ぶぎゅる en pixiv
Y por primera vez yo sé quién soy
Ranma se sintió un poco cohibido, pero finalmente estiró la mano para ayudar a su prometida a cruzar el pequeño arroyo. Unas cuantas piedras que sobresalían les servían como apoyo para no mojarse.
Akane aceptó la mano tomándola con firmeza, casi parecía que estaba allí esperando desde antes que Ranma se decidiera a ofrecerla.
Al dar el primer paso le dijo al muchacho:
—Ten cuidado, el agua está realmente fría.
Entonces Ranma se dio cuenta de que, extrañamente, y quizá por primera vez desde que estaba maldito, al ver el agua no había pensado en su condición y en la pelirroja que también habitaba su ser. En realidad no podía concentrarse en nada más que los pequeños pies de Akane pasando de piedra en piedra con seguridad.
Al llegar al otro lado del arroyo continuaron caminando por territorio chino. El viaje en el buque había sido tranquilo y silencioso. Él y Akane habían hablado solo lo necesario, pero no porque se sintieran incómodos o asustados, por el contrario, habían desarrollado una convivencia tranquila, casi diáfana. Por las noches se quedaban en la cubierta durante horas mirando el cielo, uno junto al otro, perdidos en sus pensamientos pero absolutamente conscientes de la presencia de la persona a su lado. En aquellos momentos Ranma estaba seguro que el mundo era redondo con el solo propósito de contenerlos a los dos y mantenerlos cerca como en un recipiente mágico y milenario.
Luego se avergonzaba de tener pensamientos cursis tan ajenos a su propia cabeza. El aguijón que punzaba cuando estaban en Nerima se había calmado, no se lo había dicho a Akane, pero estaba seguro que ella también sentía que todo estaba bien así, que habían encontrado la paz. Ahora ya no era la incertidumbre o el miedo a lo desconocido lo que los atenazaba; ahora lo que los obligaba a continuar era la sed de respuestas.
—¿Y si al llegar allá no encontramos nada? —preguntaba a veces Akane.
Entonces lo miraba con sus ojos oscuros, como si pudiera llegarle hasta el alma. Él no respondía, porque no creía que fuese necesario, porque ella también se daba cuenta que no importaba si encontraban una solución, ya que la solución misma parecía estar en ese viaje. Era lo que siempre había creído, si se alejaban de Nerima y sus locuras todo con Akane iría mejor, porque ellos de verdad se entendían, porque en ella podía depositar toda la confianza que en nadie más, y estaba seguro que no se equivocaría. La Akane que caminaba a su lado ahora era la que siempre había estado a su lado, presente o no, queriéndolo él o no; y no podía negar que se sentía mejor teniéndola cerca.
¿Qué estás dispuesto a entregar a cambio de su vida?
Recordó otra vez las palabras y esa voz que le hablaba desde muy cerca, pero no pertenecía a nadie. ¿Dispuesto a entregar? Lo que fuera, y así respondió su corazón aquel día. ¿Qué importaba lo que hubiera dado en aquel momento, sabiéndolo o no, grande o pequeño, visible o invisible? Lo que contaba era que Akane estaba ahí, viva, caminando a su lado, como debía ser. Y él se encargaría de que así fuera para siempre. Si una vez había podido traerla desde la muerte, entonces podría hacerlo de nuevo, arriesgando todo. ¿Qué importaba? Siempre había estado dispuesto a entregar su propia vida por ella, ¿qué diferencia había ahora?
—Este es un buen lugar para acampar —habló de pronto Akane interrumpiendo sus pensamientos.
Ranma asintió, y agradeció que Akane se estuviera encargando de las cosas prácticas, porque él se estaba convirtiendo en un idiota cursi y soñador.
. .
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El viejo de la luna se demoró de nuevo en apreciar el calor y el aroma del té con una parsimonia religiosa antes de probarlo. Ladeó un poco la cabeza degustándolo, sus cejas pobladas y grises se movieron arriba y abajo lentamente. Después puso de nuevo la taza sobre la mesa. Estiró la mano y tomó con delicadeza uno de los pastelillos dispuestos en la bandeja que Cologne había traído precavidamente, notando que la anterior ya estaba vacía.
Era sorprendente mirarlo comer. Con suma elegancia y presteza los dulces desaparecían uno a uno, pero casi como si él no hubiera tenido nada que ver en el asunto.
—Debo felicitarla a usted, señora mía —habló con gran elocuencia el viejo—. Pocas veces me han tratado con tanta generosidad y displicencia en los lugares que he visitado… No lo crea, no salgo mucho, una visita cada algunos cientos de años, cuando la situación lo requiere, nada más. De alguna manera no puedo permanecer mucho tiempo lejos de mi hogar. Pero cuando debo viajar a veces siento miedo, ¿cómo será realmente aquel lugar al que iré? ¿Podré encontrar allí todo lo que necesito para sobrevivir? Mis necesidades son mínimas, ya ve, solo pido un delicioso té y algunos dulces, pocos, tampoco demasiado, no es cuestión de abusar de la buena disposición del dueño de casa.
—Por supuesto —comentó Cologne.
—Pero usted es una magnífica anfitriona. Este té es excelente, ¿té negro keemun, verdad? Hacía tiempo quería probarlo.
—Y ahora —intervino rápidamente Cologne para evitar que el viejo se fuera por las ramas—, ¿le importaría explicarme lo que sucedió con Ranma y Akane?
—¿Lo que sucedió con Ranma y Akane? —Parecía verdaderamente desconcertado. Luego sus ojos se iluminaron—. ¡Oh, sí, es verdad! Ese pequeño asunto de Ranma Saotome y Akane Tendo… ¿Dónde me había quedado? Veamos… ¡Ah! Sí, sí. El hilo rojo de esos dos se estaba rompiendo. Tenía que hacer algo —puntualizó el hombre.
—Ya veo, entonces lo reparó —comentó Cologne asintiendo lentamente.
—No, señora. Lo corté.
—¡¿Cómo?! —saltó Cologne. «¡Está completamente loco! Ni siquiera él entiende una palabra de lo que dice.»
—Efectivamente —dijo el viejo de la luna asintiendo. Cologne lo miró con expresión perspicaz, ¿era solo un comentario? ¿O tal vez estaba respondiendo a lo que ella pensó?
—No puede ser —la anciana apoyó ambas manos en la mesa y se echó hacia adelante—. Sin hilo no hay destino, ni razón aparente para que las personas se encuentren, por lo tanto, los destinos de Ranma y Akane ya se habrían separado para este momento.
—Bien, bien, podríamos decir que eso es verdad. Pero no debe preocuparse, yo creé otro hilo para ellos.
Cologne lo miró de hito en hito mientras retrocedía hasta poner de nuevo la espalda recta.
—¿Es posible hacerlo? —preguntó casi alarmada.
—En casos de emergencia como este, sí —dijo el viejo.
—¿Cómo, pues? —lo instó la mujer.
—Con esto —murmuró el viejo. Adelantó despacio por encima de la mesa la mano izquierda, que tenía cerrada en un puño, y después la levantó sin dejar de mirar a la anciana a los ojos, cuidando de no perder su atención en ningún momento.
Cologne estaba quieta, tensa, dura como una tabla para controlar los enormes deseos que tenía de saltar por sobre la mesa y sacudir a ese viejo. ¡Qué insoportable!, ¡cómo estaba disfrutando el maldito de esa puesta en escena, luciéndose como si estuviera en el escenario de un teatro!
—¿Con esto qué? —lo urgió Cologne con dientes apretados.
El viejo de la luna sonrió como un niño travieso y levantó el dedo meñique de la mano izquierda.
—Con esto —respondió feliz señalándose el dedo en alto.
Si quería un golpe de efecto, lo tuvo. Cologne, con los ojos bien abiertos, los labios fruncidos casi con desprecio y aguantando las ganas de abofetearlo, solo se pudo quedar callada, sin saber qué decir.
—Fíjese usted —explicó el viejo muy animado acercando más al centro de la mesa el meñique extendido, así la anciana podía verlo mejor—, aquí, en este dedo, hay una terminación arterial muy importante. ¿La ve aquí? —señaló la tercera falange—. Ustedes la llaman arteria ulnar, o eso dicen los tratados de medicina que suelo leer. Son bastante interesantes, por cierto, uno no puede creer todo lo que aprende de ellos, son una estupenda lectura para pasar una tarde junto al fuego. Pero vea, técnicamente el hilo rojo de todos no es otra cosa que la continuación de esta pequeña arteria conectada directamente al corazón, lo que significa que en realidad no son los meñiques si no los corazones de las personas los que están atados. ¿No es una idea de lo más romántica?
Cologne se imaginó que lo que faltaba era una guirnalda de flores enmarcándole el rostro para darle a esa escena la dosis de cursilería extrema.
—¿Entonces? —preguntó—. Continúe.
El viejo hizo una mueca de disgusto hacia el frío corazón de aquella mujer. Pero siguió hablando.
—Es simple —dijo—, tomé un poco de la vena de la chica Akane Tendo, luego un poco de la vena del chico Ranma Saotome y asunto arreglado.
Levantó las dos manos como si hubiera hecho un truco de magia.
—¿Usó la sangre? ¡Mezcló su sangre! —exclamó Cologne de repente.
—Eso, sí, eso mismo.
—No entiendo. ¿Y el hilo rojo? ¿Dónde está su hilo rojo?
El viejo chasqueó la lengua decepcionado.
—¿Cómo que no lo entiende? ¡Si es sencillísimo! Un poco de esta sangre allá, y otro poco de aquella sangre aquí. Ahora están unidos de por vida y no hay peligro de que ese lazo se rompa porque no tienen hilo rojo. ¡Ellos son el hilo! —exclamó riendo triunfante.
—Ellos son el hilo —murmuró Cologne para sí misma—. Ellos son el hilo...
El viejo de la luna asentía mientras iba dando sorbitos a su taza de té.
—Pero, entonces... ellos... ellos... —La anciana movía las manos y fruncía el ceño, sin dar con las palabras adecuadas para expresarse.
—Ahora ellos son lo mismo. Aunque sean entes separados, en realidad son uno solo —explicó el viejo con expresión inteligente.
—Y eso... ¿y eso siquiera es posible? ¿No hay consecuencias?... ¿No hay peligros que...?
Se perdió en sus pensamientos. Hacía un tiempo que sabía que el yerno estaba fuera del alcance para Shampoo, y después de los acontecimientos en el Monte Fénix, que Mousse le había narrado con gran detalle, había comprobado adónde se dirigía el hilo rojo de Ranma. Pero esta nueva situación parecía insólita, extrema, demencial. Se arrepentía de haber enviado a los dos adolescentes solos a una tierra lejana, sin ayuda y sin que tuvieran conocimiento de lo que les estaba ocurriendo.
—Por supuesto que hay consecuencias, cualquier acción tiene sus efectos y esta no es la excepción —dijo el viejo de la luna—, pero ellos podrán sobrellevarlo bien, se complementan perfectamente. Claro, a partir de ahora sus vidas están unidas, si uno muere, el otro inevitablemente también.
—¡¿Qué?! —saltó Cologne—. ¿Y lo dice así, tan tranquilo?
—Por supuesto. No hay nada más natural que la muerte para ustedes los humanos —sentenció el hombre.
Cologne sintió un escalofrío recorriéndole la espalda y metió las manos en las mangas de su túnica rápidamente.
—Es como esa frase tan repetida de «prefiero morir que vivir sin ti». El famoso tópico de «morir de amor», muy recurrente en la literatura. Oh, las bellas obras de antaño... No se comparan con las pobres ideas de hoy en día, tan repetidas hasta el hartazgo. Y tan mal narradas, por añadidura. Ahora ya nadie sabe dar con las palabras para describir los sentimientos tal y como son. Como decía el poeta, «el amor es un... ».
—Entonces, —lo interrumpió Cologne a propósito— ¿me está diciendo que ellos son la misma persona? ¡Es imposible!
—Vaya, cómo le gusta usar esa palabra. «Imposible». Imposible —repitió el viejo de la luna con su agradable cadencia—. Es curioso, seguramente muchas personas dirían que es imposible que alguien cambie su apariencia cuando lo toca el agua fría, pero usted sabe que es posible. Seguramente antes pensaba que era imposible que el propio Lǎo Yuè-liàng tomara el té con usted, pero ahora ve que es posible. Lo que es posible o imposible depende de cada quién, y yo le digo que para mí todo es muy posible —insistió con orgullo.
Cologne hizo una mueca.
—Pero Ranma Saotome y Akane Tendo no son la misma persona, no físicamente, por lo menos. Sin embargo, en esencia, son lo mismo, están atados, ya no hay un lugar donde termine uno y empiece el otro, se han fundido en una sola alma, metafóricamente hablando. Ya no volverán a separarse nunca, nunca jamás. Y eso es lo que todos queremos, ¿verdad? —sonrió ampliamente.
Y a Cologne le pareció una sonrisa aterradora.
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Cuando la noche cayó y los envolvió, Ranma no encontraba acomodo dentro del saco de dormir. Recostado de espaldas, con Akane ya dormida a escasa distancia y solo los rescoldos de la fogata entre ellos, se puso a mirar el cielo.
En otra época le hubiera costado imaginarse con Akane en tierra extranjera, solos en mitad de la noche, pero ahora parecía que no podía pensarse en ninguna otra parte.
Era como si hubiera estado escrito así desde el principio. Encontrarse, conocerse, amarse. Todo era una sola cosa, lo vio en ese momento con una claridad prístina. En realidad no había ambigüedad ni malos entendidos que complicaran las cosas entre ellos, siempre volvían al punto, al final de cada aventura lo mismo: ellos dos, ocupando el lugar que les correspondía, uno al lado del otro, sin nadie en medio. En una relación de medias verdades, de medias palabras como la que tenían, era una locura pensar que todo estaba bien como estaba, pero así era. Se conocían, se comprendían, se complementaban, cada uno era una mitad que se completaba con la otra parte. Claro que nunca terminaban de decirse las cosas, claro que todo lo daban por supuesto, ¡si no tenían más que mirarse y ya podían leerse como un libro abierto!
¿Cómo era posible que antes no cayera en la cuenta de todo esto? Desde el principio fue igual, se celaban porque se pertenecían, era un constante buscarse. Entre los gritos, los problemas, las peleas, las locuras, cuando miraba por sobre su hombro Akane estaba ahí, ayudándolo, apoyándolo. Siempre al lado. Si ella se alejaba un poco él la seguía, era un instinto, un llamado de la sangre que le hacía ir tras ella, aunque cubriéndose siempre las espaldas con excusas. Incluso cuando aguantaba con fuerza la distancia que los separaba y la urgencia de conocer sus pasos y todo lo que hacía, los engranajes invisibles del destino se empeñaban en marchar y le ponían los pies en un camino distinto, pero donde al final siempre estaba ella.
Pensó de pronto en una locura enorme: volver atrás, poder escaparse al pasado y forzar las situaciones para no dejar nunca China, para no volver nunca a Japón, o para tomar otra ruta, cruzar el continente, separarse por otras montañas, navegar mares lejanos y extraños. Andar el mundo a contramano, alejándose de ella y de su destino cada vez más, ¿no era probable que se la encontrara al doblar una esquina? ¿Era tan fuerte el destino?
Y si pudiera volver mil veces al pasado y cambiar las situaciones, si en cada oportunidad tomara decisiones diferentes, ¿qué ocurriría? ¿Y si no hubiera mitad femenina?, ¿si no hubiera padres amigos desde la juventud?, ¿si no hubiera artes marciales? ¿Cuánto tardaría en encontrarse con Akane? ¿Lo haría alguna vez o los separaría el mundo por siempre sin saber de la existencia del otro? Estaba seguro que no, porque él la llevaba impresa en las palmas de las manos desde antes de tocarla, sabía que existía aunque no sabía cómo era. Los viajes, Jusenkyo, la lluvia, los enemigos, todo lo arrastraba hasta ella, y todo seguiría arrastrándolo, atrayéndolo como un imán hacia su centro, a la auténtica verdad del mundo y de la vida: su lugar era junto a Akane.
Ranma parpadeó. Sentía que el cielo estrellado, ese que parecía devolverle la mirada desde lo alto, lo había abstraído hasta el fondo de una visión y ahora volvía a tener consciencia, pero miraba las cosas de forma diferente porque ahora sus ojos se habían abierto a la verdad.
Se recostó de nuevo en el saco de dormir con una extraña paz de espíritu, pero sin notar que Akane despertaba sobresaltada a unos pasos de él. La muchacha se removió inquieta, con la sensación de que alguien había estado hurgando en su alma y había leído todos los secretos de su corazón, incluso los que no se confesaba ni a ella misma.
Se sintió desprotegida, insegura, y tan pequeña como una hoja cualquiera que arrastraba el viento de la noche, pero con la certeza de que nada de lo que le ocurriera sería en vano. Algo más grande estaba guiándola hacia lo desconocido.
Y por todas partes resonaba el nombre de Ranma.
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