ぶぎゅる en pixiv
Nabiki no volvió al dojo Tendo esa noche, se dirigió a su apartamento en el distrito de Chiyoda. Al entrar se quitó los zapatos, tiró su bolso de cualquier forma encima de un sillón y encendió apenas una pequeña lámpara encima de su escritorio. Destapó una botella de sake que tenía especialmente guardada para ocasiones que lo requerían, y aquella era una de ellas.
Se sentó ante su escritorio y bebió de un golpe el sake, apretando los dientes ante el sabor y frunciendo la nariz y los ojos. Tragó con dificultad, no acostumbraba a beber, pero ahora necesitaba la claridad que solo podía dar el alcohol cuando calentaba el cuerpo.
—Vamos ahora, Nabiki —se dijo—. Tienes que pensar, tienes que pensar mucho…
Las horas pasaron. Se quedó dormida sin darse cuenta, la despertó el sonido del teléfono y al abrir los ojos la cegó la luz del sol que entraba a raudales por la ventana donde no había cerrado las cortinas.
Nabiki se movió, estaba algo entumida, ni siquiera había ido a dormir a la cama, se había dejado caer de mala manera sobre el sofá. Alargó la mano para responder el teléfono.
—¿Hola?
—¿Nabiki? ¿Estás bien?
La chica pestañeó y trató de ordenar su mente. Reconoció la voz de su compañera del trabajo, Minami Takayama.
—Sí, estoy bien.
—¿Vendrás hoy? —inquirió su compañera—. ¿Tenías una entrevista que entregar? Algo sobre los miembros del parlamento. Nakamura está exigiendo tu cabeza.
—Mi cabeza, ¿eh? —Nabiki se incorporó de a poco—. Hoy no podré ir, comunícaselo. Y si Nakamura quiere una muy sabrosa entrevista sobre Ranma Saotome, su pasado, y el posible desenlace de su futuro, será mejor que me conserve en mi puesto, o esa nota se va a ir a otro periódico.
—Vaya, ¿estás trabajando en algo? No sabía que cubrías deportes —comentó Minami.
Nabiki suspiró.
—Yo tampoco, Minami. Yo tampoco.
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—¿Akane, está en casa? —preguntó Nabiki al entrar al dojo.
Kasumi la saludó con una sonrisa asomándose por la cocina.
—No, llegará en la tarde —respondió su hermana—. ¿Estás bien? ¿Cómo te fue ayer, pudiste averiguar algo?
—Demasiado —dijo Nabiki como hablando consigo misma—. Kasumi, deja eso por un momento, tengo que hablar contigo, y es muy importante.
Kasumi la observó sorprendida, pero el gesto serio de Nabiki la alertó.
—Muy bien —asintió—. ¿Vamos a la sala?
Cuando las dos estuvieron sentadas con humeantes tazas de té enfrente, Nabiki recién abrió la boca.
—Por favor, no vayas a asustarte por esto —dijo.
—¿Qué quieres decir, Nabiki?
—He podido averiguar algo, pero es… muy retorcido; al estilo amazona, sí, pero retorcido al fin y al cabo. Espero que seas fuerte para soportarlo.
Kasumi asintió y escuchó cada una de las palabras de su hermana, que intentaba reproducir lo más fielmente posible el relato que Mousse le había hecho la noche anterior. El rostro de Kasumi se fue desencajando poco a poco, a medida que Nabiki enlazaba los hechos y las pruebas que había conseguido. La cura de Akane no era una cura, porque en realidad no estaba enferma sino que la habían envenenado.
Al terminar de hablar, Nabiki estiró las manos para tomar las de su hermana y las sintió frías, así que las envolvió en seguida con las suyas.
—Debes tener valor, Kasumi —le dijo—. Te necesito para lo que viene, pero debes ser muy fuerte.
—Yo… Nabiki… Todo este tiempo hemos sufrido en vano.
—Ellas dañaron a nuestra familia, Kasumi, fueron Shampoo y su bisabuela, Akane jamás estuvo enferma —repitió Nabiki lo que acababa de contarle.
—Pasamos tantas penas, Nabiki —los ojos de Kasumi se llenaron de lágrimas—. Mi hermanita… mi pequeña Akane, creí que la perderíamos.
—Lo sé, Kasumi, lo sé —le apretó las manos para darle fuerza—. Era una mentira.
—Mientras Akane se recuperaba —dijo Kasumi con la mirada perdida—, cuando volvía poco a poco a su vida normal y estaba bien, sana de nuevo, yo… tantas veces deseé que mamá hubiera podido tener esa cura, tanto quise poder volver atrás el tiempo y dársela, tantas veces pregunté por qué no había podido ser así. Oh, Nabiki.
Kasumi soltó un sollozo, los ojos de Nabiki se llenaron de lágrimas y apartó la mirada.
—Me avergüenzo de haber deseado eso —murmuró Kasumi.
—No es culpa tuya, Kasumi, no sabías cómo eran las cosas realmente —dijo su hermana.
—No puedo entenderlo, Nabiki, ¿todo esto solo para poder casarse con Ranma? ¿Cómo pueden destruir tantas vidas solo por eso?
—Fue para que Shampoo pudiera tener un hijo de Ranma —aclaró Nabiki—, ni siquiera fue porque ella estuviera locamente enamorada, solo desea su simiente. O tal vez es su bisabuela la que la empuja a hacer todas esas cosas, no lo sé. Pero, Kasumi —volvió a apretar las manos de su hermana—, nuestra venganza abarcará a las dos.
—¿Venganza? —Kasumi parpadeó con lágrimas en los ojos.
—Sí, y te necesito, todos te necesitamos —asintió Nabiki.
Kasumi retiró con delicadeza sus manos.
—Sabes que yo no podría participar en nada de eso, Nabiki —dijo lentamente—. Sé que le han hecho mal a nuestra familia, pero creo que la vida se encargará de hacerles pagar. Si puedes hacer que Ranma se divorcie de ella, si quizá Akane pudiera retomar su relación con Ranma, me alegraría, eso sería bueno. Pero yo no puedo castigarlas, no puedes pedirme que haga algo que…
—Justamente por eso te necesito —la interrumpió Nabiki—. Tú no has visto a Ranma, ha cambiado, las circunstancias lo han hecho cambiar, cuando sepa lo que ocurrió realmente querrá matar a Shampoo con sus propias manos. Pero ¿qué digo?, ¿sabes cuánto tuve que controlarme para no ir ayer mismo a sacarle los ojos a esa maldita? Hizo que viviéramos preocupadas, tú y yo, Kasumi, pensando que en cualquier momento enfermaríamos y moriríamos sin remedio. Hizo que nos cuestionáramos todo, hasta la posibilidad de tener un futuro. ¿Cuánto te refrenaste tú también, Kasumi? ¿Acaso no lo pensaste más de dos veces al ir a invitar al doctor Tofú a una simple cena? ¿Acaso no te preguntaste muchas veces si algo valía la pena, ya que no sabías cuánto vivirías? ¡Ah, Kasumi! No es momento de avergonzarse. Yo sé cómo te has sentido, porque me he sentido igual. Hermana, por eso te necesito, no quiero cometer una locura, no quiero que Ranma ensucie sus manos tampoco y Akane muera virgen.
Se sonrió. Kasumi la miró sorprendida, y al final también sonrió.
—Nabiki —la regañó con dulzura.
—Te necesito conmigo, tienes que refrenarme —dijo Nabiki—. Tienes que ser el freno de todos nosotros.
—Hermanita, te ayudaré, claro.
—También necesito que me ayudes con otra cosa —Nabiki suspiró—. Ahora viene una de las partes más difíciles: hablar con Akane, ella merece saber esto.
—Y también Ranma, ¿verdad? —comentó Kasumi.
—Pero primero Akane. La necesitamos después para que Ranma no cometa una locura, solo ella podría hacerlo entrar en razón.
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Shampoo entró a la habitación de hotel de Takeda y dejó su bolso en una silla y se desprendió un botón de la blusa, que revelaba el inicio de los pechos. Se pasó la lengua por los labios y miró a Shota Takeda sensualmente, con una invitación en la mirada.
—¿Trajiste el dinero, preciosa? —preguntó el manager deleitándose en lo que veía.
—Necesito más tiempo —respondió Shampoo con una vocecita dulce acercándose a él y desabotonándole la camisa poco a poco, él se dejó hacer—. Me pides demasiado dinero como para que lo consiga tan pronto; además, Ranma cerró sus cuentas, yo tampoco puedo acceder a su dinero, y si se lo pidiera… sería sospechoso, ¿no?
—¿Entonces viniste por un revolcón, preciosa? —Takeda sonrió—. No me quejo, pero no creas que con eso me vas a conquistar.
Ella se paró de puntillas para susurrarle en el oído.
—¿Estás seguro?
Abrió su cinturón con dedos hábiles y desabrochó el pantalón. Takeda la miró a los ojos y Shampoo le sonrió con sensualidad y picardía, pero Takeda tomó sus manos deteniéndola.
—Sí —respondió—. Lo estoy. No puedes darme nada que no me hayas dado ya, ¿verdad, cariño?
La sonrisa de Shampoo se borró de golpe y Takeda soltó una pequeña risa al observarla.
—Mira, cariño, te daré un par de días más —concedió el manager—, pero luego de eso hablaré con Ranma y le contaré todo. Y él sabrá recompensarme, estoy seguro.
—¿También le contarás que todo este tiempo estuviste robándole dinero sin escrúpulos? —preguntó Shampoo con voz venenosa.
Takeda sonrió y le acarició la mandíbula tiernamente con una mano, que luego metió entre su pelo, para al final, tirar con fuerza de un mechón. Shampoo soltó un quejido de dolor.
—No creas que podrás amenazarme, preciosa, aquí la que ha cometido el peor delito fuiste tú —dijo Takeda, tiró más del cabello y la atrajo hacia él —, has sido infiel, has deshonrado tu matrimonio. ¿Qué clase de arpía eres? —preguntó encima de su boca.
—Una a la que no te puedes resistir —le respondió Shampoo besándolo hambrienta.
Takeda respondió hundiendo la lengua en su boca, le soltó el pelo y la tomó de las caderas, atrayéndola hacia él con violencia para que ella pudiera sentir la intensidad de su deseo.
Shampoo gimió en el beso y le desabrochó los pantalones con rapidez; Takeda la empujaba para que retrocediera mientras bajaba con besos por su cuello y su escote. La amazona dio un par de pasos hacia atrás hasta sentir el borde de la mesa.
Takeda se separó de ella.
—¿Eres ninfómana acaso, cariño? —preguntó con la respiración agitada.
Shampoo se relamió los labios que habían sido besados y se levantó la falda hasta las caderas. Takeda vio que no tenía ropa interior puesta y levantó una ceja.
—No me quejo, no me quejo en lo absoluto —murmuró.
Shampoo se dio la vuelta y apoyó las manos en la reluciente superficie de la mesa, ofreciéndose.
—¿Qué estás esperando? —le preguntó sensual.
Takeda se puso a su espalda y la penetró con fuerza, haciendo que Shampoo temblara con un escalofrío, recibiendo sus embestidas con placer pero determinación. Mientras él se deleitaba con su cuerpo, Shampoo tenía la mirada perdida frente a ella y una sola frase en su mente: «debo embarazarme».
Al terminar, Takeda la tomó de la cintura apretando con fuerza y Shampoo también se sacudió, inundada de éxtasis. Apenas ambos normalizaron la respiración, Shampoo se dio la vuelta para besar de nuevo al hombre y terminar de sacarle la ropa.
—Eres como una máquina —comentó Takeda entre besos.
Shampoo se separó un momento para observarlo con una extraña mirada. Luego llevó las manos del hombre hasta su ropa y lo urgió para que la quitara. Los dos desnudos se entrelazaron entre la cama revuelta de Takeda. Él quiso jugar y acariciarla, pero Shampoo se lo impidió, elevando las caderas hacia él.
—Tómame… tómame ahora —entre ordenó y rogó, con la voz ronca.
Shota Takeda obedeció.
Shampoo se abrazó al cuerpo sudoroso de Takeda y abrió las piernas para recibirlo completamente.
—Tómame… una y… otra vez —murmuró Shampoo entre gemidos.
—Lo haré, preciosa —respondió Takeda con la respiración entrecortada.
«Debo embarazarme… a toda costa. Debo… tener un hijo.»
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Cuando Akane entró a casa aquella tarde encontró a Kasumi y Nabiki sentadas a la mesa de la sala. Ambas se giraron a mirarla al mismo tiempo y Akane pestañeó.
—Hola —saludó ella.
—Akane, necesitamos hablarte, ¿podrías sentarte un momento? —preguntó Kasumi con una sonrisa que parecía la de siempre, pero que Akane notó un tanto diferente, no sabía en qué.
El rostro de Nabiki contrastaba completamente con el de su hermana, la seriedad hacía que las sombras oscuras bajo sus ojos resaltaran aún más.
—De acuerdo —Akane dejó sus libros sobre la mesa mirando a sus hermanas con sospecha—. ¿Qué ocurre?
—Hermanita, ven a sentarte a mi lado —la invitó Kasumi con una amplia sonrisa maternal.
Akane no se movió.
—¿Qué está pasando? —preguntó—. ¿Es papá?
—No, papá está muy bien —respondió Kasumi.
—Se trata de algo muy importante —habló Nabiki—. Siéntate y escúchame.
—¿Qué tengo que escuchar? —preguntó Akane palideciendo.
Nabiki cerró los ojos un momento y después los abrió.
—Akane… —dijo— ¿si te dijera que Ranma no te engañó ni te abandonó, sino que en realidad te salvó la vida… qué me dirías?
Akane se quedó quieta con los ojos brillantes, de pronto sus labios comenzaron a temblar, y se cubrió el rostro con las manos.
—Akane, tengo que contarte la forma en que Ranma te salvó hace años, cuando se casó con Shampoo —dijo Nabiki.
—No… no puede ser cierto —murmuró Akane—. De verdad ese idiota… lo hizo.
Nabiki y Kasumi intercambiaron una mirada de asombro.
—¿Ya… lo sabías? —preguntó Nabiki incrédula.
—Idiota… ¡voy a matarlo! —Akane se levantó de golpe dispuesta a echar a correr.
—¡Espera! —Nabiki también se levantó, sin entender lo que ocurría—. ¿Tú lo sabías? ¿Todo este tiempo lo sabías?
—No… yo… —Akane comenzó a pasearse por la sala, de un lado al otro—. Yo lo conozco… o lo conocía… sabía que no podía irse y casarse con Shampoo, que él no la quería, y que nunca me hubiera traicionado así. Yo supuse…
Nabiki y Kasumi de nuevo se miraron incrédulas.
—Pero, Akane, ¿cómo no dijiste nada?
—¡Estaba esperando! —estalló Akane, y cayó de rodillas en el suelo, rompiendo a llorar.
—Akane… —Consternada, Kasumi se acercó a ella y la rodeó por los hombros con un brazo—. Pequeña Akane.
—Explícate, Akane —exigió Nabiki, nerviosa por no poder controlar la situación.
—Deja que se calme, Nabiki —pidió Kasumi conciliadora.
Akane levantó la cabeza secándose las lágrimas. Miró a Nabiki, que seguía de pie ante ella.
—Yo sé cómo es Ranma, es un idiota que se deja engañar con promesas, y siempre terminan timándolo —dijo, aún entre sollozos—. Supuse que él nunca me habría abandonado así, no sin una explicación al menos; y esperé, esperé que volviera, que me dijera que todo fue en vano, que lo habían engañado. Creí que Shampoo le había prometido la cura para la maldición y él no dudó en aceptar. Realmente pensé… que había una explicación para que se hubiera casado con ella. Esperé… por mucho tiempo.
—Akane… no puede ser —murmuró Nabiki con lástima.
—Creí que volvería y me pediría perdón, que me explicaría —siguió diciendo Akane mientras Kasumi la estrechaba con fuerza—. Tuve la esperanza de que… era todo una gran equivocación. Pero el tiempo pasó y pasó, y Ranma nunca volvió, y mi esperanza murió para siempre. Quise odiarlo, por ser un idiota, pero…
—Siempre has estado enamorada de él —dijo Nabiki por ella.
Akane no respondió.
—Al final me resigné —dijo—, y acepté que él simplemente me dejó. ¡Ese idiota! ¡Esperé que volviera por años y…!
—No lo culpes, Akane —dijo Kasumi con voz suave—. Ranma no podía volver a ti.
—¿Qué dices, Kasumi?
Kasumi miró a Nabiki, dando a entender que esperaba que ella siguiera hablando.
Nabiki volvió a sentarse ante la mesa.
—Escucha, Akane —dijo—, será mejor que te tranquilices y escuches atentamente. Tu amado y odiado Ranma te salvó la vida, pero a un precio muy alto.
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Ranma salió de la ducha en el vestuario del estadio y fue andando con la toalla en la mano hasta los bancos de madera donde había dejado su ropa.
—Hola, Ranma —saludó Nabiki como si fuera cosa de todos los días verlo medio desnudo en un vestuario.
—¡Rayos, Nabiki! ¿Es que no sabes lo que es la intimidad? —Ranma se tapó rápidamente con una toalla.
—No seas tan quisquilloso —Nabiki lo miró aburrida—. Debo aprovechar cuando Takeda te deja solo. Vístete que necesito que hablemos, así que sácate de encima a tu manager. Te espero en la calle de atrás del estadio en diez minutos.
—Bien –asintió el muchacho.
Antes de que pasaran los diez minutos, Ranma se reunió con ella y los dos echaron a andar.
—¿Qué averiguaste? —quiso saber el muchacho.
—Todo a su tiempo, cuñadito —replicó Nabiki con una sonrisa—. Primero necesito que veas a alguien.
—¿A quién? —se extrañó Ranma.
Habían llegado a una pequeña plaza que se estaba iluminando de a poco a medida que se encendían las luces de la ciudad.
—Es por aquí —dijo Nabiki adelantándose y cruzando la plaza.
—¿A dónde vamos? —insistió Ranma—. ¿Qué es todo esto, Nabiki?
—Te va a interesar —respondió ella críptica.
Ranma la siguió refunfuñando y vio más adelante las figuras de dos mujeres recortadas sobre las sombras. Al poco rato, Ranma se detuvo. Nabiki volteó a mirarlo, pero no le dijo nada, sonrió y siguió andando un par de pasos hasta detenerse junto a Kasumi.
Del otro lado estaba Akane.
—La familia se ha reunido por fin —comentó Nabiki.
Ranma y Akane se miraron frente a frente.
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