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ぶぎゅる en pixiv































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Ranma y Akane se miraron frente a frente. Al final, Ranma bajó la vista avergonzado.

—Nabiki, ¿qué… significa…? —balbuceó incrédulo.

—Creo que tenemos que darles un momento —comentó Nabiki con una mirada divertida, y se tomó del brazo de Kasumi. Juntas se alejaron caminando despacio, perdiéndose en la oscuridad de la plaza.

Se hizo un largo momento de silencio. La plaza estaba casi vacía, la mayoría de la gente la usaba como lugar de paso para ir hacia la otra parte de la ciudad; los transeúntes cruzaban junto a Ranma y Akane y seguían de largo.

Ranma levantó la cabeza de nuevo y descubrió que los ojos de su exprometida lo seguían viendo fijamente.

—Yo…

Metió las manos en los bolsillos de su pantalón deportivo sin saber qué decir. Se había resignado a que nunca más podría verla, a que debería continuar solo, siendo fuerte sin tenerla con él, y ahora, de nuevo Akane estaba frente a él. Por primera vez comprendió todo lo que había aceptado cambiar al asociarse con Nabiki en aquella aventura. Era la posibilidad de poder volver a mirar a Akane a los ojos.

—Hola… Ranma.

—Akane, yo…

Ella avanzó y lo abofeteó, dejándolo completamente estático, con los labios entreabiertos.

—¿Qué…? —Ranma se llevó la mano a la mejilla—. ¡¿Qué diablos, Akane?!

—¡Idiota! ¿Por qué tardaste tanto en volver? —le reclamó ella empuñando las manos.

—¿Volver?...

—Volver, contarme la verdad —respondió Akane—. Disculparte y aceptar que fuiste un idiota.

—¡Pero si no podía volver!... Yo… ¡ni siquiera debería estar aquí! —Ranma se llevó la mano a la frente—. Si Nabiki no hubiera…

—¿Quiere decir que si Nabiki no hubiera insistido en ayudarte seguirías como siempre? ¿Me hubieras dejado sola para siempre? —acusó Akane.

—Sí.

Akane dio un paso hacia atrás.

—Tú no entiendes —dijo Ranma desesperado—. ¡Te salvé la vida!

—¡Y te convertiste en el esposo de Shampoo!

—¡Solo en el papel! ¡Jamás la toqué!

Akane se sonrojó.

—Y a mí… ¡a mí que me importa eso! —gritó ofuscada.

—Fue para salvarte la vida —contratacó Ranma—. ¿Acaso Nabiki no te lo explicó? ¿Por qué te trajo aquí?

—Hay muchas cosas que tú no sabes, Ranma —dijo Akane con voz seria.

—Lo que sé es que si yo no hubiera hecho lo que hice, no estarías aquí —dijo Ranma señalándola—. Así que si tuviera que hacerlo de nuevo, ¡lo haría! ¿Pero cómo una bruta como tú va a entender eso?

—¿Cómo me llamaste, idiota?

—¡Ya oíste!

—El único bruto aquí eres tú, que se deja engatusar por las mentiras de Shampoo —reclamó Akane—. ¿Todavía no te diste cuenta de que es una víbora? Todo lo que hace es con segundas intenciones.

—¡Claro que lo sé! —exclamó Ranma—. Estabas muriendo, Akane, ¿no entiendes? ¡Estabas muriendo en esa maldita cama de hospital! ¡No podía permitirlo! Era la única salida.

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—Oh, ya se están gritando de nuevo —comentó Kasumi preocupada sentada en uno de los bancos de la plaza, a poca distancia de Ranma y Akane.

—Sí, todo funciona normal de nuevo, ¿cierto? —comentó Nabiki a su lado tomando un helado.

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—¡No lo era! —gritó Akane—. ¡No, no lo era!

—¡Estúpida! ¡No seas tan testaruda! Gracias a mí pudiste vivir.

—¡Mi vida sin ti ha sido miserable! —exclamó Akane rompiendo a llorar, cubriéndose el rostro con las manos.

—A-Akane… —el muchacho no supo qué decir, de pronto su corazón comenzó a latir acelerado y se sintió de nuevo como un adolescente inexperto—. Akane… yo…

—Jamás te perdonaré, Ranma —dijo Akane entre lágrimas.

Ranma se quedó quieto, conteniendo la respiración durante un momento; pero al final dejó caer los hombros y asintió. Entendía el rencor de ella, y conocía su temperamento explosivo, pero también sabía que el corazón de Akane estaba lleno de buenas intenciones y tarde o temprano su bondad afloraría.

—Está bien —murmuró.

—Jamás te perdonaré… —Akane se limpió las lágrimas y levantó el rostro— a menos que…

Ranma la miró con el ceño fruncido.

—A menos que… ¿qué? —Ranma se atrevió a dar un paso más cerca.

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—Diablos, ya no están gritando y no escucho nada de lo que hablan —se quejó Nabiki—. Vamos a acercarnos más.

Iba a levantarse, pero el brazo de Kasumi la detuvo con fuerza. Su hermana sonrió.

—No, me gusta aquí. Está muy agradable —comentó.

Y Nabiki tuvo que aguantarse, resoplando.

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—A menos que… —Akane se puso en guardia—. Puedas vencerme en un encuentro.

—¿Qué? ¿Qué estás di…?

Ranma se quedó sin aire cuando el puñetazo lo golpeó en pleno estómago empujándolo un poco hacia atrás.

—¡¿Qué haces?! —gritó.

Pero Akane no respondió, le lanzó una serie de sucesivos puñetazos. Notó que era mucho más rápida que antes y varios de los golpes alcanzaron a darle, aunque intentó esquivarlos. Ranma dio un salto y giró en el aire, para aterrizar del otro lado, detrás de ella; pero una patada baja de Akane lo recibió y le impidió caer con elegancia, se enredó con sus pies y tuvo que apoyarse con las manos en el piso para tomar otro impulso y dar un salto hacia atrás, escapando de los nuevos golpes.

—¡Ya cálmate, Akane!

—Conozco tus movimientos —replicó ella en seguida, avanzando con golpes y patadas, obligándolo a retroceder y esquivarla continuamente—, he visto todas tus peleas.

—¿En serio? —dijo él de pronto, y se sonrió lleno de alegría.

Distraído, no pudo esquivar el puño que se encajó bajo su mentón y lo elevó con fuerza. Antes de que la gravedad lo hiciera caer de nuevo, Akane le dio una patada poderosa que lo lanzó hacia atrás, y con el ímpetu de su golpe, la muchacha giró completamente y volvió a golpearlo con la otra pierna.

—Nunca podré… con una gorila como tú —murmuró Ranma adolorido, mientras salía despedido.

Aterrizó sobre el suelo de la plaza, arrastrándose por la fuerza del golpe un par de metros hasta detenerse y quedar tendido.

Akane se quedó quieta en su posición defensiva, con una mirada decisiva, jadeando por el esfuerzo. Pasaron los segundos mientras se iba normalizando su respiración, pero el cuerpo tirado en el suelo no se movía.

—¿Ranma?

No hubo ninguna respuesta ni movimiento.

—¿Ranma? —volvió a preguntar con preocupación.

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—Oh, no, ¿quizá deberíamos intervenir? —dijo Kasumi con una mano sobre su mejilla.

—No, déjalos, esto se está poniendo interesante —comentó Nabiki, que ya había terminado su helado y estaba abriendo un paquete de dulces.

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—¿Ranma?... ¡Ranma!

Akane corrió hacia el muchacho y se arrodilló a su lado.

—Ranma, despierta. ¡Abre los ojos! —imploró preocupada.

—Eres… una bruta —murmuró Ranma con un quejido de dolor, abriendo los ojos de a poco. Su rostro estaba magullado y tenía el cabello revuelto alrededor de la cabeza.

—Ranma… ¿por qué no te defendiste? —susurró Akane mirándolo culpable.

—Sabes… que nunca… podría golpearte —respondió él intentando incorporarse.

Pero no pudo, Akane se echó sobre su pecho derramando nuevas lágrimas.

—Ranma… te extrañé tanto —sollozó encima de él.

Ranma casi se echa a reír.

—Yo también, Akane… yo también —dijo él, acariciando suavemente su cabello.

Ninguno de los dos escuchó los pasos que se acercaban, pero fueron conscientes de las sombras encima de ellos. Akane levantó la cabeza.

Nabiki y Kasumi estaban junto a ellos.

—Bien, tortolitos —dijo Nabiki—. Tenemos cosas importantes que hacer y muy poco tiempo, luego podrán seguir golpeándose todo lo que quieran.

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Shota Takeda abrió la puerta de su habitación en el hotel y sonrió al ver a Shampoo.

—Viniste rápido, preciosa —comentó cerrando la puerta.

Shampoo se puso cómoda como siempre, se quitó los zapatos y dejó su bolsa en un sillón de la pequeña sala.

—¿Qué es lo que quieres hablar conmigo? —preguntó la amazona—. Si es por el dinero de nuevo…

—Cariño, dije que te esperaría, ¿o no? —Takeda se acercó a ella y la besó, reclamándola—. Además, mientras tanto podemos divertirnos bastante.

—¿Eso es lo que querías? —preguntó Shampoo como si nada. Se dio la vuelta y le mostró la espalda—. Tendrás que ayudarme con el vestido.

Takeda rio y acarició su espalda, luego le delineó las caderas con las manos. Le abrió los botones del vestido y se lo quitó lentamente. Al quedar completamente desnuda, Shampoo se dio la vuelta y le desabotonó la camisa y los pantalones, para después quitárselos.

—Igualdad de condiciones —murmuró la amazona.

Lo llevó hasta la cama y se sentó encima de él, moviéndose sensual mientras lo besaba y luego usaba las manos para estimularlo. Cuando Shampoo consideró que estaba listo, se acomodó y se dejó invadir por su masculinidad, empezando a moverse salvajemente, arrancándole a Takeda gruñidos de placer.

Shampoo siguió moviéndose descontrolada, incluso después de alcanzar el clímax. Su cuerpo se llenó de gotas de sudor, pero implacable continuó, hasta que Takeda le clavó los dedos en las nalgas retorciéndose de placer.

Shampoo gritó con frustración, con la respiración agitada. Se detuvo un momento, pero luego comenzó a mover las caderas de nuevo.

—Sigamos —ordenó implacable.

—Preciosa… —Takeda intentó encontrar la voz— dame un momento. Eres… realmente insaciable.

La miró, Shampoo estaba gloriosamente desnuda, a horcajadas sobre él, con el largo cabello suelto cayendo por su espalda, y sus prominentes senos al alcance de sus manos. Shota Takeda la acarició.

—Tengo algo para contarte —dijo el manager mientras la tocaba y Shampoo empezaba a vibrar encima de él, con los ojos cerrados—. Después de su entrenamiento de hoy, Ranma salió y se encontró con una chica.

—¿Qué? —Shampoo abrió los ojos y detuvo las manos de Takeda—. ¿Quién? ¿Nabiki Tendo de nuevo?

Takeda meneó la cabeza.

—No era Nabiki Tendo —dijo—. Seguí a Ranma y pude verla, era una chica de cabello corto, muy bonita, ellos estaban hablando uno muy cerca del otro. Incluso se besaron. Creo que después de todo Ranma no es gay.

—¿Qué? —rugió Shampoo y se levantó como una fiera—. ¿Que Ranma hizo qué? ¡Ese bastardo! ¡No podía volver a verla nunca más!

—Quizá por eso se cambió de hotel —comentó Takeda incorporándose en un codo y observando a Shampoo andar desnuda por la habitación de un lado al otro—. Pero ya averigüé en qué hotel está, y su número de habitación, por si te interesa.

—¡Idiota! —gritó Shampoo mirándolo—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

—¿Y perderme de tener más sexo contigo? Ni loco. Eres muy buena en la cama, preciosa; creo que podría decir que esa es tu principal virtud —dijo Takeda con una sonrisa socarrona.

Shampoo lo miró con odio y fue hasta la sala a buscar su vestido, se lo puso con rapidez. Tomó su bolso y fue de nuevo al dormitorio, donde Takeda continuaba recostado desnudo, observándola.

—Dame la dirección —ordenó Shampoo.

—Está escrita en un papel, en el bolsillo de mi pantalón —respondió él—. Considéralo un regalo de mi parte, cariño; pero no olvides que todavía me debes mucho dinero.

Shampoo iba a ir a buscar el papel, pero al escucharlo se quedó quieta y lo miró un momento sonriendo. Se acercó de nuevo a la cama caminando sensualmente como un gato y se inclinó para besarlo nuevamente.

—No lo olvidaré —le dijo con una vocecita encantadora, hablando encima de sus labios—. Pero tú sí lo olvidarás.

—¿Qué?

Rápidamente Shampoo abrió su bolsa y sacó la botella del champú N°. 114, y colocándose de nuevo encima de Takeda para inmovilizarlo, aplicó con destreza la técnica Xi fa xiang gao para hacerlo olvidar todos sus recuerdos desde que se conocieron. Hacía varios días que tenía la botella de champú en su bolso, luego de haberla comprado en el barrio chino, donde también había conseguido un sustituto para las pastillas de Ranma. Fue a las mismas tiendas que solía visitar con su bisabuela cuando vivían en Japón y donde se surtían con regularidad.

Así pensaba deshacerse de Shota Takeda en cuanto dejara de serle útil, y ya era tiempo.

Cuando terminó, el hombre quedó inconsciente sobre la cama, con una sonrisa en los labios. Había olvidado a Ranma, a Shampoo y el porqué de su estancia en Japón. Había olvidado completamente los últimos años de su vida, incluso sus negocios turbios o sus deudas con la tríada. Al despertar se sentiría aturdido, se creería quizás de vacaciones en Tokio y volvería a China, donde acostumbraba vivir.

Shampoo le echó una última mirada a Takeda. Lástima para él que también olvidará sus deudas. La triada se encargaría de él cuando volviera a China y Shampoo no tendría que hacer ningún esfuerzo.

La amazona buscó los pantalones tirados en el piso de la sala y hurgó entre los bolsillos donde descubrió el papel con una dirección anotada. Sonrió y se lo guardó en su bolsa. Se quedó quieta un momento antes de irse, cerrando los ojos y dejando que la ira y el odio la embargaran y llenaran su espíritu de fuerza. La traición de Ranma había sido la gota que colmó el vaso, haciéndolo estallar en miles de pedazos; ella había dado todo por él, había salvado a una estúpida mujercita insignificante solo para que él pudiera ser feliz a su lado. Cuando su bisabuela le habló del veneno, ella estuvo feliz, por fin una manera de deshacerse de aquella prometida inútil sin dejar ninguna huella, sin que nada la apuntara a ella como la autora, pero se decepcionó al saber los verdaderos planes: ofrecerle a Ranma un antídoto a cambio de casarse con ella.

No, no tendrían que haberlo hecho así, su bisabuela había sido una tonta al planear eso, Ranma se había vuelto un mártir sufrido por amor y se había encerrado en sí mismo, siendo inmune a todos sus intentos de seducirlo, de arrancarle un hijo al costo que fuera. ¡Todo había salido mal! Todo. Siempre.

Hasta esos estúpidos exámenes… Pero no, se equivocaban, esos inútiles médicos se equivocaban, ella no podía ser infértil. El destino no le hubiera negado lo único por lo que luchaba desde siempre, para lo único que había sido entrenada toda su vida, ella no podía estar descompuesta de esa forma. Se equivocaban y ella lo demostraría.

Shampoo empuñó las manos. Habían pasado meses en que se había acostado con diferentes hombres en diferentes ciudades, hombres simples sin ningún talento, sin ninguna gracia especial, hombres anónimos, tan anónimos como ella, que solo quería utilizarlos como instrumento. Luego, había tenido relaciones periódicamente con Shota Takeda, pero su cuerpo seguía igual de yermo que siempre.

No importaba. Seguiría intentando, seguiría haciendo lo que fuera. Ahora solo debía matar a Akane Tendo, eliminarla para siempre, como debió haber hecho desde el principio, desde el primer día en que se cruzó con ella. Solo con su muerte ella podría liberarse y ser la única dueña al fin de Ranma Saotome, y solo cuando él la poseyera y la amara, un hijo crecería en su interior. Todos esos médicos se equivocaban, ella no era infértil para hacer crecer una semilla, ella simplemente esperaba por el único hombre que lograría convertirla en madre.

Se sonrió de nuevo, más repuesta, e inspiró llenando sus pulmones del dulce aroma de la venganza. Tendría que castigarlo primero, porque Ranma la había traicionado, le había faltado el respeto al encontrarse a hurtadillas con Akane. Él tenía prohibido verla, él era su esposo, no podía estar con otra mujer.

Nunca estaría con alguien que no fuera ella.

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Estaban los cuatro sentados alrededor de la mesa de la cafetería. Nabiki miró su reloj.

—Seré directa, Ranma —dijo—. No tenemos demasiado tiempo, si es que tu manager hizo bien su trabajo.

—¿Takeda? —Ranma frunció el ceño y miró a Akane y después a Kasumi, que le devolvió una sonrisa inocente—. No entiendo nada, Nabiki. ¿Qué hacen aquí? ¿Y por qué Akane…? Bueno, ella…

—Ranma, ya sé todo lo que ocurrió —respondió Akane mirándolo.

—Pero… pero, aún así… —el muchacho se enredó con las palabras.

—Tendrás poco tiempo para asimilarlo, Ranma —intervino Nabiki—, y lo lamento. Pero tendrás que hacerte hombre, asumirlo, y seguir con nuestro plan. ¿Estás listo?

—¿Para qué? —insistió él sin entender nada.

—Akane nunca estuvo enferma —siguió diciendo Nabiki mirándolo seriamente—, las amazonas la envenenaron, con una fórmula indetectable, que simulaba los mismos efectos que la enfermedad que tuvo nuestra madre. Te engañaron, y solo te vendieron un antídoto para ese veneno a cambio de tu alma. Salvaste a Akane, sí, pero de algo que ellas mismas le provocaron. Te usaron todo este tiempo.

—¿Qué? —Ranma se echó hacia atrás—. ¿Shampoo hizo todo esto?

—Con la ayuda de la anciana Cologne imagino —respondió Nabiki.

Ranma se quedó quieto un momento, y luego se levantó de golpe, haciendo chirriar su silla en el suelo.

—¡Siéntate, Ranma! —exclamó Nabiki, con autoridad, como si le estuviera dado una orden a un perro.

—La mataré —dijo Ranma—. A ella y a esa maldita vieja. Y no puedes detenerme.

Nabiki cruzó una mirada con Akane, y la menor puso su mano en el brazo de Ranma con delicadeza, deteniéndolo.

—Ranma, por favor —murmuró Akane.

Él sintió como si un bálsamo se esparciera por su piel al contacto de aquellos dedos que hacía tanto tiempo que no sentía. Volteó a mirarla y los grandes ojos café de Akane lo recibieron.

—Por favor, Ranma… —repitió.

—No puedes pedirme eso —respondió él acongojado—, no puedes pedirme que me contenga.

—Siéntate y escucha, Ranma —habló Nabiki—. Todo está bien planeado, no lo arruines ahora por hacerte el macho protector.

Akane se aferró a su brazo y Ranma no tuvo más remedio que volver a sentarse, aunque a regañadientes. Akane le sonrió.

—¿Cómo puedes estar tan tranquila? —le espetó Ranma de mal humor.

—Porque Akane conoce el plan y sabe todo lo que ocurrirá —respondió Nabiki por ella—. ¿De qué te vale matarla ahora y terminar tus días en la cárcel? Además, eso arruinaría mi negocio, recuerda lo que me prometiste.

—Eres una oportunista —dijo Ranma.

—Sé pensar en frío, cosa que tú deberías aprender a hacer… Bah, ya madurarás, supongo —Nabiki se encogió de hombros—. Como dije, tenemos poco tiempo para ponernos en marcha, luego te explicaré los detalles de lo que ocurrió, lo único que debes saber es que Shampoo fue la causante de todo, pero como el veneno no deja rastro, y su antídoto es apenas una mezcla inocua de hierbas, no podemos acusarla de nada, ni tenemos ninguna prueba.

—Bien… ¿entonces? —replicó Ranma, que apenas entendía toda la información que Nabiki le estaba suministrando.

—Debemos hacer que confiese —respondió Nabiki—. Y para eso Akane será la carnada.

—Nunca —respondió Ranma de inmediato golpeando la mesa con la palma—. No lo permitiré.

—¿Y a mí qué con que no lo permitas? —Nabiki se cruzó de brazos—. Si Akane está de acuerdo no tienes nada que decir.

—¡No puedes arriesgarte! Te lo prohíbo —sentenció Ranma volteando a mirar a Akane y ella le devolvió una mirada terca.

—Ya basta con tu escenita, Ranma —dijo Nabiki poniendo los ojos en blanco.

—Creo que sería mejor que pudieras escuchar todo, Ranma, antes de decidir qué hacer, ¿verdad? —intervino Kasumi, en un tono amable, pero implacable, y a pesar de todo el tiempo que había pasado, Ranma volvió a sentirse como un adolescente de dieciséis años frente a ella.

—De acuerdo, Kasumi —dijo derrotado y miró a Nabiki—. Escucho.

—Le pagué a Takeda para que le mintiera a Shampoo. Si cumplió bien su parte, le dijo a tu querida esposa que te habías visto con una chica que, por la descripción, sabrá es Akane —explicó Nabiki—. Además, le dará a entender que ella y tú se ven desde hace un tiempo, y que la llevas a tu nueva habitación de hotel. La sola mención de Akane atraerá a Shampoo, pero si no es suficiente, el hecho de que te veas con ella en un hotel la hará llegar sin demora, tomando en cuenta que nunca ha podido llevarte a la cama y ahora alguien más le saca el puesto.

—Nabiki —la regañó Kasumi con una mirada.

—Pero Shampoo no sabe en qué hotel estoy —intervino Ranma.

—Me encargué de hacerle llegar la información, no te preocupes —respondió Nabiki con una sonrisa.

Akane apretó la mano de Ranma por debajo de la mesa, y ambos se miraron.






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