Epílogo

 


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Epílogo






Cuando estuvieron fuera del hotel, Nabiki alzó los brazos, estirándose y bostezando.

—Otro trabajo bien hecho —comentó después poniendo las manos en su cintura y volteando a mirar a los demás, que caminaban detrás de ella, en silencio—. ¿Por qué tan callados?

Kasumi avanzó hasta ponerse junto a ella.

—Nunca había visto a esa jovencita de esa manera, creo que… hemos arruinado su vida, Nabiki —comentó preocupada.

—Y ella arruinó la de Ranma y Akane, ¿o no? —Nabiki frunció el ceño al mirarla—. Nunca entenderé esa manía tuya y de Akane de compadecerse de los demás de esta forma.

—¿En verdad le ocurrirá todo eso que dijiste cuando Cologne la encuentre? —intervino Akane llegando junto a ellas. Más atrás estaba Ranma, que no habló, pero la miró, también interesado por la respuesta.

—Sí —asintió Nabiki—, y quizá sea peor, puede que antes de acatar el castigo de la aldea, Cologne castigue a Shampoo por su cuenta, sobre todo por mentirle. Pero básicamente ocurrirá lo que dije, las amazonas están bastante locas y tienen leyes absolutamente brutales. En su forma de vida en general también son muy estrictas, no solo con los hombres que son considerados una clase social menor, pues las mujeres solamente pueden cumplir dos funciones: guerreras o progenitoras, y abandonar su deber de guerrera sin convertirse en progenitora, tal y como Shampoo lo hizo, es muy grave. Eso será lo que más pese cuando la castiguen.

—Entonces, este será el final para Shampoo —reflexionó Akane.

—Claro —respondió Nabiki—. Dedíquense a ser felices ahora, y Ranma, no olvides nuestro trato, tendré pronto esos papeles para que los firmes —sonrió.

Akane la observó sorprendida y después miró a Ranma.

—Ah, no te preocupes, te contaré todos los detalles en la cena —dijo Nabiki—. ¿Vamos?

—Por supuesto, estás invitado a nuestra casa, Ranma —intervino Kasumi sonriéndole al confundido muchacho.

—¿Vendrás, Ranma? —preguntó Akane alegre.

—A papá le encantará tenerte con nosotros —comentó Kasumi.

—Es probable que te llene de mocos y después te golpeé por todo lo que hiciste, pero, sí, básicamente estará feliz —dijo Nabiki con sorna—. Entonces, ¿son prometidos otra vez?

Ranma y Akane se miraron y apartaron la mirada, nerviosos y sonrojados.

—Pues…

—Yo… si Ranma cree…

—Oh, vamos, ya no tienen dieciséis —se quejó Nabiki poniendo los ojos en blanco.

—Ven a cenar con nosotros, Ranma —insistió Kasumi.

Pero Ranma hizo una pequeña y nerviosa reverencia ante ella.

—Se los agradezco —respondió—. Pero hay algo que necesito hacer.

Akane lo observó preocupada, pero al final sonrió.

Te veré en tu pelea de pasado mañana, entonces —dijo la chica

Ranma asintió.

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Al bajar del taxi Ranma observó la casa con detenimiento. Tomó aire un par de veces para darse ánimos, pero sus nervios no se iban. Llamó a la puerta y esperó unos segundos a que respondieran. Cuando la puerta se abrió apareció Nodoka Saotome vestida con un kimono y el cabello recogido en un moño. Se quedó quieta un momento repasando con la mirada las facciones de aquel muchacho ante ella, como si pudiera leer allí todo lo que había transcurrido en los años que no lo veía. Se llevó las manos a la boca para cubrir el sollozo que escapó de sus labios.

—¿Ranma?... Hijo…

Dio un paso hacia él, pero Ranma retrocedió de inmediato, con el temor reflejado en sus ojos. Lentamente se hincó de rodillas y después se inclinó completamente, con su frente tocando el suelo.

—Lo lamento —dijo con la voz quebrada.

—Oh, Ranma —Nodoka se secó con rapidez las lágrimas que bajaban por sus mejillas—. Hijo, ¿la técnica Saotome del tigre caído? —preguntó entre nuevas lágrimas y risas nostálgicas por recordar aquello.

—No… no es una técnica, yo… solo pido disculpas por haber faltado a mi honor… como hombre —replicó Ranma sin despegar la frente del suelo.

Nodoka retuvo otro sollozo y se arrodilló junto a él, cubriéndolo con su cuerpo en un torpe abrazo.

—Hijo… ¿qué ocurrió todo este tiempo?... Kami-sama, has crecido tanto, eres todo un hombre ya —barbotó Nodoka entre sollozos.

—Mamá… —murmuró él, sin moverse. Sus hombros temblaron.

—Te perdono, Ranma —dijo su madre—. Te perdonaré siempre si vuelves a mí, hijo mío.

Aún con la cabeza gacha, Ranma sonrió.

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Akane, en las gradas mezclada con el público, observaba nerviosa el final de la pelea de Ranma. Había sido un oponente duro, digno rival de cuartos de final, pero a pesar de todo, Ranma había logrado casi desestabilizarlo; solo un golpe más y saldría victorioso.

Akane contuvo la respiración, sabía que todo saldría bien y Ranma sería el vencedor, pero de todas formas la contienda había sido emocionante y varias veces podría haberse torcido en cualquiera de los dos resultados.

Ranma esquivó un ataque y llevó un pie hacia atrás para estabilizarse, luego se impulsó, dio una voltereta y golpeó por la espalda, haciendo caer al rival, que ya no tuvo la energía para levantarse. Akane gritó alegre, levantando los brazos, y varias personas en el estadio se unieron al festejo.

Nabiki, que estaba a su lado con los brazos cruzados, se inclinó hacia ella y le habló al oído para que pudiera escucharla por sobre el bullicio.

—Ahora debemos reunirnos con Ranma —dijo y comenzó a bajar de las gradas.

Akane la siguió, sin entender a dónde iba, se colaron por pasillos internos del estadio y esperaron por diez o quince minutos en una zona por la que iba y venía gente de la organización de la competencia, pero nadie parecía reparar en ellas. Luego de un rato, Nabiki le hizo señas para que continuaran y doblaron por otro pasillo, hasta acercarse a un lugar que decía «Vestidores».

Akane alzó las cejas alarmada.

—Pero, Nabiki, aquí… —comenzó a decir, pero su hermana no le hizo caso, miró a derecha e izquierda y se metió por una puerta. Akane no tuvo más remedio que seguirla.

Entraron al vestidor cuando Ranma estaba a medio desvestirse.

—¿Qué tal, Ranma? —saludó Nabiki como si nada, y se sentó en uno de los bancos de madera cómodamente, abriendo una carpeta.

—¡Nabiki! ¿Qué diablos? ¿Por qué vienes todo el tiempo a…? —Ranma volteó hacia ella con cara de pocos amigos, pero cambió en seguida la expresión al ver a Akane—. Ah… ¿Akane?

—Ranma… yo… —la muchacha se sonrojó y paseó al vista por todo el lugar, sin saber dónde detenerla— Nabiki me trajo, yo no quise…

—Sí, sí, sí —la interrumpió Nabiki—. Ranma todavía tiene los pantalones puestos, no hay necesidad de actuar tan tímida —se volvió hacia el chico—. Necesito arreglar esto ahora, mi avión sale en menos de cuatro horas, no puedo esperarte.

—¿Avión? ¿Cuál avión? —dijo Ranma desconcertado.

—El que me llevará a mis merecidas vacaciones, claro —respondió Nabiki como si fuera obvio—, después de todo el trabajo que tuve que hacer creo que lo merezco.

—Pero… tú… —Ranma no sabía qué decir.

—Ahórrate el balbuceo, por favor —dijo Nabiki—, tienes que concentrarte en ganar la liga, pero luego puedes irte tú también de vacaciones, llévate a Akane si te da la gana.

—Nabiki —dijo su hermana en tono de reproche.

—¿Qué? ¿No que eran prometidos de nuevo? —inquirió Nabiki, luego movió una mano como restándole importancia—. Como sea, Ranma, necesito que firmes esto.

Le mostró los papeles y sacó un bolígrafo de su bolsa, Ranma se acercó dubitativo.

—Es mi contrato como tu nueva manager, espero que no hayas olvidado nuestro trato verbal conmigo… o tu vida será un infierno —le dijo con una dulce sonrisa.

Ranma tragó saliva y firmó los papeles que le mostró.

—No lo olvidé. Supongo que te lo debo de todas maneras —dijo el muchacho.

—Así es —Nabiki asintió—. Por cierto, estuve buscando a Takeda para despedirlo y explicarle la nueva situación, pero no lo encontré por ninguna parte; según parece, hace un par de días dejó el hotel, supongo que ya se fue de Japón también. Al parecer se olía algo de lo que podía pasar y decidió huir, las cuentas bancarias cerradas deben haberle dado una pista.

—Ni siquiera me había acordado de él —confesó Ranma.

Nabiki meneó la cabeza poniendo los ojos en blanco.

—¿Ahora manejarás la carrera de Ranma? —se asombró Akane, que no sabía una palabra del asunto.

—Es parte de nuestro acuerdo —explicó su hermana—, por eso comencé a investigar las circunstancias de tu enfermedad, y el porqué de la boda de Ranma con Shampoo.

—Y yo que por un momento creí que lo hacías por puro amor —comentó Akane sarcástica.

—Ah, sí, eso también —replicó Nabiki—. ¿Firmaste todo, Ranma? Muy bien. Por cierto, ya presenté la demanda de anulación de tu matrimonio, ahora solo hay que esperar que siga su curso; pero te recomiendo tener un abogado, por si se presentan asuntos en el futuro. Bah, hablaremos de eso cuando regrese. Nos vemos en un par de semanas, yo te contactaré. Haremos grandes cosas juntos, ya lo verás —comentó Nabiki con un brillo en la mirada.

Juntó los papeles y volvió a guardarlos en la carpeta.

—¿Y qué ocurrió con tu trabajo? —quiso saber Akane.

—Renuncié. No apreciaban mi talento y solo me usaban para obtener reportajes amarillistas —respondió Nabiki poniéndose de pie—. A una periodista de mi nivel, ¿puedes creerlo? A partir de ahora haré lo que me plazca. Nos vemos, Akane.

Saludó con la mano y salió. Dentro del vestuario se quedó Akane con Ranma a medio vestir, se miraron a los ojos, y después apartaron la mirada al mismo tiempo.

—Yo… te esperaré afuera, ¿te parece? —dijo Akane caminando hacia la puerta.

—Sí, creo que sí —replicó Ranma sonrojado, pero antes de que Akane saliera la llamó—. Akane, ¿tendrías… una cita conmigo?

Ella volteó a mirarlo y sonrió.

—Sí.

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Ya comenzaba a atardecer. Ranma y Akane iban caminando lentamente uno junto al otro, él con las manos en los bolsillos de sus pantalones deportivos, ella andaba con las manos tomadas en la espalda.

—Entonces… ¿qué harás ahora, Ranma?

El chico suspiró.

—No lo sé, en realidad —respondió encogiéndose de hombros—. Va a haber un pequeño escándalo ahora por la anulación de mi matrimonio… o eso creo, y luego, no sé. Aunque Nabiki diga que Shampoo está acabada, nunca podré fiarme, siempre voy a temer que vuelva y pueda hacerte algo. Después de todo, ya no tiene nada que perder.

—No te preocupes, sabré defenderme —replicó Akane empuñando una mano sonriente—. ¿No te lo demostré, acaso?

—Sí, todavía siento tus golpes de gorila —asintió él.

—Ranma —ella le dio un codazo por impertinente, pero vio que a pesar de la broma, el muchacho no sonreía realmente.

—¿Qué sucede, Ranma?

—Pensaba retirarme —respondió finalmente.

—¿Qué? —Akane lo miró sorprendida—. ¡Estás loco! Eres joven, talentoso y tienes un futuro muy prometedor. Además, Nabiki nunca te dejará retirarte.

—Eso es verdad —dijo Ranma con amargura—. Pero vivo en Shanghái, ahí tengo mi casa y entreno, y cuando no estoy ahí me la paso viajando, así no podré cuidarte de Shampoo. Si ella llega un día y…

Ranma no terminó de hablar y empuñó una mano con fuerza.

—Podrías mudarte a Tokio de nuevo, ¿no? —sugirió Akane con timidez.

—¿A Tokio?

—Quizá podrías… volver a vivir en casa —dijo ella mirando hacia otro lado.

—¿De verdad? —Ranma la miró asombrado.

—Además —siguió diciendo Akane mientras admiraba el paisaje—, si me casara contigo ni siquiera tendrías que mudarte de Shanghái porque viviríamos juntos ahí, y siempre viajaríamos juntos a todas partes, no tendrías que preocuparte por mí, ¿verdad?

Ranma dejó de andar y se quedó quieto en mitad de la vereda.

—Estás diciendo que… —Ranma vaciló— ¿te casarías conmigo, Akane?

Ella, que iba un poco más delante de él, volteó a mirarlo.

—¿Me estás pidiendo matrimonio, Ranma? Creo que te estás apresurando un poco —respondió.

—Pero si tú… —Ranma estaba incrédulo.

—Primero tienes que anular tu matrimonio, ¿no? Y yo debo terminar la universidad.

—Entonces… después…

—No lo sé —lo interrumpió Akane—. Quizás… —lo miró a los ojos—. Han pasado muchas cosas, Ranma, muchos años… Tendrías que conquistarme de nuevo.

—Ah… yo… ¿De nuevo? —inquirió Ranma—. ¿Quiere decir que ya te había conquistado una vez? —preguntó avanzando hacia ella.

—Pues… no, lo que quería decir… —balbuceó Akane.

—Sí, sí lo dijiste, eso fue lo que dijiste —insistió Ranma.

—Entonces… tal vez sí —admitió Akane y lo miró a los ojos. Ranma le devolvió la mirada y así estuvieron durante un momento en mitad de la calle, mientras la gente iba y venía a su alrededor.

—Akane…

—Ya no somos unos adolescentes, Ranma, ¿verdad? —preguntó ella. Él asintió—. Sin embargo… contigo me siento como una niña de nuevo.

Sonrió mientras sus mejillas se teñían de un suave rosado. Después, con rapidez, se puso de puntillas y se impulsó para besarlo justo en la comisura de la boca.

Ranma se quedó incrédulo. Akane se apartó.

—Vamos, prometiste que tendríamos una cita, una cita de verdad —dijo ella y se adelantó corriendo.

Ranma se quedó otro momento allí estático, sintiendo el calor de aquellos labios junto a su boca, después sonrió despacio, ampliamente. Como Akane había dicho, también volvía a sentirse como un niño de nuevo: torpe, pero feliz, y con toda una vida por delante. Tomó aire y echó a correr.

—Akane, no seas boba, espérame —reclamó.

Y escuchó su dulce risa en respuesta.



FIN






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