ぶぎゅる en pixiv
Cologne, sin apartar la vista del viejo de la luna, tragó varias veces y se aclaró la garganta antes de hablar.
—Pero… ¿por qué? ¿Por qué hizo eso con ellos? ¿Por qué los ató? —Las preguntas casi se le atascaban en la boca.
El viejo de la luna soltó un largo suspiro de satisfacción.
—Mi trabajo es muy delicado y posee una gran belleza, se trata de echar las semillas del destino en tierra fértil, verlo crecer y ramificarse, verlo tejer una red fuerte y de sólido entramado entre dos almas. ¡Cuánta poesía! No se imagina la maravilla —exclamó el viejo con los ojos empañados de emoción—. Siempre es una sensación única, pero con Ranma Saotome y Akane Tendo sabía que sería distinto, desde el comienzo en que el lazo entre esos dos fue producido. En aquel momento no me imaginaba lo que me vería obligado a hacer años más tarde, pero había algo especial en esa unión, en la forma en que el lazo rojo brilló y reverberó cuando los até, en cómo se tensó, un indicador claro de que se encontrarían temprano… y lo hicieron después de todo, los dieciséis es una edad muy joven (aunque le diré que hay casos más precoces). Pero, como decía, aquello era una maravilla, un perfecto, liso, brillante y sedoso lazo, rojo como la sangre más pura, como las flores más alegres de la primavera, ¡mi gran obra maestra! —El viejo levantó los brazos y las largas mangas de su túnica se balancearon—. Dos almas hechas la una para la otra, una como reflejo de la otra, encajando con maestría como piezas de rompecabezas, las debilidades de uno compensadas con las fortalezas del otro, un amor verdadero. Del real, si es que me entiende, señora, no del amor que venera la belleza física sino la del alma, el amor que perdona, que acompaña, que anima y da fuerzas, el amor que libera y da felicidad. El amor verdadero que tanto se contentan con desgastar, menospreciar y desvalorizar esas historias modernas llenas de trampas, engaños y desconfianza, como si el amor real pudiera quedarse solo con lo superficial que ven los ojos. ¡No!, Ranma Saotome y Akane Tendo eran otra cosa. ¿La perfección? No diré tanto, porque no hay nada perfecto en este mundo excepto yo, y Kami-sama primero, por supuesto… Pero había algo especial en aquel par de criaturitas, algo que ya estaba trazado en el primer reflejo que daba su hilo rojo. Y entonces…
El viejo de la luna se detuvo para tomar aire, dejando caer los brazos, respirando agitado, su larga barba se balanceaba espasmódicamente con cada respiración.
—¿Entonces? —inquirió Cologne expectante, siguiendo el discurso con la boca seca.
—Entonces… ¡Oh, tragedia! —El viejo de la luna alzó de nuevo los brazos como invocando a un espíritu—. Todo se torció, todos mis sueños y mi felicidad se evaporaron en el aire, el hilo comenzaba a cortarse, hebra por hebra se desprendía y mis almas gemelas estaban próximas a alejarse, despedirse para siempre. ¡No podía permitirlo! Ellos, mi mejor creación… —Por un momento su calor disminuyó y adoptó un aire más relajado, acodándose en la mesa para continuar hablando, casi en un tono de confidencia—. Bien, no, no son mi mejor creación, decir eso sería exagerar, en todo caso hay otro par en el que tengo puestas mis más grandes esperanzas —se rió discretamente—, apenas unos niños ahora, pero dentro de un tiempo… ¡Oh! y también están otros dos que uní hace años procurando lo mejor y recién ahora el árbol de mi paciencia da frutos. Pero, aquí entre nos, si quisiéramos hablar de los mejores deberíamos retroceder casi mil años al pasado, ellos eran una pareja digna de verse, paseando por el campo y derrochando amor por todas partes, se miraban y eso era lo que hacía girar al mundo. Pobrecillos, murieron jóvenes —agregó en tono solemne—, pero juntos. ¡Qué historia de amor tan sublime tuvieron!
Los ojos del viejo de la luna refulgían, perdidos en recuerdos agradables de otras épocas.
—Bien… como decía… ¿en qué me quedé?... —Cologne estuvo a punto de responder, pero el viejo se le adelantó—. ¡Sí, ya lo tengo! Estaban a punto de separarse, la última hebra del hilo que quedaba a un paso de rasgarse, y tantos años iban a parar a la basura, una vida que iba a terminar demasiado pronto. Porque esa muchachita, Akane Tendo, estuvo a punto de morir en China, ¿lo sabía?, estuvo a las puertas mismas de dar el último paso.
Cologne cerró los ojos y asintió, porque sí lo sabía, porque Mousse le había contado con mucho lujo de detalles la aventura que vivieron en China, el momento en que se creyó que Akane había dejado de existir gracias a aquellos artilugios de Saffron, para luego descubrir que había sido convertida en una muñequita que apenas sobrevivía. Luego, la furia ciega de Ranma para intentar salvarla y, ya perdida la esperanza, cómo el gran y fuerte artista marcial se había sentado a llorar con el cuerpo de la chica entre sus brazos, un cuerpo que todos pensaban que ya no vivía.
—Así es, Akane Tendo estuvo a punto de morir. A punto digo, no murió, de lo contrario hubiera estado todo perdido, yo no hubiera podido traerla desde allí, si es que me comprende. —Por un momento el anciano se estremeció y sacudió los hombros para alejar la sensación—. Tantas cosas hubieran ido mal si aquello ocurría, no era solo que se apagara una vida tan joven, el dolor que vivirían sus seres queridos o cómo alteraría todo el futuro de Ranma Saotome. Porque él habría perdido su hilo rojo, y de ese solo hay uno, esto no quiere decir que no pudiera conocer a otra mujer, formar una familia, incluso enamorarse —el viejo de la luna movió una mano quitando importancia a la cuestión—, como dicen ustedes «el tiempo lo cura todo». Lástima que para mí el tiempo sea tan relativo, no me afectan esas cosas, el tiempo para mí es una constante incambiable. De todas formas, como decía, todo el futuro de Ranma Saotome se habría alterado completamente, no hubiera podido crecer, ¿me comprende? En un sentido, ¿espiritual, tal vez? Pero sobre todo, las grandes cosas que iba a lograr con Akane Tendo, las que lograrían entre los dos, no iban a realizarse y eso impediría que a partir de ellas muchas otras también quedaran truncas, porque todos los hechos dejan huella y permiten que ocurran otros. ¡Imagínese qué cadena de desastres! Muchos lazos rojos se rompen, no lo crea, pero es porque así tenía que ser desde el comienzo, porque esos dos a los que unía ya se encontraron, vivieron todo lo que debían vivir, hicieron lo que debían hacer, y ya no les queda más que la separación. Es doloroso, por supuesto, porque siempre que el hilo se corta es porque la muerte ha llegado. Pero este no era el caso, ¡no aún!, Akane Tendo no podía morir todavía, esos dos estaban destinados a grandes cosas, lo sé, pude intuirlo, siempre pero siempre lo sé cuando pongo el lazo, si es uno que unirá unas vidas ejemplares o es otro que terminará por romperse pronto o trágicamente. Y este no tenía ese fin.
—No lo comprendo —intervino Cologne, antes de que el viejo volviera a alzar los brazos teatralmente soltando exclamaciones—. ¿Por qué intervino? Si Akane iba a perder la vida era inevitable y así tendría que ser —dijo con solemnidad y pena, pues entristecía cuando una vida joven acababa—, pero si de verdad usted sabía que ellos no iban a separarse, que les quedaban grandes cosas por hacer, entonces sería. Aún no era tiempo para que se fuera. No comprendo por qué tuvo que intervenir. No hay fuerza más grande que el destino —sentenció la mujer.
—¡Exactamente! —El viejo sonrió radiante—. No hay fuerza más grande que la del destino, qué bien suena, por Kami-sama. Así decían los sabios de antaño, y no se equivocaban en nada, por supuesto. La gran fuerza del destino los arrastra a todos, y arrastró a Ranma Saotome y Akane Tendo hasta aquel punto crítico. Pero los haría salir de allí, sin duda.
—¿Sin duda? Entonces ¿por qué intervino? —insistió Cologne con voz más firme, aunque lo que quería en realidad era ponerse a chillar y arrancarse el cabello.
—Lo confesaré, señora, cometí un error, un error que solo los más grandes pueden cometer. —Su rostro resplandeció con orgullo—. Observé mi obra, aquellos dos corazones que latían al unísono unidos por un hilo rojo que brillaba como ningún otro, y me perdí en ella, tan extasiado estuve en su belleza que no fui capaz de ver lo más obvio de todo.
—Lo más obvio —repitió Cologne en un susurro.
—Ranma Saotome y Akane Tendo estaban destinados a otra cosa desde el principio, por eso su hilo era tan singular. Allí había algo más y llegaría tarde o temprano, aunque no comprendí de qué se trataba y que yo mismo tendría que intervenir años más tarde. Por eso me desesperé un poco, podría decirse que perdí la cabeza por un instante, todo el hilo se rompía ante mis ojos y yo allí como un adolescente asustadizo muriéndome de nervios… —Tosió un poco y enderezó la espalda—. Mi señora, le ruego que no preste atención a esto último que acabo de decir… En fin, siempre fueron de mis favoritos ¿sabe?, así que los consentía un poco y siempre tenía un ojo puesto en ellos, por eso estuve muy atento cuando supe lo que tenía que hacer… Pero dudé, lo admito, por un momento dudé, ¿estarían preparados para la unión de la sangre? No cualquiera puede sobrellevarlo, es solo para casos especiales, otros no podrían soportar la unión si la realizo. Debo decir que Ranma Saotome y Akane Tendo son una pareja muy singular, única, no hay ni habrá otros como ellos.
—Entonces, ¿nunca lo ha hecho antes? —quiso saber Cologne de pronto—. Esto… de la sangre…
—Por supuesto, en muy contadas ocasiones. —El viejo unió las manos sobre la mesa con un aire majestuoso—. Ya le dije que no es algo que se pueda hacer con cualquier par de individuos, no debe tomarse a la ligera, tiene efectos bastante… conflictivos. —A Cologne le pareció totalmente inadecuada esa palabra—. Aunque siempre me ha dado espléndidos resultados, ¡soy un experto! Claro, soy el único que puede y sabe hacerlo. —Aguantó la risa apretando los labios. Después se inclinó un poco hacia adelante y susurró en tono bajo—. Es mi tarea, ¿sabe? Ni siquiera Kami-sama puede, pero shhhh…
Se llevó un dedo a los labios y volvió a acomodarse erguido, arregló su barba y se peinó los largos bigotes con los dedos.
—Usted es el único… —murmuró Cologne perdida en sus pensamientos, después lo miró fijamente—. Por eso es el único que puede deshacerlo.
Lǎo Yuè-liàng se detuvo a la mitad de su acicalamiento y miró a la anciana con la boca ligeramente abierta, pestañeando.
—¿Deshacerlo? Qué idea tan ridícula —casi rio—. Esto no se puede deshacer.
Ahora fue el turno de Cologne de dejar caer la mandíbula y mirar sorprendida al sujeto frente a ella. Así estuvieron un rato, mirándose como un par de idiotas que se hablaban y no se comprendían porque conversaban sobre dos temas distintos.
—¿Cómo que no se puede?
—No se puede. ¿Para qué? Sería como querer cortar el hilo rojo de alguien, no tiene sentido. Además, traería muchas complicaciones.
—¿Está seguro que no se puede?
—¿Me toma el pelo, señora?
—Solo decía…
—No se deshace. Punto —zanjó la cuestión el viejo de la luna.
—Pensé que había venido para darme soluciones —se quejó Cologne—. Esos jóvenes vinieron a mí por ayuda y yo fui incapaz de proporcionársela, así que me valí de otros recursos. Y aquí apareció usted, entonces creí que había una manera de salir de este problema y usted me la daría.
—Pero si no hay ningún problema que resolver —replicó el viejo.
—¡Claro que lo hay! —afirmó Cologne—. Esos muchachos han cambiado, están desesperados, tensos, su aura está mezclada y voluble, no pueden controlar del todo sus emociones o sus actos, de pronto se encuentran en una situación totalmente distinta, su instinto…
—Esos son efectos secundarios sin importancia. —El viejo movió la mano de nuevo en ese gesto que le restaba importancia a todo, y arrugó todavía más su rostro, como un anciano quejándose del dramatismo que le ponían los más jóvenes a todo—. Pasarán, aunque tomará tiempo, ellos se están reacomodando, eso es todo. Hay un desequilibrio, se sienten extraños, claro está. Es que la sangre siempre tiende a volver a su origen, por eso se buscan constantemente y no pueden estar el uno sin el otro. Lo dominarán. Sin embargo, nunca más podrán estar separados durante mucho tiempo, ni por demasiada distancia; es por eso que tampoco uno podrá seguir viviendo si el otro ya no está.
—Esto es terrible —murmuró Cologne con el rostro desencajado.
—¿De qué habla? Es lo más sublime que podría existir, una bendición que muy contadas parejas tienen en este universo regido por Kami-sama. Créame, usted no vivirá para ver otro caso como este, señora.
«Y tampoco quiero hacerlo», pensó Cologne de inmediato, con un escalofrío corriendo por su espalda.
—Aunque si lo que le preocupa son los efectos secundarios, eso tendrá seguramente una pronta solución —continuó el anciano—, no es una fórmula mágica, claro está, pero es sabido que completándose del todo estarán más preparados para lo que vendrá.
—¿Completándose del todo?
—Deben dar lugar al amor, el amor más natural. Deben tener un acercamiento más íntimo —explicó el viejo de la luna.
La anciana lo observó un momento hasta que comprendió lo que el viejo quería decir.
—¿Amor? El amor no es solamente eso —protestó.
—Ellos ya se han amado de todas las otras formas posibles, se aman desde que se encontraron, sin saberlo, porque era el destino y el universo entero que los unía. Este es solo otro paso que deben dar, después no habrá arrepentimientos.
—Entonces —puntualizó Cologne mirándolo de hito en hito, hablando lentamente y recalcando cada palabra con excelente pronunciación—, ¿me quiere decir que envié a esos muchachos a una trampa?
—¿Trampa? No le entiendo, señora.
—Estarán solos, en medio de bosques y entre montañas, con la oscuridad de la noche como único testigo y llevando en su corazón un hechizo que ata no solo sus vidas, sino también su sangre —explicó casi escandalizada la anciana—. ¿Comprende lo que terminarán haciendo, verdad?
El silencio pesó entre los dos y giró en torno a ellos mientras se miraban frente a frente. El viejo de la luna asintió.
—Sí, es lo que hombres y mujeres vienen haciendo desde que pueblan este mundo, la forma en que ha avanzado la humanidad a través de los siglos. Es... Vaya, es un instinto básico, todos lo saben. Creí que los humanos aprendían esto en esas cosas que llaman «colegios».
Cologne enrojeció y frunció el ceño.
—Conozco del tema, muchas gracias —dijo secamente—. En mi época no se hablaba con tanta ligereza del asunto.
—¿De verdad? —El hombre se rascó la cabeza con aire pensativo.— No entiendo por qué le preocupa tanto, estoy seguro que en muchos momentos en que su bisnieta se presentaba ante Ranma Saotome sin ropa, esperaba que terminaran así.
—Eso no tiene nada que ver conmigo —replicó Cologne apartando la vista.
—Todos los esfuerzos de esa muchacha eran inútiles, por supuesto, porque ese no era el camino que tenía trazado el hilo. Las cosas ocurren como está escrito que tienen que ocurrir, no se aflija porque no es su responsabilidad, sino la de Kami-sama —confirmó el anciano. Después sonrió alegre—. ¡Ya entiendo!, le preocupa aún el destino de ese chico al que usted llama «yerno», aunque no lo sea, ni lo será nunca, permítame aclararlo. A usted le preocupa que él tenga relaciones íntimas con la chica Akane Tendo porque piensa que así se alejará definitivamente de su bisnieta, pero pierda cuidado, señora, ya le dije que el hilo rojo de Shampoo está atado a...
—¡No quiero saberlo! —objetó Cologne con los nervios crispados.
Con el grito el viejo de la luna cerró la boca de golpe, taimado.
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Un día más en tierra extranjera y un día más en que Akane sentía que caminaban en un círculo, sin saber adónde llegar o sin tener claro adónde tenían que llegar. Avanzaban pero a veces se demoraban más de la cuenta, enlenteciendo la marcha a propósito, sin tener demasiadas ganas de llegar a destino. Ella no quería llegar a destino.
Y había visto ese mismo temor en los ojos de Ranma. «Jusenkyo es el origen de todo» había dicho Cologne, pero ¿cómo podía saberlo? ¿Y si se equivocaba? No, no querían volver a ese lugar, Akane no quería recordarlo; a Ranma no lo tentaba ni siquiera la posibilidad de conseguir, de paso, un poco de agua de la poza del hombre ahogado para curarse de la maldición. Ya no le importaba, ese peso en su conciencia se había desintegrado, más aún, a veces ni lo recordaba y Akane tenía que estar cuidándolo del agua fría y lo que costaría después hacerse con un poco de agua caliente en esas zonas casi deshabitadas, inundadas de naturaleza.
A medida que caminaban todo perdía sentido: ese extraño viaje; la forma en que intentaban buscar respuestas; aquella sensación que los había llevado hasta allí, la sensación de que algo estaba mal y debían repararlo. Ahora nada parecía roto, nada parecía fuera de lugar, Akane se preguntaba, con sorpresa, por qué tuvieron tanto miedo antes, cuando estaban en Nerima, si en realidad no era para tanto, ahora, aquí, caminando junto a Ranma, todo estaba bien. Todo estaba en orden. ¿De verdad habían corrido a ver a Cologne para que los ayudara? ¿De verdad se habían ido de viaje a China dejando solo una pobre nota en casa como explicación? Ahora se avergonzaba un poco del exabrupto, pero no importaba, porque estaba junto a Ranma y todo estaba en orden.
Pero Akane se equivocaba, porque no caminaban en círculos, caminaban en una espiral, y pronto llegarían a su centro.
En la noche se quedó quieta y en silencio, con los ojos cerrados, prestando atención al crepitante sonido del fuego y a cómo crujía el saco de dormir de Ranma cada vez que se giraba hacia un lado y hacia el otro. Akane estaba estática, aunque lo que más deseaba era levantarse de allí y acercarse a Ranma, acercarse tanto hasta que no se supiera quién era quién, abrazarlo con tanta fuerza hasta sentir su corazón latiendo dentro de ella, y con ella. Era absurdo, pero imperante, lo necesitaba, creía que así realmente las cosas estarían en orden.
¿Y si…? ¿Y si lo hacía? ¿Y si caminaba los pocos pasos que los separaban? Su corazón latió violentamente derramando torrentes de sangre por todo su cuerpo y ella abrió los ojos, mirando el fuego y captando el momento exacto en que el bulto del otro lado se incorporó. Akane entreabrió los labios.
Y ya no fue realmente consciente de nada, el tiempo y el espacio se difuminaron alrededor de ella. Y de él. De los dos.
Fue un instante, le costó tomar la decisión, pero cuando estuvo segura ya no volvió atrás. Adelantó la mano y descubrió la de su prometido que le salió al encuentro, como si se hubieran puesto de acuerdo, como si ya supieran y se hubieran citado para ese preciso momento en toda la eternidad del mundo. Akane se aferró a aquella mano, y a la otra que le acariciaba la mejilla y la fue alejando del frío de la noche. Y con cada acercamiento ganaba más lugar la confianza y la urgencia se amontonaba en su vientre.
Entonces todo se volvió helado, y fue ese frío envolvente lo que la obligó a buscar calor en el único cuerpo disponible, preguntándose en ese instante cómo había hecho para contenerse tanto tiempo si ahora la vida entera se le iba hacia él, como el río que inexorable decanta en el mar.
Y llegaron al punto en que fueron cada vez menos Ranma y Akane y más él y ella, un hombre y una mujer, encontrándose y recobrándose en el silencio de la oscuridad, alejándose de la muerte entre tanta vida.
Después vino el dolor, que se acumuló en las lágrimas de los ojos y se atascó con sequedad en la garganta; entonces fue como un viento que arrasó todos los campos del mundo, deshojando las flores y sacudiendo los árboles hasta las mismas raíces. Hubo tanta luz que los cegó y se apagó luego como si se la tragara la noche, esa noche que se volvió un abismo sin fondo donde Ranma se perdió al borde de la locura y donde Akane vio, con los ojos cerrados, un hilo rojo, delgado y brillante, que ataba sus cuerpos desnudos. Como una luz fluorescente el hilo crepitó, incendiándoles la piel en un solo tono carmesí, agregando más dolor, y más placer, todo al mismo tiempo, mezclado demencialmente.
El extraño hilo se tensó más, Akane apretó los ojos y gritó, y su grito se juntó con el de Ranma formando una sola nota, se arrastraron hasta el éxtasis, amarrados cada vez con más fuerza por aquel fino cordón hasta que bajaron de nuevo a la tierra luchando por conseguir algo de aire. Se tocaron, se besaron, se abrazaron, mientras el hilo palidecía su fulgor, desapareciendo de a poco hasta extinguirse.
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—Un momento —dijo de pronto el viejo de la luna, justo cuando Cologne estaba a la mitad de una inspiración para soltarse a hablar de nuevo y hacer preguntas, quejarse, sermonear y tratar de entender la tremenda locura que aquel ser había realizado.
—… Un… ¿un momento? —reclamó Cologne sorprendida.
—Un momento —repitió el viejo y levantó el dedo índice de la mano derecha solicitando, efectivamente, que Cologne esperara. A continuación hizo una cosa de lo más extraña, giró un poco la cabeza hacia la izquierda y después la inclinó apenas hacia ese lado, como si estuviera escuchando algo. Después se volvió de nuevo hacia la anciana—. Debo irme —sentenció con cierta pena.
—¿Cómo? —Cologne estaba asombrada.
—Así es, tengo obligaciones que atender, querida señora, me he entretenido aquí más de la cuenta —informó Lǎo Yuè-liàng—. Pero no tema, ¡volveré!
—¿Qué?
Y desapareció. Sin aspavientos, sin efectos extraños, sin nada de humo saliendo del cuenco como cuando recién llegó, aquel cuenco que la vieja amazona había preparado con tanto esmero y que desde el comienzo de la conversación fue abandonado en un costado. Nada. Simplemente se desvaneció, ni siquiera de forma paulatina y comprensible; no, como en uno de esos trucos baratos de ilusionista de pronto estaba y de pronto ya no.
Al otro lado de la mesa no había nadie.
Cologne atizó el aire frente a ella con su bastón, quizá con la esperanza de encontrar algo corpóreo allí, fantaseando con que el viejo solo se había vuelto invisible como otra de sus bromas para fastidiarla. Quizá buscaba también una afirmación de que aquel encuentro no era producto de su imaginación y sí había tenido lugar, esa tarde había tomado el té con el viejo que vivía en la luna y ataba los destinos de todos los humanos.
Por un momento dudaba de su cordura, la conversación fue tan sorpresiva y descabellada que sobrepasaba todas las maravillas y rarezas que había vivido en sus más de trescientos años de existencia. Y ahora estaba de nuevo sola, como cuando creyó que sus saberes, heredados tras múltiples generaciones, podían ayudarla a descifrar el acertijo, pero el misterio era más grande, poderoso y terrorífico de lo que había imaginado, un tipo de magia que estaba mucho más allá de su nivel. Y que además no podía deshacerse.
Cologne se quedó largo rato pensando en ello y observando la taza que descansaba del otro lado de la mesa, la que había usado su invitado.
El viejo de la luna no volvió a aparecer ese día.
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