Espacio

 














Espacio














Akane levantó el auricular y habló con la voz ronca y entrecortada.

—¿Diga?

—¿Akane? ¿Eres tú?

—Ra... ¡Ranma!... —Tuvo que apoyar la espalda contra la pared porque su corazón había empezado de pronto una carrera desenfrenada al oír su voz—. Sí, soy yo.

—¿Pasa algo? Te oyes muy rara.

—No... es que estoy un poco resfriada —mintió.

—Boba. Te dejo por dos días y ya estás hecha un desastre —Escuchó la pequeña risita del otro lado.

—Gracias por el cumplido —dijo en tono seco. Se quedaron en silencio y Akane apretó el auricular del teléfono con las dos manos—. Y... ¿cómo estás?

—Bien. ¿Y tú? —Pudo sentir la insistencia y la preocupación, y la rodeó un manto de ternura.

—Bien. El maestro Happosai apareció ayer y nos divertimos escuchando sobre sus locas aventuras.

—Ese viejo... —comentó con sorna—. Oye, no habrá intentado nada ahora que no estoy allí, ¿cierto?

—No seas tonto —lo reprendió, pero sonrió ampliamente.

—Bueno… ¿Cómo están los demás?

—Todos bien.

—¿Qué tal las clases?

—Papá me ayuda bastante... me recuerda a los viejos tiempos —Akane sonrió.

—Pero seguro que todos los alumnos me extrañan, ¿verdad? No podrán pasarse más tiempo sin mí.

Akane puso los ojos en blanco.

—¿Sabes? Ninguno ha preguntado.

Se escucharon unos pitidos.

—¡Ah! Demonios, se va a cortar —espetó Ranma—. Se me acabó el cambio. Te llamo en la noche.

—Bien. Cuídate. Y... vuelve pronto —replicó ella pestañeando para alejar las lágrimas.

—Lo haré. Ya sé que no puedes vivir sin mí.

—Arrogante.

Se escucharon dos pitidos más.

—Adiós. Cuida ese resfriado.

—Lo haré. Adiós, Ranma.

Se quedó de pie, apoyada en la pared y con el teléfono apretado contra su pecho, como si pudiera comprimir en un puño todo el espacio que la separaba de su esposo.

Dio un largo suspiro.








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