiki mientras reía al saber
malogrados los designios de su padre.
Akane
se enfureció y Ranma se puso pálida, mientras la muchacha de cabello corto vociferaba
sobre las locuras que podía llegar a idear su progenitor, la pelirroja se quedó
silenciosa y taciturna por el resto del día. Aquello no era normal y Akane, que
creía conocerla ya algo, esperaba que estallara y no que se retrajera en sí
misma.
—¿Qué
te ocurre? —le preguntó en la noche, cuando la encontró aún practicando en el
dojo a pesar de que Genma se había ido a su casa hacía rato.
—Ranma,
háblame —insistió—. ¿No te pone furiosa todo esto? ¡Planeaban casarnos sin
preguntarnos nada! Y con cualquier desconocido... Podría haber sido Kasumi,
Nabiki... ¡podrías haber sido tú! Podría haber sido cualquiera de nosotras.
Ranma
se quedó quieta respirando agitada al detener el ejercicio. El cabello trenzado
se deslizó desde su hombro hasta la espalda.
—Podría
haber sido peor, ¿verdad? —comentó sin mirar a la cara a su amiga—. Tuvimos
suerte después de todo.
—¿Tuvimos
suerte? ¿Eso es lo que tienes para decir? —preguntó Akane incrédula.
—...
Yo tengo un hermano —replicó la otra chica, y se dio la vuelta para encarar a
Akane—. En realidad tengo un hermano... o lo tuve.
—¿Qué?
—Solo
vivió tres meses... Tenía una enfermedad, era un bebé muy débil y no lo
soportó.
—¿Cuándo...?
—Eso
fue antes de venir a vivir a Nerima —respondió Ranma. Caminó despacio hasta uno
de los lados de la duela y levantó del piso una toalla que se colocó alrededor
del cuello—. Mis padres... no podían tener hijos, ¿sabes? Yo nací después de
muchos intentos, y ahora entiendo por qué deseaban tanto tener otro... un
varón. Lo tuvieron, pero el embarazo fue muy difícil... mamá tenía ya más de
cuarenta años, el doctor le dijo que podría haber complicaciones... No sé los
detalles —continuó hablando mientras juntaba meticulosamente sus cosas y las
guardaba en un bolso deportivo—, ellos no me explicaron nada, todo esto lo sé
por las conversaciones que pude oír entre mis padres.
—Ranma,
tú...
—A
veces lo extraño —siguió la pelirroja. Mientras se agachaba a guardar sus
pertenencias el flequillo le tapó la mirada—, apenas pude verlo porque siempre
estuvo en el hospital, pero recuerdo que era un bebé precioso a pesar de ser
tan pequeño... Yo quería tener un hermanito como las chicas del colegio.
Ranma
cerró el bolso pero no se levantó, continuó en cuclillas, con la cabeza gacha,
como si estuviera registrando el piso para saber si no se olvidaba de nada.
Akane se llenó de una extraña tristeza y piedad mezclada con furia. ¿Por qué
nunca le había contado nada sobre eso? ¿No se suponía que eran amigas? Quizá
no, quizá eran solo conocidas, compañeras, dos chicas que compartían la pasión
por las artes marciales y nada más.
Ahora
entendía la sombra de dolor que a veces aparecía en los ojos de Ranma, o los
momentos en que estaba callada y solemne, incluso la sonrisa triste que
adornaba sus labios cuando compartían ratos de alegría.
—Imagina
si alguna de las dos era un chico —dijo de pronto Ranma—. Quizá nos hubieran
obligado a casarnos a la fuerza y nos hubiéramos odiado. Tuvimos suerte. Me alegra
poder ser tu amiga y que no me odies.
Levantó
la cara y la observó, sus grandes ojos azules atravesaron a Akane y le llegaron
al alma, por un momento tuvo que concentrar todo su esfuerzo en no echarse a
llorar de la emoción. Después tragó saliva y asintió, sonriendo, hasta lograr
contagiarle el gesto a la otra chica. Estiró la mano para ayudarla a levantarse
de la duela.
Ranma
se quedó un segundo confundida, pero después comprendió que el gesto tenía otro
significado además del obvio, así que aceptó la mano de la jovencita, la apretó
y se dejó impulsar hacia arriba.
—Yo
también me alegro de ser tu amiga, Ranma.
Y
a partir de ese momento intentaría honrar la oportunidad que se les había dado
de conocerse y ser amigas.
.
.
.
.
Así
lo hizo. Con el paso de los años se hicieron
muy cercanas y la amistad pudo consolidarse en un sentimiento puro y
fuerte, lo que no significaba que nunca pelearan. De hecho, sus peleas estaban
hechas del mismo fuego que corría por las venas de las dos. El carácter
explosivo de Akane y la tendencia de Ranma a hablar de más y decir siempre lo
primero que le pasaba por la cabeza no ayudaba demasiado.
Eran
muy parecidas, pero a la vez distintas y eso ayudaba a que se complementaran
bien. A veces Akane no entendía cómo teniendo cerca la influencia de Nodoka
Saotome, una mujer elegante, culta, toda una dama según ella, Ranma pudiera ser
por momentos tan marimacho. Daba la impresión que lo hacía adrede, era un logro
que accediera a ponerse una falda, siempre con sus eternos pantalones y shorts,
todo el tiempo se quejaba del uniforme del instituto. No había vuelto a verla
enfundada en un kimono desde aquel día de su primer encuentro, excepto para ir
al templo en las celebraciones de año nuevo. Insistía en maltratar su cabello
manteniéndolo trenzado, no le interesaba el maquillaje. Pero Akane también
entendía que todo eso lo hacía para acercarse a su padre, ponía todo su empeño
en demostrarle a Genma Saotome que valía, que era fuerte y se convertiría en la
mejor artista marcial; a veces Akane creía que era justamente por no haber
podido ser ese hijo varón que Genma deseaba que ahora quería ocupar el lugar a
toda costa.
Akane
siempre se había visto a sí misma como la heredera natural del dojo porque a
sus hermanas mayores no les interesaba el tema, ella era la única que había
seguido las enseñanzas de su padre. Nunca se había cuestionado ese destino,
pero desde la llegada de Ranma se dio cuenta que no todo era tan claro, en la
opinión de sus padres solo los hombres tenían la autoridad para manejar la
escuela y eran los únicos que podrían continuar la herencia.
—¿Por
qué crees que querían eso, casarnos con algún chico? —le preguntó Ranma un
día—. ¡Es que ellos piensan que solo los hombres pueden hacerse cargo de la
herencia de la familia! Pero tenemos que demostrarles que no es así, que las
chicas podemos ser incluso mejor que los chicos. Nosotras podemos hacerlo, ¿no
quieres eso? Vamos a dirigir la Escuela de Combate Libre. ¿Eres una artista
marcial o qué? —la acicateó.
—¡Lo
soy! Soy una artista marcial —replicó Akane un poco enfadada. Ella quería lo
mismo, ya se le había contagiado el entusiasmo—. Sí, vamos a hacerlo, juntas
dirigiremos la Escuela.
Tenía
los ojos brillantes. Ranma sonrió lentamente, de una forma hermosa y extraña,
que a Akane le hizo sentir que a partir de ese momento comenzaba algo
importante.
Entonces
se dio cuenta que no era como había pensado cuando recién la conoció, su
destino no estaba sellado, a su destino lo había elegido ella.
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Las
dos chicas se detuvieron un momento junto a la reja que bordeaba el canal mientras
volvían del instituto.
—Esos
idiotas se ponen cada vez más molestos —comentó Ranma acodándose en la valla y
mirando con aburrimiento el agua que corría abajo.
Akane
asintió y apoyó la espalda en la reja, sosteniendo el portafolio frente a ella
con las dos manos. Ranma se había vuelto bastante popular desde que entró al
instituto gracias a su belleza natural y cuanto más crecía, y su cuerpo se
desarrollaba adquiriendo las curvas propias de la adolescencia, parecía
obnubilar aún más a los chicos de la escuela. Ni siquiera la rudeza con la que
se había acostumbrado a responder a las invitaciones para salir, y que le había
ganado cierta fama de arrogante y grosera, detenía a los muchachos de hacerle
toda clase de cumplidos y promesas de amor.
Últimamente
los chicos habían tomado la costumbre de acecharlas a las dos a la entrada del
colegio para retarlas a duelo buscando vencerlas y así ganar una cita con
ellas. No sabían quién había sido el idiota que había hecho correr el rumor de
que solo así, venciéndolas en su propio terreno, podrían ganar su amor, pero
ciertamente se lo tomaron a pecho. Cada mañana era una batalla campal donde
luchaban no solo por Ranma si no también por conquistar «a la dulce Akane
Tendo», como acostumbraban clamar las hordas enardecidas.
«Es
que ya tienen dieciséis y es la edad ideal para el amor», comentaba con burla
Nabiki, que solía alquilar cada día los mejores sitios para poder ver la pelea
a la módica suma de 500 yenes. Akane resoplaba sin saber cómo podrían acabar
con ese molesto problema, pero lo que más le preocupaba era su amiga. Si los
demás supieran que en realidad era amable, divertida y de muy buen corazón,
siempre dispuesta a ayudar y dar una palabra de aliento, si la conocieran de
verdad, Akane estaba segura que esos chicos se enamorarían aún más de ella. Era
el acoso constante lo que la ponía de mal humor y la hacía hablar de más y con
brusquedad. Pero se alegraba de que solo ella pudiera conocerla de verdad, de
que solo ella conociera esa parte de Ranma.
De
pronto escuchó un ruido y vio que la pelirroja saltaba hacia la reja quedándose
de pie encima, haciendo equilibrio. Soltó una risita.
—Ranma,
baja de ahí —dijo en seguida Akane arrugando el entrecejo.
—¿Por
qué? No tiene nada de malo —comentó su amiga concentrándose en caminar sobre la
valla como si fuera una barra de equilibrio, lo cual lograba con bastante
facilidad.
Un
pie delante del otro. Dio varios pasos mientras su amiga la seguía por la
acera.
—Ranma,
¡se te puede ver la ropa interior! —dijo Akane en un tono lo más bajo posible
para evitar que alguien escuchara, aunque no había nadie en la calle en ese
momento.
Ranma
se sonrojó y se puso una mano detrás para ceñirse la falda del uniforme al
cuerpo.
—¡Si
la ves es porque estás mirando! —exclamó—. Pervertida.
—¡No
es verdad! —se defendió Akane, también sonrojada. Miró hacia otro lado—. Solo
te estoy avisando, no puedes andar tan tranquila haciendo eso cuando llevas
falda.
—Ya
pareces mamá —replicó la otra poniendo los ojos en blanco—. Por eso prefiero
los pantalones... Como sea, deberías intentarlo, es divertido.
—Ay,
Ranma —suspiró su amiga.
—Podríamos
ir a la escuela caminando por aquí —siguió la pelirroja, que cada vez andaba
con más soltura, como si no estuviera a más de un metro del suelo—. Además, es
un buen entrenamiento.
Akane
rió y Ranma la miró de costado, una sonrisa se formó lentamente en su rostro.
—Sería
ideal para ti, así podrías dejar de ser tan torpe —levantó una ceja con
intención.
—¿Qué
dijiste? —preguntó Akane a la defensiva.
—Eso
mismo —Ranma se encogió de hombros—. Sería un bien para ti... pero, claro,
seguramente te da miedo.
—¿Miedo?
—Sí,
con todo eso de «¡oh, qué horror, se me ven las bragas!» —dijo con dramatismo
poniéndose una mano en la frente—. Miedosa —agregó después mirándola
atentamente.
Akane
la observó y pudo leer perfectamente el desafío en los ojos azules y la sonrisa
torcida.
—No
soy ninguna miedosa —sentenció.
—¿Ah,
sí? Quisiera verlo.
Akane
apretó la mandíbula y saltó hacia la valla, extendió los brazos para hacer
equilibrio.
—Eso
lo hace cualquiera —comentó Ranma moviendo una mano—. Ahora tienes que
atraparme —agregó estirándose un ojo con el dedo y sacando la lengua—. ¡Bleh!
Y
se adelantó corriendo sobre la reja lo más rápido que podía.
—¡Ranma!
La
pelirroja soltó una risa. Akane no tuvo más remedio que intentar seguirla.
—Mañana
también iremos por aquí —dijo Ranma alegre.
—¡Ni
lo sueñes! —replicó Akane empezando a contagiarse de su risa.
—Cuidado,
con tu torpeza puedes caer al agua.
—¡Ranma!
Después
se escucharon solo risas y los pasos sobre la cerca de metal.
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.
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—Hey,
¿qué haces ahí? —preguntó Akane terminando de subir al techo.
Ranma
solo le dirigió una mirada y continuó acostada sobre las tejas, con los brazos
doblados detrás de la cabeza y mirando el cielo que comenzaba lentamente a
oscurecerse.
—Nada
—respondió por fin cuando Akane se sentó a su lado, muy cerca. Después, un
sutil sonrojo tiñó sus mejillas—. Solo estoy aquí.
—Mm.
La
chica de cabello corto dobló las piernas acercándolas al pecho y después las
rodeó con los brazos. Se quedó observando el paisaje. Pasaron varios segundos.
—Hoy
sería su cumpleaños —comentó Ranma un momento después—. El de mi hermano.
—Lo
sé.
—Odio
quedarme en casa... Mamá está tan silenciosa. Y el idiota de mi viejo...
Akane
se mordió el labio. Sabía que no podía ser demasiado efusiva para consolarla o
Ranma se alejaría, y últimamente su humor estaba peor que nunca. Era la
adolescencia, decía Kasumi, las dos estaban creciendo y había muchos cambios en
el cuerpo y en la mente, y era difícil adaptarse a las diferentes emociones que
se experimentaban. Pero Akane pensaba que había algo más, ella misma estaba
pasando por esa etapa y no creía comportarse así.
—Puedes
quedarte a cenar si quieres —replicó. Se acomodó en su lugar y quedó medio
centímetro más cerca de la pelirroja.
Ranma
tragó saliva y su sonrojo se profundizó. Sacudió la cabeza.
—No,
mamá se enojaría y no quiero ponerla más triste —suspiró y se levantó hasta
quedar sentada—. ¡Maldición! A veces desearía...
No
terminó la frase.
—A
veces desearía que tu hermano no hubiera muerto —dijo Akane mirándola a los
ojos.
—¿Qué?
—la otra le devolvió la mirada apretando los labios—. ¿Por qué? ¿Tantos deseos
de casarte tienes? —le preguntó con resentimiento.
—¿De
qué hablas?
—¡De
eso! Del estúpido trato de nuestros padres. Si él viviera se casaría contigo,
eres la menor, eres la que le llevaría menos edad. ¡No creo que Kasumi fuera la
elegida!
—¡¿Qué?!
¿Eres una pervertida o qué? ¡Yo le llevaría como 10 años! Él sería un niño.
—¿Y
eso qué importa? Lo harían más adelante... ¿Es eso, no? ¿Quieres casarte y
heredar el dojo?
—¡Estás
loca! ¿De dónde sacas tantas idioteces?
—Es
lo que pensabas, no digas que no —espetó Ranma mirando a otro lado—. ¿Para qué
te iba a importar si no que mi hermano no hubiera muerto?
—¡Por
ti, boba! ¿Por qué más? Eres mi amiga y me preocupo por ti. Sé que todo esto te
hace infeliz, si tu hermano estuviera aquí tal vez no estarías tan enfadada
todo el tiempo. No vivirías quejándote de que el tío Genma quería un varón y
que la tía Nodoka está triste. ¡Quizá no actuarías todo el tiempo así y serías
normal!
Ranma
se puso pálida y sus ojos parecieron mucho más azules que nunca contra la
blancura del rostro. Serías normal.
—Entiendo
—murmuró poniéndose de pie. El flequillo le cayó sobre los ojos y Akane no pudo
ver su cara en la penumbra.
—Espera,
Ranma, no quise decir...
—Está
bien —la interrumpió la pelirroja llegando a la orilla del techo—. Tienes
razón, Akane... el problema soy yo, lo sé. Tal vez... solo tendríamos que dejar
de ser amigas.
—No,
Ranma, espera.
Akane
se levantó, pero su amiga ya había dado un ágil salto hacia el patio y se había
perdido por la puerta de calle.
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.
Al
otro día se encontraron en el camino, a unos metros de entrar al Furinkan. Las
dos estaban tan arrepentidas de lo que había pasado que ni siquiera se podían
mirar a los ojos.
—Oh...
yo...
—No
quería...
—Ayer
yo...
—Lo
sé...
Se
detuvieron sin previo acuerdo a un paso de la puerta principal y por fin se
miraron. Se entendieron. Ranma no podía dejarla simplemente, como había dicho
el día anterior, esa amistad era muy importante para ella. Akane era muy
importante.
La
chica Tendo se sentía aliviada, había pasado la noche pensando que había herido
profundamente a su mejor amiga y la sensación de opresión en el pecho había
disminuido ahora al mirarla a los ojos y entender que la perdonaba. Se dio
cuenta que la había extrañado terriblemente solo pensando que quizá no podría
volver a charlar nunca con ella, que no pasarían más tiempo juntas.
No
podían separarse, así de sencillo. ¿Significaba algo más? Tal vez, pero ninguna
de las dos se percató de eso.
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A
partir de aquel momento Akane empezó a preguntarse muchas cosas. ¿Eran amigas
realmente?, reflexionó una vez. Se dio cuenta un día que había cosas raras,
cosas que una amiga no haría, que implicaban un cariño diferente. Hay cosas que
se hacen solo por amor, pero no por un amor fraternal o filial, si no esa otra
clase de sentimiento que te hace querer estar cerca del otro a toda costa o de
lo contrario no se puede respirar.
La
primera vez que lo notó fue una tarde de tormenta. Volvían a casa del instituto
y las sorprendió la lluvia; empapadas, se refugiaron en una parada de autobús
hasta que pasara lo peor del aguacero. A Ranma no le gustaba la lluvia y miraba
el cielo con una expresión de fastidio frunciendo los labios. Cuando Akane se
volteó a mirarla vio las gotas que se deslizaban desde el oscuro cabello rojo,
la blanca piel brillaba con el agua y el uniforme mojado se pegaba a sus
curvas.
Ranma
se echó la trenza hacia atrás sobre un hombro, salpicando agua.
—Maldita
lluvia —murmuró enfadada.
Entonces,
de pronto, a Akane le ardió la palma de la mano de los deseos de tocarla, de
borrar los rastros de agua del rostro y ver más de cerca las pestañas húmedas.
Le parecía hermosa y solo quería estar más cerca de ella y poder acariciarla.
Fue un sentimiento tan fuerte que por un momento le explotó en el corazón y la
llenó de felicidad. Y después de oscuridad y de miedo.
Nunca
en su vida había sentido tanto miedo.
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Akane
se sumergió del todo en la bañera y aguantó la respiración. Pasaron los
segundos. Apretó los ojos con fuerza queriendo borrar las imágenes de esa
tarde, de Ranma y ella empapadas por la lluvia, del rostro sonriente de su
amiga cuando el sol salió por detrás de una nube a su espalda y parecía hacerla
brillar por completo.
Tuvo
que respirar y emergió del agua. Intentó no pensar en nada y fingió que el
extraño sentimiento había desaparecido. Se rió de ella misma, Ranma era su
mejor amiga, por supuesto que la quería mucho, no había nada más. No podía
haberlo. Fue una cosa del momento, algo del clima, quizá, desde niña siempre
había tenido la idea de que la lluvia era romántica, que en un día de lluvia
podría conocer a un príncipe azul, al amor de su vida. Pero en este caso
enamorarse no era una opción, «una chica no se enamora de otra chica», se dijo
Akane con firmeza.
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Las
maderas del recinto de entrenamiento recibían y amplificaban todos los sonidos
que vibraban en su interior, los gritos para descargar la presión, los jadeos
del esfuerzo, las respiraciones agitadas. Era el punto final de la sesión de
entrenamiento, donde Ranma y Akane se probaban y medían hasta el límite de sus
fuerzas, la parte divertida en que por algunos minutos se atacaban mutuamente
intentando buscar el punto vulnerable de la otra y ponían a prueba todo lo que
habían ido aprendido con los años. El punto fuerte de Ranma seguía siendo la
agilidad y el combate aéreo, la habilidad para escapar del ataque rival en
complicadas acrobacias. Akane, en cambio, era un baluarte en el piso, sus puños
eran infranqueables, su cuerpo una muralla a pesar de ser tan delgado y en
apariencia delicado.
Había
algo fuerte, muy poderoso, entre ellas, algo que estallaba y hacía llover
chispas en esos combates. Era un diálogo, otro tipo de comunicación a la que
habían llegado a través del tiempo que tenían de conocerse.
Últimamente,
Akane tenía miedo de esas horas en que las dos eran pura energía, temía que se
le desbordara el alma y hablara por ella incongruencias a través de sus movimientos,
que tocara el límite de todo su cariño, esa línea en que todo se volvía confuso
y no sabía qué sentir hacia Ranma. Al principio todo parecía ir bien,
encontraban un ritmo propio en que solo hablaban el lenguaje de las artes
marciales y eran espíritu combativo, se equilibraban. Pero al final, cuando
ganaba el agotamiento y terminaban sonrojadas y respirando agitadas, Akane
tenía la impresión que dejaban algo inconcluso, que había un fuego que no se
consumía y estaba deseando siempre más, era ese mismo fuego que les coloreaba
las mejillas.
Entonces
creía ver cosas, algo más en la mirada de Ranma, en sus labios entreabiertos,
en el cabello desordenado y las gotas de sudor que bajan por el cuello hasta
perderse en el escote. Ahí era cuando se preguntaba qué veía Ranma cuando la
observaba a ella a través de la distancia de la duela. ¿Veía lo mismo? ¿Quería
decirle algo más? Así lo creía a veces, que los ojos azules la miraban distinto
a como lo habían hecho antes. Y, sin embargo, pestañeaba y Ranma parecía la
pelirroja de siempre, y se apartaba los mechones de la frente en su gesto
típico, y Akane se avergonzaba de pensar esas cosas, las cosas que no era ni
siquiera capaz de expresar en palabras.
No,
no, no podía ser. Era mejor extirpar todas esas ideas absurdas cuanto antes y
dejar de soñar con imposibles.
«Concéntrate,
Akane.»
Debía
luchar contra eso. Suspiró y usó la toalla para limpiarse el sudor de la
frente. Eso era lo que debía hacer.
—Sí,
es lo mejor —susurró cerrando los ojos con fuerza.
—¿Qué
es mejor? —preguntó Ranma a unos pasos de ella mientras se sacaba la parte
superior del gi y se quedaba con la camiseta blanca que solía usar debajo.
—N-Nada
—Akane se mordió el labio—. Ryoga me invitó a salir y pienso que voy a aceptar.
—¿Ryoga?
¿Ryoga Hibiki? —Ranma levantó una ceja, incrédula.
—Sí,
está en la clase al lado de la nuestra.
—Ya
lo sé... Pero no pensé que fueras tan idiota.
—¿Por
qué me llamas así? —preguntó Akane furiosa.
—Hibiki
es un bobo que se enamora de la primera chica que le dirija la palabra. No vale
la pena —Ranma se colocó una toalla sobre los hombros y puso los brazos en
jarras—. La semana pasado lo vi muy alegre con esa tal Kuonji, solo porque le
había dado unos okonomiyakis.
—¿Hablas
de Ukyo?
—Esa
misma —Ranma se encogió de hombros—. Parecían muy contentos juntos. Digo... no
es muy de fiar alguien que te puede cambiar por unas pizzas.
Akane
arrugó el entrecejo.
—Quizá
solo sean amigos —replicó y se dio la vuelta concentrándose en algo más—. Voy a
aceptar la invitación de Ryoga, puede ser muy divertido y puedo llegar a
pasarla bien.
Ranma
achicó los ojos.
—Como
quieras... solo lo digo por tu bien —chasqueó la lengua y se concentró en
guardar, como cada vez que terminaba el entrenamiento, todas las cosas en su
bolso de deporte.
—¿Y
tú y Shinnosuke, qué? —indagó Akane sin volverse a mirarla.
—¿Qué
con eso?
—No
sé... Los vi hablando el otro día —comentó la chica de cabello corto.
—Mm.
Se
quedaron en silencio. Akane frunció los labios y movió los ojos de un lado a
otro, sin decidirse a continuar la conversación.
—Es
bastante simpático —comentó Ranma—, y no se tira sobre mí diciéndome que
salgamos juntos y que me ama, como hacen los demás. Me agrada.
En
el silencio que siguió el ruido del cierre del bolso de Ranma sonó amplificado
cien veces.
—Quizás
deberían conocerse mejor —dijo Akane despacio.
—...
Quizás.
Ranma
se quedó observando la espalda de su amiga. Odiaba esos momentos, esas charlas
que la dejaban como vacía. Hubiera querido poder decirle algo... cualquier
cosa, pero no encontraba las palabras, era muy torpe para hablar y a veces
Akane la llenaba de toda una serie de sentimientos que desconocía y contra los
que no sabía cómo reaccionar. Apretó los labios y cerró los ojos para darse
ánimos para irse.
—Nos
vemos mañana —murmuró antes de salir del dojo.
—Nos
vemos.
Akane
se quedó arrodillada en el piso lustroso. Frunció el ceño y se mordió los
labios para controlar sus emociones. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué había sacado el
tema de Shinnosuke si Ranma nunca lo había mencionado? No podía evitar entristecerse
por lo que habían hablado, pero también tenía rabia.
Rabia
de sentir tantos celos.
.
.
—¡Es
que no puedo creerlo, Ranma! —exclamó Akane con la voz ahogada, ocultando la
cara en el hombro de su amiga—. También había invitado a Akari al mismo restaurante,
¡el mismo día y a la misma hora!... Cuando le pregunté por qué dijo que había
olvidado que ya tenía una cita conmigo, pero que no quería cancelar a ninguna
de las dos. El muy cínico —sollozó Akane.
—Hibiki
es un idiota —sentenció sencillamente Ranma daño unos golpecitos en la espalda
de su amiga—. No vale la pena que llores tanto.
—Me
siento como una estúpida —dijo Akane con voz apagada. No era la decepción de la
cita lo que le hacía mal, si no el dolor de verse burlada.
Suspiró
y se apartó de la pelirroja.
—Te
dije que era un imbécil —Ranma enfatizó la última palabra y miró a otro lado.
Se tomó de la orilla del entarimado donde estaban sentadas y balanceó las
piernas—. Todos los chicos son así.
Akane
la observó un momento mientras terminaba de secarse las lágrimas y después
frunció el ceño.
—Ranma...
¿pasó algo con Shinnosuke?
La
pelirroja se volvió a mirarla tan rápido que la trenza cortó el aire como un
látigo.
—Ese
idiota se atrevió a besarme.
—Oh...
Akane
se quedó un momento petrificada, sin saber qué decir o pensar. La había besado.
—El
muy pervertido me metió la lengua en la boca.
—...
¿Y tú qué hiciste? —inquirió Akane con voz monocorde.
—Lo
golpeé donde más le duele, ¿qué más iba a hacer? ¿Quién se cree que es para
tomarse tantas libertades?
—Pensé...
pensé que te gustaba Shinnosuke —indicó Akane.
—Me
parecía amable... agradable, pero eso no quiere decir que esté dispuesta a
dejar que haga lo que quiera conmigo —resopló.
—¿Y
cómo fue?... el beso —indagó Akane buscando, tal vez, hacerse más daño.
Ranma
la miro de reojo y se sonrojó. Se encogió de hombros aparentando indiferencia.
—Asqueroso
—sentenció en una única palabra pronunciada con resentimiento.
Akane
contuvo la respiración y después soltó una risita que ocultaba el alivio.
—¿Qué?
—preguntó Ranma avergonzada—. Ni siquiera recuerdo bien lo que sucedió, me tomó
por sorpresa... y no quería que lo hiciera... ¡Ya deja de reírte, boba!
Pero
ella también dibujó una pequeña sonrisa, le gustaba que su amiga estuviera
alegre de nuevo, detestaba verla llorar.
—Somos
unas fracasadas —comentó Akane volviendo a apoyar la cabeza en el hombro de la
pelirroja—, pero no importa... Algún día encontraremos a una persona especial.
—Y
que valga la pena —acotó Ranma acercándose más y dejando la cabeza sobre la de
su amiga.
—Mientras
tanto, por lo menos nos tenemos la una a la otra.
—Es
verdad.
Akane
no quiso pensar en que se alegraba de que a Ranma no le gustara Shinnosuke.
Ranma
evitó pensar en lo bien que se sentía estar tan cerca de la otra chica, y
cuánto le gustaba su voz diciendo esas palabras. Sin embargo, el sentimiento ya
estaba dentro de ella, solo que aún no estaba lista para dejarlo salir.
.
.
.
.
Después,
Akane ya no tuvo dudas, un día cualquiera fue consciente y lo comprendió, pero
no fue una sorpresa, la idea no cayó sobre ella aplastándola o llenándole el
corazón de miedo; esta vez era distinto, estaba preparada y en el fondo lo
sabía desde hacía un buen tiempo. La amaba. Sí, así de esa manera profunda e
inexplicable en que se quiere y desea a otra persona, de esa forma en que las
historias o los dramas de la televisión decían que un día amaría a un hombre.
Solo que ella lo sentía por una mujer.
Complejo
y simple a la vez, pero era la misma clase de amor que recordaba haber visto en
sus padres, una emoción poderosa, un sentimiento que los llenaba de felicidad
cuando estaban en presencia del otro. Ella también lo sentía con la misma
fuerza, ¿qué importaba que la forma del cuerpo no fuera la esperada?, ¿qué
importaba que la biología las hubiera hecho mujeres a las dos?
Cuando
se preguntó cómo había pasado no pudo decirlo, solo sabía que Ranma se había
ido metiendo en su corazón de a poco, sin pretensiones, sin engaños, brindándole
su amistad sin esperar nada a cambio.
Pero
¿qué iba a hacer ahora? ¿Cómo iba a mirarla a los ojos? No creía que Ranma se
sintiera igual, más aún, no creía que pensara en absoluto en el amor o esas
cosas, se había puesto en la mente la meta de ser la mejor artista marcial, de
llegar un día a heredar todos los saberes de la Escuela de Combate Libre y
continuar su enseñanza, y parecía tener cabeza solo para eso. Además, Akane
sabía que nunca podría corresponderla, que su cariño era el típico de la
amistad, todo lo que habían compartido no tenía otro significado para ella.
Solo
le quedaba seguir viviendo así, intentar conformarse con eso, poder seguir
estando cerca y verla sonreír, tener la suerte de que sus ojos le devolvieran
la mirada cuando hablaban, continuar siendo su amiga, la persona en la que
Ranma más confiaba y a la que le contaba todo.
Pero
eso se complicaba cada vez más, le costaba controlarse y fingir enfrente de
ella. El verla cada día era como una herida, saber que estaba tan cerca pero a
la vez tan lejos; no podía evitar el sonrojo que le teñía la cara cuando
caminaban juntas a la escuela, o la sensación extraña en el estómago cuando
entrenaban en el dojo y estaban solas, como en su propio mundo, apartadas de
todo lo demás. Eso era algo tan personal que Akane empezó a odiar los momentos
en que de pronto aparecía Kasumi en la puerta, rompiendo la magia, avisándoles
que la cena estaba lista o que Nodoka había ido a buscar a su hija porque la
necesitaba para algo. Allí fue que comprendió que quería a su pelirroja solo
para ella y la ponía de mal humor tener que compartirla con la familia. Quería
algo serio, tener algún derecho sobre ella, no tener que pedir ningún permiso
para abrazarla y apretarla con fuerza en los días en que todo parecía ir mal y
ese solo gesto le sanaba el corazón. Quería escuchar su voz diciéndole que todo
mejoraría, quería tenerla cerca en la oscuridad y que le dijera que la quería,
que no la cambiaría por nada del mundo. Quería todas esas cosas que no haría
simplemente una amiga.
—¿Estás
bien, Akane? —le preguntó Ranma un día, mirándola atentamente.
—Mmm...
sí... ¿P-Por qué lo preguntas?
Ranma
se encogió de hombros con indiferencia y se puso las manos detrás de la cabeza,
pero volvió a detener su mirada en ella y la estudió un momento. Akane se fue
sonrojando de a poco y vio, o creyó ver mientras se miraban la una a la otra,
que el brillo en los ojos de su amiga cambiaba y el color azul se oscurecía.
—¿Tienes
fiebre? —soltó Ranma—. Estás muy roja.
Akane
rió tontamente tratando de apartarse, con el corazón latiéndole acelerado.
—No
es nada —replicó.
Se
puso de espaldas y fingió ordenar las cosas al otro lado del dojo, por lo que
no vio cómo su amiga se pasaba la lengua por los labios mientras seguía
mirándola. Ranma siguió todos sus movimientos con preocupación y finalmente su
semblante se oscureció mientras el corazón empezaba a latir más rápido a causa
del miedo.
Esa
misma palpitación resonaba en el pecho de Akane a unos metros de distancia,
como si estuvieran conectadas de algún modo. Con la cabeza bullendo de
pensamientos la jovencita intentaba serenarse. Estaba mal, eso estaba muy mal,
tenía que apretar los puños para acallar el deseo de tocarla, tenía que
controlarse para no acercarse más, a ese paso se delataría en cualquier momento
y no podía hacerlo: si hablaba perdería a su mejor amiga.
Tomó
la decisión que creyó correcta y empezó a evitar a Ranma, tontas excusas para
no tener que volver juntas desde la escuela, para que sus entrenamientos en el
dojo fueran más cortos, para no pasar tanto tiempo juntas. Excusas, excusas y
excusas. Pero el amor no se iba.
Lo
único que logró fue sentirse desdichada y que Ranma se alejara del todo. Se
mantuvo apartada de ella en el instituto y por días no se apareció por la casa
de los Tendo, tanto así que Kasumi interrogó a su hermana para saber si habían
discutido más fuerte que de costumbre.
Para
Akane era mejor así, más valía acostumbrarse ahora porque de todas formas nunca
podría tenerla.
.
.
.
.
Estaba
intentando concentrarse esa noche en hacer los deberes de la escuela cuando
escuchó unos golpes suaves en el vidrio de la ventana. Por un momento levantó
la cabeza y se quedó mirando las cortinas, creyendo que lo había imaginado,
pero se repitieron, y cuando abrió la ventana descubrió a Ranma trepada al
alféizar, con el rostro serio.
—¡¿Qué
haces ahí?! —exclamó Akane preocupada—. ¡Te puedes matar si caes de esta
altura!
—Tengo
que hablar contigo.
Akane
tragó saliva y asintió, se hizo a un lado para dejarla pasar dentro del cuarto.
Ranma vaciló un momento, todavía trepada a la ventana, dudando.
Finalmente
apoyó los pies en el piso y se deslizó al interior, dio un par de pasos mirando
alrededor, como si nunca hubiera estado en esa habitación, y después se volvió
a mirar a su amiga. Sentía que el corazón quería salirse de su pecho.
—¿Q-Qué...?
¿Qué ocurre? ¿De qué quieres hablarme a estas horas, Ranma? —inquirió Akane, en
un tono cortante de nervios—. Estoy... algo ocupada.
La
pelirroja pareció encogerse un poco con ese desaire.
—No
te preocupes, no te molestaré mucho tiempo —murmuró.
Bajó
un poco la cabeza y el flequillo hizo una sombra sobre el rostro que le impedía
verla. El corazón de Akane se sobrecogió como si le fuera a dar una mala noticia.
Se había dado cuenta. En ese momento
tuvo el presentimiento de que ella sabía y ahora se iba a acabar todo, ni
siquiera podría tenerla cerca como amiga. Se mordió el labio con fuerza,
esperando detener el nudo que se estaba formando en su estómago, mientras el
llanto se le atascaba en la garganta y le llenaba los ojos de lágrimas.
Ranma
dio un largo suspiro que hizo ondear los mechones del flequillo.
—Perdóname
—dijo con voz queda—. Perdóname, Akane, pero tengo que decirte esto, aunque
luego pierda tu amistad.
El
corazón de la chica Tendo se paralizó y sintió que todo alrededor de oscurecía.
Vio el sonrojo pintar las mejillas de su amiga y se obligó a seguir respirando
para escucharla hasta el final, antes de que ya no pudiera pensar en nada consumida
en el dolor.
—Te
quiero, Akane. Eres mi mejor amiga y no quisiera perderte... pero si no te lo
digo... —el pecho de Ranma subió y bajó en un rápido movimiento cuando tomó
aire—... Si no te lo digo voy a estallar. Lo siento, de verdad lo siento... No
puedo dejar de pensar en ti, pero de otra forma... Yo... me... me gustas... Te
amo, Akane —terminó en voz baja.
La
piel de Akane hormigueó con esas palabras, como ocurría desde hacía un tiempo
cuando podía estar cerca de Ranma, y la mente ardió envuelta en llamas, pero
aún se negaba a creer lo que estaba escuchando.
—Lo
siento, lo lamento de verdad —continuó la chica pelirroja—. Hay algo mal en mí,
estoy segura... es como si todo estuviera mal... Tendría que ser distinto, pero
no puedo...
Akane
dio un paso estirando un brazo, dispuesta a hacerla callar por decir tonterías,
y fue cuando vio cómo le temblaban los hombros. Entonces, Ranma, la chica
fuerte, decidida, luchadora, la que se reía de todo, la que nunca se quejaba de
los largos entrenamientos, la hermosa pelirroja a la que amaba, se derrumbó.
Agachó más la cabeza y sollozó cubriéndose el rostro con ambas manos, mientras
sus hombros se sacudían.
El
corazón de Akane se partió de pena. Se dio cuenta de que Ranma había acumulado
tanta angustia como ella, por meses, quizá por años, y era recién ahora que la
dejaba escapar.
Ranma
se secó el rostro con el dorso de las manos y levantó la cabeza mostrando por
primera vez sus grandes ojos azules brillantes de lágrimas.
—Sé
que debo estar enferma, hay algo malo en mí. No quiero que me odies... soy...
¡soy como un fenómeno! Tendría que ser distinto... Yo sé que no eres como yo,
sé que eres normal, y me duele hacerte daño. No quiero lastimarte, Akane, te
quiero demasiado —dijo entre lágrimas, manteniéndose con el rostro en alto,
enfrentándola—. Perdón... perdóname... Tenía que decirte... Aunque ahora me
odies...
Las
lágrimas de nuevo acumulándose en sus ojos y Akane ya no lo soportó, se acercó
para tomarle el rostro entre sus manos y obligarla a mirarla. Ranma se quedó
quieta, con los ojos agrandados de miedo y expectativa, estaba tan cerca que
tuvo que arquear el cuello y levantar la cara para poder mirarla.
—¡Basta!
—pidió Akane—. Deja de decir idioteces. No te odio, nunca lo haría, ¿me entiendes? No seas tonta, no hay nada malo en
ti, eres hermosa, perfecta y... y mucho más valiente que yo. Por eso te quiero
tanto, tu corazón es noble y fuerte... y yo soy una boba —sonrió, pestañeando
para alejar las lágrimas—. Ni siquiera sé por qué te gusto tanto, soy muy torpe
para declararme.
—¿A-Akane?
—Ranma tenía el rostro completamente encendido, pero aún la observaba con
atención.
—Yo
también... te amo... Ranma —y después sonrió ampliamente, sintiendo que de a
poco la invadía la alegría del alivio.
—Akane…
Se
echó sobre ella refugiándose en la suave curva del cuello con su hombro,
abrazándola con fuerza y llorando con tanta amargura que parecía un condenado a
muerte.
Akane
solo la recibió y aceptó, acariciándole la espalda, consolándola todo lo que
podía.
—No
te preocupes, Ranma, yo estoy contigo —le susurraba con dulzura una y otra vez
en el oído.
.
.
Se
quedaron toda la noche hablando. Atropelladamente, sonrojadas, entre risas y a
veces lágrimas, contándose todo lo que sentían y habían pensado; la charla más
sincera que tenían en mucho tiempo. Disfrutaron mutuamente de su compañía, una
en los brazos de la otra, amparadas por la oscuridad de la noche, hablando
entre susurros, atreviéndose por primera vez a acercarse tanto como para sentir
la suavidad de los labios de la otra.
Esta
vez cada gesto y cada caricia estaba cargada de un significado diferente y
ellas lo iban aprendiendo de a poco, con torpeza, intentando hacerse a la idea
de que en su relación todo había cambiado. Pero en el mundo de afuera no, el
prejuicio seguía existiendo, los insultos también, por eso era mejor callar y
ocultarlo de los demás, por eso decidieron guardar el secreto, hasta que supieran
qué hacer con todo lo que sentían. Hasta tomar una decisión.
.
.
.
.
En
el instituto nadie se dio cuenta de nada, las clases transcurrieron con
normalidad, con Ranma y Akane sentadas en sus lugares de siempre a dos bancos
de distancia la una de la otra. A la hora del almuerzo Ranma estaba un poco más
locuaz que de costumbre, e incluso compartió charlas sobre los deberes y los
exámenes que se aproximaban. Akane sonreía más de la cuenta, lo que no pasó
desapercibido para su compañera Sayuri, que se despachó con un comentario sobre
una supuesta reconciliación con Ryoga.
Ranma
comentó con indiferencia que si Akane volvía a hacerle caso a ese idiota,
entonces era más idiota que él, lo que degeneró en una de las típicas peleas
por cualquier tontería que tenían las dos artistas marciales. Eran intercambios
por ver cuál de las dos hacía el comentario más ingenioso y con doble sentido
que pudiera exasperar lo suficiente a la otra. Eso solo hablaba de cuánto se
conocían y de cómo habían elaborado una intrincada amistad con los años, pero
ahora, bajo el nuevo cariz que había tomado su relación, era otra manera de
buscarse y encontrarse. Antes se decían lo felices que eran de tener a alguien
en quien confiar y con quien poder practicar ese juego, ahora era una manera de
celarse como amantes y decirse que se amaban.
Nadie
captaba esa sutileza, por supuesto. Sayuri puso los ojos en blanco como siempre
y pensó «ahí van de nuevo».
Durante
todo el día los demás no notaron nada. En la heladería pidieron un cono de su
sabor favorito y se sentaron a una mesa igual que otras tantas veces,
saboreando la dulzura de la golosina y hablando sobre la escuela, el dojo, la
gente que veían cruzar tras la gran ventana del local. Ranma se entretuvo
hablándole sobre los nuevos capítulos de manga de esa semana y Akane hizo
algunas preguntas, aunque el tema no le interesaba demasiado, pero le agradaba
la manera en que los ojos de Ranma brillaban con entusiasmo. Observándola
descubría que le gustaba, y le gustaba mucho, la forma en que movía la boca
para hablar, o cómo se apartaba el flequillo que le caía sobre los ojos.
Para
las otras personas que estaban en el local ellas eran solo un par de chicas que
habían ido a tomar un helado después de clases, pero si alguien que las
conociera bien hubiera podido verlas en ese momento habría notado el cambio, la
manera cómo se miraban por encima de la mesa o la forma en que se sonreían. Esa
persona podría haber notado cómo en el camino de vuelta a casa caminaban muy
juntas, una al lado de la otra, y cómo sus dedos se rozaban de vez en cuando
entre un paso y otro.
El
sol descendía lentamente y las dos chicas tomaron por una calle secundaria
donde no había ni un alma. De pronto, Akane se acercó más y tomó la mano de la
pelirroja, entrelazando los dedos con los suyos. Ranma se sobresaltó y miró
rápidamente alrededor, después se sonrojó apretando más el agarre.
—Te
quiero, Ranma —dijo Akane lentamente.
La
otra ocultó la sonrisa de satisfacción y se acercó un poco más.
—Tonta
—replicó en un tono de reproche cariñoso, y después le sacó la lengua.
Akane
soltó una risita, estaba realmente feliz. Se soltaron las manos cuando faltaban
un par de cuadras para llegar al dojo Tendo.
.
.
—Sabes
que odio esto, Akane —comentó Ranma chasqueando la lengua.
—Yo
también —replicó la otra chica—, pero ¿qué otra cosa podemos hacer? ¿Estás
preparada para que todo el mundo lo sepa? ¿Eh?
La
pelirroja no respondió nada, bajó la mirada con tristeza. Akane se acurrucó más
contra ella y apoyó la cabeza en su hombro, Ranma estiró el brazo y la envolvió
por la cintura. Las dos estaban sentadas en el techo de una vieja construcción
a varias manzanas de sus casas, no era el lugar romántico que hubieran elegido
de ser otras las circunstancias, pero era lo que podían permitirse para estar
juntas y solas.
El
cielo nocturno brillaba sobre sus cabezas.
—Tengo
miedo de que Nabiki lo sospeche —continuó Akane—, si lo sabe se lo va a contar
a papá y no quiero pensar lo que dirá... o Kasumi —apretó los labios—. No
quiero que se enteren así, quiero poder explicarles. Es muy difícil de llegar a
entender...
—Sí...
se van a decepcionar de que te hayas fijado en mí —dijo Ranma levantando la
cabeza para mirar las estrellas que asomaban en el firmamento—. En realidad no
tengo nada que ofrecer... y lo único que sé son las artes marciales, no creo
que eso...
Akane
se enderezó para observarla mejor.
—¿De
qué cosas hablas? —preguntó frunciendo el ceño—. A mí no me interesa nada de
eso. Lo que quiero decir es que les costará entender que estemos enamoradas
siendo que... bueno ¡somos mujeres! —se sonrojó de repente ante la atenta
mirada de la otra chica—. No me digas que nunca pensaste en eso.
—Claro...
creía que lo mío era una enfermedad —respondió Ranma, después se pasó la lengua
por los labios—. Pero estos días... lo estuve pensando mejor. No soy rara. No
me gustan las chicas, solo me gustas tú.
—Ranma...
—murmuró Akane emocionada. Desde aquel día en que Ranma bajó todas sus defensas
para abrirle su alma y declararle su amor no había vuelto a hablar tan
directamente de sus sentimientos y era lindo volver a escuchar esas cosas de su
boca.
—No
me mires así —pidió la pelirroja avergonzada, apartando la mirada y retirando
su abrazo.
Akane
soltó una risita.
—Yo
tampoco... es decir —comenzó—, no creo que nunca me haya gustado realmente un chico, sí he pensado que
algunos son lindos —Ranma se tensó a su lado—, pero no creo haber estado
enamorada nunca. Tampoco de alguna chica... Si pienso lo que me ocurre no sé
describirlo, pero sé que es solo contigo, trato de pensar por qué o cómo pasó y
no encuentro explicaciones. Entonces pienso ¿por qué tengo que justificarme
tanto?, solo te quiero y ya. Eso es el amor.
Ranma
no quería delatarse ni que su compañera supiera cómo el corazón le latía
acelerado por esas palabras, y cómo sentía que el cuerpo se le abrasaba con un
calor inesperado. Akane sabía que la mejor respuesta era el silencio, ese
silencio cargado de emociones en el que estaban inmersas. Era en ese punto que
estaba más allá de las palabras donde la mente de Ranma perdía coordinación y
actuaba por instinto, igual que cuando practicaban las artes marciales y ella
sorprendía a la pelirroja con algún movimiento nuevo que la obligaba a crear un
contraataque.
Cuando
la tocó en la mejilla, Ranma se volteó a mirarla con los ojos luminosos y
alerta, las farolas de la calle proyectaban extrañas sombras entre ellas y
Akane no estuvo segura de lo que creyó ver en esa mirada, pero cuando se acercó
un poco más fue Ranma la que acortó la distancia.
—Yo...
yo... —murmuró sobre su boca, para vacilar solo un segundo antes de besarla con
ímpetu.
Cuando
se inclinó para besarla Akane la abrazó por el cuello, atrayéndola más contra
sí, pegándola a su cuerpo casi con desesperación. Ranma comprendió, porque ella
sentía lo mismo, que si estaban un momento separadas quizá nunca más podrían
volver a juntarse.
Era
como si se hubieran conocido en un mundo paralelo donde todo estaba cambiado,
donde debían ser solo muy buenas amigas, pero ellas hubieran roto las reglas
porque algo en su sangre les imponía estar juntas. Cada beso que se daban, cada
palabra de amor, era una transgresión, una grieta que se abría en esa realidad
que les había tocado vivir. Y esa pantalla terminaría por romperse en miles de
pedazos. Ranma lo temía y lo deseaba al mismo tiempo, el estómago se le
contraía pensando lo que ocurriría cuando los demás lo supieran, porque tarde o
temprano descubrirían que Akane y ella no eran solamente amigas, y no sabía
cuáles serían las consecuencias.
Pero
al mismo tiempo volvía a la boca de Akane una y otra vez, volvía a abrazarla y
perderse en el delicioso aroma de su cabello, acomodaba de nuevo la cabeza en
su regazo cuando charlaban por horas, pensaba constantemente en ella,
desafiando al destino y a los mandatos que decían que no estaba bien que estuvieran
juntas. Daba cada paso deseando secretamente que todo estallara y todos
supieran cuánto la amaba.
La
pasión y el miedo la empujaban a seguir adelante y se consolaba prometiéndose
que, pasara lo que pasara, siempre buscaría el bien para Akane, siempre haría
lo mejor para ella, daría su vida por defenderla. Siempre.
Pero
las cosas no eran tan fáciles. Estaba con ella todos los días, compartían
cosas, pero no era suficiente. Quería más. Quería que fuera suya, que la supieran como parte de ella
frente a los demás, que supieran que ella formaba parte de su vida. Que nadie
insinuara que algún chico «era ideal para Akane» o que «harían bonita pareja»,
porque Akane no necesitaba nada de eso, la tenía a ella y la tendría siempre.
Un
día escuchó a Soun y su padre hablando sobre ellas y cómo habían mejorado, cómo
un día podrían ser dignas de continuar con la Escuela. Ranma se emocionó de
verdad, pensó que eso era todo lo que podía desear, una vida tranquila en
compañía de Akane haciendo lo que más les gustaba a las dos, y transmitiendo a
otros los saberes familiares, los que para ellas eran importantes.
Pero
Soun Tendo agregó «lo serán cuando podamos encontrarles un esposo adecuado» y
el tonto de su viejo agregó que tenía que ser «alguien muy avezado en las artes
marciales». Ahí mismo se pusieron a discutir algunos nombres, los que Ranma
conocía, porque eran los estudiantes mayores y más avanzados del dojo.
¡Querían
encontrarles marido! La rabia estalló dentro de ella dejándola ofuscada. No iba
a permitir nada de esto. ¿Qué sabían ellos? ¿Qué sabían de lo buenas que podían
llegar a ser en el Arte? Se habían esforzado mucho, habían mejorado a puro
empeño y dedicación, ellas eran las
auténticas herederas del dojo. ¡Un extraño cualquiera no tenía nada que ver en
el asunto!
. .
.
.
—¿A
acampar? —inquirió Akane acomodándose el cabello detrás de la oreja—. ¿Y...
so-solas?
Ranma
asintió con seriedad.
—Es
que tenemos que estar solas —replicó.
Akane
volteó la cara simulando que observaba a los chicos jugar al fútbol en el patio
del instituto, pero en realidad solo ocultaba el tono rojizo que había empezado
a apoderarse de sus mejillas.
—A
acampar —repitió como en un trance.
—¿No
quieres? —Ranma frunció el ceño—. Lo hemos hecho otras veces.
—Claro
—la otra chica rió nerviosa—, siempre con papá o el tío Genma.
—Pues
creo que ya estamos bastante grandes para ir solas —insistió Ranma. Guardó
silencio por un momento y después agregó—: Además... hay algo que debo hacer y
solo puede ser si estamos solas.
A
Akane la recorrió un escalofrío imposible en ese mediodía cálido. Se volvió
despacio a observar a la pelirroja, turbada, y descubrió que también un sonrojo
le coloreaba el rostro.
—Por
favor... ¿me acompañas?
Terminó
asintiendo, aún nerviosa.
—Te
acompañaré.
Sin
embargo hacerse a la idea no era fácil. Akane pasó los días que faltaban para
el fin de semana preguntándose si Ranma y ella estaban de verdad preparadas
para «dar ese paso» y comprometerse absolutamente. No dudaba de sus propios
sentimientos o los de Ranma, sino de todo lo que pudiera pasar después. Aceptar
estar juntas de la manera más íntima que se podía implicaba también pensar en
el futuro y elegir estar juntas por todo el tiempo que viniera. ¿Y acaso había
futuro? ¿Podrían tener una vida juntas las dos? Nunca podrían ser una pareja del todo normal, para la sociedad
serían solo un par de raras, unas degeneradas, quizá; no iban a ser aceptadas
frente a los demás. Todo el «futuro» que les esperaba era un enorme cuesta
arriba de dificultades que ir salvando, sin embargo, Akane recordó la extraña
sensación que tuvo cuando se dio cuenta que estaba enamorada. Amaba a Ranma, de una manera tan fuerte,
además, que no le importaba nada de lo que pudiera suceder y estaba dispuesta a
enfrentarse a todos los inconvenientes si era a su lado.
Claro
que esos pensamientos no le hacían sentir menos nervios, pero al menos estaba
segura de tomar la decisión correcta y haber elegido con el corazón.
.
.
Las llamas de la fogata danzaban proyectando
unas sombras movedizas sobre la tienda de campaña. Las dos chicas estaban
sentadas una frente a la otra sobre las piernas dobladas, con la cabeza gacha,
inmersas en un silencio cargado de cosas no dichas.
—Aquí
estamos —comentó Akane, todavía sin levantar la mirada.
—Sí...
El
canto de los grillos se hizo estridente y las envolvió. No había brisa, el
tiempo parecía estar detenido.
—No
sé... cómo comenzar —dijo Ranma con voz suave.
El
calor le subió a las mejillas a Akane.
—Bueno...
yo tampoco —replicó—. Pero... pero estamos juntas en esto... N-no... no te
preocupes.
La
pelirroja levantó el rostro y la miró un momento antes de volver a hablar.
—Pero
tengo que hacerlo —sentenció.
Akane
tragó saliva.
—No
es necesario... si no quieres... Es decir, si no quieres no tienes que
forzarte... yo tampoco lo haría... O sea...
—¿Se
puede saber de qué hablas?
—De...
del motivo por el que vinimos aquí... Ranma, ¡no me hagas decirlo!
—¿Decirlo?
¿Y decir qué? —la pelirroja afiló su mirada—. Akane —dijo despacio—, ¿por qué
crees que te traje aquí?
Las
llamas se movieron con más fuerza cuando una tenue brisa se animó a colarse
entre ellas.
—Para...
para que e-estemos... estemos juntas.
—Juntas
—repitió la otra sin terminar de comprender.
—Juntas —recalcó Akane mirándola a los
ojos.
Las
dos se quedaron tan coloradas que era imposible decir que era solo por el calor
del fuego.
—¡¿Pensaste
eso?! —exclamó Ranma.
—Sí...
no...
—Pervertida.
Y
no pudo evitar sonreír de costado viendo el rostro arrebolado de Akane y su
esfuerzo por encontrar las palabras adecuadas.
—¡No
es así!... Yo solo... porque tú...
—Quién
pensaría que tenías todas esas cosas en la cabeza, ¿eh?
—Por
la forma en que me besas yo diría que tú también tienes muchas cosas en la
cabeza.
Se
miraron un largo instante, con los ojos bien abiertos y las mejillas coloradas.
—¡Akane!
—Eso
no te da tanta risa, ¿no?
—Basta
—pidió la pelirroja bajando la cabeza.
—¡No
te burles de mí!
—Quería
hablar de algo importante.
—Pues
habla —dijo cortante Akane, con vergüenza e indignación.
El
silencio fue profundo de nuevo y el canto de los grillos se intensificó.
—Se
lo conté a mamá —soltó de pronto Ranma, ya no podía aguantar tener dentro eso y
no revelárselo a Akane.
—¿Qué?
—Se
lo dije —afirmó y levantó la cabeza de a poco, avergonzada—. Iba a ser un
secreto, lo sé, pero... El otro día me preguntó algo y... y no pude parar de
hablar, tenía que contárselo. Además, ella me conoce mejor que nadie, se iba a
dar cuenta tarde o temprano, ¡es mi madre! De seguro tú también tenías ganas de
contarle todo a Kasumi —la acusó.
Akane
se quedó petrificada por la verdad de esa afirmación. Aunque sentía que su
hermana no iba a comprenderla quería compartir eso con ella, era verdad, quería
alguien con quien hablar del asunto. Apretó las manos sobre las rodillas y
después suspiró.
—Tienes
razón... no puedo culparte —dijo.
La
pelirroja la observó en silencio. No había hablado para entristecerla, era solo
algo más fuerte que ella que quería escaparse. Amaba a su madre y odiaba
preocuparla, y aquel día en que la miró y le preguntó si estaba bien ya no pudo
seguir fingiendo el por qué de su distracción constante. Era feliz con Akane,
porque la quería, y siempre estar cerca de las personas amadas era un
privilegio y una alegría, pero también había una gran tristeza cuando
comprendía que no parecía haber futuro. ¿Estarían siempre así? ¿Siempre
escondiéndose de todos, fingiendo? ¿Tendrían a la familia en contra?
—¿Sabes
lo que me dijo? —preguntó Ranma. Akane solo la miró, esperando que siguiera
hablando, y la pelirroja se sonrojó—. Dijo que lo sospechaba... Que no parecíamos
solo amigas, juntas de aquí para allá...
—¿Está
enfadada? —quiso saber Akane con el corazón en un puño, le había tomado cariño
a Nodoka Saotome y no quería pensar que ahora la odiaba. La reacción de la
mujer podría llegar a ser la misma que después tendría toda la familia.
Ranma
la observó en silencio un momento, apretando los labios, y después sacó todo el
aire de los pulmones.
—No...
tampoco puedo decir que está muy contenta. Supongo que es raro y tiene que
acostumbrarse. Yo también tuve que hacerme a la idea de que me...
No
terminó la frase. Akane asintió, apenada.
—Le
pedí que no le dijera a nadie, así que no te preocupes —añadió Ranma—. Los
demás no lo van a saber.
—Pero
¿y cuando lo sepan? —Akane se mordió los labios—. Cuando todos lo sepan , ¿qué?
¿Qué haremos? Y si... ¿si no nos dejan estar juntas?
—No
va a pasar. No puede pasar —Ranma sacudió la cabeza.
—¡Puede
pasar!
—¡Seguiremos
adelante, entonces! Esto es de verdad, Akane, ¿o no?
—Sí,
pero...
—Entonces,
será así.
—¿Y
si no lo permiten? ¿Si nos obligan a estar separadas, a dejar de vernos?
—insistió Akane.
—Nos
iremos —decidió Ranma arrugando el entrecejo—. Nos iremos juntas muy lejos.
—¿Qué?
¿Lejos?... ¿Lejos de todos?
—¡Sí!
—Ranma se apartó el pelo de la cara en un gesto brusco—. Te vas conmigo o te
quedas con ellos, ¡tú eliges!
Akane
abrió los ojos como platos.
—No...
no hagas esto, Ranma. No me obligues a elegir entre mi familia o tú. Es una
estupidez. No tenemos que hacer las cosas de esta manera, tú sabes que esto no
es lo correcto si queremos que nos tomen en serio.
—Pues
si no hubiera otra salida, tendríamos que hacerlo —dijo Ranma con energía,
apoyando una mano en el suelo y echándose un poco hacia adelante.
—No
digas tonterías —pidió Akane—. Yo sé que quieres a tus padres y no te gustaría
alejarte de ellos de esa manera, huyendo... ¿Y el dojo? No podemos dejarlo, nos
estamos preparando para ser las herederas de la escuela, ¿verdad?
—¡Fundaremos
otra escuela de combate! ¡Otro estilo! —replicó Ranma acorralada.
—¿De
qué rayos hablas? —insistió la otra con voz dura.
La
pelirroja la observó y después gimió de frustración, desordenándose el cabello
con las dos manos.
—No
sé, no sé. ¡Estoy nerviosa!, ¿de acuerdo?
—Yo
también, Ranma —Akane se acercó más, hasta poder acariciarle las mejillas y mirarla
atentamente a los ojos—. Pero estamos juntas, recuerda, y vamos a seguir
adelante.
A
Ranma le temblaron los labios, pero se contuvo y asintió. Su mirada se encendió
como una llama.
—Sí,
vamos a encargarnos del dojo. Lo lograremos. Si ellos no quieren...
insistiremos. Vamos a lograrlo. No podemos rendirnos, tenemos que demostrarles
que somos las únicas capaces.
—Las
únicas —repitió Akane.
Inspiró
hondamente y sintió cómo su pecho se llenaba de amor.
.
.
Ranma
apagó el farol y la luz se evaporó dentro de la carpa. Cuando se acostó sobre
el saco de dormir escuchó los movimientos de Akane a su izquierda, después
sintió la mano de ella buscando la suya. Se tomaron de la mano y así se
quedaron las dos, acostadas en medio de la oscuridad en silencio. Akane estuvo
unos minutos sintiendo la tibieza y suavidad de la palma de la otra chica.
—Gracias
por esto, Ranma —dijo después. La voz pareció extenderse y flotar sobre ellas—.
Es lindo poder estar así contigo... Ojalá todos los días fueran como este.
—Algún
día lo serán —replicó Ranma en voz más baja. El calor le subió al rostro en una
milésima de segundo y pudo percibir el cambio en la presión del agarre de
Akane—. Será mejor dormir, mañana nos espera un gran día.
—¿Un
gran día? —Akane sonó confundida—. ¿Por qué?
—Porque
vamos a entrenar. ¿Para qué crees que es este viaje?... y no me respondas eso, degenerada. Debemos ser las mejores
en el combate libre. Dijimos que nos haríamos cargo del dojo juntas, ¿o no?
—Sí...
—Akane pensó un momento—. ¿Así que vamos a entrenar?
—Tienes
mucho que mejorar —asintió Ranma—, tendré que encargarme.
—¿Yo?
¡Engreída! A veces eres insoportable.
—Y
tú una pesada. Amabas sabemos que soy la mejor, nadie me gana en habilidad,
agilidad, fuerza...
—En
no pensar antes de hablar, es ser una grosera...
—¡Oye!
No le hables así a tu maestra.
—¿Maestra?
Eso lo veremos mañana. Veremos quién enseña a quién.
—Mejor
duérmete porque tendrás que levantarte muy
temprano —recalcó Ranma.
—La
que siempre se pega a las sábanas eres tú.
Aflojaron
el agarre de a poco mientras se quedaban dormidas, hasta que se soltaron las
manos del todo.
.
.
.
.
El
silencio cuando llegó esa tarde a la casa de los Tendo era extrañamente
abrumador, lo que tendría que haberle llamado la atención desde el principio.
Siguiendo la costumbre de siempre, Ranma no entró por la puerta principal, dio
un rodeo por el patio y llegó a las puertas laterales, las que daban al jardín
y al estanque y normalmente siempre estaban abiertas en esa época del año.
Ese
día no.
Ranma
frunció el ceño y apretó un poco más la correa del bolso deportivo que le
colgaba del hombro. Era raro.
Volvió
a girar alrededor de la casa. Podría haber ido directamente al salón de
prácticas y no habría problemas, pero prefería cruzarse con alguien primero y
al menos decir «hola», hacer notar su presencia y mostrar que estaba allí. Por
más cómoda que estuviera en ese lugar, no era su casa.
Llegó
a la cocina y por la ventana vislumbró a las tres hermanas Tendo, estaban casi
hablando al mismo tiempo y en cuanto ella dijo un simple «hey» se volvieron a
mirarla. Y se quedaron quietas mirándola como si fuera una aparición, Nabiki y
Kasumi tenían un gesto de curiosidad, pero lo que captó la atención de Ranma
fue la cara de velorio de Akane.
La
chica salió de la cocina y, tomándola de un brazo, la arrastró hasta el
estanque.
—Ranma...
Ranma, lo saben —murmuró mirándola con angustia—. Mi papá... y el tuyo...
¡Todos!
La
pelirroja acusó el golpe de la noticia y entrecerró los ojos.
—¿Nabiki?
—preguntó con voz áspera.
—No.
¡Fue tu mamá! —exclamó Akane con la misma incredulidad que cuando se había
enterado. Ranma se puso pálida—. Cuando llegué Kasumi quería hablar muy
seriamente conmigo sobre... sobre nosotras. Estaba muy preocupada. Me dijo que
nuestros padres están reunidos en el dojo.
Ranma
dejó caer los brazos, el bolso se precipitó al suelo.
—Nos
esperan ahí —agregó Akane, y en su mirada se veía la indecisión.
—¿Qué
vamos a hacer? —indagó Ranma unos segundos después.
—Ir.
No nos queda otra opción —había firmeza en la voz de Akane, pero por dentro
sentía miedo.
Ninguna
de las dos se movió, sin embargo, y continuaron mirándose a los ojos.
—¿Ahora?
¿Tiene que ser ahora?
Akane
asintió. Ranma también.
—¿Qué
dijeron? ¿Qué dijeron tus hermanas?
La
otra chica casi sonrió.
—Nabiki
solo piensa en lo decepcionados que estarán los chicos del instituto. Y
Kasumi... —bajó los ojos—. Creo que no le gusta nada. Dice que tal vez si mamá
hubiera estado aquí... cree que es su culpa, que no pudo hacer lo suficiente
por Nabiki y por mí. Pero trata de aceptarlo, me quiere y a ti también, estoy
segura que después se acostumbrará.
—¿Lo
crees?
—Sí.
—¿Y...
nuestros padres?
—Solo
hay una forma de saber.
Ranma
sacudió la cabeza.
—Pase
lo que pase...
Se
interrumpió, mirándola, esperando la confirmación del otro lado.
—Sí,
Ranma, seguiremos adelante.
Era
lo que siempre habían hecho. Eran luchadoras natas.
.
.
Las
puertas de madera del dojo se abrieron con un ruido estridente. En todos los
años que Ranma había abierto esa puerta nunca se había dado cuenta que chirriara
de esa forma. ¿No lo había notado? ¿O era que ahora todas las sensaciones
estaban exacerbadas? Se sintió frágil, se sintió más bajita y menuda que nunca,
frente a ella sus padres y Soun Tendo estaban sentados como jueces, con
expresión seria.
El
estómago le dio un vuelco, hubiera preferido mil veces salir corriendo, pero
tenía los pies como imantados a la duela. ¿Quizá no le respondían? ¿Había
dejado de circular la sangre? ¿Entonces cómo iba a hacer para avanzar hasta
donde estaban los adultos?
Inspiró
y sintió el cuerpo de plomo. Se obligó a andar, entonces hubo algo más que se
introdujo por la barrera del miedo, pudo percibir el calor del cuerpo de Akane
a su costado y notó los dedos helados de su mano entrelazándose con los suyos.
A los nervios se le sumó la pena de que las vieran así tan juntas y el sonrojo
le pobló las mejillas. Pero también sintió más ánimo, que un peso se deslizaba
de su cuerpo y le daba más libertad de movimiento, era como si ahora
compartieran la carga, ella y Akane, porque eso les concernía a las dos.
Estaban juntas.
Un
paso tras otro, y se sentaron despacio en el piso. Akane vio como su padre
empezaba a llorar a mares al mirarla y aunque había esperado esa reacción, no
pudo evitar sentir vergüenza ajena, y cierto fastidio.
—¡Hija
mía! ¿Es verdad? ¿Acaso es verdad? —le preguntó entre lágrimas.
Akane
no respondió, demasiado avergonzada, ni siquiera sabía qué decir o cómo
decirlo. ¿Cómo podía explicar? No había forma, solo Ranma y ella, que lo habían
vivido, podían entender lo que se sentía.
—Lo
siento... papá.
Genma
Saotome se mantenía con los ojos cerrados y los brazos cruzados en el pecho. Su
esposa, sentada en medio de los dos hombres sobre un delgado almohadón, tenía
las manos juntas sumisamente sobre el regazo y mantenía los ojos bajos. Ranma
la miraba con insistencia, intentando comprender por qué le había hecho eso,
por qué había hablado cuando ella le pidió que callara, que guardara el
secreto.
—No
lo entiendo, Akane, no lo entiendo —repetía una y otra vez Soun—. Mi querida hija...
—Y-yo...
yo no puedo explicarlo, papá. Perdona... Pero es la verdad. Yo... nosotras...
El
señor Saotome continuaba estático. De su parte no había reproches, no había
gritos, no había preguntas. Ranma sintió su herida más abierta que nunca, tal
vez ella le importaba tan poco que ni siquiera se podía enfadar. Tal vez le
daba igual lo que pasara.
No
quería creerlo. Ella era su hija y en algún punto lo conocía bien, la postura
erguida y de apariencia imponente era una pose, lo sabía; observó la mueca casi
imperceptible que hacía con la boca y el ceño fruncido. Estaba pensando en
algo, le estaba dando vueltas al asunto, Ranma casi podía ver los engranajes
girando en su cabeza, podía leerlo como un mapa. Estaba tomando una decisión,
aunque no podía decir qué tipo de sentencia daría. Intentó frenar esos
pensamientos mientras apretaba con fuerza la mano de Akane y seguía escuchando
los reclamos del señor Tendo como una letanía de fondo.
Nodoka
Saotome levantó los ojos mientras el padre de Akane continuaba murmurando entre
lágrimas, y observó directamente a su hija, con una mirada límpida que no
escondía nada. Ranma se sobresaltó, no había culpa ahí, ni reproche, no la
estaba juzgando, solo había calidez. En ese momento era como si la acompañara,
como si le estuviera susurrando que todo eso tenía que pasar, pero que no
temiera lo que pudiera venir después.
—¡¿Acaso
no entienden que nunca podrán darnos descendencia?! —exclamó Soun casi en un
aullido de dolor, sorbiendo por la nariz.
Akane
se enfureció, la rabia le hizo llenar los ojos de lágrimas. Los cerró, no
quería ver la decepción en el rostro de su padre, y luchaba para que no saliera
a flote la culpa que sentía, la que se escondía tras el enfado.
—¿Es...
es tan importante eso? —preguntó Ranma con la boca seca. Su rostro era la
imagen de la ingenuidad.
—Papá
—comenzó Akane tratando de dominarse—, tengo otras dos hermanas que algún día
te darán muchos nietos —afirmó.
Las
lágrimas continuaron. Ranma se quedó congelada, sumida en sus propios
pensamientos. Ella no tenía esa solución, no tenía hermanas o hermanos. ¿La
odiarían mucho sus padres a partir de ahora?
—Hija...
creo que se están precipitando demasiado. Son muy jóvenes, quizá en un tiempo
piensen distinto, puede que incluso olviden que...
Fue
demasiado. Ranma retiró lentamente su mano de la de Akane y observó con
seriedad a los adultos sentados frente a ella. Reparó largamente en los ojos de
su madre, que la observaban de una forma en que nunca lo había hecho.
—Piensen
lo que quieran —replicó interrumpiendo a Soun Tendo—. Esto no va a cambiar, no
vamos a dejar de amarnos... —se le inflamó el rostro en un rojo fluorescente—.
Al menos yo nunca voy a cambiar de opinión.
—Ninguna
de las dos —agregó Akane con sencillez.
Y
no hicieron ningún movimiento, no se sonrieron ni se miraron a los ojos, no
volvieron a tomarse de la mano, pero estaban más unidas que nunca. Nodoka pudo
ver, al igual que los otros dos hombres, que las dos chicas estaban
determinadas y serenas. Convencidas.
—¡Ranma!
—gritó de pronto Genma poniéndose de pie de un salto.
La
chica se sobresaltó y solo pudo mirarlo con recelo, esperando cualquier grito,
cualquier palabra... hasta quizás un golpe. Akane pasó saliva con el alma en
vilo, preparada por si tenía que intervenir y defenderla.
Ranma
y su padre se sostuvieron la mirada por largos segundos angustiantes, Nodoka se
acomodó sobre el almohadón en el suelo y las gotas de sudor resbalaron por la
sien de la pelirroja.
Soun
Tendo miró a su hija y después cerró los ojos despacio, en un gesto de
resignación. Akane supo interpretarlo porque conocía cada uno de los gestos de
su padre, y el corazón se le balanceó en un abismo mientras esperaba que el tío
Genma abriera la boca para hablar.
—¡De
pie, Ranma! ¿Qué esperas? —bramó con autoridad el señor Saotome—. ¡De pie! No
puedes holgazanear, debes entrenar y ser la mejor, no aceptaré otra cosa.
Ranma
se levantó tambaleante sin saber qué decir, pasó la vista de su padre a su
madre una y otra vez, y después miró a Akane intentando encontrar un poco de
sentido común.
—¡Tú
también, Akane! —ordenó Genma, y la jovencita se apresuró a hacer lo que le
decía—. A partir de ahora nada será sencillo —comentó el hombre acomodándose
los anteojos—, pero como herederas de la Escuela de Combate Libre deben
soportarlo y pasar un riguroso entrenamiento. Comenzaremos inmediatamente. ¡Y
sin protestas!
Genma
se inclinó en una reverencia. Ranma y Akane se miraron desconcertadas.
—¡Saluden
apropiadamente a su maestro! —se quejó el hombre desde su posición—. A partir
de ahora quiero disciplina y mucho trabajo duro.
Nodoka
Saotome dejó que una pequeña sonrisa asomara a su rostro por un par de
segundos. Nadie la vio.
.
.
.
.
En
la quietud de la noche, Ranma podía escuchar con claridad las voces que venían
desde la sala de la casa. Todavía se oían algunos sollozos de Soun Tendo y
también los de su propio padre, que murmuraban sobre la vida y el destino entre
sorbo y sorbo de sake. Ranma no sabía si el llanto era de tristeza o
resignación, aunque su madre había afirmado sonriendo que esos hombres eran muy
sensibles y así expresaban la alegría al saber que sus hijas eran felices.
Se
escuchó un agudo lamento y Ranma torció el gesto, pero después sonrió pensando
en lo que comenzaría a partir del día siguiente. Su padre podía ser un idiota
que evadía responsabilidades siempre que podía y que intentaba lavarse las
manos y hacer su vida lo más cómoda posible, pero nunca bromeaba cuando se
trataba de artes marciales. Había prometido entrenarlas a Akane y a ella para
que se convirtieran en auténticas herederas del saber, y Ranma estaba segura
que cumpliría su palabra. Era emocionante pensar en todos los desafíos que
vendrían, no podía esperar para comenzar a probarse a ella misma y superar sus
límites.
Suspiró
de pura satisfacción y volvió a concentrarse en las voces de más abajo. Kasumi
le estaba aconsejando a su padre que dejara de beber y Nabiki se reía del par
de hombres comentando «piensen que por lo menos ahora las escuelas estarán
juntas como querían, ¿no?».
¡Nunca podrán darnos descendencia!
La
exclamación cayó de nuevo sobre ella dejándole un peso de tristeza encima, y
podría haber llegado a opacar la alegría anterior si no fuera porque la voz de
Akane penetró en su cabeza, salvándola.
—Me
dejaste sola allá abajo —le reprochó.
Ranma
levantó la mirada y la observó, ahí de pié en el techo, con una mano en la
cintura y el entrecejo ligeramente fruncido.
—La
peor parte pasó —comentó Ranma.
—¿Tú
crees? —Akane chasqueó la lengua—. Presiento que me espera una larga charla con
Kasumi.
—Y
a mí con mamá —aseguró Ranma de mala gana.
—No
va a ser fácil para nadie. Ellos...
—Tendrán
que acostumbrarse —dijo Ranma con energía.
Akane
dudó y la otra chica la observó atentamente desde su posición.
—¿Recuerdas...?
¿Recuerdas cuando dijiste aquello de que tuvimos suerte? Que si alguna de las
dos hubiera sido hombre nos habrían obligado a casarnos...
Ranma
aspiró largamente y después asintió.
—Ya.
¿Qué más da? —se encogió de hombros.
Akane
sacudió la cabeza lentamente.
—Todos
podrían ser mucho más felices —reflexionó.
—No
se puede vivir así —sentenció Ranma de pronto—, tratando de hacer feliz a los
demás. ¿No eras tú la que siempre me decía que en realidad yo quería a mi
viejo, y que por eso deseaba demostrarle que podía hacer todo?... Pues tenías
razón —admitió avergonzada—, hacía todo eso para lograr que me demostrara su
afecto, pero... hoy me di cuenta que tal vez él iba a estar orgulloso de mí si
yo luchaba por lo que quería y era feliz. Me parece que está bastante feliz por
mí... debe quererme, ¿cierto?... Eso creo —agregó incómoda, rascándose la parte
de atrás de la cabeza.
—¡Claro
que sí, Ranma! —insistió Akane—. El tío Genma te ama mucho, está brindando por
ti y está muy feliz.
—Ah,
no, eso es solo porque puede beber gratis a costa de tu padre —rió la
pelirroja. Después la miró con seriedad—. Así que ya deja eso de «ser hombre»,
no quiero ser hombre, ¡estoy bien como estoy!
Akane
sonrió.
—Tú
tampoco... tienes que cambiar —comentó Ranma después de un momento, con los
colores en la cara.
—¿Y
si hubieras sido...? —la chica vagó la mirada por el techo—. ¿Crees que
hubiéramos... que nosotros hubiéramos...?
Las
miradas se encontraron y las dos mujeres se entendieron sin necesidad de
palabras, como muchas otras veces.
Ranma
asintió.
¿Que
si igual le hubiera gustado? ¿Que si igual la hubiera amado? Sí, estaba segura
que sí. Aunque reencarnara en un gato se enamoraría de ella.
—Oye
—dijo Ranma de pronto—, ¿qué haces ahí de pie? Ven conmigo —estiró la mano
hacia ella.
Akane
se acercó despacio. Alargó el brazo y tocó los dedos de su pelirroja, se
tomaron de la mano.
Y
ya no volvieron a soltarse.

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