ぶぎゅる en pixiv
Y de un incendio al otro despertaron
¿Y si volvemos a casa? Era una pregunta que había inundado la mente de Akane desde el momento mismo del alba, cuando la despertó la luz que aparecía por el horizonte. Parpadeando aclaró la visión y distinguió los rescoldos de la fogata de la noche anterior, pero desde la perspectiva opuesta. Estaba sola en el lugar de Ranma, sobre su saco de dormir, con una manta por encima y nada más que el cuerpo desnudo. ¿Había ido ella hasta allí? Tenía la impresión de que fue Ranma el que vino a ella, el que por un momento se llenó de luz frente a las llamas de la fogata.
Quizás las dos cosas eran ciertas, tal vez ella se había acercado y tal vez también él se había acercado hacia el fuego, tal vez se encontraron en un punto medio. Sí, quizá así fuera en realidad, ninguno de los dos vino al otro sino que se encontraron, como debía ser.
Pero ahora ¿qué?
¿Y si volvemos a casa?
Era esa misma pregunta que parecía estar escrita en los ojos de Ranma cuando se acercó a ella, apareciendo entre los árboles que rodeaban el claro donde habían pasado la noche. Se miraron y por un momento parecía que iban a apartar la mirada, avergonzados, pero no lo hicieron, algo había cambiado ya y era innegable. Akane se incorporó hasta sentarse, cubriéndose con la manta a causa del frío y no del recato o el pudor, como creía que sucedería cuando en sus más locas fantasías se permitía soñar por algunos instantes con aquello. Pero ahora no ocurría como había imaginado, todas las circunstancias habían cambiado, y además se preguntaba qué daño podía hacer un poco de piel al fin y al cabo. ¿Qué importaba que la hubiera visto desnuda?, tenía la certeza que había visto también su alma, donde habitaba lo peor y más oscuro de todo ser humano, después de eso el cuerpo no podía hacer ningún mal. Sí, la había visto, y ella lo había visto a él, su alma y todos sus secretos, y a partir de ese momento estaba desnuda ante él por siempre, aunque se hubiera puesto ropa.
Ranma se acercó a ella, y al equipaje de ambos que estaba junto al saco de dormir, para guardar las cantimploras recién llenas de agua. Le sostuvo la mirada y después le sonrió apenas. Ella le sonrió en respuesta. No necesitaban más palabras o gestos, estaban mucho más allá de eso.
Entonces Akane creyó que era el momento adecuado para expresar en voz alta esa pregunta que rondaba su mente desde el momento de despertar.
—¿Y si volvemos a casa? —preguntó Ranma mientras Akane abría la boca para tomar aire—. Es algo en lo que estuve pensando.
Ella se quedó por un momento sin saber qué decir, sin entender cómo podía ser que en la mente de cada uno hubiera anidado la misma idea.
¿Y si volvemos a casa? Era más bien una necesidad, una comprensión de que la búsqueda había terminado, la desazón de los días anteriores se había aquietado dentro de ella, no se sentía como antes de «aquello», pero de algún modo sabía que eso jamás pasaría.
¿Y si volvemos a casa?
Esa pregunta en realidad era la respuesta a todo.
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Cologne se guardó la pequeña llave dorada en la manga y dio un vistazo a la habitación. Los libros continuaban en los estantes; la cómoda en el rincón más apartado de la ventana, con su reluciente colección de cajones; el espejo, ahora vuelto a cubrir, era una figura erguida y silenciosa como un guardia imperial.
Todo seguía en su exacto lugar, con su ordenada pulcritud y su quietud solemne. La anciana se acercó a la mesa redonda y baja que estaba en el centro de la habitación y se sentó lentamente ante ella doblando las piernas, dejando el bastón descansando en el suelo a su lado como hacía cada vez que iba a esa habitación a encargarse de sus asuntos. Pero hoy no tenía ninguna tarea entre manos, aunque ¿tal vez podría intentar de nuevo el hechizo para llamar a aquel extraño ser? No, tenía la certeza de que no había sido su magia lo que lo había traído en la ocasión anterior sino las propias ganas de ese hombre —¿podía acaso llamarlo hombre?— de hacerse presente, por lo mismo no valía la pena intentar nada ahora porque no funcionaría. Miró un instante hacia la cómoda donde guardaba sus ingredientes y los sintió dentro vibrando, pulsando por salir y dar vida a la tarea para la que cada uno había sido cuidadosamente escogido o encargado desde tierras lejanas. Y ella deseaba darles uso, pero eso sería luego, cuando otros asuntos requirieran de su intervención, ahora era mejor dominarse. Apartó la mirada de allí y luego cerró los ojos. Los elementos también se aquietaron.
Cuatro días. Habían pasado ya cuatro días sin que hubiera rastro del viejo de la luna, hoy se cumplía el quinto y nada particular indicaba que las cosas fueran a cambiar. A veces creía que todo era una fantasía, durante el día continuaba como siempre, encargándose del local, golpeando a Mousse cuando actuaba con torpeza y vigilando a Shampoo y lo que pudiera llegar a hacer, o las ideas que se le podían ocurrir. En otras ocasiones realmente pensaba que todo le había sucedido a alguien más, que nadie había cometido un acto tan terrible con Ranma y Akane, que todo seguía normal, con el nivel de locura inusitado al que estaba acostumbrado aquel barrio, pero normal. Solo estando en aquella habitación donde guardaba todos sus secretos podía darle dimensión de realidad a lo que sabía que había ocurrido y continuaba ocurriendo, y continuaría, sin posibilidad de modificación. Era algo imposible, pero estaba siendo posible. Lo que es posible o imposible depende de cada quién, recordó las palabras del viejo.
Cologne sacudió la cabeza. Shampoo se había alegrado cuando ordenaron algunos tallarines desde la casa Tendo porque era la excusa perfecta, dijo, para poder saber sobre Ranma y averiguar si era cierto que se había ido lejos acompañado de Akane. No se resignaba, claro, aún no se resignaba a que él se marchara lejos con aquella niña, y mucho menos se resignaba a perderlo, a haber perdido en la contienda por su amor, a pesar que ella era la más fuerte, la más hermosa, la más llamativa y deseable. A pesar de todo él había elegido a otra.
Pero fue a la casa de los Tendo y comprobó por sí misma que Ranma no estaba, que era verdad que se había ido de viaje con Akane, solos los dos a algún lugar lejano, entonces la rabia de Shampoo aumentó. También pudo ver cómo el padre del muchacho y el patriarca Tendo bebían sake, celebraban, bailaban y reían abrazados, bebían más sake, lloraban abrazados y volvían a beber, proclamando que «ahora las escuelas se unirían», emocionados porque sus hijos por fin hubieran dado el gran paso.
La única realmente preocupada en aquella casa era Kasumi Tendo, que arrugaba un poco su rostro angelical decepcionada de que su hermanita no los hubiera llamado, o al menos enviado una carta para que supieran que estaban bien. Shampoo contó todas las noticias a su bisabuela y terminó vociferando con su maltrecho y desajustado japonés —como hacía siempre que estaba realmente furiosa, como si usar la lengua extranjera pudiera lavarle mejor la furia o dar un énfasis malsano a sus improperios—, que saldría a buscar a Ranma porque seguramente la chica violenta lo había hechizado para que la acompañara.
Cologne la hizo callar y le prohibió cualquier locura, con aire autoritario casi amenazante, así que la jovencita debió seguir mascullando su rabia y decepción, imaginando, mientras atendía el restaurante, que se vengaba de aquella chica violenta y torpe que había robado a su esposo.
Era mejor, pensaba Cologne, que su bisnieta se olvidara de aquel muchacho, después de todo ahora él estaba mucho más lejano de lo que lo estuvo nunca, sus sentimientos eran inalcanzables para ella, y estaban todos entregados a Akane Tendo.
La anciana agachó un poco la cabeza, pensativa, reflexionando todavía sobre el asunto, y entonces lo percibió, el tenue aroma a almizcle. Cuando levantó del todo la cabeza el viejo de la luna estaba sentado ante ella tranquilamente, como si el tiempo no hubiera pasado en absoluto.
—Saludos, mi querida señora —dijo.
Cologne intentó mantener la compostura y no demostrar la conmoción y desasosiego que le provocó la repentina presencia del viejo de la luna, más aún justo cuando estaba en aquella habitación y pensando en él y el tiempo que hacía que no se aparecía por allí. Al mismo tiempo la sacudía cierto ramalazo de terror, ¿por qué estaba allí el viejo? ¿Por qué había vuelto? ¿No tenía nada más que hacer? ¿Había pasado algo? O quizá, terminó pensando Cologne con un aleteo esperanzador en el estómago, ¿había encontrado una solución para todo el enredo y existía una manera de ayudar a Ranma y Akane? Pero ¿qué podían hacer? ¿Cómo los ayudarían? Esos niños podían estar en cualquier parte de China en aquel momento, ni siquiera habían dado señales de vida en su propia casa ¿cómo podrían saber dónde se encontraban?
Todas estas ideas, y muchas otras, cruzaron por la mente de la vieja amazona mientras observaba al anciano sentado frente a ella, aparentando una calma que no sentía y que no creía estar simulando bien. Y el viejo le sostenía la mirada desde su rostro poblado de arrugas, con los párpados un poco caídos, las manos dentro de las mangas de su túnica, la barba cayendo sedosa y clara hasta más allá del pecho, dando todo el aspecto de un sabio meditabundo y lleno de conocimiento.
—Apuesto que me extrañaba, señora —comentó de pronto el viejo con una pequeña sonrisa—. Espero que no se la pasara en esta habitación, suspirando con nostalgia por mí.
Cologne parpadeó.
—Pero, ¿qué está diciendo? —se escandalizó y procuró al mismo tiempo no sonrojarse.
—No tiene por qué incomodarse —la tranquilizó paternalmente el viejo—, sé muy bien que mi presencia es magnética. ¿No podríamos decir que soy algo así como un «dios del amor»? Me gusta cómo suena eso… Vaya, sí, suena muy bien. Provoco todo tipo de reacciones en todas partes, a veces de desagrado, ¡en ocasiones me maldicen!, los que dicen no creer en el destino y ser creadores de su propio camino, pero que luego se enfadan cuando su hilo rojo parece no conducirlos a ninguna parte. ¡Desconsiderados! Nadie comprende las vueltas del hilo rojo y cómo todas y cada una están trazadas de antemano y con gran premeditación. A veces se tardan años en entender el peso que tuvo una mínima decisión, a veces se termina no sabiéndolo nunca. En fin. Todos son tan impacientes, ¡y luego me maldicen! ¡A mí! ¿Puede creerlo? Aunque también están los que me adoran —continuó, acariciándose la barba con parsimonia—, las jovencitas enamoradas, por ejemplo, las chiquillas de instituto que van a los templos y piden deseos y poder conocer pronto a su verdadero amor. Oh, sí, ellas me idolatran. Aunque la mayoría de esas muchachas no quiere en realidad a su «verdadero amor», solo buscan un príncipe encantador, un jovencito magnífico y perfecto en todos los sentidos. Ah, tan triste —se lamentó el viejo chasqueando la lengua—. Y no solo las chicas, porque los muchachos también desean encontrar pronto a una delicada florcita que soporte todas sus manías, que le repita cada día lo extraordinario que es y que lo deje, por supuesto, con total libertad para andar por el mundo, ¡pero que ella no ose nunca mirar a otro hombre!… —Suspiró largamente—. Tanta frivolidad me abruma. Es triste, tan, tan triste. Afortunadamente no todas las personas son así, hay algunos que entienden lo arduo de mi trabajo y que aguardan con paciencia un bien futuro.
—Yo… pues, yo… —Cologne no sabía qué responder.
—Ya lo sé, mi presencia, mi aura, mi persona, todo mi ser es tan apabullante que la domina la desazón —dijo el viejo asintiendo—. Puedo entender que se sintiera en soledad luego de mi partida, pero tenía otros asuntos que atender. Mi trabajo es muy delicado, requiere de toda mi atención, y aunque disfrutaba tanto conversando aquí con usted tuve que volver a la luna a tratar algunos detalles muy importantes. Lamento la demora. Pero ya no debe preocuparse porque estoy aquí para completar mi intervención en esta fabulosa historia de amor tan única y emocionante —agregó con ojos brillantes.
La amazona prefirió obviar todo lo demás y se concentró en lo importante.
—¿Completar su intervención? ¿A qué se refiere? —Su interior se contrajo con un mal presentimiento.
—Es mi deber informarle que Ranma Saotome y Akane Tendo vienen hacia acá.
—¿Cómo? —se sorprendió Cologne—. ¿Y cómo lo sabe?
—Yo lo sé todo, señora —respondió escuetamente el viejo—. Creo que ellos han comprendido que la naturaleza de lo que les ocurre no es reversible, que serán uno para siempre, que es absurdo intentar buscar una manera de «revertirlo» porque no existe, y que de ahora en más deben dedicarse a hacerse una vida juntos. Sus espíritus se volverán afines por sí solos.
Mientras el viejo hablaba, las esperanzas de Cologne iban estrellándose una tras otra, precipitadas al suelo por el peso de la verdad. No había manera de revertirlo.
—Entonces… ¿no hay ni la más mínima posibilidad…? —comenzó Cologne lentamente, pero luego se interrumpió y en cambio dijo con energía—: ¿Cómo pudo hacerles algo así?
El viejo de la luna se echó un poco hacia atrás, pestañeando.
—¿Por qué me ve así, señora mía, como si fuera un monstruo? En verdad me lastima su actitud, yo velo por mis adorados hijos y porque siempre les ocurra lo mejor. Usted piensa que arbitrariamente los condené a un destino terrible, ¡pero no es así! La cosa no fue tan fácil como usted cree, ni tampoco tan despótica. Tuve que preguntarle al muchacho Ranma Saotome lo que quería, tuve que captar un rastro de su conciencia. Podía reordenar su hilo rojo, pero el muchacho tenía que permitírmelo, tenía que rendirse a mí, por así decirlo. Tenía que tomar parte de él para poder traer a la chica de nuevo hacia su destino. «Lo que más te importa a cambio de lo que más amas» —recordó pronunciando cada palabra con la entonación adecuada—. Sí, sí, hasta poético suena, ¿no lo cree? Y es que de alguna manera él ya nunca sería Ranma Saotome, el que había sido hasta ese momento, su propio «yo» del que tanto se ufanaba. Es que hasta es probable que en el futuro no pueda llegar a desarrollarse del todo como artista marcial. Oh, entrenará y mejorará, por supuesto, ganará muchos trofeos seguramente, pero podría haber adquirido destrezas maravillosas, ser único, no solo en su generación sino en la historia. Pero ahora los acontecimientos cambiaron. Y está bien así, él busca ser el más fuerte y el mejor solo para estar con la chica Akane Tendo. Estuve seguro al momento de unir sus almas, esperaba alguna vacilación de su parte, algún pensamiento sobre lo que perdería, pero me entregó su corazón sin dudas, no había nada más allí, ningún ego oscuro merodeando. Eso fue hermoso, debo decirlo. Fue un gran acto de valentía, él creía que entregaba la vida por ella —rió el viejo—, los jóvenes son tan exagerados y dramáticos. Pero ellos se quieren, son extraordinarios. Aunque eran de mis favoritos nunca les había prestado la debida atención, lo confieso. Aunque usted me entenderá, ¡tantas parejas de las que debo ocuparme! Sin embargo, he podido repasar su vida palmo a palmo desde que están juntos, son una verdadera maravilla, un «paradigma del amor» podríamos decir, y sin exagerar ni un poco. Además, me he entretenido con ellos como no me ocurría desde mi mejor época, casi me hicieron sentir como si fuera un… ¿cómo lo llaman ustedes?... dorama —dijo dándole un acento extraño a la palabra, como si le fuera muy ajena—. ¡Eso es! Qué maravilloso par de chicos, son únicos.
—¿Ranma no podrá ser el mejor artista marcial? ¿Todo su potencial perdido? ¿Es que nunca puede venir a dar buenas noticias? —le reprochó Cologne.
—Pero, ¿qué dice? Si desde que estoy aquí solo he dado noticias agradables —se quejó casi enfurruñado el viejo—. Le estoy diciendo que Akane Tendo podría haber muerto y Ranma Saotome haberse perdido a sí mismo para siempre y ser muy desgraciado, pero gracias a mi afortunada intervención ahora ella está viva, y estará por siempre junto al hombre de su vida, y él junto a ella. No hay final más feliz que este, usted no podrá hallar en ninguna parte un final más feliz que este final. Es necesario sacrificar algo para obtener algo aún mejor.
Cologne suspiró, ya sin ánimos de decir nada más, las palabras parecían inútiles contra la retórica de ese viejo.
—Es probable que vengan a verla —informó el anciano de pronto—, después de todo vinieron a pedirle consejo cuando estaban agobiados en un momento de necesidad, así que volverán para expresarle agradecimiento. Pero debo advertirle, señora, usted no puede contarles nada de lo que hablamos aquí. Usted ha sido mi confidente, y se lo dije que lo sepa todo un tercero no va contra las reglas, pero ellos no pueden saber nada sobre el asunto, por su propio bien. Y debo avisarle, mi querida señora, que podré saber si reniega de mis advertencias y aún así habla con ellos… y eso me pondría muy, muy triste. Pero creo que comprenderá que por la seguridad de esos muchachos hay cosas que es mejor que nunca sepan.
—Creí que volvería y me daría un poco de esperanza, que después de todo había algo para intentar ayudar a Ranma y Akane, pero no es así —Cologne miró a un costado casi derrotada—. No entiendo para qué volvió —dijo con pesadumbre.
—Para despedirme de usted como era debido, por supuesto —Cologne volteó a mirarlo sorprendida—. En nuestro anterior encuentro tuve que irme con demasiada prisa y no fui capaz de agradecer su hospitalidad. Gracias por tan agradables momentos de charla, y tantas delicias para el té. Pero sobre todo, agradezco su compañía tan encantadora y estimulante.
—¿De verdad? —A la anciana se le subieron los colores al rostro como a una adolescente.
—Por supuesto que sí, hacía siglos que no la pasaba tan bien. Hasta siempre, querida señora. O quizá «hasta pronto», es posible que volvamos a vernos, ya que el hilo rojo de su bisnieta está atado a…
—¡No quiero…! —comenzó a exclamar Cologne con voz furibunda, pero el viejo ya había desaparecido, llevándose el poderoso aroma de su esencia y dejando el eco de su risa.
Y la habitación se quedó silenciosa y vacía.
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Sus padres los recibieron con abrazos apretados y lágrimas, reclamos de por qué se fueron tan de improviso y nuevas exigencias de que debía haber matrimonio, debían unir sus vidas para siempre y encargarse del dojo.
No hubo las protestas airadas de siempre, las negativas, las peleas, todas aquellas cosas para las que Soun y Genma, como buenos guerreros que eran, ya estaban preparados, y para las que tenían un contingente de respuestas bien pensadas desde antes para hacerles frente, acorralarlos tanto que no les quedara más opción que la boda. Había un honor que solventar que estaba más allá de la palabra empeñada en otra época, eran prometidos en buena regla, pero ni así podían ausentarse por días juntos sin que nadie supiera algo de ellos y luego volver y esperar que las cosas continuaran como siempre. Incluso habían tomado aire para enfrentarse a la contienda, concentrando su energía, pero se dieron de bruces contra la aceptación tranquila y desestabilizadora de los jóvenes.
El par de veteranos artistas marciales se quedó petrificado ante el «así será» de Ranma y después soltaron gritos de alegría y se dedicaron a beber durante el resto de la noche, mientras Nodoka se dedicaba a servirles sake, regañarlos y felicitar a Ranma y Akane, todo al mismo tiempo.
Nabiki solo se encogió de hombros, casi decepcionada porque la diversión ya se acababa y el par de enamorados hubieran cedido tan fácil. Solo Kasumi, esa que podía vivir como si nada en medio de la locura de esa casa, se demoró un momento más mirándolos a los ojos. Parecía que no le bastaban las palabras que los dos habían pronunciado, quería algo más, una respuesta más convincente.
—¿Fueron a China? —le soltó de pronto a Akane cuando la encontró sola en el recodo de la escalera.
—¿Viste a Colgone? —le preguntó a su vez Akane. Ella, siempre tan suave y bien dispuesta a cualquier charla con su hermana mayor, a la que idolatraba, de pronto era brusca, casi grosera.
—¿La anciana Cologne? No la he visto para nada. —Una arruga de preocupación se adueñó de la frente de la muchacha—. Creí que habían ido a China por la maldición, pensé que eso era lo único que podía hacerlos marchar con tanta prisa y hacerlos olvidarse completamente de al menos llamar a casa. Pero, ¿no fue eso? —Nuevamente rebuscó en la mirada de Akane.
La otra chica, atrapada por esa lógica tan propia de Kasumi, la lógica que caía aplastante en los momentos de mayor desasosiego, solo pudo mirarla.
—Sí, era eso —mintió llanamente Akane—. Cologne había dado una pequeña pista sobre un entrenamiento que ayudaba a controlar la maldición. Pero no pudimos encontrar a los supuestos monjes que lo enseñaban, así que regresamos.
Una mentira. Mala, llena de huecos, tambaleante, en la que otra persona hubiera indagado para entender exactamente por qué Akane también viajó, o cómo era posible que Ranma se hubiera rendido tan fácil y hubiera vuelto como si nada, como si solo hubiera ido a dar un paseo por las encantadoras montañas de China. Pero Kasumi Tendo era diferente a cualquier otra persona, y solo le importaba una cosa.
—Akane, ¿eres feliz? —preguntó con gentileza—. ¿Estás de acuerdo con lo de la boda, no será un problema para ti?
—Sí, estoy segura —respondió la chiquilla—. Ranma y yo hemos hablado, es mejor así. Y es lo que quiero —aseguró—. Creo que… Ranma y yo hemos hemos madurado bastante durante este viaje.
Y ya no mentía.
De nuevo se miraron las dos hermanas. Kasumi estudió con cuidado los ojos y el rostro de Akane, que ya no era exactamente la misma de antes, tenía una cosa indescifrable instalada sobre ella. Había cambiado, aunque no podía decir si para bien o para mal. Ella tenía razón, había madurado.
—Entonces me alegro por ti, hermanita. —Kasumi dibujó una pequeña sonrisa. Luego se llevó una mano a la mejilla—. ¡Oh!, es decir, por ustedes —se corrigió en seguida.
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Los rumores decían que se habían fugado a China para casarse. Eso era lo que Cologne supo que hablaba la gente sobre Ranma y Akane cuando volvieron a Nerima, no la sorprendió su llegada, más bien la fastidió que el viejo de la luna hubiera tenía razón también en eso. Tampoco se equivocaba al contarle que irían a visitarla, los muchachos le agradecieron por su ayuda y le explicaron que no encontraron ninguna respuesta en China así que decidieron volver a casa.
No les pareció extraño que la vieja amazona no les preguntara demasiado, que incluso no pareciera sorprendida, como si ya los esperara y ya supiera todo lo que había ocurrido. Ellos estaban demasiado perdidos en su propio mundo de egoísmo para prestar atención a nada más.
—Entonces… ¿todo está bien ahora? —indagó la anciana. Tuvo la tentación de decirles, de contarles todo, como la tenía desde que ellos habían entrado a la casa, pero se refrenaba. Recordaba las palabras del viejo de la luna y lo sentía como una presencia más allí, como si él estuviera también sentado a una esquina de la mesa con una taza de té, invisible para los chicos, pero muy real para ella. Si hablaba, si les decía aquello que debía callar, ¿cuáles serían las consecuencias?
«No los ponga en peligro», recordó las sentencias del viejo, «hay cosas que es mejor no saber, por el propio bien de ellos mismos».
—Estaremos bien —fue la respuesta de Ranma. Unas palabras que a otro lo hubiera dejado en ascuas, pero que Cologne comprendía, aunque ni Ranma ni Akane supieran que lo hacía y cuánto.
Estaban manteniendo una conversación de lo más normal que para cualquier otro hubiera sido ininteligible y extraña, pero aquí ambas partes se entendían sin saberlo bien aún.
De todas formas, Cologne no pudo resistirse a darles algo, una punta de esperanza, una cuerda en medio de la oscuridad para poder volver a la luz.
—Se acostumbrarán —dijo con convicción.
Akane la miró a los ojos y por un momento Cologne creyó ver la curiosidad reflejada allí, en su mirada oscura, así que repitió:
—Se acostumbrarán —y con avidez, casi con desesperación, agregó—. Después de todo no hay Ranma Saotome sin Akane tendo; no hay Akane Tendo sin Ranma Saotome.
Era como un juego, casi parecía divertido, hasta romántico. A Akane, sin embargo, le sonó a advertencia.
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Ranma estaba a punto de salir, pero se quedó quieto en el recibidor mientras se calzaba una de las zapatillas. Se volvió un poco hacia un lado y estuvo atento a la escalera, Akane bajaba por ahí. «No», se corrigió en seguida, todavía sin poder dominarse del todo, «Akane va a bajar por ahí».
Pasaron tres segundos y se escucharon pasos apresurados y de inmediato Akane apareció ante él con una expresión entre sorprendida y enfadada que lo conmovió un poco, dándole una sensación extraña que se revolvió dentro de él. Era esa clase de sensación a la que ya se había habituado un poco.
—Sales —comentó ella cuando estuvo cerca de él, a un escaso metro de distancia. Sales. Y era una afirmación, no una pregunta; pero lo siguiente sí fue en un tono interrogativo perentorio—. ¿Por qué no me avisaste?
Ranma dibujó una sonrisa lenta y cansada, levantando una ceja, era la clase de gesto que decía «¿acaso era necesario?», y Akane comenzaba a reconocerlo con total precisión. Empezaba a habituarse.
«Se acostumbrarán» esas eran las palabras malditas. ¿Se acostumbrarían? Ya no sabía expresar si esa preocupación era la suya o la de Ranma, había días difícilesen los que no podía dividir sus sentimientos de los ajenos, sus convicciones de las ajenas, sus miedos de los de él. Pero esos eran los días difíciles, días duros; había otros, como ese por ejemplo, en que lo sentía a él dentro de ella, instalado en su corazón sin ganas de moverse —y ella sin ganas de moverlo— con su rostro y su voz constantemente apareciendo en su pensamiento, llenándola por todas partes, y se sonreía como boba reconociendo su presencia cerca. Estaba en todas partes, siempre alrededor o en su cabeza. Después de todo, estar enamorado era algo atemorizante también.
Luego se echaba a reír por esos pensamientos, porque sabía que eran puras tonterías, que para ninguno de los dos era algo malo o una carga, ni aun en los días difíciles. Se hubieran elegido sin dudar siempre.
«O nos amamos o nos matamos, pero ya no podremos separarnos», le había dicho Ranma con una certeza escalofriante. Y era cierto, la verdad era que estarían juntos y de ellos dependía cómo elegían vivir ese tiempo.
A veces se preguntaba de dónde había sacado esa actitud tan madura, tan reflexiva, ¿sería de ella? No es que se considerara especialmente madura pero frente al despreocupado de Ranma podía considerarse sensata. ¿Ahora compartirían algo de eso también? ¿Y qué clase de cualidad le había pasado él? Todo había cambiado tanto, ellos, el entorno, los demás, la manera en que los miraban los otros, con sorpresa y a la vez con una muda aprobación. Pero ellos, sobre todo ellos. Parecía que ya no fueran unos adolescentes inexpertos, y no lo eran realmente, pero iba mucho más allá de eso; Akane tenía la impresión de que fueran mucho mayores, como si al fundirse sus edades se hubieran sumado y hubieran adquirido entre los dos una experiencia que no tenía cada uno por separado.
¿Desde cuándo se había puesto tan tonta perdiendo el tiempo en tan largas divagaciones que no llevaban a nada? «¿Desde cuándo? Sabes bien desde cuándo», se respondió a sí misma. Pestañeó y volvió la realidad, abandonando el mundo de sus pensamientos donde a veces realmente sentía que se perdía, de forma desesperante. Entonces se encontró con los ojos de Ranma, brillantes y vivos como siempre, conocedores y tranquilizantes, y supo que nunca podría perderse del todo, nunca iba a ir tan lejos, no sin él por lo menos. Nunca estaría sola, y eso la tranquilizó.
—Vuelvo en seguida —comentó Ranma después, apartando los ojos, terminando de ponerse los zapatos.
—Cuídate —lo convino Akane.
Y todo lo que significaba esa palabra…
—Tú cuídate —respondió él.
Lo que significaba esa palabra. Todo lo que significaba esa palabra.
—Tú cuídate.
Se miraron a los ojos de nuevo.
No había uno sin el otro. No hay Ranma sin Akane, no hay Akane sin Ranma.
Ella se acercó para abotonarle uno de los pasadores de la camisa, que estaba suelto.
—Te cuidas —le susurró sin apartar la vista de la tela roja.
Ranma se inclinó un poco y por un momento pareció que iba a decir algo, pero al final decidió que no, aunque Akane pudo escuchar las palabras en su interior con la misma intensidad que si las hubiera dicho, lo sabía porque era lo que ella hubiera dicho de estar en su lugar. «Te cuidas tú».
El muchacho se apartó, la saludó con un gesto de la mano y luego salió por la puerta del dojo, cerrándola a su espalda. Sin embargo no fue demasiado lejos, a los pocos metros de distancia se volvió para observar la puerta que había dejado atrás, esa misma puerta sobre la que Akane había apoyado una mano desde el lado de adentro.
«Se acostumbrarán».
Sí, pero ¿cuándo?
Del título del fic:
Tenía la idea para esta historia e incluso había empezado a escribirla, pero no tenía un título. Por un tema de organización solo titulaba las hojas que iba escribiendo con «Rankane» porque iba a ser un fic de Ranma y Akane y ese es un nombre que a veces se le da a la pareja (aunque es poco común, y no hay en realidad un nombre «oficial» para llamarla, como sí ocurre con otras. Pero la idea para el título vino a mí gracias a Jade Haze (sí, la fanficker, que quizá conozcan por el fic La reina de la nieve), ella subió una fotografía de unos versos escandidos. Ahí pensé en la sinalefa y en que era la metáfora perfecta para lo que planteaba la historia.
Escandir versos es contar las sílabas que tiene para poder medirlo y una sinalefa se da cuando una sílaba termina en vocal y la que sigue comienza en vocal, por lo tanto se cuentan como una sola, aunque sean sílabas diferentes. Es decir, están enlazadas y se toman como una sola.
También existe el verbo sinalefar, cosa que no sabía, y pensaba utilizarlo en algún momento en la historia, aunque al final no lo hice.
Del viejo de la luna:
Cuando empecé a investigar un poco sobre las leyendas del hilo rojo del destino (porque hay más de una, yo tomé la que particularmente me servía y además la acomodé para que cerrara según la historia que quería crear) en seguida me llamó la atención eso de que un viejo que vivía en la luna era el que se encargaba de reunirnos con «la persona indicada». Me gustó poder tomar esa idea y explotarla creando un personaje para que explicara el por qué de todo lo que ocurría con Ranma y Akane. El personaje está basado en el cliché del viejo sabio chino, muy anciano, tranquilo, de barba muy larga y amante del té; su extrema locuacidad es algo que surgió solo, sin planearlo, pero tomando en cuenta que vive solo y no tiene a nadie para conversar (excepto en las contadas ocasiones que viene a la Tierra) me parece muy lógico. La forma en la que vive el viejo en la luna, apenas descrita en uno de los capítulos, está basada muy libremente en el planeta donde vive El Principito, pude ver un paralelismo entre la luna y el viejo estando solo ahí, y ese otro personaje cuidando su pequeño planeta y mirando las puestas de sol.
Su nombre es solo un juego de palabras, al igual que todos los nombres en chino que aparecen en la historia. Lǎo Yuè-liàng significa, literalmente «el viejo de la luna» en chino, por supuesto que no sé chino, esto es solamente en base a la ayuda de google, así que sabrán disculpar los errores XD.
Más sobre el viejo de la luna:
Hay otras pequeñas pistas, por ejemplo, el aroma a almizcle que siempre está presente cuando aparece el viejo de la luna lo usé no solamente porque me gusta, sino porque se supone que ayuda a la atracción sexual. Se dice que el almizcle es un gran estimulante del deseo erótico debido a la cantidad de feromonas que poseen las glándulas de donde se extrae la esencia. En la historia está representando el amor apasionado a través del viejo de la luna, que se supone es una especie de «celestino» uniendo parejas a través de los tiempos. Podríamos considerarlo así, ¿no?
Hay también un dato especial sobre el té y los pastelillos que come el viejo. El uso de los dulces como comida favorita del viejo de la luna es solo una representación del romanticismo, sin embargo, al recién llegar, el viejo le pide a Cologne «yuè bǐng». Esto significa, literalmente, «pasteles de la luna» y son unos pasteles chinos con forma de luna (redondos) que se suelen comer tradicionalmente en un festival en otoño. Los usé solamente por el significado de su nombre, no tienen relación con la leyenda del hilo rojo.
En cuanto al té, en cierto momento el viejo felicita a Cologne por haberle servido «té negro keemun». Esa es una variedad de té muy famosa en China, que sin embargo no es muy antigua, data del año 1875, y por lo que pude leer en algunas páginas «tiene un fuerte carácter de sabor, con notas florales y también de frutas o vino». Y un dato curioso es que esta variedad se popularizó mucho en el Reino Unido, hasta el punto que se convirtió en un ingrediente fundamental del té que se conoce como «english breakfast».
De otros nombres en chino:
En un momento el viejo de la luna debía usar una exclamación como «¡por Kami-sama!», así como nosotros diríamos «¡por Dios!», pero siendo chino quise buscar una expresión más acorde. Para eso utilicé a Bǎo Shēng dàdì (también conocido como Baosheng dadi), el Gran Emperador de la vida, uno de los dioses al que veneran los chinos.
Durante su explicación sobre el enredado hilo rojo de Ranma, el viejo de la luna habla de la mujer que se ahogó en Jusenkyo dando origen a la poza de la chica ahogada. El viejo la nombra como Hóng fā Bùxìng, que significa literalmente en chino (de nuevo, les recuerdo que no hablo chino), «pelirroja de destino desgraciado», aludiendo al fatal desenlace de su vida pereciendo ahogada. Pero también, y de paso, jugando al porqué del color de pelo cuando Ranma se convierte en chica, que siempre es tan discutido y que, como muchos sabrán, me gusta que sea rojo XD.
Muchas gracias a todos los que leyeron esta pequeña selección de curiosidades, nos veremos luego en otra historia llena de jugosas pistas en las que seguramente no repararán hasta que se las cuente en otro Apéndice.
Saludos.
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