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ぶぎゅる en pixiv





































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—¿Qué es esto, Tendo? —preguntó el editor Murakami dejándole unas hojas encima de su escritorio.

Nabiki estaba concentrada averiguando lo que podía sobre el manager de Ranma, Shota Takeda, sostenía el teléfono con su mano izquierda mientras con la otra anotaba en una libreta. La cerró en seguida en cuanto Murakami se detuvo a su lado.

—Te llamo en diez minutos, debo irme —dijo en el teléfono y colgó. Luego se volvió hacia el editor—. ¿Qué sucede?

—No te envié con Saotome para que me traigas esta entrevista que podría haber hecho un estudiante de primero —dijo Murakami—. Esto no tiene tu sello, ¿qué ocurre, Tendo?

—Ocurre que estoy desbordada de trabajo y encima me manda a hacer una nota de deportes, que claramente no es mi área —soltó Nabiki directamente—. Es lo mejor que pude conseguir. Saotome no habla de nada más, y no crea que porque fuimos familia por un tiempo tenemos alguna relación especial. Apenas cruzábamos palabra.

—Fueron a la misma escuela —replicó Murakami—, y vivían bajo el mismo techo.

—¿Me estuvo investigando, señor? —preguntó Nabiki muy molesta, frunciendo el ceño.

—Cuando me contaron que Ranma Saotome había sido prometido de tu hermana estuve haciendo algunas preguntas aquí y allá, tú sabes cómo es esto, Tendo —respondió Murakami encogiéndose de hombros.

—¿Todo esto solo por una nota sobre si Ranma se lleva mal con su mujer o no? No sabía que nos habíamos convertido en un periódico amarillista.

—Eso es lo que vende, Tendo, y siempre lo que importa es el dinero. Como si no lo supieras —comentó el editor.

—¿Y eso qué se supone que significa?

Murakami se incorporó despacio del escritorio donde se había apoyado.

—Publicaremos lo que trajiste, Tendo; pero quiero una verdadera entrevista para la próxima semana, cuando el campeonato esté en su apogeo.

—¿Qué más le contaron sobre mí, señor? —preguntó Nabiki con una mirada fría.

Pero Murakami no le hizo caso y se alejó rumbo a su oficina. Nabiki resopló y volvió a hacer la llamada internacional mientras murmuraba.

—Es urgente que encuentre otro trabajo —cuando del otro lado del teléfono respondieron, esbozó una sonrisa—. Hola, Mei-Ling, lamento la interrupción, ¿podemos continuar nuestra conversación?

.

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Kasumi Tendo iba por la calle con el bolso de las compras colgado del brazo. Sonreía amable a los vecinos con los que se cruzaba y les respondía el saludo inclinando un poco la cabeza cada vez. Todo en su persona irradiaba perfección, desde su vestido que le llegaba a la rodilla, hasta su cabello muy bien cepillado y atado en una coleta baja de la que no se escapaba ni un solo mechón. Sin embargo, luego de saludar a los vecinos, su sonrisa caía y su rostro se tornaba serio, reflexivo, hasta apagado.

Empuñaba la mano del brazo del que colgaba el bolso; también empuñaba la otra, cerca de su pecho, apretando la tela del vestido entre sus dedos sin darse cuenta. La conversación que había tenido hacía unos días con su hermana Nabiki la había dejado muy preocupada. De pronto comenzaba a pensar una y otra vez en lo que nunca había pensado en años, todo lo que había dado por sentado como algo normal o natural, ahora se lo cuestionaba, llena de dudas e incertidumbre.

¿Qué había ocurrido con Ranma hacía más de cuatro años para que se comportara de esa manera con Akane y con toda la familia? Siempre había creído que era el actuar de un muchacho joven que se había dejado seducir por una muchacha experimentada como Shampoo, o que al verse acorralado había elegido el camino fácil. Pero ahora ya no lo pensaba, o por lo menos le costaba creerlo.

—Ranma… Ranma… ¿qué sucedió contigo, Ranma? —murmuró para sí.

Sus pasos la llevaron sin querer a la calle donde estaba la clínica de acupuntura del doctor Tofú. Kasumi aminoró un poco la marcha al darse cuenta de adónde iba; además, en la distancia vio que el doctor Tofú estaba en ese momento barriendo la vereda.

Kasumi tembló por un momento, sin decidirse a pasar frente a él. Pero Tofú levantó la vista y miró hacia donde ella estaba, por lo que ya no tenía escapatoria. Caminó lentamente y se detuvo junto a él, como si fuera cualquier vecino al que saludara.

—¿Cómo está, doctor Tofú?

—Ah, Kasumi…

—Espero que se encuentre bien —comentó ella mirándolo a los ojos.

Tofú no soportó aquella mirada tan inocente y bajó la vista.

—S-sí… por supuesto —respondió nervioso—. ¿Cómo está Akane?

—Mucho mejor —respondió Kasumi como era habitual—. Aunque…

—¿Sí? —Tofú la miró preocupado.

La mujer sacudió la cabeza.

—No, todo está bien —dijo al final—. Solo estudia demasiado y se desvela.

—Es normal, los estudiantes son así —dijo Tofú en tono casual. Miró de nuevo a los ojos a Kasumi, pero no pudo sostener esa mirada demasiado tiempo—. ¿Y tu padre, Kasumi?

—Como siempre, un poco decaído.

Tofú asintió comprendiendo. Kasumi también bajó los ojos, pensando en su padre, que no había podido recuperarse de aquella traición de Ranma y volvió a caer en la depresión como cuando su esposa falleció. El tío Genma se había alejado de la familia también, junto con la tía Nodoka ya, no los veían. Todo se había derrumbado, tal y como Nabiki había dicho, parecía que en aquel momento en que Ranma los dejó, todo había comenzado a ir mal. Aunque quizá no fuera así, sino que desde que conocieron a Ranma el infortunio se había ceñido sobre ellos.

—¿Y t-tú… Kasumi? —preguntó nervioso Tofú.

Kasumi estaba perdida en sus pensamientos, levantó la cabeza y lo miró a los ojos.

—¿Cómo estás, Kasumi?

—¿Yo?... Pues… también, como siempre.

Tofú volvió a asentir, sonrojándose un poco. Kasumi dudó, pero al final se decidió.

—¿Le gustaría ir a cenar con nosotros, doctor Tofú?

—Ah… ¿cenar?

—Siento que por las obligaciones de todos los días ya no podemos vernos como antes… y no le hemos agradecido lo suficiente lo que ha hecho por Akane…

—Eso no fue nada —la interrumpió Tofú en seguida—. Y fue hace mucho tiempo.

—Yo nunca podría olvidarlo, usted le salvó la vida a mi hermanita —dijo Kasumi.

—No, Kasumi, solo le ofrecí una posible medicina… y casualmente funcionó —replicó Tofú poniéndose la mano en la nuca.

—Sé que con todos sus conocimientos la salvó, Tofú —insistió Kasumi, pero no esperó a que el doctor se disculpara con humildad, en seguida dijo—. Lo esperamos esta noche en casa.

Hizo una pequeña reverencia y se alejó.

Tofú la observó marchar en silencio, con una mirada triste tras los cristales de sus gafas.

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Nabiki Tendo tenía un pequeño apartamento en el distrito de Chiyoda, muy cerca de la redacción del Mainihi Shimbun, que en la práctica era más bien una pequeña oficina en la que también podía dormir si se le presentaba la necesidad. Cuando no estaba comiendo fuera, en donde pudiera y a la hora que pudiera debido a sus obligaciones, o cuando no estaba viajando por el país para cubrir entrevistas, Nabiki se dejaba caer en el dojo Tendo para almorzar y cenar. Su hermana siempre le tenía un puesto en la mesa, y solo si no iba a poder ir Nabiki llamaba por teléfono.

Cuando llegó aquella noche y descubrió a Kasumi atareada en la cocina y la mesa puesta con más esmero del habitual, y en la que había además un puesto extra preparado, Nabiki frunció el ceño sintiendo que se había perdido de algo.

—¿Qué sucede? ¿Akane ha invitado a algún chico por fin? —preguntó nada más entrar en la cocina y abrir el refrigerador para tomar un poco de jugo.

—¿Qué dices? —replicó Kasumi dándole una mirada de pocos amigos durante un segundo y volviendo su atención a las verduras.

Nabiki soltó una risotada mientras bebía su jugo.

—No es solo Akane la que no puede seguir adelante e imaginar la vida sin Ranma, ¿no? Tú también los imaginabas viviendo felices y comiendo perdices —comentó.

—Al contrario, eres tú la que no deja de nombrar a Ranma a cada momento —se quejó Kasumi mientras revisaba el pequeño asador del horno donde tenía los pescados—. Ya basta.

—Qué susceptible. Akane ni siquiera está por aquí, sus tiernos oídos no sufrirán por escuchar el nombre Ranma Saotome.

—Sí estoy aquí —dijo Akane apareciendo detrás de ella. Nabiki volteó y Akane le dio una mirada lúgubre.

—¡Perfecto! —Nabiki sonrió ampliamente—. Ya que estamos las tres aquí conversemos un poco.

—¿De qué quieres hablar, Nabiki? —preguntó Kasumi extrañada, poniendo el fuego de la estufa al mínimo.

—De Ranma Saotome, por supuesto, y de lo que pasó hace años cuando Akane enfermó.

Sus hermanas se quedaron en silencio, solo se escuchaba el bullir del agua donde se cocían las verduras.

—¿Por qué quieres hablar de él? —preguntó al final Kasumi un poco pálida.

Akane agachó la cabeza sin decir nada, Nabiki la miró un momento y después se volvió para responderle a su hermana Kasumi.

—Porque nunca lo hicimos, simplemente aceptamos todo lo que pasó sin más, nunca nos pusimos a pensar —replicó Nabiki encogiéndose de hombros—. Bueno, yo estaba ocupada en lo mío y no me concernía, pero tú, Akane, eras su prometida, ¿cómo soportaste que te dejara y se casara con otra?

—Akane estaba luchando por su vida —dijo Kasumi en tono duro, como regañándola, y se acercó a Akane para pasarle un brazo por los hombros, conteniéndola.

—¿No dices nada, Akane? —interrogó Nabiki mirándola atentamente.

—No tengo nada que decir. Ranma y yo éramos prometidos —dijo con voz rasposa, como si solo pronunciar aquellas palabras le doliera—, pero solo porque nuestros padres lo dijeron, no porque quisiéramos.

—Tú lo amabas —replicó en seguida Nabiki.

—No es verdad —dijo Akane ladeando el rostro.

—Todavía lo amas.

—¡Nabiki! —la regañó Kasumi.

Akane se zafó del brazo de su hermana y miró a Nabiki a la cara.

—¿Te gustaría que dijera que sí? ¿Qué ganarías con eso? ¿Por qué disfrutas viéndome sufrir?

—Yo no disfruto, hermanita, te lo aseguro —dijo Nabiki lentamente.

—¿Qué buscas removiendo todo el pasado? —volvió a gritar Akane—. ¡Por mí que ese idiota esté casado con quien quiera! No me importa. Lo olvidé hace años, pero parece que tú no.

Nabiki se cruzó de brazos sonriendo.

—Atacándome con ideas absurdas no ganas nada, Akane —dijo—, todo lo que te ocurre es muy obvio, y yo podría ayudarte si me dejaras. Pero primero debes aceptar que las cosas no están bien, que aún hay una historia que cerrar, de lo contrario no podrás ser feliz.

Ninguna de sus hermanas dijo nada, Akane empuñó las manos volviendo a bajar la mirada y Kasumi de nuevo la rodeó con el brazo amorosamente mientras le dedicaba una mirada llena de incertidumbre a Nabiki.

—Si te sirve de algo —continuó la mediana de las Tendo—, te diré que tu ex prometido es tan obcecado como tú negando la realidad. Siguen siendo tal para cual.

—¿Qué dices? —preguntó en seguida Akane levantando la vista.

—¿Has visto a Ranma? —preguntó sorprendida Kasumi.

Nabiki asintió.

—Tuve que entrevistarlo para mi periódico —comentó.

Akane le dirigió una mirada acusadora, pero su hermana no se dio por enterada.

—Voy a entrenar al dojo hasta la hora de la cena —dijo después y salió de la cocina por la puerta de atrás.

—Ah, por cierto, no parece ser muy feliz con Shampoo —comentó Nabiki antes de que Akane saliera del todo, pero la chica no se volteó, apenas aminoró su marcha al escucharla, y después se alejó caminando más rápido todavía.

—Nabiki, ¿qué buscabas con todo esto? ¿Acaso te diviertes a costa del sufrimiento de Akane? —le reprochó su hermana mayor.

Nabiki descruzó los brazos poniendo los ojos en blanco.

—Tú me conoces mejor que nadie, Kasumi, ¿me crees tan desalmada? Amo a Akane, es mi hermana; puedo gastarle bromas, pero jamás la lastimaría.

—¿Entonces?

—Ya te lo dije, quise hablar de lo que ocurrió hace años, pero parece que todos se empeñan en tratarlo con secretismo, como si hubiera sido algo espantoso o depravado. Las cosas no están bien, Kasumi, esta casa ya no es la misma. Ahora que Ranma Saotome volvió a Japón pensé que era momento de poner las cartas sobre la mesa y que todos tuviéramos un poco de paz —dijo Nabiki—. Pero al parecer nadie quiere lo mismo, prefieren seguir sufriendo como mártires.

—No hay nada de lo que hablar —dijo firmemente Kasumi, volviendo a controlar la comida sobre la lumbre—. Hace años Akane enfermó de la misma enfermedad que mamá, creímos que moriría, y Ranma eligió ese preciso momento para romper el compromiso y marcharse a China para casarse con Shampoo. ¿Qué más se puede decir? Eso fue lo que pasó, lo que todos vivimos. Si no hubiera sido por el doctor Tofú, Akane hubiera muerto. No hay nada más de lo que podamos hablar, Nabiki, las cosas fueron así.

—¿Y no te parece raro? —insistió Nabiki—. Ranma casándose con Shampoo sería lo último que hubiera esperado.

—¿Por qué vuelves al tema una y otra vez, Nabiki? —se hartó su hermana—. Ya hablamos de eso, aunque nos parezca raro es lo que pasó, y Ranma sigue casado y muy feliz.

Lo de feliz era una gran mentira, como Nabiki había podido comprobar solo con mirarlo.

—Hay algo más, Kasumi, es un pequeño misterio que necesito desentrañar, o no sería la periodista de nivel que soy. Además, quién sabe, quizá eso me consiga un ascenso o un cambio de trabajo.

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La cena transcurrió con normalidad, charlando de cosas triviales. Cuando Nabiki supo que el invitado era el doctor Tofú se alegró porque vio su oportunidad de charlar directamente con otro involucrado en aquel misterio de hacía más de cuatro años. Sin embargo, decidió no abordar el tema en la mesa porque sabía que Kasumi no lo permitiría.

Luego de comer creyó que tendría un momento para hablar con el acupunturista, pero de nuevo su hermana le impidió avanzar con sus pesquisas, acaparó la charla con Tofú y luego, cuando él se ofreció a lavar la loza, aceptó encantada, porque eso lo llevaría a la cocina, lejos de Nabiki.
Su padre ya se había retirado a descansar y Akane había subido a su cuarto a estudiar; Kasumi se levantó para ayudar a Tofú con los platos y cruzó una mirada de advertencia con Nabiki, que levantó una ceja con aire aburrido.

Nabiki se quedó en la sala ordenando sus notas para el día siguiente, planeando un espacio en su agenda para visitar a Tofú en la clínica y poder charlar a gusto con él, sin la presencia de Kasumi.

En la cocina, mientras tanto, Tofú y Kasumi trabajaban codo a codo. Los nervios que sentía el doctor con ella casi se habían disipado del todo a lo largo de la velada, ahora apenas se sonrojaba un poco al estar cerca de la mujer, y a veces se le resbalaba la vajilla mientras la lavaba.

—La cena estuvo deliciosa, Kasumi, como siempre te luciste. Gracias por haberme invitado —dijo el doctor con amabilidad.

Kasumi sonrió ampliamente.

—Al contrario, gracias a usted por venir, doctor. Todo lo que hagamos por usted sería muy poco.

—¿Qué dices, Kasumi? —él estaba abochornado—. No es necesario que seas tan amable.

—Usted siempre ha ayudado mucho a nuestra familia —siguió diciendo Kasumi mientras secaba con un trapo de cocina los platos recién enjuagados—, ha sido un verdadero apoyo para nosotros en los momentos más difíciles.

—E-eso… es solo mi deber como profesional —dijo Tofú cerrando el grifo del agua al terminar de lavar.

—No sea modesto, por favor. No sé qué hubiéramos hecho sin usted…

—No es modestia —la interrumpió el doctor mirando hacia otro lado—. Es solo la verdad.

—Doctor, usted salvó la vida de Akane, sin usted…

—No, Kasumi, por favor…

—Es la verdad —insistió Kasumi—. Siento no haberme comportado mejor en este tiempo, deberíamos hacer más para pagarle. Akane está viva gracias a…

—No —dijo Tofú con firmeza, haciendo que Kasumi enmudeciera de golpe.

El doctor se quedó mirando el suelo.

—Ya no puedo, Kasumi… no es justo…

—¿De qué habla, doctor?

—Yo… no es justo que te mienta a ti y a toda tu familia de esta manera… yo…

Tofú levantó los ojos y la miró con tristeza.

—Siento todo lo que ocurrió —dijo—. No debí haber hecho eso, pero… Ranma era un buen muchacho, y era mi amigo.

—¿Qué… qué quiere decir? —preguntó Kasumi con los labios temblando.

Nabiki, que se había acercado a la puerta de la cocina a escuchar la conversación desde las sombras, frunció el ceño interesada.

—Cuando Akane enfermó, no fui yo el que consiguió esa medicina —dijo Tofú con voz cansada—. Fue Ranma.








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