Hielo y fuego
Cuando, tres años después de la boda de Ranma y Akane, Ukyo Kuonji vendió el restaurante de okonomiyakis, tomó todas sus cosas y subió a un tren para volver a Kyoto e instalarse nuevamente en su ciudad, toda Nerima dio por sentado que se llevaría a su fiel ayudante Konatsu con ella. Pero no fue así.
La muchacha le dijo sonriente que era tiempo de que buscara su propio camino, que atesoraría el tiempo que pasaron juntos y nunca lo olvidaría. Se había hecho cargo de él como lo había prometido, en su momento más crítico le dio un hogar, compañía y comida siempre caliente en la mesa; le dio amigos y conocidos en Nerima. Ahora cada cual debía continuar por caminos separados.
Ukyo lo abrazó con fuerza y, saliéndose un poco de las normas de comportamiento, le dio un beso en cada mejilla. Después partió saludándolo con la mano.
El pobre kunoichi no hizo ni un gesto, apenas pudo articular un «pero, señorita Ukyo...» que se perdió en el viento mientras el tren se alejaba. Se dio cuenta que de nada servía todo el amor que sentía por ella porque el destino no quería que estuvieran juntos. Con lágrimas en los ojos le dedicó un «adiós» en sus pensamientos y salió de la estación en los pequeños pasos que le permitía dar su femenino kimono.
Desolado, caminó sin rumbo preguntándose qué sería ahora de él y qué podría hacer con su vida. ¿Volver a trabajar en una casa de té? ¿Emplearse como camarera en algún otro negocio? No estaba seguro de poder soportar la vida en otro restaurante, la cocina activa, el aroma de las especias y las salsas le recordaría por siempre a la señorita Ukyo y su breve pero intensa amistad.
Llegó sin proponérselo a la casa Tendo donde tantas otras veces había estado y había sido bien recibido por la señorita Akane y su ahora esposo Ranma Saotome; toda la familia lo había aceptado siempre sin protestas, sin exageraciones por los atuendos que usaba o sus costumbres. Ese era, quizá, el único lugar en el que se sentía a gusto y casi como en casa, a excepción del Ucchan's, que ya no existía, por supuesto.
El recordarlo resultaba demasiado doloroso y, cabizbajo, Konatsu tragó su pena intentando ocultar las lágrimas a las personas que lo cruzaban en la calle.
Kasumi Tendo estaba en la acera en el preciso momento en que el kunoichi medio tropezó con sus propios pies frente al umbral de la casa. Kasumi se sorprendió al verlo y lo sostuvo por los hombros para evitar que cayera sobre ella, porque parecía no haberla visto.
—¿Konatsu? —Estaba enterada de todo, al igual que el resto de Nerima, así que no tuvo que hacer más preguntas.
Los ojos lastimeros del muchacho la sobrecogieron al ver auténtica soledad en ellos. Lo invitó a pasar y lo hizo sentar en la sala, donde Nabiki Tendo bajó un momento la revista que leía y lo observó como al pasar echándole una fría mirada.
La taza de té calentó el estómago y el corazón de Konatsu al mismo tiempo, se sintió tan reconfortado que por primera vez abrió auténticamente su corazón y le contó a las dos mujeres todas sus vivencias, sus alegrías y tristezas, desde que había llegado al Ucchan's. Las sonrisas amables de Kasumi le infundieron valor; el tono cortante en que Nabiki se refería a Ukyo como una «arpía sin alma» le levantó el ánimo. La calidez y frialdad de una y otra hermana le sirvieron de igual manera para sentirse mejor. Después de una hora de charla ya se sentía con el entusiasmo de siempre y dispuesto a enfrentar su nueva vida.
Kasumi decidió de inmediato que tenía que quedarse a vivir en la casa Tendo. Desde que Ranma y Akane se habían mudado a su nuevo hogar en otra ciudad llevándose a los gemelos, y el viejo matrimonio Saotome también marchó a su propia casa, había demasiado espacio en el dojo. Todo quedó arreglado tan pronto que Konatsu se deshizo en lágrimas de emoción y agradecimiento. El patriarca Tendo se entretuvo con la noticia y por un tiempo dejó de llorar y lamentarse porque ya no podía ver a sus nietos tan seguido como antes.
A Konatsu le dieron un futón en un pequeño pero agradable cuarto en la planta baja y a la mañana siguiente ya estuvo concentrado en las faenas del día. Ayudaba a Kasumi en la mañana a dejar la casa reluciente y por la tarde con un pequeño negocio propio donde preparaba comida, solo para algunas casas del barrio, pero que ya comenzaba a prosperar. Konatsu lo mantenía todo limpio y ordenado, y luego también salía a repartir los pedidos. Era agradable charlar con Kasumi y aprender bajo su tutela maternal. Al final de la tarde se sentaban los dos ante una taza de té a conversar animadamente sobre los sucesos de la jornada.
Nabiki observó al muchacho un par de días con ojo crítico y después lo llamó a su habitación. Turbado, Konatsu se presentó ante ella y luego se sonrojó intensamente cuando la joven le palpó los músculos de los brazos y el pecho. Intentó tartamudear alguna frase pero ella lo interrumpió para proponerle un negocio, necesitaba a alguien que espiara y buscara información por ella, que instalara cámaras en lugares que le eran inaccesibles. Era necesario que ampliara su negocio de vigilancia y venta de información, pues con él se pagaba la universidad.
Ese era un terreno conocido para el joven ninja. Se esforzó y en poco tiempo ayudó a Nabiki a acrecentar su capital, y ella hasta comenzó a pagarle modestas comisiones que para cualquier otro no valdrían la pena arriesgar el pellejo, pero para Konatsu eran una fortuna. Más del doble de todo lo que la señorita Ukyo le pagaba por trabajar un mes en el restaurante. Con los escuetos pero sinceros elogios de Nabiki comenzó a tener más confianza en sí mismo. Lo maravillaba pasarse en el trasnoche en el cuarto de la chica trayéndole la información que le había pedido y observando sus ojos brillar mientras contaba y recontaba cada centavo de yen. Después ella sacaba algunas relucientes monedas de su frasco especial con monedas de un yen y se las entregaba esbozando una sonrisa de costado, comentando que se lo había ganado.
Días tranquilos con la señorita Kasumi y su trato cariñoso; noches emocionantes sazonadas con la acidez de la señorita Nabiki. Konatsu se sentía feliz de haber encontrado su hogar en el dojo Tendo.
El señor Soun insistió en enseñarle a jugar shogi para así poder tener una compañía en el juego. En la visita que hicieron Ranma y Akane a la casa con sus pequeños y encantadores niños, la joven esposa tomó al ninja de las manos y le agradeció por estar acompañando a su padre y hermanas. Konatsu se sentía parte de la familia, aceptado por el padre y muy cercano a las dos muchachas.
Cada día despertaba con la dulce voz de Kasumi llamándolo desde el otro lado de la puerta para que se levantara. Toda la mañana estaba acompañado por su sonrisa, iba con ella a hacer las compras y en ocasiones la muchacha compraba alguna cosa solo para él, un pequeño chocolate, una fruta especial; o le preparaba algunas de sus galletas favoritas para tomar el té. Konatsu sentía tanta dicha en esos momentos que casi se echaba a llorar. Kasumi le decía dulcemente que él se merecía todo el cariño que ella le daba.
Él ya le había entregado el corazón. ¿Cómo no amar a aquella hermosa y delicada mujer que siempre brindaba sonrisas, caricias y ternura? Se había dejado conquistar por sus palabras bondadosas, la idolatraba en silencio. Sus sentimientos eran igual de fuertes a como lo habían sido una vez por la señorita Ukyo, pero diferentes, porque aquí estaba la esperanza de ser correspondido, quizá no en la misma forma, pero sí con la misma pureza de sentimientos e igual constancia. Porque existían muchas formas de amor y Kasumi Tendo tenía cariño para todos.
Con tantos sentimientos en su corazón, Konatsu pasaba el tiempo feliz en la cocina, rodeado por Kasumi a todas horas, vivía solo para hacerle la vida más cómoda a ella. En ocasiones Kasumi no estaba sonriente, en ocasiones se apagaba por algunos instantes, perdida en sus pensamientos, y Konatsu se apresuraba a intervenir y consolarla, a alejar la tristeza. Entonces la sonrisa de Kasumi deslumbraba de nuevo y Konatsu era feliz.
Un día se atrevió un poco más, impulsado por la fiebre de sus emociones, y no solo habló sino que se acercó hasta tocarla. El beso fue tan suave, apenas el roce de unos labios con otros, pero bastó para que Konatsu se sonrojara por completo y Kasumi lo mirara de pronto atentamente, con los ojos muy abiertos.
Intentó disculparse, de verdad quiso hacerlo, pero no podía fingir arrepentimiento por algo que sí había querido hacer, con todo su corazón desbordado. Kasumi entendió y supo apreciar también el consuelo que ahora Konatsu representaba en su vida, ya no estaba sola día con día, y tenía con quién hablar de todas esas cosas que le preocupaban, que eran importantes, aunque para los demás solo fueran banalidades domésticas.
Konatsu había empezado a significar mucho para ella. Y quería recompensarlo.
Estiró la mano y tocó la mejilla arrebolada del muchacho. Después sus labios. Y lo besó en la boca plenamente. Un único suspiro.
—Konatsu…
El muchacho pasó el resto del día en las nubes y Nabiki notó su distracción esa noche cuando se reunieron en su habitación. No le prestaba ninguna atención, y eso le desagradó. Él, que siempre la observaba y admiraba con devoción soltándole cumplidos sobre su inteligencia y astucia, ahora solo estaba allí, asintiendo de vez en cuando a las órdenes que le daba.
Sabía que lograba ponerlo nervioso si se acercaba demasiado, o si le hablaba en un tono de mayor confianza, después de todo él era un hombre y ella una mujer muy atractiva. Así que se aproximó para que le prestara atención, para que reparara en ella.
—Konatsu. —Era un reclamo, un tono duro y a la vez desafiante.
El kunoichi la miró, aquella manera de llamarlo era tan distinta a la de la señorita Kasumi, pero justamente tan interesante por eso mismo. Supo lo que Nabiki iba a hacer y aún así no se echó atrás, tuvo curiosidad por saber por qué ella hacía eso. De pronto también lo invadió un morboso deseo de conocer cuán diferentes serían sus besos de los de su hermana.
Lo eran. Mucho. Donde en Kasumi había dulzura, en Nabiki había exigencia; la hermana mayor lo cuidaba, protegía sus sentimientos y Nabiki lo desnudaba, lo despojaba de todo. Pero también le encendía la sangre, le invadía la cabeza de escenas que nunca se había atrevido a imaginar. No lo dejaba escapar, y él se daba cuenta que no quería escapar.
Esa noche los ojos de Nabiki brillaron, pero por primera vez no por contar y recontar los centavos de yenes.
Konatsu, en su futón, recordaba la suave y dulce boca de su señorita Kasumi; luego los picantes y calientes labios de la señorita Nabiki. Pasó la madrugada enredado en sueños que lo electrizaban y no pudo dormir en toda la noche.
. .
.
No hubo cambios que se apreciaran a simple vista. A la mañana Kasumi lo saludó como siempre mientras vigilaba el desayuno, en la mesa Nabiki dio los buenos días con su expresión medio dormida, igual que cada día. Pero había algo implícitamente diferente, en el té un poco más caliente que de costumbre que le sirvió Kasumi regalándole una sonrisa, o en los ojos de Nabiki clavados todo el tiempo en él mientras se llevaba los palillos a la boca.
Konatsu se dijo que no podía continuar. Estaba corrompiendo la confianza que el señor Tendo había depositado en él, estaba faltándole el respeto a la casa y a la familia al jugar así con las dos hermanas. Aunque tampoco podía controlar las situaciones; a veces se justificaba pensando que todos ellos estaban en realidad muy solos y se tenían únicamente los unos a los otros, era normal que se acercaran para buscar cobijo. Así calmaba su consciencia cuando Kasumi lo acariciaba y lo besaba con suavidad en las tardes, amparados por la soledad y el calor de la cocina; y luego, cuando Nabiki le enseñaba la pasión en los besos por las noches, y en plena oscuridad le hacía pensar que no solo el amor contaba para querer acercarse a alguien, el deseo también importaba.
Y en el amor podía esconderse el deseo, y en el deseo el amor. Así que con el recuerdo de los besos abrasadores de Nabiki buscaba pasar más allá de la inocencia de su señorita Kasumi. Pero también la ternura de los sentimientos de Kasumi le daban armas para aplacar el desenfreno de Nabiki y mostrarle que también existían los actos de amor, y en ella había mucho que podía ser amado. Se preguntaba si quizá no había empezado a amar primero a Nabiki, que le recordaba el carácter fuerte y dominante de la señorita Ukyo. Tal vez todo comenzó allí, pero Nabiki, tan independiente y autosuficiente, era demasiado inalcanzable para él, entonces fue deslizando de a poco sus sentimientos hacia Kasumi.
Pero una u otra, las amaba a las dos. Lo supo claramente al escuchar la voz de cada una pronunciando su nombre, diciendo lo mismo pero con matices diferentes. Y él quería esos matices, lo quería todo, sentía que solo podía estar completo de verdad con las dos, porque solo una no sería suficiente.
Debía proteger lo poco que tenía. Esconder. Que ellas no supieran lo que ocurría, las llamas que lo consumían cada día al tenerlas a las dos. Había traspasado los límites, pero no podía vivir sin ellas y si sabían lo que ocurría lo odiarían y lo alejarían. Se quedaría solo de nuevo.
No podían saber nada. Konatsu se retorcía de nervios ahora, cada vez que Nabiki los acompañaba por las tardes a tomar el té. Creía que cualquier conversación lo pondría en evidencia, que le echarían en cara sus abusos y su falta de escrúpulos.
Kasumi y Nabiki se miraban por encima de la mesa de té. Después de todo eran hermanas y se conocían bien. El talento de Nabiki era investigar y enterarse de todo lo que ocurría en la casa o en cualquier parte de Nerima. El mismo día en que su hermana había traspasado las fronteras dejándose llevar, ella estuvo al tanto de todo. No comprendió al principio, por eso provocó a Konatsu aquella noche, para quitar importancia al asunto. Para ella un beso era solo un beso. ¿Qué podía tener de especial en este caso?
Después comprendió: era una necesidad. Konatsu se había convertido en una parte fundamental de sus vidas y ¿por qué no?, su presencia allí ayudaba a que estuvieran más unidas.
Después habló con su hermana mayor, diciéndole todo directamente, sin andarse con rodeos, como solía hacer siempre. Kasumi tembló por un momento ante la perspectiva de lo que le contaba, pero después respiró y sonrió con dulzura, según su costumbre. Era algo normal, todo podía llegar a ser normal en aquella casa habituada a tantas extravagancias y locuras.
Tácitamente ambas guardaron el secreto, incluso ante sí mismas, y no volvieron a hablar del asunto. Simplemente se observaban la una a la otra, sabiendo todo lo que ocurría, pero también sabiendo que no pensaban terminarlo.
Para ellas era así como debía ser: tres tazas de té sobre la mesa. Todo estaba en orden.


Comentarios
Publicar un comentario
¿Qué te pareció?