Y un trueno ahogado habló toda la noche

 


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Y un trueno ahogado habló toda la noche













Se miraron el uno al otro por encima de la mesa, aunque Cologne en realidad no le estaba prestando atención, estaba repasando mentalmente los ingredientes que había usado en el hechizo y el orden exacto en que los había mezclado. ¿En qué parte se había equivocado? ¿Cuál había sido el punto débil en el conjuro? Las palabras se encadenaron como era menester y en la entonación correcta también.

Por tres veces revisó la lista de útiles necesarios, no había error, no había titubeo, la deficiencia debía estar en su propio poder y ahora tendría que lidiar con las consecuencias del trabajo mal realizado. No era la primera vez, sin embargo, ya se había enfrentado otras veces a conjuros que se salían de su cauce y espíritus, incluso demonios, que alcanzaban este plano y no tenían intención de marcharse pronto. La magia no era una ciencia exacta, solo la experiencia enseñaba a ejercer dominio sobre ella y aun así su caprichosa energía no podía ser contenida del todo.

Cologne respiró profundo, concentrándose para controlar la situación, igual que un domador que somete a las fieras a sus deseos.

—Revélate ante mí, demonio —exigió con voz grave en su lengua natal.

—Ya le dije que nada de eso es necesario —respondió el visitante, también en chino. Su voz tenía un tono extraño, casi sedante—. Sus poderes no me alcanzan, señora, no tienen ningún efecto en mí... Además, ¡me ofende! No soy ningún demonio.

Cologne tragó saliva y se movió despacio hasta alcanzar la pequeña lámpara que estaba cerca, a su derecha, y encenderla. Cuando se hizo la luz, pestañeó y miró por primera vez en detalle al visitante, era anciano, muy anciano, las arrugas se le agolpaban en el rostro marcando todas sus líneas de expresión; los ojos rasgados parecían casi cerrados por los años que los aplastaban, y aunque en la cabeza el cabello era escaso tenía, por el contrario, largos bigotes y una barba que le nacía en el mentón y continuaba sedosa y gris hasta casi la mitad del pecho. En ese momento tenía las manos metidas en las amplias mangas de su túnica verde oscuro y estaba sentado frente a ella con total tranquilidad, como si fuera algún pariente haciendo una visita de cortesía.

—... ¿Quién es usted? —preguntó finalmente la mujer, aprensiva.

—¡Vaya! ¡Creí que nunca lo iba a preguntar! —sonrió animado el hombre—. Mi nombre es Lǎo Yuè-liàng.

—¿Lǎo Yuè-liàng?

—Y puedo contarle una pequeña historia al respecto —sentenció con su modulada voz, dando a entender que no importaba si ella quería oírla o no, la contaría igual—. Existe una vieja leyenda que dice que en la luna vive un hombre muy anciano que sale cada noche a buscar entre las muchas almas de la Tierra aquellas que nacieron para conocerse y estar juntas. Cuando las encuentra, ata sus dedos meñiques con un hilo rojo e invisible para que nunca puedan perderse. A ese hilo le llaman el hilo rojo del destino, es el que conecta a todas las personas destinadas a encontrarse, sin importar el tiempo, el lugar o las circunstancias, es un hilo que puede tensarse o enredarse, pero nunca se romperá —terminó de narrar el viejo, y después agregó muy emocionado—. ¡Qué bellísima historia!

—¿El hilo rojo? —soltó Cologne como sofocada. Después de algunos segundos la revelación cayó sobre ella—. Un momento... Lǎo Yuè-liàng, literalmente «el viejo de la luna».

—Ese soy yo, «el viejo de la luna», así me llaman también, e incluso solo oji-san —replicó el anciano inclinando un poco la cabeza, todavía con las manos dentro de las mangas de su túnica—. También me llaman de muchas otras formas en otras lenguas, pero algunas no suenan nada bien. Y a veces me han puesto apodos nada agradables.

—¿Usted... ? —Cologne apresó con más fuerza su bastón, queriendo aferrarse a la realidad—. ¿Usted es el viejo que vive en la luna? ¿El que ata con el hilo rojo los destinos de todas las personas?

—Exactamente. Es lo que he hecho toda la vida, si es que se puede llamar vida a mi existencia eterna.

Atónita, la mujer volvió a mirarlo. No podía ser, era alguien de carne y hueso después de todo, no un ser incorpóreo o una presencia de extraña aura. ¿La leyenda era cierta?

—Pero... —y antes de hablar se detuvo a pensar mejor—. ¿A qué se debe su presencia aquí?

—Vine en requerimiento a su pedido, señora. ¡Tenemos tantas cosas de las que hablar usted y yo! Pero antes, ¿qué me dice de esa taza de té que me había prometido? No me vendrían mal algunos dulces para acompañar también, he oído que los dulces japoneses son deliciosos y aún no he tenido la suerte de probarlos. Excepto que tenga por allí unos yuè bǐng, ¿los tendrá? De todos modos, cualquier cosa vendrá igual de bien.

La mujer pestañeó, pero de inmediato se despabiló poniéndose de pie. Tenía muchos años de experiencia tratando con criaturas sobrenaturales y sabía cómo manejarlos, y de todos modos este era un caso por demás interesante. Parecía que todo tenía que ver con el hilo rojo después de todo, tal y como lo había sospechado.

Al salir cerró la puerta, pero un par de segundos después volvió a abrirla despacio, apenas una rendija para poder espiar el interior de la habitación y cerciorarse de que «aquel hombre» seguía allí. Quizá se hubiera evaporado, quizá no fuera real y su propio hechizo se hubiera vuelto contra ella sumiéndola en un sueño, o una alucinación. Pero no, el viejo seguía allí sentado tranquilamente, con los ojos cerrados como si durmiera, aunque al percibir que Cologne lo miraba abrió los ojos y sonrió contento. Sus largos bigotes se balancearon graciosamente.

Cologne cerró de un portazo. Tendría que servirle la merienda después de todo.

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El viejo sacó las manos de sus mangas por primera vez para rodear la taza de té que tenía delante. Aspiró con aire soñador el aroma que se desprendía con las volutas de vapor. Cologne observó con disimulo por sobre el borde de su propia taza de té cómo el anciano alargaba los dedos para tomar un pastel de pasta de arroz y le daba un pequeño mordisco con gran parsimonia; luego sus largos bigotes y su barba se movieron rítmicamente mientras masticaba. Una vez que dio buena cuenta de las golosinas de la bandeja pareció reparar por primera vez en la mujer ante él.

—Sírvase usted, por favor —pidió humildemente, como si fuera el dueño de casa sirviendo a un invitado.

—Estoy bien así, gracias —replicó automáticamente la anciana.

—¡Están deliciosos! —elogió el hombre—, realmente deliciosos. Disculpe mi gran atrevimiento, pero es que vivo para los postres. Después de todo dicen que no hay nada más dulce que el amor.

Rió por lo bajo de su propio chiste y se llevó otro pastelillo a la boca.

—¿Por qué está aquí? —preguntó Cologne de pronto.

—Ya se lo dije, vine porque usted lo pidió.

—¡Yo no quería que viniera el viejo de la luna!

—Pues tendría que haber sido más específica en su pedido —la amonestó el anciano, señalándola con el pequeño palillo que traía el dulce que había comido—. Si mal no recuerdo usted dijo «muéstrenme el causante del desequilibrio del caballo salvaje y la nube escarlata». Ahora, eso es algo muy peligroso, ¿se da cuenta de cuántas maneras diferentes puede interpretarse esa frase? Gracias al gran Bǎo Shēng dàdì no usó aceite serpentino en la invocación o estaríamos rodeados de demonios nada agradables y que no podrían darle ninguna respuesta, además.

—Por supuesto, conozco bien el uso del aceite de serpiente —replicó Cologne ofendida.

—Eso espero. ¿Y dónde lo consigue? ¿Es manufactura propia?, ¿o es importado? Escuché que en India hacen uno de muy buena calidad y he visto usarlo con mucha maestría a grandes hechiceros.

—No, no, el mío lo traigo de China. Hay una aldea en el norte de la provincia de Liaoning donde me proveo de todo lo que... ¡Un momento! ¿Qué estoy diciendo? ¡Eso no importa! —Cologne apoyó las manos en la mesa—. ¿De qué me habla? Mi hechizo fue muy claro, ningún caballo salvaje y nube escarlata, me refería a Ranma Saotome y Akane Tendo. Ranma y Akane —subrayó.

—Claro, eso lo sé yo porque lo sé todo —aseguró sin inmutarse el viejo—. Pero si nos fijamos en las palabras y su significado literal tendríamos grandes problemas, y de hecho, todo es su culpa, señora, ¿por qué usó la palabra «mostrar»? Podría haber pedido iluminación, podría haber pedido que se le esclareciera el pensamiento, podría haber pedido pistas. Pero no, recitó un «muéstrenme» como si fuera lo más normal del mundo... Lo sé, lo sé, seguramente tenía prisa y quería respuestas rápidas. —El anciano suspiró largamente—. A veces olvido que los tiempos de los humanos no son iguales a los míos. Aunque deberían intentar vivir un día con tranquilidad, respirar el aire fresco, sentir la caricia del sol en el rostro, aspirar el aroma de las flores. Tienen flores por montones aquí, ¡no saben lo afortunados que son! En la luna no hay flores, tengo que cultivarlas yo mismo, y le diré que tengo buena mano —sonrió con orgullo—. Allí en la luna siempre hace un frío terrible así que tengo un pequeño invernadero para las flores de estación cálida, ¡viera usted lo bonito que está en este momento! Tengo varios retoños a punto de florecer. Fíjese —comentó alzando el dedo índice—, si usted me dijera «muéstreme el invernadero» yo no tendría más remedio que llevarla hasta allí, porque «mostrar» implica que se ponga a la vista de uno. Entonces, es así que nos encontramos en este punto, usted pidió que se le mostrara y por eso estoy aquí. Es usted muy afortunada, mi querida señora, porque me tiene a mí para responder todas sus dudas y proporcionarle conocimiento. ¿Quiere que le diga algo sobre Ranma Saotome y Akane Tendo? ¡Puedo darle toda una enciclopedia de información sobre Ranma Saotome y Akane Tendo! ¿Tiene algo de tiempo?

—La verdad es que no —respondió Cologne de mal modo.

—Pues bien, no se preocupe por nada, señora —el viejo de la luna dio otro sorbo al té—. Le aseguro que todo es mucho más sencillo de lo que parece. Lo resumiré para usted.

—¿De verdad? —preguntó Cologne con ironía.

—El hilo rojo de esos jóvenes se rompía —dijo solemnemente el anciano.

—¡Imposible! —sentenció Cologne. Apretó con más fuerza su bastón, como si eso le diera más dignidad y autoridad para hablar—. La leyenda lo dice, el hilo que se ata a las personas es imposible que se desate o se rompa.

—Bien, empecemos por el principio: eso es una leyenda, no todo lo que dice es cierto. Téngalo presente —sentenció con seriedad, mirándola a los ojos—. Es verdad que el hilo es muy resistente, y en circunstancias favorables no llega nunca a romperse, pero... ¡pero ese muchacho! Nunca he visto una hebra tan enredada, y usted lo sabe, señora, yo he atado los destinos de todos desde el principio de los tiempos, y lo seguiré haciendo hasta el final, si los dioses lo permiten. —Cerró los ojos por un largo momento, quizá rezando una plegaria para sí mismo.

Pero Cologne afiló los ojos creyendo que el viejo se había quedado dormido. Dio un golpe en el suelo con el bastón y se echó hacia adelante para preguntar con impaciencia:

—¿Qué es lo que quiere decir? ¡Explíquese! Esto no me cuadra por ninguna parte.

El anciano abrió los ojos con un sobresalto.

—¿Eh?... Ah, sí, sí. El hilo del muchacho. ¡El más ensortijado que he visto en mucho, mucho tiempo! No sé cómo le hizo para enredarlo tanto... Bueno, ciertas circunstancias se entrometieron en su camino, es verdad, cosas que no estaban planeadas de antemano. Sobre todo cierta mujer —recalcó lo último con voz baja y profunda, mirando con atención a la anciana frente a él.

—¿Mujer? —Cologne alzó las cejas con sorpresa y una pequeña sonrisa apareció en su rostro sin proponérselo.

¿Sería posible que Shampoo fuera la que trastocó el destino del yerno? Quizá ella era en realidad la que debía quedarse con Ranma para siempre, después de todo ellos estaban predestinados también porque él la había vencido en una pelea justa. El único que pudo vencer a Shampoo, ningún otro podría nunca.

Cuando volvió a mirar al anciano, él meneaba la cabeza lentamente de un lado al otro.

—No, no, señora —dijo casi apesadumbrado—. No estoy hablando de su bisnieta, si es eso lo que pensaba.

—¿Ah?

—El hilo de esa bella muchacha está atado a...

—¡No quiero saberlo! —lo interrumpió de pronto Cologne alzando una mano.

—¿Está segura? Que lo sepa un tercero no va contra las reglas. De todas formas el destino no puede torcerse —terminó encogiéndose de hombros.

—Prefiero no saberlo —insistió la anciana.

—¿Está segura? —repitió el hombre con más insistencia—. Los humanos tienen todos estos... «jueguitos» para adivinar el futuro, para saber lo que vendrá... Puras patrañas, por supuesto... ¡Lo que me divierto observando todos sus tontos esfuerzos! Como si pudieran protegerse de lo que ya está escrito.

—Lamento ser tan tonta —comentó con sarcasmo y sequedad la anciana.

—¡Y lo es! —confirmó el otro sin ningún tacto—. Le ofrezco datos fidedignos y los desaprovecha. ¿De verdad no quiere saber?

—No quiero —respondió cortante Cologne.

—¿De verdad de verdad? —presionó un poco.

—¡Que no quiero! —gritó Cologne a todo pulmón y golpeó el suelo con el bastón hasta casi astillarlo.

—Bueno... solo decía.

—Al grano. ¿De qué mujer me habla? ¿Qué mujer interfirió en el destino de Ranma?

El anciano se acomodó sobre su cojín en el suelo y se aclaró la garganta antes de hablar.

—La pobre y querida Hóng fā Bùxìng.

—¿Y esa quién es?

—La mujer que se ahogó en Jusenkyo —insistió el hombre.

Cologne arrugó el ceño y después sus ojos brillaron con comprensión.

—La poza de la chica ahogada —murmuró.

—¡Esa misma! Toda aquella situación trastocó el destino del muchacho, las cosas fueron más complicadas desde entonces. Piénselo bien, de pronto todo lo que Ranma Saotome era se sacudió desde sus cimientos, ahora era una chica, pero no dejaba de ser un chico, ¿comprende ese embrollo? Un gran lío para él ¡y sobre todo para su prometida! Usted debe conocer bien el delicado corazón femenino y lo turbulento de sus aguas. En todos mis miles de años de existencia he llegado a comprender y conocer solo una mínima parte de todos los misterios que se esconden tras los ojos de las féminas, y solo con eso, con esa pequeña parte, puedo imaginarme las dudas, los conflictos y los miedos que debe haber padecido esa pobre chica. Me refiero a la chica Akane Tendo, por cierto. Aunque cuando Ranma Saotome es chica también tiene... Ahora que lo pienso, podríamos llamarla Ranma-chan en esas circunstancias, ¿no cree? Con cariño, para desambiguar... Ranma-chan... —paladeó el nombre pronunciándolo lentamente con ojos soñadores—. Es una chica muy bonita, ¿no le parece? Oh, sí, muy bonita. Eso es gracias a su madre. Aquí entre nos —bajó la voz y se echó un poco hacia adelante—, tuvo suerte de parecerse a la madre. Todavía recuerdo la sorpresa que me llevé cuando tuve que atar el destino de aquella niña preciosa al alma torcida de aquel tal Genma Saotome, pero en fin... No podía cambiarlo, ¿sabe? Esa es la tristeza de mi oficio a veces —suspiró—. Pero, como decía... —De pronto se rascó la cabeza—. ¿Qué era lo que estaba diciendo? Veamos... Ranma Saotome, que se convirtió en mujer, su pobre prometida, las mujeres, Ranma-chan —iba contando con los dedos—. ¡Ah, sí! ¡Ya lo tengo! No crea que me pierdo, no, es solo que tengo demasiadas cosas en mi vieja cabeza —dijo dándose unos golpecitos suaves en la frente con la punta de los dedos—... Decía que el corazón de Akane Tendo debió sufrir mucho, pero el de Ranma-chan también. Cuando cambia, no cambia solo por fuera. Su esencia es la misma, por supuesto, discutir este punto sería absurdo, pero tampoco se puede olvidar que las emociones de hombres y mujeres se generan y se muestran de manera distinta. El chico tiene que lidiar con eso también. Un gran conflicto, sí que lo es. Otra vuelta que da el hilo, se retuerce más y más. De esa forma es como puede llegar a cortarse. Nadie lo sabe, por supuesto, porque nadie puede verlo, solo yo —indicó, no sin cierto orgullo—, pero el hilo del destino es en realidad muy fino y delicado.

Se sumergió en un silencio absorto, reflexivo y solemne, pensando en los conflictos existenciales de la humanidad.

Cologne inclinó la cabeza a un costado y pestañeó varias veces sin saber qué decir, porque ya ni recordaba el tema de conversación. Se recompuso, tosió y frunció los labios para recuperar un poco de dignidad.

—Muy bien —dijo—. Entonces...

Dejó el espacio en blanco para que el anciano lo completara.

—¿Entonces? —el viejo abrió los ojos y la observó—. ¿Entonces qué?... ¡Ah, sí! Entonces, estaba diciendo que la pobre y querida Hóng fā Bùxìng tuvo un fin muy trágico, cuando quiera puedo contarle su terrible suerte y cómo fue que terminó la pobrecilla ahogada en la poza de Jusenkyo. Pero en fin, ella fue la que comenzó a retorcer el hilo de Ranma Saotome al ahogarse en aquel sitio y generar esa terrorífica maldición. Aunque es verdad que para ese entonces el hilo del destino de ese chico estaba ya bastante descuidado. De cualquier forma, luego vinieron más y más contratiempos que lo tensaron cada vez con mayor fuerza, cada situación era más loca y disparatada que la anterior. Fue todo eso lo que me llevó a la situación desesperada de hacer aquello con Ranma Saotome y Akane Tendo para evitar que el lazo se rompiera del todo y ellos terminaran separados... Ejem, ejem... ¿Sabe?, tengo la garganta un poco seca —se disculpó sobándose el cuello.

—¿Más té? —preguntó de inmediato Cologne levantándose prontamente. Estaba ansiosa de tener un pretexto para desaparecer de la presencia del anciano.

—Oh, sí, por favor —respondió el hombre encantado.

Mientras se dirigía a la salida, la mujer comenzó a murmurar entre dientes.

—Espero que lleguemos al final de esto de una buena vez. Maldita la hora en que se me ocurrió realizar ese hechizo, ahora no me puedo librar de él hasta que suelte toda su cháchara inútil. La próxima vez lo pensaré dos veces antes de...

Cuando ya casi cerraba la puerta, el viejo agregó:

—¡Y que sea bien cargado!






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