Ryoga
La
frustración y el desaliento lo dominaban. El fuego de la rabia lo quemaba por
dentro. Ya había perdido la cuenta de los días que hacía que vagaba por tierras
desconocidas detrás de aquel cobarde, de aquel imbécil que se atrevió a dejarlo
en ridículo tantas veces.
«Ranma».
«Ranma». «Ranma Saotome».
Lo
siguió por todo Japón, cruzó a China y perdió el rastro. Después el infortunio
cayó sobre él, ahora se había convertido en un fenómeno, en un ser repugnante
cada vez que lo tocaba el agua fría. Su vida se convirtió en un infierno, no
tenía salida, su mente era una llama ardiente que solo buscaba venganza.
«Ranma».
«Ranma». «Ranma».
Era
como un mantra que se repetía en su cabeza y lo hacía avanzar. Solo quería
matarlo con sus propias manos, hacerlo sufrir lo que él sufría. Merecía morir.
Pero
el destino se burló una vez más de él en la figura de un desconocido cualquiera
que encontró a un lado del camino. Era un muchacho delgado, de rostro
taciturno, que atendía un pequeño y desvencijado puesto de comida.
Acostumbrado
a preguntar a todos por indicaciones, realizó una vez más la pregunta de
siempre, y esta vez parecieron palabras mágicas. «Ranma Saotome». Cuando lo dijo,
el muchacho lo miró a la cara como reparando por primera vez en él. Sus ojos estudiaron
por un momento su rostro y después siguió preparando los okonomiyakis que
vendía.
Le
informó que Ranma Saotome había muerto.
Él,
con la rabia y la incredulidad a partes iguales dentro del cuerpo, se quedó de
pie frente al puesto, sin hablar, mirando la comida chisporrotear en la plancha
caliente.
El
cocinero siguió contando que se había encontrado con el padre del muchacho, que
parecía un muerto en vida, pero aún así lo reconoció de inmediato. Lo buscaba
porque tenía que arreglar cuentas con él, un asunto personal. Pero ahora ya no
tenía caso, además no quería importunar a un padre que había perdido a su hijo.
El
otro no reaccionó. El fuego de venganza se apagó con un viento helado dejando
solo rescoldos.
¿Muerto?
Imposible.
No
se resignaba, su búsqueda no había terminado, no podía acabar así. ¿Dónde
estaba el cuerpo?, ¿qué habían hecho con él? ¿Dónde estaba el padre para que le
contara la historia por su propia boca?
¿Dónde
estaba su rival? ¿Cómo podía continuar sin su contraparte?
Siguió
viaje, desorientado.
«Ranma».
«Ranma». «Ranma».
Siguió
buscando. Demasiados caminos, demasiadas direcciones y posibilidades. ¿Derecha?
¿Izquierda? ¿Qué significaban esas palabras? Los pensamientos se le enredaban,
empezaba a perder la noción del tiempo, ya no recordaba si había comido o no.
¿Qué día era? ¿Qué hora era?
Luchaba
para no perder el sentido, pero terminaba derrotado, vacío.
Sentía
una asfixia que lo asediaba. Una niebla se había instalado entre él y el mundo,
lo envolvía y le agregaba cincuenta kilos de peso a su mochila de viaje. No
podía recobrar la normalidad en nada. ¿Cómo continuar? Hasta no verlo con sus
propios ojos no podría tranquilizarse. Estaba hundido en el abismo de lo
inconcluso.
Pero
los pies se hacían de plomo, era incapaz de moverlos. Era incapaz de levantarse
en las mañanas y desarmar la carpa para continuar el viaje, prefería seguir en
el calor protector del saco de dormir. Cuando se daba cuenta, el día había
pasado y la noche se cernía sobre él, que continuaba en el mismo sitio.
Estancado.

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