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ぶぎゅる en pixiv































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A poco de llegar a su cuarto en el hotel tocaron a la puerta y Ranma se dio la vuelta extrañado. Dejó su bolso deportivo lentamente en un sillón junto al minibar y fue a abrir. Shampoo le sonrió desde el otro lado de la puerta y entró empujando un carrito con la comida; Ranma se apartó a un lado asombrado.

—¿Qué es eso?

—Antes de irnos pedí que tuvieran preparada la cena para los dos cuando llegáramos. Supuse que ganarías y tendríamos que celebrar —respondió Shampoo sonriendo.

—No quiero cenar —replicó Ranma, todavía sosteniendo la puerta abierta para que Shampoo se fuera.

Ella no le hizo caso, llegó a la mitad de la sala y comenzó a servir los platos en la mesa con mucho cuidado y elegancia; su corto vestido se balanceaba alrededor de sus caderas. Ranma resopló y cerró la puerta dando un portazo.

—Debes comer, Ranma —le aconsejó su esposa—. Es muy importante que te alimentes bien, deberías contratar a un nutricionista que vigile tus comidas. Además, un entrenador tendría que acompañarte en todo momento.

—Prefiero trabajar solo —replicó Ranma dejándose caer sobre el sofá.

—Si quisieras podría ayudarte y acompañarte a todos los entrenamientos para…

—Sabes que no quiero que vayas conmigo —la interrumpió Ranma, y la sonrisa de Shampoo se congeló por un momento—. Tampoco quiero cenar contigo, déjame solo.

Shampoo apretó los labios como si estuviera a punto de llorar.

—¿Nunca dejarás de tratarme mal? —preguntó con un hilo de voz.

—Ya basta, Shampoo —pidió el muchacho.

—Solo quiero que cenemos tranquilamente como una pareja normal, ¿no puedes compartir una comida conmigo por una vez, sin poner esa cara y tratarme de esta forma?

—Nosotros no somos una pareja normal, ¿cuántas veces te lo tengo que dejar claro?

—Lo sé, créeme que lo sé, siempre te encargas de repetirlo, sí —Shampoo apretó los puños—. ¿Qué tengo que hacer para poder ganar tu amor, Ranma?

—No mentirme, por ejemplo —respondió él con sarcasmo.

—Yo no te miento, Ranma, te amo de verdad —dijo ella sacrificada.

—¿Qué le pusiste a la comida, Shampoo? —preguntó el muchacho mirándola a los ojos.

—¡Nada! ¿Cómo puedes sospechar de mí? —se quejó ella ofendida.

—En el pasado me embaucaste así muchas veces, ¿qué otra cosa puedo pensar?

Shampoo soltó un sollozo y se cubrió la boca delicadamente con los dedos. Ranma apoyó los codos en las rodillas y dejó caer su cabeza en las manos mesándose el cabello.

—¿Por qué siempre pones este muro entre tú y yo, Ranma? — lloriqueó Shampoo—. He tratado durante años de acercarme a ti, pero es inútil, te empeñas en apartarme. Siempre me haces daño, me hablas con palabras hirientes para impedir que acceda a tu corazón.

—Mi corazón nunca será tuyo —le dijo Ranma con voz neutra.

Shampoo lo miró apretando los dientes.

—Si no estuvieras todo el tiempo en guardia, luchando para que no me acerque, hubiera podido conquistarte hace mucho, sabrías lo agradable que es estar entre mis brazos, todo lo que puedo amarte, consolarte, hacerte sentir como un hombre. Si no estuvieras pensando todo el tiempo en las artes marciales, si me dieras un espacio… solo un espacio, Ranma, conocerías las verdaderas dichas del matrimonio.

—No quiero conocer nada contigo, gracias —replicó Ranma secamente.

Shampoo se limpió las lágrimas de los ojos.

—Lo he dejado todo por ti, he renunciado a mi orgullo de guerrera amazona, me he comportado como una esposa abnegada, nunca has sido capaz de agradecer ninguno de mis esfuerzos.

—¡Yo no te pedí nada! —estalló Ranma. Después respiró profundamente para serenarse y se masajeó la frente adolorida—. Puedes resarcirte, Shampoo, no es tarde, libérame de este trato y te agradeceré.

Los ojos de Shampoo brillaron como brasas al rojo vivo.

—Descarado —le soltó.

—¿Yo? —Ranma dio una risotada sin humor—. ¿Me hablas en serio?

—¿Te casas conmigo y ahora pretendes deshacerte de mí como si nada? Lo he dado todo por ti, Ranma.

—Yo nunca te pedí nada —repitió el muchacho.

—Si no fuera por mí, Akane Tendo estaría muerta. ¡Tu gratitud conmigo debe ser eterna!, y también eternos los lazos que nos unen.

—No son lazos, Shampoo —la voz de Ranma tembló de furia—, son cadenas que creaste con mentiras, con amenazas. Yo nunca estaré contigo. Te mataría si pudiera, Shampoo.

La amazona palideció, pero se rehízo de inmediato y tragó saliva.

—Yo solo quiero… —comenzó a decir.

Ranma se levantó de golpe del sofá.

—Ya cállate y déjame solo —le pidió.

Se dio la vuelta y buscó en su bolso las pastillas para el dolor, sacó dos y las dejó en la palma de su mano. Al levantar la vista pudo ver el reflejo de Shampoo en el cristal de un cuadro ante él, ella lo miraba atentamente, su rostro, que estaba condenado a ver cada día, le provocó un súbito ataque de ira. Miró los enormes ojos de la amazona que parecían brillar como si una luz se hubiera encendido en su interior.

—Ranma…

El chico se llevó la mano a la boca y después bebió un largo sorbo de la botella de agua que siempre cargaba.

—Lárgate —le ordenó—. Llamaré para que retiren la comida.

Shampoo se fue caminando muy altiva. La sonrisa que tenía al cerrar la puerta no alcanzó a distinguirla Ranma.

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Muy entrada la noche Shampoo se deslizó con presteza en la habitación de Ranma sin hacer ruido. Fue fácil conseguir una llave extra en la recepción diciendo que su esposo la había extraviado.

En el interior del cuarto todo estaba a oscuras, excepto una pequeña lámpara en la sala. Para ese momento las pastillas ya habrían hecho efecto y Shampoo podría meterse a la cama de Ranma, desnudarse y fabricar la mentira para el día siguiente. Las pastillas para dormir eran lo bastante fuertes como para que pudiera besarlo y hasta tocarlo un poco sin que él despertara en lo absoluto, todo para que su teatro fuera más creíble. Luego, en un par de meses, ella daría la noticia del embarazo y Ranma no podría dejarla nunca; su bisabuela la felicitaría por dar un fuerte descendiente a la aldea y con el tiempo Ranma la amaría. Sí, él no podría odiar y rechazar a un bebé, más aún uno que creería que era sangre de su sangre, y con el tiempo amaría a ese niño y también a la mujer que lo había traído al mundo.

En medio de la oscuridad Shampoo se sonrió. Entró al dormitorio y a tientas fue hasta la cama. Despacio deslizó la mano encima de la colcha y la encontró fría. Se quedó completamente quieta, atenta a cualquier sonido, pero no se escuchaba ninguna respiración dentro del cuarto. Incrédula, Shampoo siguió moviendo la mano sobre la cama, pero no había nadie.

Se movió para encender la luz del velador. El dormitorio estaba vacío, la puerta del baño estaba abierta y no había nadie dentro.

Shampoo apretó los dientes. Era imposible que Ranma hubiera podido permanecer despierto después de tomar esos somníferos. Con una nueva idea en la mente, Shampoo se levantó y salió hasta la sala, asomándose al sofá, pero Ranma tampoco estaba dormido allí.

—¿Qué rayos pasa? —murmuró.

Miró alrededor, Ranma no estaba en ninguna parte del cuarto. De pronto, Shampoo se quedó quieta, con la vista clavada sobre la mesa de la sala. Encima estaba la botella de agua a medio beber, y a un lado las dos pastillas que Ranma nunca se había tomado.

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Eran casi las once de la noche cuando Ranma caminaba por el distrito de Shibuya cerca de su hotel, con las manos en los bolsillos, paseando sin un rumbo fijo entre los carteles luminosos de los locales y el bullicio de la gente. Todavía sentía que había sido bueno hacer caso a su instinto y no tomar aquellas pastillas, la mirada de Shampoo no le dio buena espina, quizá estaba siendo paranoico, o quizá realmente estaba asustado de empezar a convertirse en un adicto a esos calmantes y había preferido cortar de cuajo con aquello.

Como fuera, algo le había dado la sensación de que las cosas no estaban bien y prefirió no tomar las pastillas, y después deshacerse del resto. Luego lo lamentó un poco, la cabeza aún le dolía, pero no quería seguir tomando cosas; había decidido salir a tomar un poco de aire y dar una caminata.

Su vida era patética. Durante el día llenaba sus horas con las artes marciales, entrenando, mirando videos con las peleas de sus oponentes, o se iba de viaje durante días por China para aprender nuevas técnicas y enfrentar otros desafíos, en un remedo inútil de los antiguos viajes que hacía con su padre por Japón. En las noches solo soñaba con lo que podría haber sido su vida, o tenía pesadillas monstruosas con los más crueles de los destinos.

Se preguntaba hasta cuándo podría llevar esa vida.

Suspiró. ¿Habría podido averiguar algo Nabiki? Era demasiado tarde para llamarla al periódico, y además no quería que lo regañara por llamarla por nada. Detestaba esperar, pero era lo único que podía hacer, al menos se consolaba pensando que estar en manos de Nabiki era menos malo que estar en las garras de Shampoo, aunque quizá igual de caro.

Un taxi venía hacia él y, sin saber de dónde había llegado su decisión, lo detuvo, subió y le dio una dirección.

Al bajar del taxi anduvo un par de cuadras y se detuvo en la esquina, mirando hacia una de las casas. Suspiró de nuevo, como hacía casi siempre ahora.

Algunas luces continuaban encendidas en la casa aún a esa hora. Ranma se acercó un poco más, caminado pegado a la pared para que no lo vieran. Después se encaramó al techo y anduvo con destreza sobre las tejas hasta descolgarse por el otro lado. En el patio interior de la casa, de nuevo se pegó a la pared, en el porche había una figura envuelta en una yukata, con el cabello trenzado cayéndole sobe un hombro.

El corazón de Ranma se contrajo al observar el decaído rostro de su madre. Las arrugas eran visibles alrededor de sus ojos y las sombras bajo estos se acrecentaban por la penumbra. Sus labios estaban apretados casi en una línea.

No la había visto desde aquel día años atrás, cuando Akane se debatía entre la vida y la muerte, y Nodoka intentaba consolarlo, creyendo que su tristeza se debía al destino de su prometida. Pero él ya había hecho un pacto con Cologne y no podía decírselo, porque ese mismo día dejaría Nerima, y por su honor jamás podría volver a hablarle.

Tantas cosas había perdido aquel día.

—Mamá…

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Nabiki Tendo entró en la cafetería del hospital y se dirigió a una de las mesas más apartadas donde uno de los médicos estaba sentado. Sin esperar invitación se sentó frente a él y saludó con su sonrisa más profesional.

—Buenos días, doctor Yoshiro Nakamatsu, soy Nabiki Tendo, del Mainichi Shimbun.

—¿Ah? —el hombre levantó la cabeza de una de las revistas que leía y parpadeó tras las gafas. Con un rápido vistazo, Nabiki descubrió que el doctor estaba leyendo un manga, que rápidamente ocultó entre otras revistas de corte más científico. Una pequeña sonrisa asomó a los labios de Nabiki—. Buenos días, ¿tenía una cita acaso? Lo lamento, mi secretaria está enferma.

—Descuide, seré breve —replicó Nabiki—. Mi hermana, Akane Tendo, fue ingresada en este hospital hace cuatro o cinco años con cierta cardiopatía, los médicos dijeron que su caso era irreversible, y posiblemente heredado de mi madre que murió de la misma enfermedad…

—Señorita, lo siento —la interrumpió el médico haciendo un movimiento para levantarse—. Lamento su pérdida y sé cómo debe sufrir, pero debe recordar que los doctores somos también humanos y no podemos siempre triunfar sobre las enfermedades, hay cosas que están más allá de nuestra capacidad. Si sospecha alguna mala praxis en la atención de su hermana debería denunciarlo a las entidades correspondientes.

El hombre se levantó e hizo un movimiento de cabeza a modo de saludo.

—Mi hermana no está muerta, doctor —dijo Nabiki—. De hecho, tuvo una mejoría muy milagrosa.

El médico parpadeó.

—Quizá si se pone a pensar un momento recuerde su caso —siguió diciendo Nabiki—, durante un tiempo mi hermana, Akane Tendo, siguió haciéndose exámenes periódicos en este mismo centro. En la actualidad se atiende en otra parte.

—¿Akane Tendo? —repitió el doctor volviendo a sentarse lentamente—. No la recuerdo por su nombre, pero pensando en lo que me ha dicho… creo que sí recuerdo una mejoría que nos dejó estupefactos a mí y a varios colegas. Pero, señorita, si su hermana está bien no entiendo por qué está aquí.

—Porque no creo en milagros, doctor. Necesito que me diga todo lo que pueda sobre la medicina que le administraron aquella vez y que dio tan buenos resultados.

El médico carraspeó.

—Esos datos son confidenciales —replicó.

—La historia clínica pertenece al paciente, y es su derecho reclamarla cuando lo crea necesario —aseveró Nabiki mirándolo atentamente.

—La historia clínica solo puede solicitarse personalmente, no puede ser entregada a ningún familiar, mucho menos si me dice que la paciente se encuentra sin impedimentos, ¿verdad?

—Lo único que necesito saber es qué componía esa medicina tan milagrosa que le dieron a mi hermana —dijo Nabiki—. Estoy segura de que deben haberla analizado primero, sería una imprudencia administrarla sin más, ¿verdad?

—Por lo que recuerdo le administramos una dosis mínima para ver cómo reaccionaba, y para nuestra sorpresa su hermana tuvo una respuesta favorable al tratamiento… —el doctor Yoshiro se interrumpió y consultó su reloj—. Me quedan diez minutos antes de atender a mis consultas de la tarde. Acompáñeme, le daré la información que pueda conseguir.

Se levantó y Nabiki lo siguió por los pasillos de la clínica, hasta un mostrador donde trabajaban tres enfermeras. El doctor le pidió algo a una de ellas y la mujer tecleó en una computadora e imprimió algunas páginas que después le pasó al médico.

El doctor Nakamatsu revisó las hojas, ajustándose los anteojos sobre la nariz para leerlas, y asintiendo cada tanto mientras leía.

—Sí, por supuesto, ya lo recuerdo —murmuró, después miró a Nabiki—. Su hermana se recuperó con cierta rapidez y luego la seguimos evaluando, no presentaba síntomas de que la enfermedad hubiera vuelto, pero debe seguir en estudio.

—Ella se hace exámenes regularmente —respondió Nabiki.

—La recuperación de su hermana fue clasificado como un caso de remisión espontánea, o lo que podría llamarse un milagro médico. No tenemos explicación para su rápida mejoría.

—¿Qué es lo que quiere decir, doctor?

—Probamos la supuesta medicina en otros pacientes que presentaban el mismo cuadro con las mismas sintomatologías —explicó el médico—, pero sin éxito. No tuvo efecto alguno en ellos.

—No entiendo —dijo Nabiki frunciendo el ceño.

El médico le alargó una hoja con una lista de compuestos.

—Esos son los componentes de la supuesta medicina milagrosa —dijo—, pero le advierto que no encontrará ahí nada extraordinario.

Nabiki tomó el papel con las dos manos e intentó leer.

—¿Qué es esto? ¿Está en latín?

—Son nombres de plantas —explicó el médico—. La medicina es solo una mezcla de hierbas, lo que llamaríamos un placebo.





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