Vida de pato

 




Vida de pato










Mouse se colocó los anteojos y miró con una mezcla de lástima y simpatía a la jovencita que ocupaba la mesa de una de las esquinas del restaurante. Con una expresión apática la chica se miraba las manos, que tenía sobre el regazo. Era una pena que ahora estuviera sentada sola cuando la había visto en muchas otras ocasiones allí mismo, pero acompañada por Ryoga Hibiki, hablándole y sonriéndole ampliamente mientras él se sonrojaba todo nervioso y no sabía qué hacer con las manos. Era una chica muy vivaz.

Pero ya no los había vuelto a ver en el local y se rumoreaba que Hibiki frecuentaba mucho la casa de los Kuno, aunque nadie sabía bien qué clase de actividades o asuntos tenía allí. Mousse sintió una empatía repentina por aquella solitaria muchacha, la comprendía, de cierta manera, porque su amada Shampoo parecía haberse alejado miles de kilómetros de él, incluso cuando pasaban cada día compartiendo el trabajo en el restaurante.

La amazona pasó por su lado en aquel momento, tarareando alguna canción en chino y llevando varios platos sobre una bandeja. Algo había cambiado inexorablemente desde que ella empezara esos extraños entrenamientos después del trabajo, entrenamientos sobre los que Cologne le había contado muy poco y Shampoo absolutamente nada.

Pero él lo sabía, algo había pasado. Al principio regresaba exhausta, él se quedaba vigilando casi hasta la madrugada esperando su regreso, la veía arrastrar los pies al subir la escalera. Después, comenzó a regresar muy animada, con los ojos brillantes, y se acostaba con un profundo suspiro, como quien tiene la consciencia tranquila por haber sacado todo el provecho posible al día.

Ahora —y esto era lo que más estrujaba el corazón de Mousse— todo su ser resplandecía antes, cuando se alistaba para salir, como si la rodeara un sentimiento de anticipación. Y al volver, cuando la observaba por la rendija que quedaba en la puerta entreabierta de su habitación, Mousse la veía examinándose frente al espejo algunas marcas rojas que resaltaban sobre la blanca piel de sus muslos y glúteos. Se pasaba las puntas de los dedos con fascinación por las líneas, claras señales de alguna clase de golpe o castigo. Se mordía los labios para reprimir las sonrisas que se formaban sobre su boca. Se acariciaba el cuerpo voluptuoso con los ojos cerrados, perdida entre recuerdos, y Mousse prefería dejar de observar y volver a su propia habitación.

La había perdido para siempre, estaba seguro. Ahora cada vez que Shampoo lo miraba sentía que veía a través de él, que estaba a otro nivel al que él jamás llegaría. Si había guardado alguna esperanza con ella cuando Ranma Saotome contrajo matrimonio, ahora se había esfumado por completo.

Mousse dejó el tazón frente a la muchacha sentada a la mesa y ella levantó la cabeza con expresión desanimada. Eran iguales ellos dos, alimentando una esperanza que se había desvanecido. ¿Se había dado por vencida ella también? ¿Por eso parecía tan apagada aquella chica tan vivaz?

—Akari Unryu —dijo a modo de saludo, colocando unos palillos junto al tazón de ramen.

—Muchas gracias, Mousse —una pequeña sonrisa adornó sus labios y pareció más la Akari de siempre.

—Buen provecho —dijo, como hacía mecánicamente con cada comensal, pero de pronto tuvo el impulso de sonreírle también en respuesta.

—Gracias —Akari se enderezó y desplegó la servilleta en su regazo. Tomó los palillos para comer y volvió a sonreír.

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Mousse volvió a verla en el restaurante unos días después. Se topó con ella cuando salía a hacer un reparto y Akari abandonaba el local.

—Hola, Mousse.

—Akari… Vaya, es raro verte sola por aquí —no pudo evitar el comentario el muchacho.

Ella agachó un poco la cabeza y entonces Mousse bajó de la bicicleta y se puso a caminar a su lado a paso lento. Que el cliente se esperara, él sabía por experiencia propia que en momentos como esos era agradable tener a alguien para hablar, o que simplemente hiciera compañía en silencio.

—Lamento si dije algo indebido —se disculpó después con sinceridad.

—Está bien —Akari sacudió la cabeza y su cabellera brilló con los últimos rayos del sol—. Debo acostumbrarme, supongo. Aunque de todas formas aún duele.

—¿Entonces tú y Hibiki…?

La chica se puso un poco pálida.

—Creo que Ryoga prefiere estar con la señorita Kuno.

—¿Kodachi? —exclamó Mousse asombrado, sintiendo que se le revolvían las entrañas.

—Sí, ese es su nombre —Akari suspiró—. Ryoga parece feliz y es lo único que me importa. Solo deseo su felicidad, y si él decidió seguir adelante y ser feliz con alguien más… entonces yo también intentaré hacerlo.

Mousse se quedó pensativo mientras caminaban y el sonriente rostro de Shampoo se le apareció en la mente. Él también debía seguir adelante si ya todo estaba perdido con su amada Shampoo.

—Parecíamos el uno para el otro —continuó Akari con cierta tristeza—, yo amo a los cerdos y Ryoga tenía ese pequeño problema de convertirse en un bonito cerdito negro con el agua fría… Bien, supongo que simplemente no era nuestro destino estar juntos. Solo espero que la señorita Kuno lo cuide bien.

Mousse se estremeció pensando de qué manera podía Kodachi Kuno cuidar a alguien.

—A veces las cosas no suceden como uno lo espera —comentó Mousse pensando más en sí mismo que en su interlocutora.

Cuando llegaron a la esquina un automóvil pasó muy cerca de ellos y los salpicó con el agua de los charcos que quedaron de la lluvia de la mañana. Akari ahogó una exclamación de sorpresa y dio un paso atrás al sentir el agua fría, a su lado la bicicleta cayó al suelo sin nadie que la sostuviera y de entre el montón de ropas de Mousse que quedaron desordenadas en el suelo, se asomó un pato blanco graznando y agitando las alas desesperado.

Akari Unryu abrió los ojos de par en par y se llevó las manos a la boca.

—¿Mousse?... ¿Tú también?

El pato dio gritos nervioso.

—Bien, bien, tranquilo —replicó la muchacha—. Ya sé lo que necesitas. Te ayudaré.

Recogió los anteojos y la ropa caída, y después levantó al pato, protegiéndolo en el calor de su cuerpo.

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Mousse se ajustó los anteojos y miró alrededor. Se encontraba en la habitación de Akari, un cuarto por demás inusual, tapizado con pósters de diferentes tipos de cerdos sonrientes. En un estante contra una pared había varios trofeos relucientes, copas con figuras de cerdos haciendo piruetas en la punta, y varios lazos de colores daban cuenta de los primeros puestos que se habían obtenido en las competiciones.

Sobre la cama, cubierta prolijamente con un acolchado con estampado de pisadas de cerdo, se acomodaban con esmero varios cerditos de peluche vestidos de diferente manera.

En el piso había una alfombra con forma de una enorme cara de cerdo.

—Toma.

Mousse se sobresaltó y dejó de mirar como hipnotizado aquella enorme cara sonrosada y agradeció la toalla que le tendía Akari para secarse el cabello.

—Muchas gracias.

—Entonces… ¿hay muchos como ustedes? —quiso saber la muchacha.

Mousse la observó un momento atentamente y luego comprendió lo que quería decir. Dio un suspiro y asintió.

—Es una maldición, debe haber muchos como nosotros por todo el mundo que se transforman en diferentes animales o seres con el agua fría —respondió.

—¿Quiere decir que puede haber otros por ahí convirtiéndose en pequeños cerditos negros? —preguntó la muchacha con emoción.

El chico la miró de nuevo, esta vez un poco alarmado.

—Oh… lo siento —se disculpó en seguida Akari—. Es solo por curiosidad. Para ustedes no debe ser muy agradable.

Mousse sacudió su cabeza.

—He llegado a creer que cada uno obtiene la maldición que merece —reflexionó con gravedad—, y no es muy errado que me tocara ser un torpe pato que no puede hacer nada bien.

—Pues yo pienso que eres un pato muy adorable en tu forma maldita —comentó sonriendo ampliamente.

Mousse se acomodó los anteojos con un gesto nervioso, avergonzado.

—Gracias —susurró tímidamente.

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No comprendió en seguida por qué Akari de pronto se dejaba ver tanto por el restaurante o por qué se encontraba tan seguido con ella cuando salía a entregar pedidos. Pero le gustaba su compañía, era agradable charlar sobre cualquier tema, o verla sonreír, o admirar los reflejos de su cabello cuando le daba el sol.

Era realmente tierna.

En muchas ocasiones se había transformado estando con ella. Los malditos de Jusenkyo ya sabían que el agua fría los perseguía con gran disciplina y que podía encontrarlos en los momentos menos oportunos. Asimismo, sabían que el agua caliente les era esquiva cuando la necesitaban y parecía esfumarse del mapa.

Akari no hacía aspavientos. Mousse pensaba que después de haber pasado tiempo con Hibiki debía estar acostumbrada y sabía manejar la situación. Al principio lo llevaba hasta su casa y vaciaba una tetera de agua muy caliente sobre su cabeza, o si estaban muy lejos de allí se afanaba por conseguir un poco de la preciada agua caliente, y si no podía hacerlo se deshacía en disculpas. Poco a poco fue siendo menos aprensiva con el asunto y simplemente continuaba charlando con él como si nada después de recoger al pato entre sus brazos y continuar caminando, como si fuera cosa de todos los días. Parecía a gusto con esa parte de él y Mousse se sentía confuso.

Siempre había sido rechazado, nacido hombre en una sociedad controlada por mujeres era casi un despojo. Desde niño había estado fascinado con Shampoo y todas sus cualidades, habilidades y belleza, pero ella apenas lo miraba, y cuando lo hacía era solamente para vencerlo en batalla y recordarle lo tonto y pesado que era. Podía enorgullecerse de ser tozudo y seguir intentando una y otra vez, y jamás rendirse. Continuó entrenando y perfeccionando sus técnicas para algún día poder ganar el amor y la admiración de Shampoo, por eso estaba en ese momento en Japón. Pero solo lo habían humillado e insultado una y otra vez, nada había cambiado, era el inútil de Mousse, el tonto Mousse, el pato ciego que no podía hacer nada bien.

Y ahora llegaba alguien que lo entendía y lo trataba con gentileza, que lo escuchaba y alababa sus conocimientos y habilidades. Alguien que estaba en su compañía a pesar de que se equivocaba bastante y por su torpeza hacía algunas cosas mal. Alguien que lo aceptaba incluso convirtiéndose en un simple animal sin mayores dotes o habilidades. El corazón de Mousse se sentía cálido y a la vez revuelto.

Nunca lo había imaginado y no creyó que le pasaría, tan enfocado y centrado como estaba en Shampoo nunca miró hacia los lados ni pensó que algunas personas podían ser amables y comprensivas con él, que no todos lo maldecían por sus errores y lo rechazaban por no ser tan brillante como quisiera.

Akari le tenía afecto, afecto verdadero. Lo sabía porque podía sentir su calor y su corazón latiendo deprisa cuando lo abrazaba y lo apretaba contra su pecho en esos momentos en que se había convertido en pato.

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—Además, —estaba diciendo Akari— los patos pueden vivir perfectamente al aire libre porque son muy resistentes y fuertes. Pero por sobre todo, la carne de pato es muy especial y muy fina, es un manjar. Y gracias a los patos se obtiene esa delicia que es el foie gras, ¿lo has probado alguna vez? Es muy suave y delicado al paladar —explico Akari y acarició con suavidad la cabeza inclinada, en clara muestra de derrota, del pato blanco que era Mousse en ese momento—. Compré un libro el otro día y es muy interesante, creo que todos deberíamos saber lo interesantes y divertidos que son los patos, tenemos mucho que aprender de ellos… de ustedes… ah, bien. Tú me entiendes, Mousse —le dio una palmadita de cariño en las alas recogidas.

El pato lanzó un sonido nasal mezcla de asentimiento y resignación.

—No te preocupes, podría ser mucho peor. Estoy segura que tu maldición debe tener muchas cosas buenas, solo que aún no las has descubierto. —El pato parpó en protesta—. Ya, tranquilo, ninguno podía imaginar que esos chicos aventarían agua hacia la calle, no fue tu culpa. Además, no es tan importante para mí si no estás en tu forma verdadera, para mí sigues siendo el mismo, puedo charlar contigo de todas formas. Lo sé, lo sé —agregó en seguida cuando escuchó protestar y removerse al animal—, tú me invitaste especialmente esta vez así que seguro querías hablar cosas conmigo, pero… Espera. Entonces, Mousse, ¿será que quizá esto era una cita y por eso ahora estás tan enfadado?

El pato se quedó pasmado y luego lanzó unos sonidos guturales mirando hacia otro lado.

—¿Era… una cita, Mousse? —insistió Akari con el rostro radiante.

El pato, con la cara ardiendo, asintió apenas.

Akari soltó una risita y volvió a acariciarle con mucha delicadeza el plumaje.

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Era eso. ¿Cómo no enamorarse y sentirse fascinado por una chica hermosa que lo aceptaba como era y se divertía a su lado? Y no solo lo aceptaba sino que apreciaba, incluso quería honestamente, su forma maldita. El tonto de Hibiki había sido un verdadero idiota al cambiar semejante tesoro por la dudosa compañía de Kodachi Kuno.

Él no sería tan idiota. Se encargaba de disfrutar cada momento con ella, de preocuparse por su bienestar y hacer lo posible para verla feliz; incluso si el poco tiempo que pasaban juntos él estaba transformado por alguna cuestión del azar. No importaba, ella parecía feliz de todas formas, y cada vez que él estaba en su forma de pato se encargaba de enumerarle las virtudes de esos animalitos.

—Vi un pato de peluche en la tienda y no me pude resistir a comprarlo. ¡Era tan tierno! Y me recordaba a ti —le comentaba ella mientras los dos descansaban sobre la hierba del parque, resguardados a la sombra de un árbol. Los dos perdidos en sus ensoñaciones y en su propio mundo, él arrullado por la dulce risa de la chica. La extraña mujer y su pato.

No había reparado en el tiempo que hacía que no era él mismo cuando estaba con ella. Siempre el destino quería que él se convirtiera en pato cuando salían juntos, últimamente ocurría mucho más seguido, y ahora que lo pensaba detenidamente, la mayoría del tiempo ni siquiera sabía de dónde había venido el agua. Hasta parecía que alguien lo hacía a propósito. Pero no le importaba porque siempre Akari lo levantaba en sus brazos y lo cobijaba en el calor de su cuerpo. Esos eran sus momentos favoritos, sin dudarlo.

—Eres un pato muy bonito —solía decirle la chica con ojos brillantes.

Era un pato, por supuesto, en esos momentos lo era.

Durante casi todos los momentos lo era.

—Mi familia comenzará a criar patos —le informó un día Akari mientras acariciaba su plumaje como siempre—. Le comenté a papá las ventajas de dedicarse a eso, hablé hasta convencerlo. Estoy segura de que le gustará, amará a los patos como yo lo hago.

Mousse se sorprendió por la noticia, pero lo demás nubló sus sentidos «amará a los patos como yo lo hago». Ella lo amaba, a él. No pudo replicar nada porque tenía un nudo en la garganta, y de todas maneras no podría haber dicho nada porque era un pato.

Él era un pato y ella lo amaba.

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Su cuarto había cambiado. Akari dejó al pato blanco con cuidado sobre la cama y Mousse pudo echar una mirada alrededor. Los pósters en la pared ahora mostraban a variedad de patos en poses llenas de orgullo; los trofeos con cerditos habían desaparecido y ahora la repisa estaba llena de libros sobre la vida de los patos silvestres, la crianza de patos domésticos y la temporada de caza de patos. El cubrecama tenía un estampado de pequeños patitos blancos con un moño azul atado al cuello; la alfombra en el piso era la cara de un pato con el pico abierto como si hablara, y cerca de la cama había unas pantuflas que simulaban las patas palmeadas de un pato.

Ella lo amaba, realmente lo amaba.

—Te quedarás por siempre conmigo, ¿verdad, Mousse? —preguntó Akari, el pato giró la cabeza hacia ella y la miró atentamente—. Tú eres mi precioso pato Mousse, ¿no es cierto? —le preguntó juguetona mientras lo acariciaba con los dedos debajo del pico.

¿Pato Mousse? Bueno, sí, él era Mousse, y a veces era un pato. Ya no recordaba cuándo fue la última vez que sintió el agua caliente caer sobre él. Akari ya no se ofrecía para ir a buscarla.

—¿Te quedarás conmigo? No te faltará nada aquí —le aseguró la muchacha sonriendo—. Te dejaré nadar siempre libre en el agua fría.

Agua fría. Sí, agua, los patos necesitaban agua.

—Te quiero, Mousse.

Sí, sí, ella lo quería, lo amaba. Lo amaba tal y como era.

Ella lo amaba y él era un pato.







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