ナツオ en pixiv
Las cigarras chillaban cocinándose al calor de pleno julio. Tokio se derretía en el verano más caluroso en mucho tiempo, ahogándose en el aire cargado y rancio de la ciudad, caliente y denso, que empujaba hacia abajo.
Ranma y Akane estaban tirados en el piso de la sala. Las puertas correderas abiertas de par en par, pero la campanilla de viento estaba inmóvil. El ventilador emitía un débil susurro, peleando para ganarle a la insoportable temperatura.
Ranma se daba aire con un abanico de papel y Akane, semiconsciente, movía la cabeza a un lado y a otro, haciendo que su mejilla se apoyara en el suelo para poder sentir el frescor, que era muy poco.
—Anda tú, Akane —dijo Ranma con la voz pastosa.
—…No. Tú.
—No seas mala.
—Tú eres el hombre, deberías ir tú.
—Pero yo soy el invitado.
—Mentira, ya eres parte de la familia.
—Buuu —dijo Ranma y le sacó la lengua.
Akane se encogió de hombros. Tenía demasiado calor para enfadarse.
Se quedaron callados un buen rato. El único sonido era el de las cigarras, el de los autos que de vez en cuando cruzaban por la calle, y más alejado se escuchaba la música enka que emitía la radio de algún vecino anciano.
—Ve tú, Ranma —casi rogó Akane.
—Nah, no pienso hacerlo.
—Qué poco caballero.
—Soy mitad mujer.
—Cuando te conviene.
—De hecho, lo soy todo el tiempo.
—Ranma, gastas menos energía en ir que en discutir.
—No me importa. Siento que si doy un paso me calcinaré.
—Yo igual.
Volvieron a quedarse en silencio. La tarde avanzaba lentamente, estirándose como un chicle. El calor no amainaba en absoluto.
—Quisiera que fuera invierno.
—Yo también. Quisiera que nevara.
Pero no era invierno. El termómetro indicaba la más alta temperatura registrada en la historia.
—Ranma, moriremos aquí si no vas.
—Eso es chantaje, Akane.
—No es cierto.
—Sí es cierto.
—Como sea, deberías ir.
Estaba claro que ninguno de los dos se movería, aunque les fuera la vida en ello.
—Ya sé. Juguemos piedra, papel o tijeras, y el que pierda tiene que ir —sugirió Ranma.
Akane aceptó, porque creyó que sería fácil ganarle a Ranma, tan fácil como jugando a las cartas.
Se movieron despacio, arrastrándose como tortugas obesas hasta la mesa, donde se acomodaron uno frente al otro, mirándose a los ojos intensamente. Se prepararon escondiendo las manos tras la espalda.
—¡Ahora! —dijo Ranma.
Tijeras.
Papel.
Piedra.
Piedra de nuevo.
Tijeras.
Se dejaron caer sobre la mesa derrotados, y cansados por ese mínimo esfuerzo. Siempre coincidían, era inútil que uno intentara ganar.
Varios minutos después Ranma levantó un poco la cabeza.
—Ya que ninguno está dispuesto a ir… —comenzó a decir.
—¿Mejor vamos los dos? —terminó Akane.
—Eso creo.
—Estoy de acuerdo.
—Bien.
Pero aunque estaban de acuerdo, ninguno se movió hasta un buen rato después. Se pusieron los zapatos en la entrada con torpeza, como aletargados y embotados por el calor.
Y salieron caminando despacio, hasta la máquina expendedora que estaba a dos cuadras, para comprar un helado.

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