Fanart de Jmo美術 en pixiv
[Esta es una historia escrita por Noham, continuando oficialmente mi fanfic Nunca]
Quizás
Kasumi Tendo alzó
el rostro para admirar la belleza de la ciudad. Bajo la luz tenue y cristalina
de la mañana, la neblina había retrocedido un poco pero no así el frío intenso
que helaba sus manos. El tren urbano apenas tenía pasajeros. Se puso de pie, y
con ternura se acuclilló delante del asiento continuo donde dormía una pequeña
niña, apenas una bebé, de tan sólo dos años. No quería despertarla, así que
comenzó a acomodar su ropa con cuidado; abotonó bien la diminuta chaqueta hasta
el cuello y cerró delicadamente la bufanda rosa con líneas blancas hasta sus
mejillas. Acarició el tejido preocupada por lo fina que era, pensó en que
después tendría que tejerle otra más gruesa. La pequeña comenzó a abrir los
ojos, uno tras otro, y sin despertar del todo estiró sus cortos bracitos hacia
ella. Kasumi respondió al momento cargándola en brazos, acomodándola sobre su
cadera, mientras que con la mano libre se colgó la correa del pesado bolso
sobre el hombro, y encima la segunda correa de cuero de la cartera. Ya cargada,
tomó con la mano una bolsa que la esperaba en el piso frente a los asientos.
Siguió la larga
línea de gente que cruzó el andén de la estación. Se detuvo detrás de un
oficinista en la escalera mecánica. Kasumi inclinó la cabeza, frotó su rostro
contra el de la niña y sonrió. La pequeña se acomodó taciturna en su hombro,
quedándose dormida una vez más, ocultando su pequeña nariz en el cuello
materno. Kasumi se acomodó otra vez al final de las escaleras, tirando un poco
de ambas cintas sobre su hombro, y sacudió el cuerpo para levantar el de la
niña como si ésta hubiera dado un pequeño brinco sobre ella, sosteniéndola un
poco más arriba.
Al salir el frío
lastimó sus piernas desnudas bajo el largo pero delgado vestido. Alzó la mano
soportando el peso de la bolsa que colgó de su muñeca, para tirar con la punta
de los dedos la bufanda de la niña y cubrirla hasta las orejas, donde juntó el
borde de la bufanda con el del gorro de lana cubriéndole casi completamente el
sonrosado rostro. La niña parecía un bulto inerte acomodada sobre el cuerpo de
Kasumi, con los cortos brazos colgando al dormir tan plácidamente que ignoraba
el ajetreado mundo que la rodeaba.
Llegó al edificio
de la institución. Cruzó la entrada y se detuvo abruptamente contra su
voluntad, cuando escuchó a otras dos mujeres murmurar apenas la vieron. Sacudió
un poco los hombros para disimular como si estuviera en realidad acomodando a
la pequeña sobre sus brazos y continuó hasta la entrada.
—Señora Tendo,
buenos días. Perdón, quise decir señorita Tendo.
Kasumi asintió con
un suave movimiento de cabeza a la mujer que la atendió dentro del edificio. A
pesar de la incomodidad que le provocó el error de la encargada, sonrió
plácidamente. Le entregó a la pequeña en sus brazos, la acarició con las manos
temblorosas al despedirse; pasó la bolsa a otra jovencita que la asistía y el
pesado bolso de mano. Intercambiaron algunas palabras llenas de amabilidad. Se
retiró con lentos pasos, como si le fuera difícil apartarse de su niña por tan
sólo unas horas. Allí, en la entrada, la esperaba otra mujer de rostro
dolorosamente rígido.
—Señorita Tendo,
siento recordarle que se encuentra atrasada en sus pagos. Si no puede ponerse
al día, le sugiero que busque otra sala cuna donde dejar a su pequeña. Lo
lamento, conozco todos sus problemas, pero hay más mujeres que necesitan de
este cupo y no podemos seguir ocupándolo; ésta no es una beneficencia, si me
entiende.
Kasumi asintió,
volvió a asentir, insistió en hacerlo hasta que su humilde sonrisa se congeló
en su rostro y sus ojos temblaron. La encargada adivinó la vergüenza de la
joven y suavizó un poco su semblante.
—Tiene hasta la
semana entrante. Le ruego que haga un esfuerzo, hemos sido muy pacientes por su
situación; le aseguro que no me agrada nada de esto, pero debo hacerlo.
Ella no le pidió
excusas, sabía que el problema era suyo. Disculpándose una vez más se acomodó
la cartera en el adolorido hombro y se retiró con rápidos pasos tras mirar el
reloj en la pared de la institución. Estaba atrasada en quince minutos.
.
..
Como cajera en un
supermercado, su amabilidad y disposición la hacían ser requerida por los
clientes. Pero su supervisor no compartía la misma buena opinión sobre ella.
Una de sus compañeras la llamó, parecía ser un asunto grave. Kasumi agradeció y
tras atender a un último cliente pidió disculpas al resto en la fila rogándoles
que ocuparan la caja siguiente. Una llamada la esperaba en el teléfono de la
administración. Ella contestó. Su calma se resquebrajó con cada palabra que
escuchó del otro lado del auricular. Cortó, nerviosa, pálida y temblorosa; y se
dirigió a la oficina del administrador.
—Tendo, ¿otra vez?
Cuando te contratamos no pensaba que fueras de esa clase de mujeres... ¡No, no
quiero excusas! Me importa un rábano que tu niña esté enferma. ¿Es que no puede
sobrevivir con un pequeño resfrío? ¿Y qué, es mi culpa que en esos lugares no
pueden tener a los niños porque están enfermos? —el administrador se frotó las
manos—. Escúchame bien, Tendo: llegas tarde casi todos los días, te vas apenas
cerramos y pides licencia a cada momento por culpa de tu niña. Esto es el
colmo, no puedo estar dándote libre a cada momento que se te ocurra inventarte
una excusa para holgazanear.
Ante cada reproche,
Kasumi inclinaba la cabeza un poco más. Al terminar de escuchar levantó el
rostro. Intentó sonreír, como siempre lo hacía, pensaba que ese hombre tenía
razón en casi todo: de él no era la responsabilidad que a ella le competía. Sin
embargo, suplicó, necesitaba partir.
—¡Ya me tienes
harto!, si quieres irte, puedes hacerlo. Pero no te atrevas a regresar. Aquí no
hay trabajo para mujeres perezosas como tú.
Kasumi inclinó el
rostro. Suspiró profundamente. Lo alzó otra vez para mirar a su jefe y le
sonrió con amabilidad pidiéndole otra vez que la disculpara por las molestias
que le había provocado. Cuando dejó la oficina se afirmó en un escritorio
cercano. Sentía que las piernas se doblaban contra su voluntad. Aspiró
profundamente antes de moverse y correr con cortos pasos en dirección de los
vestidores.
.
..
La puerta se abrió
y entró casi tropezando con el bolso que cargaba. La cartera se deslizó hasta
colgar de su codo, pero todo su interés estaba en sostener con firmeza el
enorme bulto en sus brazos, que era su niña envuelta en una gruesa manta. La
habitación era muy pequeña. La entrada estaba casi al lado de la pequeña
cocina, y frente a la cocina el baño. Al fondo se hallaba la habitación que era
el resto del departamento, con el piso cubierto de tatamis. Un gran ventanal
ocupaba la pared del fondo, tras dos cortinas cerradas. No tenía más
habitaciones, era un departamento muy pequeño y algo incómodo: pero el monto de
la renta era favorable. En el clóset guardaba la cama. Del techo colgaba una
base circular con su ropa lavada y todavía húmeda. No podía tenderla en el
balcón, no en invierno.
Acomodó suavemente
a su pequeña en el piso de tatami, envuelta en la manta. Encendió la luz
tirando del cordel en el centro del techo. Deslizó la mesa contra una esquina y
saco el colchón del clóset, y lo desenrolló extendiéndolo en el centro de la
habitación sobre el piso. Armó la cama con mantas extras por el frío y
rápidamente acomodó a la niña sobre las sábanas. Tuvo que cambiarla
completamente, la pequeña sudaba, había empapado sus ropas. La arropó en la
cama y fue por agua para refrescarla. Buscó en el botiquín del baño algunas
medicinas. El cabello largo y sedoso de otro tiempo, ahora caía revuelto por su
rostro cuando también sudaba pero de aflicción. Escuchó una tos, después otra.
Su niña no paraba de toser y con cada golpe el pequeño pecho parecía
desgarrarse por dentro. La acarició, frotó sus mejillas, intentó mojar un paño
húmedo para refrescar su rostro afiebrado. La besó. Al final, de rodillas, se
llevó ambas manos al rostro. Se sentía aterrada.
Una hora había
pasado y la fiebre en lugar de ceder, aumentó en la niña. Kasumi miró el
exterior, el frío era espantoso, pero no mucho mejoraba en el interior de su
departamento, ya que no tenía calefacción. Escuchó la tos otra vez, más
intensa, más angustiante. Y la respiración de la niña se tornó corta y
desesperada, con una pequeña voz que más parecía un silbido con cada bocanada
de aire que intentaba tragar.
—Mamá…
La escuchó susurrar
entre lágrimas, incómoda, llamándola, delirando. La niña no sabía el porqué
sufría y lloraba, ¿cómo explicárselo, si ella no tenía la culpa de nada? Y
destrozó su alma. Levantándola la abrazó contra su pecho.
.
..
Sentada en una dura
silla de plástico ella esperaba. Tras los cristales podía ver que la nieve
comenzaba a caer sobre la ciudad, blancos copos brillantes que se mecían
suavemente reflejando la luz de los faroles. De la misma manera ella mecía en
sus brazos a la pequeña, envuelta en una frazada. Sus propias manos estaban
blancas, un poco amoratadas por el frío ya que había olvidado sus guantes.
Igual estaba su rostro. Pero ella sonreía, con paciencia le susurraba una
canción de cuna y trataba de calmarla cuando se quejaba del dolor tras cada
tos. Se levantó y arrastró el extremo de la frazada por todo el piso que la
separaba desde las sillas hasta la recepción de la sala de espera. El hospital
se encontraba atiborrado de gente. La tos de su pequeña era una más entre
muchas, en especial en esos días de invierno que colapsaban los servicios de
urgencias.
Lo intentó una vez
más, con paciencia, con dulzura, con esa sonrisa que sentía era lo último que
quedaba de su persona; la última arma con la que podía luchar. Y recibió un
brusco rechazo.
—Espere su turno,
señora, ya se lo dije. ¡Nadie se muere por esperar cinco minutos, por Kami!
Regresó a su
asiento, sólo para descubrir que un muchacho que se frotaba la pierna,
seguramente producto de una caída, había ocupado su lugar. Esperó de pie, con paciencia,
ya lo había hecho por un par de horas, ¿por qué no cinco minutos más? Mecía
suavemente a su niña, le cantaba, le susurraba que tuviera también paciencia
porque mamá estaba con ella; mamá no la dejaría sufrir más.
Pasaron cuarenta
minutos. En su interior la joven mujer no estaba tan tranquila como intentaba
aparentar. Recordó a su propia madre, ¿qué habría hecho ella en su lugar?
"Mamá", murmuró; "mamá, ayúdame", suplicó resintiendo el
ardor de su garganta y la comezón en sus ojos cuando se humedecieron contra su
voluntad. Se sentía impotente ante cada ataque de tos de su niña que la
estremecía también a ella. Pero ella sonreía, tenía que hacerlo, era todo lo
que le quedaba, lo único que podía darle a su pequeña. Armándose de valor,
Kasumi regresó al mesón y lo volvió a intentar…
—¿Otra vez, señora?
Si su niña no tiene más que un resfrío. ¿Por qué no le da un antigripal y se
deja de esperar? ¿No ve que hay más gente que sí necesita ser atendida? Se lo
digo por su bien…
—Espere un momento
—un hombre de delantal blanco entró en la sala de espera y se dirigió
rápidamente hacia Kasumi.
—¿Doctor? —exclamó
la recepcionista, pillada por sorpresa.
Pero Kasumi no dijo
nada, no podía hacerlo, de intentarlo creía que ya no podría volver a sonreír y
se quebraría. Simplemente dejó que ese hombre examinara a su niña en sus
propios brazos. El médico tiró del borde de la frazada y observó el pequeño
rostro de la niña. La tocó con sus manos largas y delgadas. Kasumi sólo lo
miraba hacer, esas manos que se movían con seguridad le recordaron a alguien
más. Y en su dolor cerró los ojos pensando en lo que había perdido por un
pequeño error.
—¿Por qué no la
hicieron pasar antes?, esta criatura está ardiendo en fiebre, y apenas puede
respirar.
—Pero, doctor, no
pensé qué…
—¡Es increíble que
usted sea tan inútil! —bramó haciendo encogerse a la recepcionista en su
silla—. Señora —se dirigió a Kasumi al momento con cortesía y también premura—,
por favor, sígame, veremos de inmediato a su niña. Le pido disculpas por lo
sucedido; tuvo suerte que saliera para tomarme un descanso justo en este
momento —agregó mientras la guiaba al interior de la sala de urgencias.
Kasumi sonrió, por
primera vez en mucho tiempo con un poco de honestidad. No era suerte, pensaba
ella con infantil ilusión y un poco más de vida en su corazón, había sido
gracias a "su mamá" que la había escuchado.
.
..
Se encontraba a
oscuras. Debía ser ya de madrugada, pero el cielo se encontraba gris y la
primera nieve de la temporada que cayó durante la noche seguía acumulándose en
las esquinas. El frío era intenso aún dentro del departamento, pero a ella no
le importaba. Se las había ingeniado para superarlo, tapando la cama con mantas
extras, y sobre las mantas estiró la ropa más abrigada que tenía, acurrucándose
al lado de su pequeña. Con el codo en la almohada la observaba dormir, ahora en
paz, finalmente respirando sin dolor tras las difíciles horas que pasó durante
la noche. Acariciaba su rostro lentamente y también su cabello. Se parecía a su
padre. Sintió una punzada de dolor que agrió su sonrisa en tristeza, mas, se
repuso al instante por el amor con que esa niña la alimentaba salvándola de su
propia vergüenza: no vergüenza por haberla tenido a ella, sino por ser tan
incapaz de darle una mejor vida. No, esa niña era de ella y solamente de ella;
no la compartiría con nadie, menos impondría a la fuerza un amor y una
responsabilidad que para ella eran un privilegio. Se sentó con cuidado para no
despertarla ni destaparla, cubriéndose la espalda con una chaqueta sin salir de
la cama. La prenda aplastó parte de su largo cabello contra su espalda fría,
otra parte se deslizó por delante de sus hombros y colgó sobre su pecho. A su
costado, sobre el tatami, había una botella con agua, una pequeña mamadera y
las cajas de medicamentos que había comprado cuando ambas regresaron del
hospital cerca de la medianoche.
Llevó una mano a su
propia frente y la sintió ardiendo como sus mejillas. Le dolía un poco la
cabeza y sufría de escalofríos. Seguramente también se había resfriado. Sonrió
con optimismo, porque no había razón para dejar la cama, podría quedarse todo
el día con su niña. Ya no tenía un trabajo que la obligara a hacerlo.
Pero su sonrisa
contrastaba con las gotas de humedad que se deslizaron por su rostro y cayeron
sobre sus manos. De los medicamentes únicamente había podido comprar la mitad.
No sabía si le quedaba arroz, seguramente un poco de leche y huevos. Sabía que
tendría que ir una vez más a su ex empleo a exigir que le pagaran los días que
había trabajado durante ese mes. Necesitaba comprar la medicina faltante o su
niña volvería a enfermar. También debía ahorrar y ser mesurada con lo que le
sobrara mientras no pudiera conseguir un nuevo empleo; y ya era el tercero en
menos de un año que había perdido por la misma razón.
Quizás pudiera
volver…
Quizás, si pedía
perdón, si suplicaba, su padre no se avergonzaría tanto de tenerla otra vez en
casa.
Quizás, si no fuera
posible volver, a lo menos ellos podrían hacerse cargo de su niña y cuidarla en
el seno de la familia que es donde debía crecer; y ella trabajaría con mayor
empeño para mantenerla. Aunque le prohibieran vivir en la misma casa que su
amada hija: todo lo haría por ella.
Quizás, si
regresaba a Nerima…
Se llevó las manos
al rostro cubriéndoselo. Porque su deseo de dejarlo todo atrás, de esa misma
mañana abandonar la soledad y volver a la casa de la que había escapado para
evitar el sufrimiento que provocó por su error, chocó con la fría realidad. Se
había gastado todo el dinero en los medicamentos de su pequeña.
Por insignificantes
quinientos yenes no alcanzaba a cubrir un sencillo pasaje de tren que la
pudiera llevar de regreso a Nerima.
"Mamá",
suplicó otra vez; "mamá, mamá, mamá… ¿qué hago, qué debo hacer?"
Se escucharon unos
suaves golpes en la puerta. Era un sonido extraño para ella, nunca nadie la
llamaba a menos que fuera la dueña del edificio para cobrar la renta. Miró por
instinto el calendario, todavía no correspondía la fecha de pago. Volvió a
escuchar golpes, un poco más fuertes. Se levantó temerosa, calzó las pantuflas
y antes de alejarse, de rodillas al lado de la cama se preocupó de arropar muy
bien a su niña, acomodándole un pequeño mechón de cabello. Mientras arrastraba
los pies hacia la entrada, jalaba los bordes de la chaqueta al sentir que el
frío la lastimaba. Esperó con la mano en el seguro de la puerta. La superficie
se estremeció, cuando golpearon por tercera vez. Ella deslizó la cadena y la
entreabrió.
Tras la sorpresa
inicial, la abrió completamente.
—Kasumi… ¡Kasumi,
por fin te encuentro!
—¿Akane?...
—murmuró Kasumi, pudiendo escucharse a sí misma, y su voz más aletargada y
somnolienta por primera vez en mucho tiempo, como si la hubiesen despertado de
una terrible pesadilla.
Akane, su pequeña
hermanita Akane, ahora más madura y tan fuerte como siempre, la abrazó
cogiéndola desprevenida. Ni siquiera había podido separar los brazos de su
pecho cuando se vio atrapada, y tocada por un calor maravilloso que la envolvió
aunque se encontrara ante el gélido aire del exterior. La quemaba, la quemaba
como en los días en que había crecido y vivido en casa con toda su familia.
Alzó los ojos, con el rostro hundido en el hombro de Akane, la que balbuceaba
entre gimoteos cariñosas palabras que en su turbación no podía comprender. Allí
también se encontraba Ranma. El joven esposo de su hermana, tímidamente
avergonzado, se frotaba con fuerza la cabeza; pero la felicidad que irradiaba
al encontrarla era tan honesta como el amor que le profesaba también Akane.
—No sabes los
problemas que tuvimos para dar contigo —murmuró el joven, con esa brusquedad
tierna que todavía poseía para ocultar sus emociones.
A pesar del par de
años que habían pasado, ella escuchaba de labios de su hermanita, la pequeña
señora Saotome, cuánto habían hecho para que llegara ese momento; porque jamás
habían cesado de buscarla un solo día desde que se fue de Nerima.
Entonces un nuevo
ruido las interrumpió. Akane se separó de su hermana mayor confundida. Ambas se
miraron a los ojos cuando el sonido se repitió: era la voz de la pequeña hija
de Kasumi, que habiendo despertado llamaba a su madre desde el interior.
Y Kasumi empujó
ligeramente a Akane para correr a su lado. Esto descolocó un poco a la chica,
para luego sonreírse al comprender lo sucedido. Akane miró a Ranma, él le
respondió encogiéndose de hombros. El joven se acercó y abrazó a su esposa,
porque conociéndola, sabía que lo necesitaba para poder caminar en un momento
en que la emoción la superaba. Y juntos ingresaron al pequeño departamento
siguiendo a Kasumi, cerrando la puerta a sus espaldas.

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