Fanart de たま子。 en pixiv
Responsabilidad
El shinkansen avanzaba
velozmente. Kasumi, con la cabeza apoyada contra el vidrio de la ventanilla,
percibía la sutil vibración mientras observaba el paisaje que se deslizaba ante
ella. En el asiento frente a ella su hermana Akane dormitaba pero aún sostenía
firme a su pequeña sobrina que iba sentada en su regazo. La niña se distraía
jugando con Ranma, que en el asiento de al lado hacía morisquetas y le hacía
cosquillas para que el tiempo pasara más rápido.
En unos minutos
llegarían a Tokio, a su casa, y podría volver a ver a todos. Al principio
estuvo feliz de que Akane le propusiera volver con ellos, por primera vez en
mucho tiempo había sentido su corazón ligero; sin embargo, a medida que la
distancia hasta Nerima se acortaba sus nervios volvían a florecer. ¿Cómo sería
recibida por todos? ¿Cómo la mirarían al regresar? ¿Cómo reaccionaría su padre?
¿Qué dirían todos al verla aparecer con una niña? A ella, la mujer perfecta.
Kasumi, la que nunca rompía las reglas.
Pronto, muy pronto lo
descubriría.
.
.
La puerta de la casa
estaba abierta, Akane se apresuró a entrar, feliz, haciendo señas a los demás
para que la siguieran.
—¡Estoy en casa!
—anunció quitándose los zapatos y perdiéndose en el interior.
Ranma la siguió en
silencio, un poco más tranquilo que su esposa, y antes de ir a la sala se giró
a mirar a Kasumi y mostrarle una sonrisa para darle ánimos.
De pie ante la puerta
de su casa, Kasumi Tendo dudaba. De pronto estaba demasiado nerviosa y
avergonzada para entrar, no porque hubiera hecho algo mal al tener una hija
estando soltera, ya había sobrepasado aquel pensamiento y estaba orgullosa de
poder haber criado a su pequeña sola. Muchas veces antes había imaginado ese
momento, que volvía a casa, que de nuevo traspasaba aquellas puertas y andaba
por aquellas habitaciones tan conocidas, que se sentaba de nuevo ante la mesa
de la sala junto con los demás, su familia, sus seres queridos. Quiso volver,
de verdad quiso al principio, mientras aguantaba los dolores del parto; casi
sin dormir en los primeros días del bebé ¡cuánto extrañó a sus hermanas en
aquel momento! Y cuánto echaba de menos a su padre y su risa franca, su manera
de siempre ver el asunto de manera positiva y darle ánimos. Los había echado de
menos a todos y consideró seriamente volver a casa, pedir perdón por haber
escapado y aceptar la reprimenda. Sin embargo, al final habló su orgullo y
también su vergüenza y ya no pudo regresar a enfrentarlos a todos.
Al final Akane la
había encontrado, y en circunstancias tan adversas, además, que no pudo
rechazar su ayuda y finalmente estaba de nuevo en Nerima, allí en su casa.
Kasumi apretó a su
hija contra el pecho y avanzó despacio. Casi sin hacer ruido se sacó los
zapatos en la entrada y también descalzó a la niña. Afuera el sol brillaba, y
el interior de la casa, ligeramente más oscuro, la encegueció por un momento.
Anduvo despacio, siempre silenciosa, hasta que se encontró de frente a Nabiki,
que la estudió de pies a cabeza con ojos asombrados y al final reparó en la
niña.
—Ella es tu tía Nabiki
—le susurró Kasumi a su hija, y después la dejó en el suelo para que caminara.
La niña, sin embargo, no se movió de su lado y se aferró con las dos manos a su
falda.
Kasumi recibió el
abrazo afectuoso de Nabiki, que le dijo al oído:
—Tenemos tantas cosas
de qué hablar, hermana —y Kasumi pudo percibir ese humor en su voz, casi podía
imaginar su gesto de picardía.
La hermana mayor
asintió y dejándola un momento siguió caminando hasta la sala. Ranma y Akane
estaban sentados a la mesa; las puertas correderas estaban abiertas de par en
par. Kasumi se asomó al exterior, su padre estaba sentado en el entarimado que
daba al jardín, con las piernas dobladas y los ojos cerrados.
Kasumi le pidió a su
hija que se quedara un momento con su tía Akane y la niña, más habituada a
ella, obedeció; pero de todas maneras no dejaba de asomarse hacia afuera para
ver qué era lo que estaba haciendo su madre.
Kasumi avanzó despacio
hasta detenerse cerca de donde su padre estaba sentado; luego se sentó y al
final se inclinó en una profunda reverencia.
—Padre, por favor
perdóneme por haberme marchado —dijo.
Soun Tendo abrió los
ojos de a poco y giró la cabeza hacia ella, pestañeando.
—Kasumi…
—He vuelto, padre, si
es capaz de aceptarme en casa una vez más —siguió diciendo Kasumi. Sin hablar
informalmente como antes, y sin levantar la cabeza.
—Kasumi… —Soun se
movió hasta tocarle un hombro para hacer que se incorporara.
Su hija levantó la
cabeza para mirarlo a los ojos.
—Kasumi… ¿en verdad
has vuelto? —preguntó el hombre al borde de las lágrimas.
—Si es capaz de
recibirme —habló Kasumi con voz quebrada.
—Oh, hija mía
—lloriqueó Tendo mientras la abrazaba.
—Papá… —respondió
Kasumi a su abrazo con la voz quebrada.
Ambos se estrecharon
un momento entre lágrimas mientras los demás los miraban asomados desde la
puerta. La pequeña niña escapó al cuidado de su tía y buscó el refugio de los
brazos de su madre.
—Mamá…
Soun Tendo se separó
de a poco de Kasumi para mirar a la pequeña con gran asombro, para después
observar el rostro de su hija.
Ambos se miraron en
silencio, con las lágrimas aún en los ojos.
—Papá… es… —murmuró
Kasumi.
Akane se aferró al
brazo de su esposo nerviosa.
—Vaya… ¡soy abuelo!
—exclamó Tendo sonriendo de oreja a oreja.
Kasumi rio feliz y los
demás respiraron aliviados, dejando ir la tensión. Luego pasarían a la mesa,
para almorzar todos juntos, y Kasumi les contaría de sus duros años viviendo
sola y pasando de un trabajo a otro; los demás le contarían todo lo que había
cambiado en Nerima y en sus vidas desde que ella se había ido.
Entre risas, comida
compartida, algunas otras lágrimas y anécdotas, volvían a ser la familia de
siempre, un poco cambiada, pero sintiendo el mismo amor.
.
.
Unas semanas más tarde
Kasumi estaba barriendo la vereda frente a la casa, muy temprano en la mañana.
Le encantaba haber vuelto a realizar aquellas tareas que para ella eran
cotidianas, le había hecho muy bien volver a casa. Todavía tenía que lidiar con
las habladurías de los vecinos, y con las miradas que le dirigían los que
trabajaban en los negocios del barrio cada vez que iba a hacer las compras.
Ni su padre ni sus
hermanas habían indagado en detalles, solo Nabiki había insinuado que podía
contarle la identidad del padre de su hija si así lo deseaba, pero ante el
silencio de Kasumi ya no habló del tema. Ella aún no estaba preparada para
hablar, sin embargo sabía que estando allí en Nerima muy pronto sería
inevitable el reencuentro y aunque ella no recordaba casi nada de aquella
noche, de los detalles y de cómo había terminado embarazada, debía asumir todas
las consecuencias. Y parte de las consecuencias eran también informar al padre
de su hija de todo lo que había ocurrido en aquel tiempo.
Kasumi se detuvo de pronto
al ver avanzar hacia ella a alguien por la acera. Era una figura erguida,
imponente, con cierto aire señorial. Kasumi apretó el mango de la escoba con
las dos manos mientras su corazón se contraía.
La figura se acercó lo
suficiente para que Kasumi pudiera reconocer al hombre, que siguió avanzando,
hasta que sus ojos se encontraron. Él la miró atentamente y luego paseó la
vista por todo su cuerpo de forma rápida, Kasumi se sonrojó.
—Me han llegado
ciertos rumores —dijo él—. Creo que es necesario que hablemos.
Kasumi tragó. No era
posible que él… No, no dejaría que siquiera intentara llevarse a su hija. Era
el padre y lo comprendía, sabía que no podría ser irresponsable, su hija
necesitaba un padre y no era culpa suya que su madre fuera tan débil y hubiera
escogido mal; por supuesto que él debería formar parte de su vida de ahora en
adelante, pero no permitiría que se la arrebatara.
—No dejaré… que te la
lleves —murmuró Kasumi, con los labios temblando a pesar de intentar parecer
firme.
Los ojos de él se agrandaron
un momento, después los cerró y asintió apenas.
—Me gustaría verla —indicó.
Kasumi dudó un momento
y después tomó aire. Inclinó la cabeza e invitó con un gesto a Tatewaki Kuno a
entrar en su casa. Luego lo siguió al interior y cerró la puerta.

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