Caramelo ácido

 






Caramelo ácido









—¡Más rápido! ¡Más arriba! —Madame St. Paul inspiró con fuerza y frunció el ceño para después soltar con potente voz de mando: —¡A prisa! ¡A prisa!... ¡Lo estás haciendo todo mal!


El bastón cortó el aire y golpeó la firme carne femenina. Shampoo gimió y se inclinó un poco, pero se aguantó el grito que tenía ganas de lanzar. Aguzó la mirada observando a la mujer que osaba levantarle la mano de esa manera. Sentía ganas de matarla, como cada semana, quería asesinarla, y dejó que la furia que sentía la inundara y le corriera por las venas, de esa rabia sacó la fuerza para ponerse nuevamente de pie y acatar las nuevas órdenes. Respiró agitada, de nada servía gritar o despotricar, quejarse o hacer berrinche, Madame era implacable y no permitía muestras de debilidad, lo sabía bien. Aullar de dolor solo la haría agotarse y ganarse media hora más de entrenamiento. Sin contar la satisfacción que tendría su maestra por verla flaquear otra vez.

—Hazlo todo de nuevo… ¡desde el comienzo! Un, deux, trois!

Con todos los músculos adoloridos, Shampoo empezó de nuevo la rutina de ejercicios. Sacó la lengua y la estiró inútilmente intentando alcanzar el pastel que tenía en un platillo sobre la cabeza, al mismo tiempo intentaba hacer equilibrio sobre la cuerda colocada a metro y medio del suelo, tensada de lado a lado de la habitación. Las bolas de acero atadas a cada una de sus muñecas le impedían levantar los brazos con soltura y así evitaba la tentación de ayudarse con las manos en su tarea. Además, el peso del armazón de la falda del vestido que la mujer la obligaba a usar —uno occidental de época remota con una amplia falda de volados y mangas abullonadas que Shampoo odiaba— parecía jalarla todo el tiempo hacia el suelo y la obligaba a mantener los músculos tensos para no caer.

Continuó forzando la lengua al máximo, mirando hacia arriba como si pudiera ver el platillo con su objetivo, las gotas de sudor le caían desde la frente y el corset que la mujer francesa la obligaba a ponerse le apretaba las costillas de forma inhumana.

—Camina… camina ahora —ordenó Madame St. Paul—. Un, deux, trois! Vamos. ¡Más a prisa! ¡Con elegancia!... Un, deux, trois… Un, deux, trois…

Madame golpeaba el suelo con la punta del bastón marcando cada paso que Shampoo daba. Levantó una mano y se acomodó algunos cabellos que escapaban del moño que tenía sobre la nuca. Respiró profundamente. Se sentía tan estimulada como en sus primeros años, cuando era apenas una jovencita y aprendía esas mismas técnicas que ahora enseñaba, el trabajo de perfeccionar el talento natural de la amazona era el mejor que había tenido en mucho tiempo.

—Hemos terminado —dijo de pronto, cuando Shampoo estaba en mitad de un paso, con un pie levantado y la concentración al máximo.

Lo hacía a propósito, la tomaba desprevenida y la muchacha no sabía qué hacer. Invadida por el alivio sentía todo el cansancio de golpe y permanecía por algunos minutos aún de pie sobre la cuerda, temblorosa, sin saber bien cómo bajar o si el cuerpo la sostendría una vez en el suelo.

Pero el orgullo amazona era impresionante, Shampoo nunca pedía ayuda, no decía una palabra. Se movía despacio y casi siempre caía de rodillas frente a su maestra, se mantenía unos segundos quieta y después, sin mirarla a la cara, adelantaba las muñecas para que Madame abriera los cerrojos de los grilletes.

—… Por favor —dijo ahora con voz débil.

Madame sonrió complacida. Ese era un gran paso, le había tomado varias semanas que Shampoo dejara el tono desafiante para dirigirse a ella durante los entrenamientos y usara palabras amables y sumisas.

Madame St. Paul tomó el gran manojo de llaves que colgaba de su cintura y disfrutó en tardar algunos segundos para hacerlos tintinear a propósito antes de abrir despacio las cerraduras una por una. Shampoo se frotó las muñecas doloridas.

—De pie —ordenó la mujer francesa.

Shampoo sabía lo que venía a continuación. Se levantó despacio, con las rodillas temblorosas por el cansancio, y caminó hasta el otro extremo del salón, deteniéndose frente al alto espejo de pie donde Madame ya la esperaba. La amazona se quedó quieta ante el espejo y su maestra detrás, ambas cruzaron miradas a través del reflejo. La mirada de Shampoo, tan opaca cuando recién había llegado esa noche, estaba brillante y llena de sentimiento, «seguramente furia», pensó Madame. Procedió a desabotonarle el vestido y despojarla de la amplia falda almidonada y el miriñaque, dejándole solo unas finas enaguas. Después comenzó a desatar el corset.

Esa era otra parte importante de la rigurosa rutina que llevaban cada día, y acentuaba el control que Madame tenía sobre todo, desde que Shampoo entraba a la mansión hasta que salía. Aflojó cada uno de los pasadores de la prenda tomándose su tiempo, sin dejar de mirar a su alumna en el reflejo que daba el espejo. Cada vez Shampoo podía respirar con un poco más de soltura, Madame St. Paul le dosificaba la libertad, era como si le estuviera advirtiendo que por ahora la dejaba ir, pero mañana estaría de nuevo bajo su mando cuando volviera a colocarle el corset.

La primera vez que la obligó a ponérselo, la amazona protestó, lo llamó un «arma de tortura», y cuánta razón tenía, pero Madame impuso sus derechos sobre ella, sobre todo lo que hacía o decía mientras duraba la clase, usó su bastón y ganó. El corset fue colocado. Y cada semana Madame ajustaba los cordones unos milímetros más. Apretándolo. Cerrándolo alrededor de Shampoo. Confinándola, haciéndole sentir su presión sobre ella, y recordándole con esa incomodidad, que estaba presente, que era la maestra, que podía doblegarla y obligarla a hacer lo que quisiera. Que le debía obediencia.

Y ganó la obediencia porque Shampoo ya no protestaba, y cuando en la última clase de la semana Madame tiraba un poco más de los cordones y la cintura de la amazona se afinaba otro poco, Shampoo le sostenía la mirada a través del espejo, mordiéndose los labios para aguantar la opresión, hasta que Madame amarraba los extremos de las cuerdas y poniéndole las manos sobre las caderas le decía que ya estaba lista. Y sonreía, casi afable.

Terminó de desabrochar la prenda y la quitó. Shampoo, desnuda de la cintura para arriba, respiró varias veces, hinchando el pecho, intentando tragar en unos pocos segundos todo el aire que se le había negado durante la clase. Así terminaban. Madame la dejaba sola para que se vistiera y luego saliera, no tenían palabras de despedida, tampoco de bienvenida, no hablaban de nada más que no fuera lo que tenía que ver con el entrenamiento. Madame no salía nunca de su rigor de maestra, y Shampoo se iba amoldando a su papel de alumna.

Antes de salir del cuarto, Madame se inclinó un poco hacia ella para hablarle. Shampoo se puso alerta, cada palabra de aquella mujer estaba hecha para atormentarla.

—Mañana trabajaremos en la mesa —le susurró Madame al oído.

Y la piel de Shampoo se erizó en anticipación.

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Era curioso pensar en cómo había comenzado esa extraña relación. Mientras volvía en bicicleta al Neko-hanten, Shampoo volvió a reflexionar sobre aquello. Fue su bisabuela la que la convenció de tomar las clases de cocina francesa donde se enseñarían técnicas secretas que habían pasado de generación en generación.

La vida en Nerima era aburrida. Ranma había elegido esposa y se había marchado lejos de allí, el corazón de Shampoo estaba roto y había perdido hasta el deseo de volver a China, la vergüenza que la esperaba allí no era nada comparada con la tristeza que sentiría si la obligaban a casarse con otro. Shampoo había empezado a marchitarse. Ya no se enfadaba con Mousse, sonreía únicamente para los clientes y su mirada estaba casi siempre perdida y opaca.

Cologne insistió, diciendo que aquello podría ayudarla, quizá porque ya conocía a Madame St. Paul y sabía cómo continuaría todo. No se trataba solo de aprender a que la crema quedara bien batida o saber el punto exacto al cocer un omelette, había una disciplina y rigidez en el trato que hizo que las demás concurrentes huyeran despavoridas. Solo Shampoo había llegado hasta esa etapa del entrenamiento donde ya las recetas y la cocina no importaban en lo absoluto. Y cada vez se ponía más difícil, más duro y brutal.

Sin embargo Shampoo conocía aquel rigor, era casi el mismo que vivía en los entrenamientos en su aldea, donde las mujeres entrenaban a las mujeres, porque solamente una mujer tenía la crueldad necesaria para empujar a los discípulos más allá de sus límites sin que le temblara el pulso.

Su bisabuela tuvo razón después de todo, quizás algo estaba despertando de a poco en ella y su pasión y temperamento regresaban. Cada noche, exhausta por el entrenamiento, volvía al restaurante de mejor humor; pero para Shampoo eso se debía solo a la práctica del ejercicio, que su cuerpo había comenzado a añorar. Nada más.

Y cuando su espíritu guerrero despertara del todo, era seguro que no podría tolerar el trato de Madame mucho tiempo más sin estallar.

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Shampoo respiró profundo, estiró los dedos de las manos intentando relajar las muñecas y los brazos, donde unas gruesas cuerdas la ataban con fuerza a los posabrazos de la silla. Traía puesto el duro e incómodo corset, pero la rutina «sobre la mesa» nunca requería el pesado vestido almidonado que le dificultara el movimiento, porque de todos modos no podía moverse. Las piernas las tenía firmemente asidas a las patas de la silla, los tobillos empezaban a palpitarle de dolor por la presión de las sogas.

Frente a ella la mesa estaba servida para tomar el té, había un servicio completo, varias tazas con sus platillos y cucharillas, teteras, azucareras y jarritas con leche. También bandejas con diferentes pastelillos, una de las cuales estaba dispuesta frente a Shampoo para que ella tomara de ahí lo que quisiera… si es que podía alcanzarlo.

El sudor que le provocaba el esfuerzo le corría por el cuello y se le perdía en el pronunciado escote, bajando por el apretado espacio entre los senos. La frustración se había apoderado de ella casi desde el primer momento, odiaba el maldito ejercicio en la mesa, lo único que podía hacer era intentar echar el cuerpo hacia adelante, hasta donde las ataduras se lo permitieran. Pero nada más, nunca podía tocar ni uno de los alimentos de la mesa, era imposible, era una tarea destinada a fracasar desde el momento en que se sentaba en la silla. El odio que sentía hacia Madame en esos momentos le generaba un calor por todo el cuerpo, imaginaba una y otra vez que rompía las ligaduras y se ponía de pie ante ella para partir en dos su bastón.

—Tu té se está enfriando. ¡Date prisa! —ordenó Madame St. Paul, y el bastón golpeó a Shampoo en el muslo, por debajo de donde terminaba la corta falda que tenía puesta.

Los ojos de Shampoo relampaguearon y su pecho subió y bajó en otra profunda bocanada de aire. Procuró relajar el cuerpo, cerró los ojos y se concentró en no sentir el dolor en las manos y los pies, en los músculos de la espalda por el esfuerzo, en las costillas por el apretado corset. Se imaginó alcanzando uno de los dulces, en la mente podía dominar la técnica, abrir la boca más allá de lo posible, estirar la lengua y devorar la bandeja con pastelillos. Todo con elegancia. Con gran elegancia, como siempre repetía Madame.

Era tal su punto de concentración que hasta pudo mover la silla unos centímetros hacia adelante llevada por su propio anhelo, pero pronto descubrió que no podía avanzar más. Una sombra cayó sobre ella.

Al abrir los ojos, Madame St. Paul la observaba con desaprobación. La mujer levantó el dedo índice y lo movió de un lado al otro.

—No, no, no —dijo. Al mismo tiempo levantó el pie y lo puso sobre el borde de la silla, la punta de sus elegantes botas justo en el espacio entre las rodillas de Shampoo—. Lo haces mal. Eso es trampa.

Y empujó, corriendo hacia atrás la silla, alejándola de la mesa todavía más de lo que estaba en un principio. Por dentro, Shampoo gritó como endemoniada, pero únicamente apretó los dientes.

—Très bien… Ahora continúa —ordenó Madame con una pequeña sonrisa.

El ejercicio continuó por otros diez minutos, hasta que la maestra decidió que era suficiente y con gran parsimonia, tomándose su tiempo, se acercó para soltar los amarres.

La tomó desprevenida, sus ojos bajos y sumisos, su relajamiento corporal mientras le desataba las cuerdas la engañaron y Shampoo se le vino encima, la empujó por los hombros y la hizo caer de espaldas al suelo con el impulso. Inmediatamente se puso sobre ella, las piernas a cada lado de su cintura y toda la fuerza aplicada a sus hombros para mantenerla pegada al suelo.

—¡Vieja bruja! —vociferó con rabia—. Ya no cometer abusos con Shampoo nunca más. ¡Nunca!

Respiró agitada, lo mismo que Madame, que desprevenida solo podía mirarla a la cara sin saber qué decir.

—Shampoo enseñar —siguió la amazona—, Shampoo mostrar que también puede abusar de Madame. Shampoo hacer probar su propia medicina.

—¿De qué hablas? —la mujer francesa no hizo apenas esfuerzo para zafarse del agarre. La miró con curiosidad.

—Shampoo saber… Shampoo conocer bien —dijo la amazona, se inclinó un poco hacia su rostro, aflojando el agarre y poniendo las manos en el suelo, a cada lado de la cabeza de Madame—. Madame ser mujer pervertida, gustar de provocar dolor a otros, gustar de dominar a Shampoo… Pero ahora Shampoo mostrar a Madame otra cara de la moneda.

La acarició lentamente con una mano por el costado del cuerpo, empezando por el muslo, subiendo por la pequeña cintura, demorándose algunos segundos más encima del pecho izquierdo y vagando después por el escote. Hasta cerrarse definitivamente en el cuello, donde ejerció presión. Madame dio un respingo sofocada, más por la sorpresa que por lo apretado del agarre.

—Shampoo empezar entrenamiento especial ahora… ¿estar preparada… Michelle?

El cuerpo de Madame vibró debajo de Shampoo. La presión en su cuello, unida a la pronunciación de su nombre, la sacudió como un latigazo de placer. Su nombre, su nombre. Tanto tiempo sin escucharlo, sin que nadie lo pronunciara, tanto tiempo siendo únicamente «Madame St. Paul», que le sonaba exótico y delicioso.

Shampoo sonrió malévolamente, aplicó ambas manos al cuello de la mujer y ejerció un poco más de fuerza. Madame se arqueó contra ella y Shampoo apretó más las piernas a ambos lados de su cuerpo para intentar inmovilizarla. No iba a matarla, hubiera sido una venganza muy de su agrado, pero demasiado instantánea. Quería provocarle dolor por todo el cuerpo, el mismo que ella sentía cada día en esa mansión.

—¿Estar cómoda? —preguntó la amazona, mientras Madame se sacudía debajo de ella. Se inclinó más, hasta casi rozarle los labios cuando hablaba—. ¿Shampoo hacerlo con elegancia ahora?

En respuesta, Madame le clavó con fuerza las uñas en los muslos desnudos y Shampoo gimió de dolor.

La soltó, Madame tosió intentando recuperar la respiración y la amazona también respiró agitada, de indignación y frustración. No abandonó la posición sobre ella, con rabia empezó a desabotonarle a tirones el elegante vestido.

—¿Qué intentas, Shampoo? —preguntó Madame con los ojos brillando como brasas.

—Ser momento de pasar a otro nivel. Ahora Madame sacarse la ropa y ponerse arma de tortura. Madame usará corset muy ajustado. Mucho.

Mientras hablaba terminó de desvestirla y sus dedos tocaron la sedosidad de la tela y los ángulos duros de la prenda que Madame tenía debajo de la ropa. Shampoo apartó la tela del vestido sin poder creerlo, palpó los costados y la fina cintura, el encaje que adornaba la línea del busto. Madame St. Paul simplemente la dejaba hacer, disfrutando de cómo su expresión cambiaba a una de desconcierto.

—No… no poder ser… ¿estar usando arma de tortura? ¿Tener puesto cachivache con alambres?... Ser mujer realmente extraña.

Madame soltó una risa escandalosa. Shampoo se apartó de ella, se quedó arrodillada en el suelo, observándola reír casi histéricamente.

—Chiquilla estúpida —logró decir Madame aun entre risas—. Me diviertes tanto, eso no se puede negar —se enjugó las lágrimas de risa de las esquinas de los ojos—. Pero eres tan tonta, no sabes nada. ¡Nada! ¿Qué crees que puedes hacerme que yo no haya vivido ya? El mismo entrenamiento al que te someto lo tuve desde que era mucho más joven que tú. Esta «arma de tortura», como la llamas —dijo pasando los dedos casi con ternura por la línea de la cintura—, me enseñaron a llevarla desde que mi cuerpo comenzó a desarrollarse… ¿Realmente piensas que soy extraña? Pues yo creo que tú eres igual a mí.

Shampoo retrocedió cuando Madame empezó a levantarse del piso y avanzar hacia ella. Los ojos le brillaban detrás de los cristales redondos de los anteojos; el peinado se le había desarmado y el cabello le caía sobre los hombros en mechones desordenados; sin el vestido oscuro cubriéndola hasta el cuello parecía mucho más joven y menos severa.

—¿Qué decir? Shampoo no ser como mujer pervertida. Shampoo no querer usar corset, no querer tener entrenamiento.

—¿Estás segura? —susurró Madame muy cerca de ella, observándola atentamente.

La amazona la miró a los ojos absorta. Se miraron las dos, calculando cuál sería el siguiente movimiento de la otra.

—¡Aiya! —Shampoo gritó de dolor cuando la otra mujer le tiró del pelo—. ¡Basta! ¡¿Qué hacer?!

—Tu bisabuela me contó todo sobre ti —explicó Madame jalándole el cabello con fuerza—, los entrenamientos que tuviste, lo que te gusta y te disgusta, cómo te exiges todo el tiempo para ser la mejor en las técnicas amazonas. Lo sé todo sobre ti. Cómo te encaprichaste con Ranma Saotome, cómo continuabas intentando incluso cuando estaba claro que él no te quería, que prefería a otra.

—No ser verdad, airen amar a Shampoo…

La amazona se calló de golpe al recibir otro tirón de cabello. Entrecerró los ojos para soportar el dolor.

—¡Es mentira y lo sabes! —sentenció Madame—. Ranma Saotome ama a otra, pero te gusta sufrir, te gustaba que te rompiera el corazón cada día, te gustaba verlo besar a otra y saber que nunca serías tú. Disfrutabas cuando te hacía daño.

Shampoo gritó de nuevo de dolor y Madame la arrastró sin ninguna delicadeza hasta el gran espejo del cuarto.

—Mírate, ¡mírate aquí, Shampoo, y dime que no es verdad! —exigió, todavía sosteniéndole el cabello y poniéndose detrás de ella, muy cerca, para evitar que se moviera—. Te quejas, gritas, lloras, pero en el fondo disfrutas de todo esto. Necesitas este dolor, este sufrimiento. Es un alivio, ¿verdad, Shampoo? Someterse, dejar que otro tenga el control por un momento. Liberarse.

Shampoo se revolvió contra ella golpeándola con los codos, pero Madame no aflojaba su agarre. La asombró que su cuerpo delgado fuera tan fuerte y por un momento pensó en Madame St. Paul sometiéndose a ese mismo entrenamiento, quizá mucho más riguroso, quizá mucho más terrible.

—No puedes negarlo. Te gustan mis métodos, ¿por qué continúas volviendo día tras día si no? Ambas sabemos que podrías dejarlo cuando quisieras y yo no iría a buscarte, Shampoo.

La amazona respiró descontrolada mientras se sonrojaba.

—Pero no puedes dejarlo, es como una droga, algo que rechazas y ansías al mismo tiempo. Como una golosina prohibida —susurró Madame junto a su oído, y sonrió al ver la piel de Shampoo erizarse—. Descubriste el placer que hay en el dolor. Sí, no puedes negarlo. Puedo leerte como un libro abierto.

Volvió a tirarle el pelo para que la amazona dejara de moverse y negar con la cabeza. Al mismo tiempo empezó a acariciarle el muslo despacio.

Shampoo dio un respingo cuando la mano avanzó más y pasó por debajo de su falda como si fuera lo más normal del mundo. Luego sintió los dedos de Madame como una violenta intrusión en su cuerpo. Cerró las piernas en un acto reflejo.

—¡No!... ¿Qué…?

—Tenías razón en algo, Shampoo, es momento de pasar a otro nivel de entrenamiento. Creo que ya estás preparada —murmuró Madame muy cerca de ella.

—¡Ah…!

No había gentileza en las caricias de Madame, tampoco cuidado o lentitud, la tocaba como si fuera una cosa cualquiera que le perteneciera y hubiera decidido jugar un rato con ella.

Dolía, por momentos laceraba tanto su cuerpo como su alma. Sabía que la estaba castigando por su desobediencia como alumna, cuanto más profundamente la atacaba, más deseaba Shampoo revelarse. Y a la vez más se avivaba su espíritu. Entonces comprendió que necesitaba más de aquel tormento.

Se removió desesperada, frenética, estaba buscando algo que no comprendía, pero lo necesitaba ahora. Ya. Crecía dentro de ella, era como si esa pequeña chispa que se encendía cada día durante las horas de entrenamiento ahora hubiera desatado un incendio.

Pero cuando Shampoo creyó que algo estallaría por fin liberándola, aliviando el fuego que le quemaba las entrañas y que la tortura acabaría, Madame se retiró. Escuchó su risilla junto al oído y de pronto ya no estaba tocándola, ya no sentía la presión de sus pechos en la espalda ni el agarre en el cabello.

Se había alejado. Sus pasos resonaron por la habitación cuando se dirigió a la puerta.

—Hemos terminado por hoy —dijo simplemente.

Shampoo levantó la cabeza y la observó salir a través del espejo.

Apoyando las manos en el suelo, boqueó en busca de aire. Sentía el cuerpo palpitando por todas partes, de dolor y de algo más que se negaba a nombrar; Madame la había dejado temblorosa y desorientada, con la vergüenza acechándola como un monstruo terrible. La despojó de todo.

Se miró en el espejo, el rostro sonrojado, las huellas de lágrimas en la cara y los ojos brillantes. La humillación que se leía por todas partes en su cuerpo, pero al mismo tiempo una perversidad oscura que llegaba desde el fondo de su mirada, esa que había sentido cuando, junto con el dolor, llegó también la satisfacción y la necesidad de mucho más. Porque no había sido suficiente, Madame se había asegurado que así fuera, como siempre, la presionaba hasta donde quería. La seguía teniendo entre sus manos.

Era una deshonra para el orgullo de su raza, una bajeza. Pero Shampoo supo que volvería a la mansión al día siguiente.

Entonces lloró de humillación, con la cabeza baja, para no tener que verse en el espejo.






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