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Nunca
La
mente de Kasumi Tendo despertó, al igual que cada mañana, exactamente a las
seis con dos minutos. No había domingo ni día feriado que retrasara el reloj
mental de Kasumi, y por supuesto tampoco podría hacerlo la fiesta por la boda
de su hermana que había sido precisamente la noche anterior. No, nada podía
contra años de rutina y costumbre. La mente de Kasumi Tendo estaba despierta.
Pero
ella no tenía la más mínima gana de abrir los ojos.
Mucho
menos de levantarse.
A
medida que la conciencia le llegaba en tímidas oleadas, también le venía en
ráfagas de pulsante sufrimiento el dolor de cabeza. ¿O sea que así se sentía la
resaca? Interesante... Sentía la boca pastosa y seca y el estómago revuelto,
daba la impresión que los ojos estaban sellados con pegamento, y tenía ganas de
seguir durmiendo por siempre. Debía recordar nunca volver a hacerle caso a
Nabiki.
De
pronto la mente de Kasumi Tendo tomó conciencia de una cosa por demás extraña:
estaba completamente desnuda bajo las sábanas. Nada de camisón, nada de ropa
interior, nada de nada. Desnuda. Pulcramente desnuda.
Y
como si, producto del alcohol, la mente de Kasumi Tendo se hubiera enlentecido
y pudiera manejar las situaciones de una en una, de pronto se dio cuenta que,
sobre su torso sin ropa, descansaba confiadamente un brazo igualmente desnudo.
Brazo unido a un cuerpo. Cuerpo que era de alguien... también desnudo, a juzgar
por el roce de pieles que experimentó Kasumi al mover levemente la pierna
derecha.
...
Bien.
Kasumi
abrió los ojos de golpe, y en seguida los volvió a cerrar cuando contempló de
lleno la claridad de la mañana y vio girar el mundo en ciento ochenta grados
viniéndose el techo al suelo. Respiró profundo tratando de controlar la
sensación de mareo y reordenó las ideas haciendo un esfuerzo.
Un
hombre (o eso esperaba por lo menos...) estaba con ella en la cama, ambos
desnudos. Tenía resaca y no podía recordar demasiado de las últimas horas, pero
era más que obvio lo que habían hecho. Le dolía cada centímetro del cuerpo.
Quería morir de vergüenza.
De
a poco, a medida que hacía funcionar su cerebro, le venían pequeños recuerdos
de la celebración, del ambiente alegre, de Nabiki incitándola a beber a la
salud de los nuevos esposos, de la música, la fiesta. En fin, botella de sake
que va, botella de sake que viene... la depresión porque su hermana menor se
casara antes que ella, una mano amable que se le acercó, un rincón oscuro
dentro de la sala, tanta soledad que solo buscaba a gritos un poco de compañía.
¡Si
tan solo pudiera recordar con quién había subido hasta su dormitorio!
«Por
favor, Kami-sama, que sea Tofu», rezó respirando hondamente.
«Que
sea Tofu, que sea Tofu, que sea Tofu...», repitió anhelante mientras se incorporaba
despacio en un brazo y giraba el cuerpo.
Volteó
a mirar.
No
era Tofu.
«Oh...
¡Caray!». Hay que tener presente que Kasumi Tendo no maldecía nunca, ni
siquiera en su pensamiento.
Levantó
una mano para arreglar su cabello despeinado y después se cubrió con la sábana
el pecho desnudo.
—Ejem...
—tosió con intención, para despertar al muchacho que dormía a su lado.
Al
observarlo un poco mejor más recuerdos venían a su conciencia: unas manos
demasiado atrevidas que le desabotonaban el vestido, un cuerpo fuerte que la
estrechaba, sus propios gemidos en la penumbra de la madrugada... Bien, bien,
suficiente de recuerdos.
—¡Ejem!
—intentó con más fuerza, al tiempo que tiraba de la sábana una y otra vez,
hasta que logró que el muchacho rodara de la cama al suelo.
Cayó
con un sonido sordo y ahogó un quejido. Se puso de a poco de pie, desorientado.
Kasumi
lo observó con los ojos bien abiertos y después parpadeó, apartando la vista de
su desnudez.
—¿Qué...?
—empezó a decir él.
—Esto
no puede saberlo nadie. Nunca —sentenció Kasumi con voz carrasposa, aún con el
rostro volteado.
—A...
A-ajá.
Se
escuchó el sonido del segundero del pequeño reloj que Kasumi tenía sobre la
mesa de luz.
De
pronto el muchacho fue consciente de su flagrante desnudez y empezó a buscar su
ropa precipitadamente entre las prendas esparcidas por el piso. De todas las mujeres
que había en la fiesta, ¿justo tenía que ser con Kasumi Tendo? Quería salir
huyendo de ahí lo más pronto posible.
Se
puso de nuevo de pie, cubriéndose lo mejor que podía con la ropa arrugada. Se
miraron un momento más a los ojos. Kasumi volvió a recordar las caricias
sensuales y los besos quemándole los labios, su propia voz suplicando que no se
detuviera.
—Nadie.
Nunca —repitió la muchacha con el
rostro sonrojado.
—Por
supuesto —concordó él abochornado. Y salió de la habitación rápido y sigiloso.
Kasumi
cerró los ojos gimiendo apesadumbrada.
¿Por
qué tenía que ser precisamente él?
—Oh...
Creo que necesito una aspirina —dijo en voz alta poniéndose una mano en la
mejilla.
«O
mejor dos».

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