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ぶぎゅる en pixiv
























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Akane Tendo recogió los libros y se levantó cuando terminó la clase. Lentamente comenzó a salir del salón junto a sus compañeros, charló de cosas intrascendentes con sus amigas Sakura y Minako, y en seguida ellas la invitaron a salir, como hacían todas las semanas.

—Vamos, Akane, no puedes decir que no, ¡es viernes! —dijo Sakura alegre.

Akane rio.

—Tengo mucho que estudiar, y también debo entrenar.

—Trabajas demasiado, Akane —se quejó Minako.

—Tengo un dojo y una escuela de artes marciales que mantener viva, me propuse reabrir el dojo en el verano.

—Eres demasiado joven para llenarte de tantas responsabilidades —agregó Sakura tomándola del brazo—, debes divertirte también. Además, un solo día no hace daño. Tienes el sábado y el domingo para ocuparte de tu karate, ¿qué dices?

—Se llama kempo —aclaró Akane poniendo los ojos en blanco.

—Bueno, como se diga. De todas formas, nunca supe de una chica de tu edad que se encargara de un dojo.

—Es cierto, siempre es un hombre el que dirige un dojo —intervino Minako—, y además, uno muy viejo.

—Yo no necesito a ningún hombre —dijo Akane con acidez y se soltó del brazo de Sakura.

—Está bien, solo era un comentario.

—Lo siento, chicas —se disculpó Akane en seguida—, estoy cansada. De verdad, no tengo ganas de salir hoy. Dejémoslo para otro día.

Sakura le puso una mano en el hombro.

—Está bien, pero descansa —le dijo—. No te esfuerces demasiado.

Akane pudo ver la preocupación en el rostro de su amiga y le sonrió con cariño.

—No te preocupes, Sakura.

—Sakura tiene razón, debes descansar —intervino Minako—. ¿Cómo te has sentido? ¿Te has hecho…?

La chica se interrumpió, Sakura le lanzó una mirada acusadora para que se callara.

—Por favor, Minako, esas son cosas personales —le susurró regañándola.

—¿Los exámenes? —Akane terminó la frase por su amiga y sonrió más ampliamente—. No se preocupen, siempre me los hago con regularidad y no hay rastro de la enfermedad.

Ahora fue Minako la que acercó la mano para estrechar la de ella.

—Pero cuídate, cuídate más que nunca —le recomendó.

Akane asintió. Sakura le dio un codazo a Minako cuando parecía que ella quería decir algo más.

—Y acepta algún día salir con Ryouta —agregó Sakura antes de despedirse.

—¿Ryouta? —se asombró Akane—. Solo somos amigos.

Esta vez fueron sus amigas las que pusieron los ojos en blanco.

—Solo te digo que salgas con él por diversión, para despejarte, no es como si te fueras a casar, ¿verdad?

A Akane le dolió esa alusión al casamiento, y se quedó en silencio.

—¿Ves? Al final terminaste metiendo la pata tú —le susurró Minako a Sakura.

Las amigas de Akane comprendieron que era momento de dejar de insistir.

—Cuídate, Akane —repitió Minako.

—Ustedes también. Nos vemos el lunes —Akane las saludó con la mano y se fue a la estación de metro caminando lentamente bajo el sol de media tarde.

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Nabiki, sentada a su escritorio en la redacción del periódico para el que trabajaba, tecleaba rápidamente en la computadora terminando un artículo que debía salir al día siguiente. Tan concentrada estaba que se sobresaltó cuando el Jefe Editorial dejó caer a su lado un sobre.

—Prepárate, Tendo, vas a entrevistar a Ranma Saotome en la tarde —dijo el editor Murakami.

Nabiki parpadeó, aún con los dedos sobre el teclado. Luego miró el sobre y lo abrió; contenía un pase para asistir a la rueda de prensa que Ranma y su manager darían ese día, y también para las entrevistas que se darían después solo a medios seleccionados. Además, había una hoja pulcramente impresa, con una serie de preguntas que Nabiki debía incluir en su reportaje.

Luego de observarlo volvió a meter todo en el sobre y lo dejó encima de su mesa de trabajo.

—Sasaki es el encargado de deportes —comentó Nabiki y siguió tecleando.

—Este es otro tipo de entrevista —dijo Murakami—. Es conocida tu relación con Saotome, ¿solía estar prometido con tu hermana, verdad? Eso significa que hay cierta confianza entre ustedes y puedes aprovecharlo. Sonsácale todo lo que puedas, indaga sobre la relación con su esposa, nunca se han mostrado amor muy abiertamente, pero van juntos a todas partes. Sin embargo, hay rumores de que en realidad no se llevan muy bien.

Nabiki dejó una frase a medio escribir y levantó los dedos.

—¿De buena fuente? ¿Hace cuánto empezaron esos rumores? —preguntó interesada.

—¿Ya te olías algo, Tendo? Bueno, supongo que tú lo conoces un poco —dijo Murakami y se apoyó en el borde del escritorio con los brazos cruzados—. Nadie sabe mucho de la vida privada de Saotome y su esposa en China, pero cuando salen de viaje por las competencias se comentan cosas, aquí y allá; sería bueno indagar en eso y tener una exclusiva. También sácale los detalles de su entrenamiento. Saotome sin duda es el mejor, pero ¿dónde está su secreto? Dicen que entrenó en lo profundo de China, y que allí conoció a su esposa, pero ¿en qué consistía ese entrenamiento exactamente? Dicen que era sumamente peligroso y el costo era la muerte. Discierne la verdad de los chismorreos y trae una buena nota, Tendo, a la gente le encanta leer sobre el lado más humano de sus ídolos.

Nabiki no dijo nada, solo asintió, y el Jefe Editorial volvió a su oficina. La menor de las Tendo volvió a tomar el sobre y leyó la lista de preguntas.

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Nabiki se adentró en el gran estadio, mostrando su pase especial de prensa cuando algún guardia quería detenerla y cortarle el paso. Vestía los pantalones anchos que solía llevar siempre y una blusa que se ajustaba a sus curvas femeninas, encima una chaqueta y usaba zapatos de tacón que le daban algunos centímetros más, con lo que su seguridad aumentaba. Continuaba usando el mismo corte de cabello de siempre, y se lo elogiaban mucho, decían que le daba un aire de mujer moderna e independiente, a la vez que implacable. Su área no era la deportiva, sino la económica y política, más versada en la crónica internacional, por lo que estaba más acostumbrada a codearse con importantes empresarios y políticos que con atletas, pero avanzaba con la confianza que algunos años en el periodismo le habían dado.

Tenía contactos de otros periódicos y revistas, compañeros de cuando estudiaba en la universidad, que le habían revelado los horarios en que los competidores estaban entrenando y le avisaron cuándo estaría Ranma Saotome ocupando el recinto. Antes de llegar, Nabiki se había informado bastante también acerca de Shota Takeda, el manager de Ranma, que no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Supo que era de origen japonés, pero había vivido varios años en China y fue allí donde Ranma entró en contacto con él y Takeda comenzó a manejar su carrera, luego de que Ranma ganara un par de torneos locales. Era soltero, sin familia y se le conocían sus gustos por las mujeres, comprometidas o no; y su vicio por el tabaco, que lo obligaba a cada momento a salir para poder fumarse un cigarrillo o dos. Al parecer era dueño de una pequeña fortuna que no parecía haber ganado muy honradamente. Cómo había terminado Ranma envuelto con aquel sujeto era algo que Nabiki también quería averiguar.

Se coló por los pasillos internos del estadio, en los que la prensa no podía entrar, y guardó el pase en su bolso para no delatarse. Cerca del vestuario de hombres se dedicó a esperar. Faltaba poco para las siete de la tarde, la hora en la que Ranma terminaría su entrenamiento en el gimnasio del estadio, luego estaría obligado a pasar por el vestuario a darse una ducha. El lugar perfecto para interceptarlo.

Al escuchar voces acercándose, Nabiki se metió por la puerta que daba a la salida de emergencia, y esperó allí, con apenas una rendija de la puerta abierta para poder escuchar lo que se hablaba. Por el acento eran unos competidores chinos y seguramente sus entrenadores, que después se metieron al vestidor. Nabiki echó una mirada a su reloj y siguió esperando. Dos trabajadores del estadio cruzaron por el pasillo hablando sobre los turnos de trabajo del día siguiente.

Finalmente se escucharon más pasos y Nabiki pudo ver cruzar ante ella a dos hombres, uno mucho más joven que el otro. Uno vestido con ropa deportiva y el otro con saco y corbata.

—Has estado muy bien, Ranma —comentó el de más edad—. Mañana nos toca usar el gimnasio más temprano.

—Entiendo —fue la parca respuesta del muchacho.

—En media hora nos vienen a buscar desde el hotel, así que tienes tiempo de arreglarte —siguió Shota Takeda—. Te esperaré afuera, necesito un cigarrillo.

Se dio la vuelta y se alejó sin esperar respuesta. Ranma avanzó hacia el vestuario y Nabiki salió de su escondite.

—Por fin apareces, Ranma. Nunca has sido muy puntual, ¿verdad?

El chico volteó de pronto a mirarla y sus labios se despegaron en un gesto de asombro.

—¿N-Nabiki?

—¿Te asombra? Estuve hoy en la rueda de prensa —dijo Nabiki con una sonrisa.

—¿En la rueda de prensa? —Ranma estaba confundido—. No te vi.

—Procuré pasar desapercibida para que Shampoo no me reconociera y se alertara conmigo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Ranma.

—Soy periodista y vengo a hacerte algunas preguntas. Tenía agendada una hora hoy con el periódico Mainichi Shimbun, pero no me presenté.

Ranma la observó de arriba abajo.

—¿Por qué no? Ahora no tengo tiempo para esto, lo siento —respondió al fin y se dispuso a seguir su camino.

—Por alguna razón no se me antojaba ver la cara de Shampoo, por eso —dijo Nabiki—. Además, quería charlar de forma más privada y personal contigo.

Ranma no dijo nada y se giró para ir al vestuario de hombres.

—Akane sigue soltera —comentó Nabiki cruzándose de brazos y apoyando un hombro en la pared.

Ranma se detuvo y Nabiki supo que allí estaba su punto débil.

—Nunca ha podido olvidarte, por supuesto; aunque ella diga lo contrario y que solo quiere concentrarse en sus estudios.

Ranma aún no se daba la vuelta, solo estaba allí quieto. Nabiki avanzó hacia él.

—¿Por qué no me cuentas la verdad? —preguntó Nabiki—. Por supuesto, quedará solo entre nosotros, te doy mi palabra de profesional. Dime lo que realmente pasó; no me trago el cuento de tu amor por Shampoo, Akane tampoco lo creería si no estuviera tan dolida y pudiera pensar. Si me cuentas todo yo podría ayudarte.

—Y vender toda la historia, ¿verdad? —preguntó Ranma girando a mirarla.

—Por favor, cuñadito, ¿por quién me tomas?

Al contrario de lo que Nabiki creía, Ranma se echó a reír; con una risa seca, falta de humor, que era como un eco de la risa juvenil y despreocupada que ella le recordaba.

—Hacía mucho tiempo que no escuchaba que me llamaras así —comentó Ranma después—. Creo que hasta lo extrañaba —siguió diciendo mientras se ponía de frente a ella.

Los ojos de Nabiki refulgieron.

—Parece que te estoy ablandando, querido Ranma. ¿Estás dispuesto a dejarte ayudar por la mejor periodista de todo Japón?

Ranma cerró los ojos un momento y después volvió a abrirlos.

—No hay manera de ayudarme, Nabiki, y no ganarás nada con esto, así que mejor déjalo.

—Mejor dejemos que eso lo decida yo, cuñadito —sentenció Nabiki mirándolo a los ojos—. Quizá termine ganando mucho más de lo que pensaba.

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Nabiki Tendo bebió un sorbo de su café y, dejando la taza sobre la mesa, se dedicó a observar atentamente a Ranma Saotome, que estaba sentado frente a ella bebiendo un jugo. El muchacho miraba por la ventana que estaba a su lado, su cabello continuaba pulcramente trenzado y se apreciaban algunos cambios en su fisonomía, la línea de su mandíbula, o los músculos un poco más desarrollados. Obviamente no seguía siendo el adolescente inocente que ella había conocido, sin embargo seguía sintiendo por él aquél deseo de jugarle una broma a su ingenuidad.

Ranma volteó a mirarla mientras ella lo observaba y Nabiki se sorprendió al ver que su mirada era muy distinta, ya no era la de aquel niño alegre e inocente que siempre entrenaba para ser el mejor; ahora parecía triste, como la mirada de un anciano que había visto demasiado y ya no quería vivir.

—¿Qué ha pasado contigo, Ranma? —se le salió la pregunta sin que se lo propusiera—. Ya no pareces el mismo.

Ranma sonrió de lado.

—Qué curioso, eso ya me lo han dicho.

—¿Quién? ¿Shampoo? —indagó Nabiki dando un sorbo a su café sin dejar de mirarlo.

—Pensé que los periodistas grababan las entrevistas —comentó Ranma cambiando de tema—. ¿O ya me estás grabando y no me has dicho nada, como solías hacer siempre?

Nabiki hizo una mueca.

—Te dije que esto sería una charla personal, todo quedará entre nosotros. Por supuesto no te estoy grabando —Nabiki se apoyó en la mesa echándose hacia adelante—. Aunque no lo necesito, no en vano soy la mejor en lo mío, podría sacar una muy buena nota sin tener que usar esos trastos. Me gradué como la mejor de mi clase. Todo se queda aquí, en mi cabeza —agregó tocándose la sien.

—Entonces, ¿cómo podría creerte? —preguntó Ranma sonriente—. Déjalo, Nabiki, no hay ninguna entrevista exclusiva que puedas hacer conmigo. Me sé las preguntas de memoria, y también las respuestas, siempre doy las mismas, y solo hablo de mi trabajo como artista marcial. No me sacarás nada más que eso.

—Entiende de una vez, Ranma —dijo Nabiki molesta, levantando un poco el tono de voz— me importa un comino la entrevista para el Mainichi; de hecho, ya la tengo escrita y lista para entregarla esta misma noche para la edición de mañana. ¿Crees que soy tan tonta? Por supuesto me di cuenta de que en las entrevistas y las ruedas de prensa no sueltas nada, y respondes siempre lo mismo, y que nunca dices nada sobre tu vida privada. ¿Crees que me gradué ayer? He reunido la serie de cosas que siempre dices y he redactado una nota impecable, pero que no dice absolutamente nada que no sepamos ya.

—Entonces, no entiendo qué…

—Esto es entre tú y yo, Ranma. Porque solíamos ser familia, porque abandonaste a mi hermana para casarte con otra, y porque no nos diste ninguna explicación. Tomemos un café, me cuentas tus cosas y arreglamos este embrollo que lleva tantos años, ¿te parece?

Ranma bajó la vista un tanto avergonzado.

—No hay nada que contar —dijo al final, después de un momento de silencio.

—Cuéntame cómo te enamoraste de Shampoo —pidió Nabiki con un brillo curioso en la mirada, y una media sonrisa.

—¿Qué?

—Son una pareja modelo, van juntos a todas partes, llevan años de matrimonio. Debes estar muy enamorado, Ranma, ¿no? Por mucho tiempo creí que estabas loco por Akane, pero me equivoqué, porque al parecer tu único y verdadero amor es la amazona Shampoo.

El tono burlón de Nabiki hizo que Ranma tensara la mandíbula al apretar los dientes. Nabiki lo observó tomando otro poco de café muy divertida.

—¿Qué fue lo que te enamoró? ¿Es mucho más tierna y dulce que mi hermana? Eso no es difícil, ¿cierto? —Nabiki soltó una risita.

—No quiero hablar de eso.

—¿Es porque es muy buena en la cama?

—¡Nabiki!

Ranma apartó la vista con la cara roja y Nabiki rio sin recato.

—Ah, Ranma, pareces un niñito virgen —comentó después—. Por momentos me recuerdas al chico tímido que llegó a casa un día convertido en mujer.

—Ya no me convierto en mujer —murmuró Ranma encogiéndose de hombros.

—Vaya, vaya, ese es un dato interesante.

Ranma la miró atentamente.

—Si dices algo…

—No te preocupes, cuñadito, ¿de qué me serviría hablar si no tengo pruebas? Ah, sí, tengo las fotografías de tu juventud, donde aparece una muy sensual pelirroja, pero ¿cómo comprobar que ella y tú eran la misma persona?

—¿Por qué guardas esas cosas todavía? —le preguntó Ranma asombrado.

—Nunca se sabe cuándo podría necesitarlas. Además, la información es poder —indicó Nabiki—, no olvides eso, Ranma. Pero no hablábamos de mí, cuñadito, sino de ti. ¿Por fin te curaste de tu maldición? Supongo que por eso fuiste a China en primer lugar.

—Me impedía ser el mejor artista marcial.

—¿Quién te dijo eso? ¿Tu querida esposa?

—Es algo que yo decidí —recalcó Ranma mirándola a los ojos.

—Ya veo.

Se quedaron un momento en silencio, hasta que Ranma se levantó de golpe.

—Tengo que volver al hotel, mañana entreno muy temprano por la mañana —dijo.

—¿A qué le temes, Ranma? —quiso saber Nabiki.

—No le temo a nada.

—¿Qué hiciste hace cuatro años? ¿Qué temes que descubra?

Los ojos de Ranma se volvieron dos pozos totalmente huecos.

—Nabiki…

—No te preocupes, lo averiguaré yo sola. No en vano soy la mejor —respondió la chica.

—Déjame tranquilo, Nabiki. Déjame seguir con mi vida —dijo Ranma.

Saludó con una inclinación de cabeza y se fue de la cafetería.

—Como si eso fuera a pasar —murmuró Nabiki para sí.










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