Fanart de WX en pixiv
Mucho más amor
Hizo
todo el trayecto hasta Nerima a pie. Cuando llegaba a la puerta del restaurante
el sol comenzaba a asomarse por el horizonte, aún pálido como para dar
suficiente claridad al día. Los ojos de Shampoo no revelaban la tormenta que se
cernía en su interior, una parte de su pensamiento, quizá también de su corazón,
se había quedado en aquel bosque, en la tienda de campaña, junto al cuerpo
dormido de Mousse. Una parte de ella quería saber, ¿cómo sería cuando
despertara?, ¿habría alcanzado para borrar del todo su existencia de la vida
del muchacho? ¿Era tan fácil separar a dos personas que habían estado juntas
por tantos años?
Si
Akane Tendo, que no era más que una chiquilla boba e insignificante, una
prometida impuesta a la que Ranma apenas conocía, había podido revertir la
técnica y quitar su efecto, ¿no lograría Mousse otro tanto? Eran amigos a pesar
de todo, o por lo menos él había estado siempre ahí, a su alrededor, casi como
un perro fiel, ¿no tendría ella un poco de peso en su existencia? ¿No podría él
tener por una vez la fuerza para revertir una técnica amazona?
—Las
noticias no son buenas, por lo que veo —comentó Cologne en cuanto ella entró al
local.
La
anciana encendió las luces y observó a su bisnieta con atención, el cabello
despeinado, la ropa arrugada y desarreglada, el rostro pálido y cansado;
enormes ojeras adornaban su cara y los labios formaban una línea recta. Solo los
ojos parecían dar un poco de vida al cuerpo, por lo demás parecía un espectro
andando por el mundo.
—Fallé
—replicó Shampoo brevemente en chino, con la voz pastosa, sin ganas de agregar
más, pero sabiendo que tendría que contar todo a su bisabuela. Y así lo hizo,
con pocas palabras y sin extenderse demasiado en detalles.
Cologne
asintió lentamente.
—Comprendo
que quisieras quitar de en medio los obstáculos, y sé cuán persistente puede
ser Mousse... Nunca creí que tanto, en verdad.
Que fuera capaz de usar mis propios métodos para secuestrarte y llevarte
lejos es algo nuevo, me ha sorprendido. ¿Hasta dónde hubiera llegado si hubiera
tenido la oportunidad?, es lo que me pregunto —comentó la anciana pensativa.
Shampoo
frunció el ceño, parecía que su bisabuela aprobaba el comportamiento del chico
chino, y hasta le complacía.
—Bisabuela,
Shampoo tener que detenerlo. Mousse llegar muy lejos y arruinar planes de
Shampoo para tener a airen —acotó con enojo. Habló con terquedad en su japonés
maltrecho.
—Parece
que el muchacho se ha escapado de nuevo —suspiró Cologne—. Esa era
prácticamente nuestra última carta, ahora solo hay que rogar que el yerno no te
odie. Si viene a reclamarte, niega que tengas algo que ver en el asunto.
Shampoo
asintió lentamente.
—Por
lo demás... —continuó Cologne—. Ya veremos qué ocurre —dijo en un tono casi
misterioso dándose la vuelta.
. .
.
.
La
noche empezaba a descender lentamente sobre Nerima mientras Shampoo se
preparaba para abrir el restaurante al público. Terminaba de atarse el delantal
en torno a la cintura cuando vio aparecer una sombra al frente del negocio y en
seguida la puerta se abrió y Mousse entró como si nada al local, con la mochila
de viaje colgando de los hombros.
Shampoo
se puso por instinto en posición defensiva, endureció la mirada mientras el
corazón le saltaba en el pecho con entusiasmo. ¿No había funcionado? ¿Estaría
perdiendo destreza en la técnica?
Esperó,
conteniéndose, quería increparlo antes de que él empezara con los reclamos
histéricos y con sus gritos de amor desenfrenados. Esperó y siguió esperando,
pero el muchacho casi pasó por su lado sin mirarla.
—¡Mousse!
—exclamó de pronto, llamándole la atención.
Él
se acomodó los anteojos y la observó, todavía ensimismado, perdido en los
pensamientos que había venido rumiando todo el trayecto hasta el Neko-hanten.
Se sentía liviano, pero a la vez despojado, no tenía muy claro cuándo había
decidido ir a entrenar al bosque pero supo, cuando ese día abrió los ojos a una
nueva mañana soleada, que había terminado lo que fue a hacer. No quedaba más
remedio que volver al restaurante donde esa vieja momia lo explotaba, aunque
cada vez las razones para quedarse en Japón se desvanecieran y perdieran
fuerza, porque Cologne nunca lo entrenaría realmente, nunca le enseñaría
ninguna técnica secreta.
Ahora
tardó todavía unos segundos en quedarse absorto, pero lo hizo. La belleza de
Shampoo obró como siempre y el muchacho se quedó pasmado sin saber qué decir,
ante una mujer que nunca había visto antes, pero que lo interpelaba como si lo
conociera bien, y por un momento escucharla llamándolo de esa forma, con una
inflexión de molestia y exigencia, se había sentido casi normal, como si
estuviera en casa.
No
dijo nada. La chica tampoco. Estuvieron unos segundos en silencio, mirándose.
—¿Y
estas son horas de volver? —preguntó Cologne apareciendo de la nada y dándole a
Mousse con el bastón en la cabeza—. ¡Alístate! Te necesito en la cocina, vamos
a abrir—volteó a mirar a la chica—. Shampoo, ¿las mesas están listas?
—Sí,
bisabuela.
—¿Bi-Bisabuela?
—murmuró Mousse sobándose todavía el golpe.
—Es
Shampoo, mi bisnieta —anunció la anciana, luego volvió a arengar—. ¡A prisa, a
prisa! Los pedidos comenzarán a llegar. Mousse, ¡muévete!
Volvió
a darle con el bastón y, mientras el muchacho se perdía en el interior del
restaurante, se volvió hacia su bisnieta.
—No
te recuerda —dijo en voz más baja—. Está hecho.
—Sí
—murmuró Shampoo en respuesta, sin poder creerlo del todo.
—Ahora,
deshazlo —ordenó la anciana y le alargó un pequeño recipiente con una etiqueta que
decía «Nº. 119».
—¿Qué?
—Shampoo la miró contrariada—. Pero... pero, bisabuela, si yo...
—Deberías
saber que es una deshonra usar esa clase de técnicas en alguien de tu propia
raza. Es mejor arreglar esto ahora —dijo la mujer—, sin embargo, la decisión es
tuya. Lo que tenga que ser, será.
Shampoo
ocultó bien la botella de champú.
. .
.
.
Todo
siguió así, en una extraña normalidad. Mousse con su torpeza habitual y Shampoo
callando, expectante, guardando siempre en un bolsillo del delantal el champú
con el número 119, pero sin decidirse a usarlo. Más aún, desde que lo había
tocado supo que nunca lo usaría en el chico pato, tenía tal vez la secreta
esperanza de que al mirarla —de verdad, de frente, de cerca, con las gafas bien
puestas— él pudiera recordar solo. Era una posibilidad, a la vez deliciosa y
doliente, porque mostraría la innegable importancia de ella en su vida, pero
también lo llevaría a la desastrosa conclusión de lo que ella había intentado
contra él.
Por
un momento Shampoo pensó en el instante en que se decidió a emplear la técnica
shiatsu del olvido en Mousse, había tenido el corazón frío, sin indecisiones ni
molestias de conciencia. Y ahora vivía en vilo, sin poder apartar de su mente
que había traspasado los límites. ¿Qué la había impulsado en aquel momento a
actuar sin reservas? Sospechaba ahora que quizá la poción que había usado sobre
Ranma era la responsable y había repercutido también en ella. «La magia siempre tiene dos puntas»,
solía decir su bisabuela, el hechizo afectaba también a quien lo realizaba,
nadie salía indemne. Eso seguramente había liberado su crueldad y las ansias de
poseer a Ranma a toda costa, pasando por encima de cualquier obstáculo. Ahora
ya no estaba tan segura, si volviera a estar en las mismas circunstancias tomaría
otras decisiones, más aún sabiendo cómo la afectaría eso en el futuro.
Porque
ahora a los ojos de Mousse no era nadie, no la idolatraba, no vivía solo para
ella, y empezaba a sentirse insignificante; si nadie la requería, si nadie la
llamaba y la necesitaba, entonces no existía. Y no era bueno sentirse así, sin
confianza en sí misma no podría conquistar a Ranma y casarse como estaba
destinado a ser; necesitaba volver a reunir las fuerzas, sentirse importante,
la mejor. Tenía que ganar la batalla.
Shampoo
enderezó la espalda, se acomodó el cabello dejándolo caer sobre un hombro con
coquetería y se alisó la ropa. No estaba hecha para la derrota, no podía perder
nada, ni siquiera la atención de un torpe y defectuoso como Mousse.
. .
.
.
No
la miraba, apenas si a veces lo descubría estudiándola de reojo, como si le
resultara conocida, como si la hubiera visto en algún otro lugar antes pero no
lograra recordar dónde.
Shampoo
ardía de rabia. Había empezado a usar vestidos más cortos, más ajustados a su
figura, mucho más reveladores; los clientes aumentaron y el restaurante estaba
lleno a toda hora, pero Mousse no se percataba de nada. Lo que era peor, hacía
casi cuatro días que no tenía noticias de Ranma y él no había pasado por el
local.
La
frustración de Shampoo aumentaba.
Algunos
clientes se habían atrevido a un poco más que admirar su bello cuerpo desde
lejos y aventuraron una mano por lugares prohibidos, lo que les valió
instantáneos golpes, no solo de la ultrajada. De pronto Mousse estaba allí, no
se sabía cómo ni de dónde había venido, pero por azar del destino las gafas se
le habían caído hasta aterrizar delante de los ojos, donde debían estar, y pudo
apreciar la escena con inusitada claridad. No podía permitir que molestaran a
una señorita en el restaurante que él atendía, y menos si esa chica era la
bisnieta de Cologne. El altercado terminó tan rápido como empezó y los clientes
acabaron aterrizando en la vereda frente al local; a los pocos minutos todo
estaba tranquilo y los demás comensales seguían disfrutando de la comida.
Cologne
se asomó sobre el mostrador que dividía la cocina del salón con mesas y miró
con atención al muchacho chino por un momento. Luego continuó con lo que hacía.
—¿Está
bien, señorita Shampoo? —preguntó Mousse solícito.
Amable,
pero distante. La amazona se desesperó mordiéndose los labios, ¿acaso había
perdido todo el encanto? Esa misma mañana se había examinado desnuda frente al
espejo del baño, con mirada crítica y concentrada. Era hermosa. Tenía los
pechos generosos, la cintura estrecha, los músculos firmes, la piel suave y
perfecta, los ojos brillantes, los labios llenos, el cabello largo, abundante,
sano y fragante. Era hermosa, seguía
siendo hermosa. ¿Cómo era posible que Ranma no la deseara y que ella
tuviera que degradarse a conquistarlo con trucos y hechizos? Era femenina,
bella, llena de cualidades. ¡Pero ahora ni el estúpido de Mousse se volteaba a
mirarla! ¿Por qué a pesar de todo no se había enamorado de ella, aunque no
recordara nada? ¿Por qué no le traía flores y chocolates? ¿Por qué no estaba
incordiándola para que saliera con él? ¿Por qué?
—¿Señorita
Shampoo? —insistió Mousse al ver que ella no hablaba.
—Sí,
gracias —dijo con sequedad la chica, y se alejó.
Mousse
la observó un momento. Debería cuidarse más, con esa ropa tan llamativa y con
lo hermosa que era despertaría las pasiones masculinas más de una vez. Parecía
como si la muchacha no se diera cuenta de lo bella que era.
Mousse
se acomodó de nuevo los anteojos encima de la cabeza para estar más cómodo y se
sumergió en una nebulosa donde veía y distinguía solo lo necesario; donde,
además, no tenía que sufrir observando cómo la bella amazona le sonreía a los
clientes con buen humor y les hablaba con palabras agradables, mientras para él
solo tenía miradas hostiles y respuestas cortantes.
Era
inalcanzable para él: descendiente de una de las eminencias de la aldea, la más
anciana y sabia, la más respetada. Él era un aldeano común y corriente, fuerte,
sí, pero no tanto para igualar la estirpe guerrera de las mujeres amazonas.
Para tener una oportunidad debía vencerla en combate, pero ¿tendría
posibilidades? Mousse frunció los labios y se miró la mano, de dedos largos y
delgados, con la piel reseca por el detergente y las palmas ásperas. Quizá,
esforzándose mucho, podría tener una oportunidad, pero... con la maldición que
se había ganado al viajar a Jusenkyo... No, esa era una debilidad más. Si
Shampoo lo descubría de seguro se reiría de él.
Suspiró.
Por ahora seguiría soñando despierto con que ella era suya.
Shampoo
también soltó un suspiro al otro lado del restaurante, pero de irritación. Su
bisabuela le había prohibido pisar el dojo Tendo por varios días, así que
tendría que conformarse con desear que Ranma apareciera por allí. Pero a la vez
no podía sacarse la indiferencia de Mousse de encima, su silencio la asfixiaba,
tantos años en que había estado siempre ahí, detrás de ella, que ahora se
sentía sola. Y era absurdo. ¿Quizá como se habían conocido desde pequeños él no
había tenido más remedio que enamorarse de ella? Tal vez por costumbre, por
facilidad, porque no había nadie más cerca; Shampoo se enorgullecía de ser la
más hermosa de su pueblo, ninguna otra podía comparársele. Mousse simplemente
no tuvo opción.
Ahora
estaba liberado, ella no estaba en su mente llenándolo todo, entonces podía
elegir. Y no la había elegido a ella.
La
chica cerró los puños con fuerza, hasta clavarse las uñas en las palmas.
. .
.
.
Un
día terminaban de levantar las mesas a la hora de cerrar. Casi no hablaban
excepto para lo necesario, mientras se movían entre las mesas recogiendo platos
y tazones. Entonces, Mousse cometió un error fatal al tropezar, sumergido en la
nebulosa en la que prefería vivir, y tiró el resto de un tazón de ramen sobre
Shampoo.
Fue
el punto exacto en que la cuerda se tensó hasta el extremo, y después se fue
deshilachando hebra a hebra, mientras pasaban los segundos y el muchacho se
quedaba con la boca abierta, preocupado por lo que la chica le pudiera decir.
Apenado, no sabía cómo reaccionar, no quería enfadarla, ¡ella cuidaba tanto su
aspecto!, ella estaba siempre impecable y radiante. Se sintió más
insignificante que nunca, más «aldeano común y corriente» de lo que lo había
sido toda su vida.
Shampoo
inspiró con fuerza. El último hilo de la cuerda se deshizo.
—¡Pato
tonto! ¡Fíjate lo que haces! —exclamó en chino, exasperada, con la frustración
de tantos días acumulada en la garganta y en el pecho.
Mousse
abrió la boca para disculparse, con amabilidad y palabras suaves, como siempre,
pero se quedó estático. De pronto una luz se empezó a abrir paso en su cerebro,
débil como una llama que luchaba contra una ventisca.
—¿Cómo...
cómo me llamaste? —preguntó despacio.
Shampoo
se quitó a los manotazos el delantal empapado de sopa, furiosa y hastiada.
—¡Pato
tonto! ¡Pato tonto! Es lo que eres.
¡Mira cómo me has dejado la ropa!
¡Pato
tonto!
¡Tonto
Mousse!
¡Cegatón
inútil!
El
muchacho cerró los ojos y se llevó una mano a la cabeza, confundido, mareado.
—¡Eres
un inútil! ¡Nunca puedes hacer nada bien y...! —los reclamos de Shampoo se cortaron
en el acto cuando sintió que una mano de acero se cerraba alrededor de su
muñeca izquierda. Levantó la vista con fuego en los ojos, dispuesta a gritar
todavía más fuerte ante la osadía que había tenido el chico para tocarla de esa
manera.
Se
encontró a Mousse cerca, muy cerca de ella, los ojos miopes la escrutaban con
intensidad y el corazón de Shampoo se aceleró ante la verdad que eso implicaba.
Mousse se colocó los anteojos en su lugar.
—Shampoo
—murmuró con seguridad, en el tono de antes, cuando él era el tonto Mousse de
siempre, el que vivía para ella y se alegraba ante el menor gesto de afecto que
ella pudiera darle.
La
amazona ahogó una exclamación. La mano se cerró más en su brazo y en un
movimiento seco el chico la acercó más, la pegó a él, para mirarla mejor y en
todo detalle.
—Shampoo...
¿Shampoo? —y la pregunta fue formulada con rabia contenida.
La
chica tragó saliva. En un movimiento involuntario aferró la manga de la túnica
de él previniendo que se alejara, o tal vez para notar que era del todo real.
Él había vuelto, recordaba, pero sabía también lo que ella había hecho, no
conocía los secretos de la técnica Xi fa
xiang gao y nunca podría realizarla, pero sabía los efectos que producía,
conocía los pormenores como cualquier amazona. Shampoo se mordió los labios,
luchando contra el sentimiento de alivio y la extraña alegría que la invadía
sabiendo que Mousse era de nuevo Mousse,
el suyo, el que la amaba más allá de lo posible. Y ahora también el que la
odiaría por haberle hecho eso.
«Deshazlo», recordó
las palabras de su bisabuela, «es una
deshonra usar esa clase de técnicas en alguien de tu propia raza». Él
también lo sabía y ahora solo iba a despreciarla. El pecho de Shampoo subió y
bajó con la respiración agitada, en su ser se fundieron el miedo y la felicidad
a partes iguales. Los ojos de Mousse se achicaban a causa de los cristales de
las gafas y parecían misteriosos e inescrutables. Se miraron durante un minuto
entero el uno al otro, en el silencio del restaurante vacío casi en penumbras.
Los labios de Mousse se apretaron en una línea delgada, los de Shampoo se
abrieron como si fuera a decir algo, pero ningún sonido salió de su boca.
No
se soltaron, no se apartaron, no podían dejar de mirarse. Lucharon con la
mirada por un momento inquietante, eterno, hasta generar una energía
inexplicable. Shampoo sabía que solo debía haber frialdad en ese contacto, odio
y recriminaciones, después indiferencia. Ella no debía sentir nada, porque no
era posible que Mousse con su debilidad y sus defectos pudiera hacerle sentir
nada, pero allí estaba, moviéndose en su pecho un corazón latiendo cada vez más
rápido ante el pensamiento de que Mousse, el verdadero, estaba ahí otra vez, y
estaba cerca, y casi quería que estuviera aún más cerca. Y que ocurriera algo más.
Pero él nunca se atrevería, ni siquiera la rabia que parecía ir creciéndole
dentro le daría las agallas para transformar su impulso en algo más físico.
Algo
físico que ella deseaba.
Shampoo
apretó los dientes, le temblaban los labios y se horrorizaba de sus propios
pensamientos. Mousse respiró hondamente y entreabrió los labios para soltar el
aire; iba a hablar, iba a hacer la pregunta, así que la muchacha se le adelantó
con la respuesta.
—Era
la única manera —dijo en un susurro, no era necesario levantar más la voz para
que la escuchara dada la cercanía en la que estaban. En ese momento se dio
cuenta de cuánto miedo sentía a la reacción del muchacho.
Él
la soltó y la apartó tan de repente como la había acercado en primer lugar,
pero no se alejó de ella. Shampoo dio un respingo y se quedó mirando las marcas
rojas que la mano de él le había dejado en la muñeca.
—Yo
te amaba, Shampoo —replicó Mousse con la voz entrecortada.
Te amaba, en pasado, ya no.
Había perdido todo ahora. Ranma la trataba con indiferencia, no era probable
que tuviera otra oportunidad para conquistarlo, ni siquiera valiéndose de
magia. No podría cumplir con las leyes de la aldea y caería en la vergüenza. No
había podido conservar tampoco el amor que Mousse le tenía, lo había empujado tan
lejos y había usado con él tácticas tan despreciables que nunca la perdonaría.
La amistad que tan poco había valorado también se había ido para siempre.
—Te
amaba, y podría haber hecho cualquier cosa por ti —dijo Mousse apretando las
manos en puños.
—Mousse,
yo...
Pero
ella misma se interrumpió sin saber qué decir.
—Sabías
todo lo que significabas para mí.
Tragó
saliva.
—¡Era
eso o matarte!...
Lo
había exclamado casi con desesperación.
El
muchacho frunció el ceño. Era verdad, podría haberlo matado, y, para él que
conocía la falta de escrúpulos de las amazonas, significaba mucho. Casi una
declaración de amor.
De
pronto todo el panorama fue diferente para Mousse, volvió a mirar el mundo con
el convencimiento de siempre de que Shampoo estaba hecha para él, porque no
podía ser otro el partícipe de sus besos, el dueño de su cuerpo, el que
escuchara su dulce voz confesando amorosas palabras al oído. No, no podía.
No
podía otro sentir el fragante aroma de su piel y maravillarse de la luminosidad
de sus ojos. Nadie más podía recibir la bendición de su presencia, la insólita
felicidad de saberla cerca, el fuego quemando la piel y las entrañas al obtener
un gesto suyo, aunque fuera una mirada desdeñosa o un ceño fruncido.
Todo
en ella era hermoso y perfecto y había nacido para él, lo sabía; el erotismo de
su esbelta figura, la sensualidad de sus labios suaves haciendo una mueca. Todo
estaba ligado a él, que era de la misma raza, a él, que la conocía desde tanto
tiempo atrás, a él, su amigo y su todo siempre.
De
pronto, Mousse tenía esperanzas nuevamente. No permitiría que un extranjero se
la arrebatara, lucharía por lo que le correspondía y era suyo, por la dulzura
escondida en el corazón de su amada.
Porque
era suya, suya, aunque ni la propia
Shampoo lo aceptara.
Hubiera
podido sonreír al verla ante él tan hermosa y casi arrepentida por sus
acciones, y esa imagen le llenó la pupila y regeneró su corazón roto. Imposible
detener sus sentimientos o negarlos, ahora o en cualquier otro momento, estaba
loco, enfermo, ciego de amor por ella.
La
observó mejor y reconoció la congoja en su semblante, nunca la había visto tan
vulnerable, estaba buscando su perdón, que él le dijera que no le guardaba
rencor. Por un instante ahora él tenía el poder y la última palabra, Shampoo
estaba esperando algo de él, de nadie
más que él.
Se
regocijó entero. Después adoptó un aire por demás solemne.
—No
importa lo que hagas, no podría dejar de amarte —dijo lentamente, sintiéndose
gallardo—. Eres la única para mí, ya te lo dije.
Cuando
se volvió para irse, la tela de la túnica rozó los muslos de Shampoo, la piel que
su diminuto vestido no llegaba a cubrir.
—Buenas
noches —saludó el muchacho. Se alejó con pasos firmes y desapareció por la
escalera que llevaba a los cuartos en la parte de arriba del restaurante.
—Buenas
noches —replicó Shampoo controlando la voz cuanto podía.
Se
quedó un momento más en la casi penumbra del local cerrado. Se alisó la ropa y
se pasó las manos por el rostro soltando el aire varias veces en largos
suspiros. Por nada del mundo iba a llorar, «por nada del mundo», se juró
mientras se secaba furiosa las lágrimas.


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