El secreto del padre

 


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El secreto del padre





La pequeña celda era húmeda, fría, oscura y absolutamente silenciosa, exactamente como Genma Saotome pensó que sería. En sus peores pesadillas había imaginado que algún día terminaría en ese lugar, pero como todas las ideas terroríficas, procuraba siempre mantenerla en el fondo de su mente, bien escondida para que no pudiera afectarlo. Llegó a creerse su propia mentira, llegó a pensar que había burlado al mismísimo destino, que decía que siempre al final el crimen se castigaba y el malo no ganaba.

Era la prueba viva de que aquello era cierto.

Había pasado más de una semana allí, sus días eran tristes, solitarios, silenciosos y repetitivos; nadie había osado visitarlo, traspasar aquellas puertas y asumir que tenía algo que ver con él, y no los culpaba, por supuesto que nadie querría verlo después de conocerse su gran secreto. Todos los que alguna vez lo conocieron escupieron sobre su nombre, pero no le importó, incluso los comprendió. Tal vez su actitud podría ser tildada de impertinente o jactanciosa, algunos la calificarían como locura o psicosis… pero no se arrepentía. No, no se arrepentía de su crimen y nunca lo haría. Eso, acaso, agravaba aún más la condena de la gente sobre él.

Escuchó los pasos del guardia pero ni siquiera levantó la cabeza, calculó que pasarían de largo como todos los días; sin embargo se detuvieron ante su celda. Sonó la llave en la cerradura y pasos se escucharon entrar. Supuso que quizá sería un compañero de calvario, aunque lo dudaba. Esperó que el guardia dijera algo para anunciarlo pero no fue así.

—Solo diez minutos —acotó el policía y se fue.

Entonces Genma levantó la cabeza. Y lo vio. El muchacho lo miraba desde el extremo de la puerta de la celda.

—Ranma… —murmuró sin poder contener la emoción en su voz.

—No me llames así —le espetó él.

Genma tragó saliva. Sí, lo esperaba: la dureza, la recriminación en su tono, el dolor. Pero a pesar de todo disfrutó el momento, porque nunca creyó que lo vería otra vez.

El muchacho, a pesar de estar casado e incluso ser padre de familia, continuaba usando el cabello trenzado como en su adolescencia. Su hablar, sin embargo, era más pausado y centrado.

—No te preguntaré tus motivos —dijo, después de estar un rato apretando las mandíbulas controlando las diferentes emociones que lo embargaban—. No me importan, no podría entenderlos, si es que tienen explicación en tu mente retorcida.

Pareció que Genma iba a hablar para replicar algo, pero al final se quedó callado.

—Solo quiero saber cómo fue. ¿Dónde nací realmente? ¿Cuántos años tengo?... ¿Cómo se te ocurrió la estúpida idea de…?

Se interrumpió tapando su boca con un puño.

—Ranma —volvió a decir Genma muy quedo, los ojos dos pozos vacíos.

—¡Te dije que no me llamaras así!

El grito golpeó en las paredes, rebotando y dando justo en el corazón de Genma. El muchacho intentó guardar la compostura y serenarse.

—¿Cómo me llamo en realidad?... ¿Acaso lo sabes?

Genma dejó caer la cabeza.

—Takamori —fue un susurro como un lamento.

El muchacho repitió el nombre en su cabeza, sin acostumbrarse a cómo sonaba.

Por un momento pareció que Genma no iba a agregar nada más, pero de pronto las palabras comenzaron a salir de su boca a borbotones.

—Fue en una aldea cerca de la ciudad de Niigata. Mi Ranma… mi pequeño Ranma tenía solo tres años y medio. Yo lo cuidaba, todo el tiempo, de verdad, mis ojos estaban puestos en él, todos creen que soy un irresponsable, un timador, traicionero ¡y lo soy! Digan lo que quieran, hagan lo que quieran conmigo, lo soy; pero nunca descuidé a mi hijo de tan corta edad. Era apenas una cosita pequeña a la que recién comenzaba a enseñarle, ¿cómo podía descuidarlo o no vigilarlo? Sí, mis ojos estaban puestos en él, lo juro. Y de repente… No sé... No sé, no sé, estábamos en el río y apenas desvié la vista un momento y él ya no respiraba. Se ahogó. Soy un monstruo. Llámenme como quieran. Esas cosas pasan, los niños mueren hasta en las tinas con sus madres. Eso pasa.

Respiraba agitado conteniendo las lágrimas. Takamori lo observaba como en trance.

—Después… ¿qué podía hacer? ¿Cómo se lo iba a explicar a su madre? Soy un monstruo, fui un monstruo, pero no era tan animal. Cuando Ranma terminara el entrenamiento lo llevaría con su madre, le presentaría un hombre entre los hombres, uno del que ella estaría orgullosa, ese era el trato. ¿Creen que no cumpliría el trato? ¿Qué ganaba al no cumplirlo? Sí, Nodoka vería a su hijo crecido, el mejor guerrero de todo Japón y lloraría de emoción, era un pago justo por haberlo alejado de su lado.

Se miró de pronto las manos ásperas y arrugadas.

—Pero Ranma… había muerto —se limpió los ojos con rapidez para que Takamori no pudiera ver nada—. Hice lo mejor que pude, ¿qué hubiera hecho otro en mi lugar?, quisiera saberlo. Yo hice lo mejor que pude. Mi hijo había muerto, ¿qué más podía hacer? ¿Qué más? ¿Qué otra cosa podía darme consuelo?

—¿Y yo? ¿Dónde entro en esta historia? —preguntó el muchacho llamado Takamori. Parecía que el discurso de Genma era un monólogo, pero en realidad él lo escuchaba con total atención, asimilando cada una de sus palabras.

Genma levantó la cabeza y lo miró directamente a los ojos azules.

—Eras apenas un poco menor que Ranma. Tu madre, pobre mujer, era muy pobre, mucho. Yo te vi un día, jugabas con otros chiquillos entre el lodo frente a la puerta de tu casa. Te vi y… tu rostro… tus pequeños ojos… Me recordaron tanto a mi hijo. No pude evitar…

—¿Robarme? —preguntó con sequedad Takamori.

—No. Eso nunca pasó. ¡Nunca! Pueden acusarme de lo que quieran, pero no, tu madre me suplicó que te llevara. Tenía otros seis hijos que alimentar, quería asegurar un buen porvenir al menos para uno, aunque no me extraña que terminara haciendo lo mismo con los demás. Me suplicó que te criara como propio, que te cuidara y alimentara, e hiciera de ti un gran hombre. Todas las madres son iguales al fin y al cabo ¿no te parece?

Takamori sacudió la cabeza sin creerlo.

—Mi madre —dijo, con las palabras sonándole extrañas en la lengua, ahora que debía darles otro significado.

—Ella te entregó para que yo te criara como mi hijo, y por tanto lo eres. Eres Ranma.

—No lo soy —replicó el muchacho y en su voz el dolor casi podía tocarse.

—Lo eres. Te entrené, te crie, te cuidé cuando enfermabas, te di comida y refugio. Te di una prometida y una familia. Te convertí en el mejor. Eres Ranma Saotome, el artista marcial que mi hijo podría haber llegado a ser.

Se quedaron en silencio largo rato. Al no recibir ninguna palabra de parte de Ranma (o Takamori), Genma volvió a agachar la cabeza.

—Pero… —el muchacho sintió que su voz temblaba— ¿me querías? ¿Me quisiste… alguna vez?

Genma estaba estático.

—Te convertí en el mejor. Eres el mejor artista marcial de todo Japón —dijo.

—¿Me querías? —repitió implacable Ranma.

El guardia se acercó anunciando que el tiempo había terminado y el muchacho debía irse. Abrió la reja y esperó hasta que Ranma salió. Mientras avanzaba por el pasillo, antes de perderlo de vista, Ranma volvió a preguntar:

—¿Me querías?

Genma parecía una estatua. Ranma por fin salió del edificio de la prisión.

Genma permaneció quieto varios minutos. Hasta que se cubrió el rostro con las manos y, echándose hacia adelante, lloró.






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