Final






—Akane…

Lo escuchó como un susurró entre sueños, una melodiosa voz que la llamaba a través de una niebla densa y profunda.

—Akane… Akane… ¡Akane!

El tono preocupado la despertó de golpe de la semiinconsciencia en que estaba, y Akane Tendo, tendida boca abajo sobre las frías lozas del castillo de la Bruja se incorporó de a poco, apoyándose con sus manos enguantadas en el piso, sintiéndose débil y casi cayendo de nuevo al suelo. Pestañeó sin comprender lo que ocurría, hasta que logró enfocar la mirada y vio lejos la enorme cabeza de la bestia caída a un lado, con las fauces abiertas y los grandes ojos negros y brillantes contraídos por la muerte. Por un instante, Akane tembló al ver aquello, y aún al divisar más allá el cuerpo de la bestia, caído de costado en un gran charco de sangre, con la terrible herida en el cuello. Le recordó a las gallinas que a veces mataba su hermana Kasumi para la cena, torciéndoles el pescuezo y degollándolas después, con sus cuerpos rígidos y el cogote sangrante. Creyó que vomitaría allí mismo y tembló, avergonzada.

Pero unas manos vinieron en su auxilio, ayudándola a incorporarse hasta quedar sentada. Akane reconoció esas manos y alzó la vista para mirar a los profundos ojos azules de Ranma Saotome.

—¿Estás bien? —le preguntó él con un gesto preocupado, el rostro manchado del hollín y la sangre, con la frente sudorosa aún y los mechones pegándose en ella. Había dejado la espada de Akane en el suelo y se arrodilló a su lado.

—Ran… ma… —respondió ella, intentando hablar, pero tuvo que aclararse la garganta varias veces antes de poder pronunciar más palabras—. ¿Qué… ocurrió?

—Lo hicimos —dijo él, con la voz baja, como en un susurro—, derrotamos a la bestia… juntos.

Akane asintió despacio, recordando poco a poco lo que habían hecho, el plan en que los dos trabajaron como un equipo, de la única manera en que se podía. Recordó haber visto aquellas cicatrices en la piel de la bestia, recordó haber dudado un momento, y después haber hundido la espada con fuerza en la carne, produciendo a la bestia un dolor terrible. No había querido hacerlo, no quería dañar a aquel ser también condenado por la Bruja de Corazón Helado, pero era la única manera de poder hacer retroceder al invierno eterno.

Después de aquello no tenía más recuerdos. Solo había saltado, intentando escapar ante la inminente caída al suelo de la bestia, pero nada más. Giró un poco para intentar incorporarse y ahogó un gemido, volviendo a sentarse de inmediato en el piso.

—¿Qué ocurre? —preguntó Ranma preocupado.

—Es… creo que es mi tobillo, me duele —respondió ella con fastidio.

Ranma entonces sonrió, casi aliviado.

—Apenas un tobillo doblado y algunos magullones —comentó—, de verdad eres muy fuerte, como un elefante diría yo.

Akane lo miró fastidiada, pero sin poder enojarse del todo con él, porque veía su rostro, que antes había estado sombrío, totalmente relajado y lleno de energía de nuevo. ¿Por qué estaba así?

—¿Qué pasó, Ranma? —indagó, mirando atentamente sus ojos.

—Tú… caíste —le contó al final Ranma—, caías en el mismo momento en que el dragón lanzaba su última bocanada de fuego y… Vi cómo el fuego te alcanzaba, entonces yo… —volteó el rostro y observó la cabeza de la bestia, luego se giró para mirar a Akane de nuevo, con una mirada implacable— lo decapité. Y si algo te hubiera pasado, lo habría descuartizado, igual que descuartizaré a esa maldita Bruja —sentenció entre dientes.

Akane lo observó aturdida, sonrojándose, sin saber qué decirle; alargó una mano enguantada para tocar la suya y al sentir el contacto Ranma sonrió con tristeza.

—Veo que el fuego no dañó tu cuerpo —comentó el muchacho—, por las capas de ropa, supongo. Eso quizá tendríamos que agradecerlo a este maldito clima.

Akane asintió.

—Aunque siento una molestia en el brazo izquierdo —dijo ella—, y un poco en mi espalda.

Dijo aquello casi avergonzada, pues veía el rostro de Ranma atribulado, aunque intentaba hablar de temas triviales. Ranma asintió, y le revisó el brazo con delicadeza, constatando que no eran heridas graves, aunque en cuanto estuvieran completamente a salvo tendría que tratárselas. Y él la pondría a salvo.

—Tu chaqueta, sin embargo, ya no sirve —continuó él, tocando con delicadeza sus hombros—. Y, lo siento… tu…

—¿Mi qué? —quiso saber Akane al sentir las manos de Ranma en su cabeza—. ¿Qué pasa?

—Sé que para una mujer estas cosas son importantes —comentó Ranma—. Lo lamento.

—¿Qué? —preguntó Akane afligida, removiéndose inquieta, intentando levantarse, pero sin poder lograrlo por el dolor en su tobillo—. ¿Qué cosa es, Ranma?

—Tu cabello —respondió él, intentando tranquilizarla—. Lo siento. Ni me imagino el tiempo que debió tomar que estuviera de ese largo.

Akane agrandó los ojos con temor, y se pasó los dedos por el pelo, notando las puntas chamuscadas. Su largo cabello se había quemado, quedando la mayoría de los mechones a la altura de los hombros, o incluso más arriba; solitarios mechones todavía tenían el largo original, pero en definitiva su cabello estaba arruinado, tendría que cortárselo, y bastante corto, además, para lograr quitar las partes feas y que volviera a crecer fuerte y sano. Por un momento Akane se sintió triste, pero levantó los ojos al escuchar las palabras de Ranma.

—Aunque, a cambio de salvar tu vida —dijo él—, no creo que sea un precio muy alto, ¿verdad? Por otra parte —agregó después, desviando los ojos a un costado, esquivando su mirada—, creo que… el cabello corto se te ve bonito.

—¿De verdad? —inquirió Akane sorprendida.

Pero Ranma no le prestó atención, se alejó de ella para ir junto al cadáver de la bestia, de donde desenterró a Nyannichuan, limpiando su hoja en la carne del animal y luego en la manga de su propio abrigo, hasta dejarla reluciente otra vez. Después se acercó a las mochilas de ambos que habían quedado tiradas más lejos cuando comenzaron a luchar y las acercó a dónde estaba Akane mientras ella lo observaba hacer. Sacó las mantas que usaban para dormir y las puso con gentileza alrededor de ella, cubriéndola bien.

Al final, sacó la cajita de madera con la wisteria y se la puso entre las manos. Akane levantó la mirada hacia él, interrogante.

—¿Qué haces, Ranma? —le preguntó, con una voz que parecía un sollozo.

—Tengo que enfrentar a la Bruja ahora —respondió él.

—Pero…

—Debes quedarte aquí, has hecho mucho, mucho más de lo que creí que serías capaz de hacer, en realidad —confesó el muchacho—. Tuviste razón, teníamos que ser los dos, juntos, los que derrotáramos a la bestia. Pero ahora… no estás en condiciones de hacer más. Cree en mí, derrotaré a la Bruja y volveré a buscarte.

Le dejó la espada cerca, mientras enfundaba a Nyannichuan en su cinto.

—Pero, ¿y si no vuelves? No sabes a qué te enfrentas, Ranma —dijo Akane desesperada, sin poder dejarlo marchar solo a lo desconocido.

Él entonces se agachó a su lado una vez más y la miró a los ojos intensamente, como queriendo imprimir su cara en la memoria para siempre; Akane lo observó con miedo. Pero luego, Ranma sonrió confiado, con un gesto de arrogancia.

—Volveré —aseguró—, soy el gran Ranma Saotome.

La miró una última vez y volvió a acomodarle las mantas alrededor del cuerpo.

—Cuidate, abrígate bien —le dijo—, hay nieve y viento.

En un último arranque del momento, Ranma se inclinó y le rozó la frente con los labios, porque ni siquiera podría llamarse beso a ese gesto. Después se enderezó y avanzó al interior del castillo.

-∙:∙-

Las escaleras eran largas y daban varias vueltas hasta llegar al piso superior donde debía estar la Bruja. Ranma Saotome fue dando pasos cautelosos, casi pegado a la fría pared de piedra, vigilando que no hubiera ningún tipo de sorpresa en el camino; abajo no había guardias, pero quizá sí los había cerca de la cámara de la Bruja. También temía a posibles hechizos o trampas, y el temor a poner el pie en el siguiente escalón y que de pronto se abriera el abismo bajo él, hacía que gotas de sudor le perlaran la frente. No podía haber llegado tan lejos y ser derrotado a último momento por algún tonto truco como aquel, ¿verdad?

Percibió que la escalera se iba estrechando un poco a medida que ascendía, y comprendió entonces que aquel no era un castillo en realidad, pues no había más pisos que el vestíbulo donde vivía la bestia y el superior, donde habitaba la Bruja; más bien parecía una alta torre, como esas de los cuentos para niños, donde las princesas eran encerradas por la malvada hechicera. Ranma frunció el ceño, desconcertado por aquello, pero siguió avanzando, paso a paso, con Nyannichuan en alto, empuñada con las dos manos.

Pero nada ocurrió. La escalera terminó en una penumbrosa y helada galería que tenía estrechas ventanas sin cristales a los lados, por las que se colaban los delgados copos de nieve de la tormenta que se había desatado afuera. Ranma dio pasos sobe el hielo acumulado en el piso, sintiéndolos crujir de forma ominosa. Aquel era el único sonido en ese lugar, junto con su respiración profunda, que por momentos se aceleraba, y hacía desprender volutas de vapor de su boca.

Al final de la galería había una única puerta, Ranma dudó un momento antes de avanzar, pero al final se armó de valor, apretó más el mango de su espada y dio amplios y confiados pasos hasta la puerta, abriéndola de un solo movimiento, a pesar de su peso. Los goznes chirriaron quejumbrosos y Ranma se encontró dando pasos dentro de una recámara con el piso igualmente escarchado que el pasillo de entrada.

La luz del día era escasa debido a las nubes negras de la nevada, pero alcanzaban para que el muchacho pudiera ver lo austero de la habitación, donde apenas había una mesa con una silla y más allá, cerca de una de las desnudas paredes de piedra, una destartalada biblioteca de madera con unos pocos libros vetustos. Ranma miró alrededor y se dio cuenta de que no había chimenea, ni nada que se pareciera a una estufa, tampoco había ninguna presencia de velas o cualquier otro material para iluminar la habitación cuando cayera la noche, ¿cómo era posible vivir así? El cuarto tenía una ventana, estrecha como las de la galería, aunque no tan alargada, y que terminaba en un arco. Y junto a la ventana, sentada en una silla, observando hacia afuera con un codo apoyado en el antepecho de la ventana, y casi de espaldas a él, había una mujer.

Ranma la observó con recelo y también con bastante odio, comprendiendo que esa debía ser la Bruja de Corazón Helado. Estaba vestida con un vestido algo antiguo, de mangas largas y amplias faldas, completamente negro; sobre el cabello, que en otra época debió de ser muy negro y ahora estaba salpicado de hebras plateadas, usaba un pequeño velo de encaje, también negro. La mujer giró el rostro lentamente, casi con pereza, y miró a Ranma a los ojos por un momento; el muchacho levantó a Nyannichuan en posición defensiva, dispuesto a soportar el hechizo que quisiera lanzarle, con una mirada feroz. Pero la mujer no hizo nada, quitó el codo de la ventana, se giró completamente en la silla hacia el recién llegado y puso ambas manos sobre el regazo en una actitud sumisa. Luego, esbozó una pequeña y cansada sonrisa.

—Así que el momento ha llegado —dijo, con voz suave y agradable, aunque un poco extraña a los oídos, como si no la hubiera usado en mucho tiempo—. En realidad… es un alivio.

Ranma no supo qué decir o hacer, continuó en su posición, apretando los dientes, creyendo que aquello no era más que una treta; pero al final, viendo que la mujer no volvía a moverse o a hablar, y que incluso había bajado la mirada a sus manos, sin prestarle atención, de a poco Ranma relajó la postura, hasta bajar los brazos, aflojándolos, pero sosteniendo aún a Nyannichuan en su mano derecha.

—¿Usted es la Bruja? —preguntó con brusquedad.

—La Bruja de Corazón Helado… ¿así me llaman, no? —preguntó la mujer levantando la cabeza.

En aquel momento Ranma podía verla de frente por primera vez y se dio cuenta de que tenía un rostro fino, pero cansado y muy pálido, con profundas ojeras; en otro tiempo seguramente había sido muy hermosa, pero su piel ahora estaba ajada y deteriorada por aquel frío que la rodeaba. Había líneas marcadas alrededor de su boca y de sus ojos, aunque Ranma juzgó que no tendría más de cuarenta o cuarenta y cinco años, es decir, la edad de su propio padre, sin embargo daba la impresión de estar muy envejecida, pero no tanto en su aspecto sino en su corazón, al que Ranma logró atisbar a través de los ojos color miel tristes y cansados, como si hubieran visto demasiado de la vida.

—¿Esa es usted? —volvió a preguntar Ranma, pero había suavizado su tono, aunque aún se mantenía alerta.

La mujer asintió.

—Aunque mi nombre, si quieres saberlo, es Yuki —dijo.

Ranma la observó atentamente.

—Yuki… —paladeó aquel nombre con el rostro desconcertado—. Usted… ¿hizo esto?, ¿provocó este hechizo?

—Yo… —Yuki hizo una pequeña pausa y lo miró con infinita pena—. Lamento decir que sí.

Sus palabras hicieron eco en la habitación helada y Ranma rodeó con fuerza la empuñadura de su espada.

—Entonces, ¿al matarla este hechizo terminará? —indagó el muchacho, dispuesto a hacer aquello, blandir la espada para asesinarla y así poder traer calor a los hogares de nuevo; sin embargo, no se decidía del todo, y su vacilación lo frenaba, haciendo latir su corazón apresurado.

—Eso… también lamento decir que es verdad —respondió la mujer y sonrió con tristeza—. Sin embargo, eso no será necesario; mi momento ha llegado.

—¿Eso qué significa? —Ranma frunció el ceño.

—Estoy muriendo, Ranma —respondió Yuki.

—¡¿Cómo sabe mi nombre?!

—Sé muchas cosas. Lo he visto todo desde mi ventana, por así decir —la mujer dejó caer los hombros y a Ranma le dio la impresión de que envejecía todavía más—. No temas, muchacho, no tendrás que mancillar tu corazón quitándome la vida; te lo dije, mi momento ya llega, el propósito del hechizo se ha cumplido por fin… Creí que nunca lo haría, pero los milagros suceden a último momento —Yuki dibujó una amplia sonrisa.

—Yo no… no tengo miedo —dijo Ranma tragando con dificultad—, haré lo que tenga que hacer, ¡cualquier cosa!, para que el invierno eterno acabe.

—Lo sé, lo sé muy bien. Grandes cosas te aguardan en tu vida, no es necesario que te apresures ahora —ante la mirada incrédula del muchacho, Yuki sonrió de nuevo—. Créeme, no es esta tu tarea, no tendrás que blandir la espada contra mí… mi final está muy cerca.

La mujer se levantó despacio de la silla, y estuvo a punto de tambalearse, aunque consiguió seguir erguida. Ranma había dado un paso involuntario hacia adelante para ayudarla, pues por su aspecto frágil daba la impresión de ser una ancianita que necesitaba que la ayudaran a cruzar la calle anegada de nieve.

—No temas, Ranma, estoy bien —dijo Yuki levantando una mano de dedos blancos y muy delgados. Luego giró la cabeza para atisbar por la ventana—. Me alegro de que mi hechizo sirviera al final para lo que fue creado, aunque tomara tanto tiempo. Lo siento por eso, no era mi intención, te lo juro, supongo que los seres humanos somos malvados y mezquinos por naturaleza, es todo.

Ranma dio otro lento paso hacia adelante para estar más cerca de ella.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó curioso.

Yuki volvió los ojos hacia él y lo observó como si estuviera sopesándolo con atención para saber si él era digno de que le revelara aquel conocimiento, cuando estuvo satisfecha con la inspección hizo un pequeño asentimiento. Después se encogió de hombros e hizo algo inesperado que dejó a Ranma aún más desconcertado que antes, si era posible, pues todo lo que creía que encontraría cuando entrara a la cámara de la Bruja para enfrentarla, en realidad no estaba.

Yuki, la Bruja de Corazón Helado, lanzó una corta risa desgastada.

—¿Qué sucede? —preguntó Ranma—. ¿Por qué se ríe?

—Oh, muchacho —respondió la mujer—, en realidad me pregunto si vale la pena ser tan estoica en un momento como este. Creo que he estado aquí sola durante demasiado tiempo y ya no sé tratar con la gente muy bien, hasta yo lo he creído, supongo, que soy una bruja de corazón helado.

Ranma la observó en silencio. La mujer volvió a hablar:

—Fui una tonta —sentenció—, creí que amaba terriblemente a un hombre, y que él me amaba a mí, y supuse que podía presionarlo para admitirlo. No pensé en nada más, ni en nadie más, no pensé en las consecuencias de mis actos, fui muy egoísta.

—No entiendo —dijo Ranma.

—El hechizo —dijo Yuki con firmeza—, yo lo lancé, pero con un propósito: quería recuperar al hombre que amaba.

—¿Qué está diciendo?

—¿Conoces a Kazemaru Shimakita? —inquirió la mujer mirándolo a los ojos.

—Claro —dijo Ranma, con orgullo por saber la respuesta—, es el rey de esta región. Después de su matrimonio comenzó este hechizo de nieve y viento, mi padre me lo contó muchas veces… —Ranma se detuvo de pronto con un gesto de comprensión—. Usted… ¿estaba enamorada del rey? ¿Es lo que me quiere decir?

—Cuando lo conocí y nos enamoramos, ambos nos enamoramos, por cierto, muchacho —comenzó a decir la mujer—, él no era rey, ni planeaba serlo tampoco… o quizá sí lo planeaba. El punto es que éramos jóvenes y con la vida por delante, pensábamos casarnos, desafiando incluso a su padre que estaba escandalizado porque su hijo tuviera amistades con una bruja como yo, aunque aquello no era mi culpa, ¿sabes? Nací con estos poderes, y en mi familia eso es una bendición, solo me enseñaron a usar y alentar lo que tenía naturalmente. —La mujer se detuvo un momento para descansar, como si contar todo aquello la agitara y fatigara, consumiéndole demasiada energía. Apoyó una mano en el respaldo de la silla para sostenerse—. Quizá fue estimulado por los consejos de su padre, o tal vez Kazemaru realmente tenía otras ambiciones en la vida, ¿tal vez en realidad por eso quería casarse conmigo en primer lugar?... no lo sé, lo que sí sé es que Kazemaru rompió nuestro compromiso y me dejó.

Ranma no se atrevió a decir nada pues veía el dolor que admitir aquello provocaba en la mujer, incluso con todos los años que habían pasado.

—Yo lo amaba, completamente, hubiera hecho cualquier cosa por él, ¿sabes, muchacho? —la mujer meneó la cabeza con lentitud—. Estaba dispuesta a abandonar mis poderes por él, a no usarlos nunca más, ¡dejaría todo por Kazemaru!... Ahora, pensándolo bien, ¿sería aquello justamente también lo que lo alejó de mí? ¡Ah!, ¡con cuánta claridad se ven las cosas con el tiempo!, es muy fácil para mí ahora culparlo de todo —Yuki apretó con fuerza el respaldo de la silla, hasta que sus nudillos se volvieron todavía más blancos que sus pálidas manos, y luego, poco a poco, aflojó la presión—. Hice todo por él, era una mujer apasionada, terriblemente enamorada, segura de que Kazemaru también me amaba y no me abandonaba por voluntad propia, pero luego… lo supe, que había conquistado a una princesa de un reino cercano y pronto contraería nupcias con ella. Me negué a creerlo, pensé que eran habladurías hechas solo para incordiarme, no podía ser que mi amado, que seguramente sufría tanto como yo por nuestra separación, estuviera comprometida con otra en tan poco tiempo.

De nuevo Yuki guardó silencio y se sostuvo de la silla, parecía a punto de desmayarse.

—Pero… el rey se casó al final —dijo Ranma mirándola con atención, seguro de que se desplomaría.

—Sí, Kazemaru se casó y se convirtió en tu rey —dijo la mujer y sus ojos parecían más hundidos, las ojeras más marcadas en su rostro—. Él se casó con otra. Sin explicaciones. Sin esperar siquiera. Logró convertirse en rey.

Yuki tomó aire.

—Entonces decidí vengarme de él y lancé el hechizo para que todo se congelara —sentenció con la voz rasposa y gastada, como si hubiera hablado demasiado—. Hice un invierno eterno, congelé los ríos y los lagos, envié nieve a todas las ciudades, hice que los campos a punto de cosechar se quemaran por el frío, yo hice que el viento azotara puertas y ventanas. Lo congelé todo, para que él sintiera en el corazón el mismo hielo que yo sentía. Lo hice para vengarme de Kazemaru.

Ranma la miró incrédulo, aflojando todavía más el brazo y la mano, la espada casi caía de sus dedos.

—Para vengarse —repitió Ranma. Su madre había muerto por aquel invierno eterno, también la de Akane, miles de familias habían sufrido durante demasiados años por aquel frío que todo lo congelaba, ¿y todo por un simple capricho como aquel?

—Fue por amor —dijo Yuki en un hilo de voz, y aquellas palabras hicieron a Ranma salir de sus pensamientos.

—¿Por amor? —preguntó furioso e incrédulo.

—Amaba a Kazemaru más que a nada, lo amaba… lo he amado todo este tiempo —confesó la mujer con lágrimas en la voz—. Para ti solo he sido la Bruja todo el tiempo, tú no sabes nada de mí, pero has oído las historias que cuentan, ¿verdad?, esto es como otro de esos cuentos sobre príncipes, princesas, brujas y dragones, solo se trata de amor. Todo es siempre sobre el amor, detrás de cada historia está el amor. Es la energía más poderosa que impulsa al mundo. Solo quería… deseaba que Kazemaru volviera a mí, al menos para pedirme perdón por lo que me había hecho. Él sabía que yo era la causante, ¿cómo podía no saberlo?, conocía mi poder y de lo que era capaz. Si él hubiera venido a verme para suplicarme que quitara el hechizo, por su pueblo y por su gente, yo lo habría hecho. Juro que lo habría hecho. ¡Yo lo amaba!, hubiera hecho cualquier cosa que él me pidiera.

Yuki sollozó y, aún aferrada a la silla, se limpió los ojos con la otra mano. Ranma la observó con la boca seca, sintiendo los miembros entumidos en aquella habitación, aunque no sabía si era por el frío o por la historia que la Bruja le estaba contando.

—Pero él nunca vino —siguió diciendo Yuki—, solo envió soldados y hombres de toda clase para destruirme. Engendró el odio de la gente hacia mí, cada vez mayor a medida que los años pasaban. Él se olvidó de mí y de todo lo que tuvimos…

La mujer apretó los labios cuando otro sollozo la sacudió.

—Nosotros éramos perfectos juntos —dijo evocando otra época donde fue feliz—. Él era audaz, rápido, aventurero; yo era fuerte y terca; aunque suave, mi determinación no tenía igual. Éramos nieve y viento, pero solo duramos un invierno. Creo que por eso quise que el invierno fuera eterno —dijo la mujer con la mirada perdida, los ojos llenos de lágrimas—, pero el amor impuesto y forzado se contamina y se vuelve odio.

—Nieve y Viento —repitió Ranma despacio—. Yuki… Kazemaru…

—Cuando comprendí que era imposible que Kazemaru pidiera perdón, o incluso que reconociera lo que había hecho, no quise terminar el hechizo —dijo la mujer con firmeza.

—¿Por qué? —exigió saber Ranma.

—Estaba buscando un poco de esperanza —respondió con simpleza—. Quería seguir creyendo en el amor y en que puede lograrlo todo. El amor es la clave de todo, es la llave que abre todas las puertas. Tenía que saber si continuaba existiendo un amor verdadero, de lo contrario, ¿qué sentido tenía seguir viviendo en este mundo?

Ranma la miró con los ojos agrandados.

—¿Un amor verdadero?

—Un hombre y una mujer que se amaran de verdad, sin egoísmos, como Kazemaru y yo no pudimos hacerlo —explicó la mujer con tristeza—. Tenían que encontrarse la Nieve y el Viento.

Ranma sintió un escalofrío recorriendo su espalda.

—Nieve y Viento…

—Cuando aquellos hombres llegaron por primera vez a mi castillo se los dije —habló la mujer con cansancio—, les dije que había una manera sencilla de romper el hechizo, les dije…

—«Vendrán la nieve y el viento y será el fin» —recitó Ranma, conocía aquella historia por haberla escuchado muchas veces, se sabía las palabras de memoria—. «Cuidado cuando se encuentren la nieve y el viento».

La mujer frunció su marchita frente.

—Yo no dije eso —replicó—. Bueno, la primera parte está bien, pero lo demás… creo que tergiversaron mis palabras, no comprendieron lo que quería decirles —se lamentó.

—Sí, eso creo —comentó Ranma como ido.

Toda la vida habían repetido todos aquellas palabras, transformándolas en un mal augurio, palabras que tenían que ser de esperanza, que desde el principio eran la respuesta para romper aquel hechizo terrible: cuidado si se encuentran la nieve y el viento; mala cosa si hay nieve y viento. Nieve y viento, mal presagio… Todas aquellas palabras podrían haberles salvado la vida, pero se habían convertido en una carga cuando en realidad se trataba de otra cosa. Nieve y Viento, pero así, con mayúsculas, como nombres propios. Yuki y Kaze.

Ranma dejó que la espada se le deslizara de los dedos al comprender tanta ignorancia de parte de todos. El ruido del acero sobre las piedras del piso no sobresaltó a la mujer, que simplemente lo observó, ajena completamente al mundo.

—Entonces… —la voz de Ranma tembló— entonces… ¿significa que se han encontrado la nieve y el viento ahora? ¿Se romperá el hechizo?

—Creo que eso lo sabes bastante bien tú, muchacho, ¿no es cierto? —Yuki sonrió.

Ranma recordó sus manos acariciando el cabello con las puntas quemadas, pero aún así suave y hermoso de Akane.

Solo asintió como respuesta.

—Me alegra ver que lo comprendes y lo aceptas en tu corazón —susurró Yuki, se soltó de la silla y dio un paso adelante, pero se tambaleó y cayó al suelo.

Ranma se apresuró a ayudarla, pero la Bruja había perdido completamente las fuerzas. Ranma la incorporó un poco, sosteniéndola.

—Señora… —murmuró.

—Vaya, muchacho, nunca me llamaron así —comentó divertida, sonriendo más ampliamente que antes, con sus ojos color miel vivos y resplandecientes—. Después de todos estos años me doy cuenta de que solo pensaba en mí, creía en una vana ilusión. Lo lamento, Ranma —dijo después buscando sus ojos—, lamento haberle hecho daño a la gente de tu pueblo, a todas estas personas que no me hicieron ningún mal; lo lamento de verdad. Pero no deben temer ahora, porque pagaré mis culpas, como lo haremos todos algún día.

—Señora, ¿qué dice? —preguntó Ranma, pero los ojos de ella ya no lo miraban, parecían perdidos, mirando el vacío, o quizá más allá.

—Estoy tan feliz… hay esperanza —susurró Yuki—. El amor verdadero existe. Protégelo, Ranma, protege siempre ese amor.

Y con aquellas últimas palabras la mujer cerró los ojos, y Ranma la sintió de pronto más pesada y helada.

—No… señora…

Pero luego el cuerpo de la Bruja de Corazón Helado dejó de pesar y se evaporó entre sus brazos, convertido en cientos de copos de nieve que giraron un momento dentro de la habitación y luego salieron por la ventana arrastrados por el viento, ante un estupefacto Ranma que solo podía observar, con los labios entreabiertos. Se pasó la manga por el rostro negro por el hollín que se había barrido en partes arrastrado por las gotas de sudor, y también sucio por la sangre seca, y se quedó de rodillas allí en el piso, mirando a través de la ventana las nubes grises de afuera durante un largo momento.

Luego se levantó, tomó a Nyannichuan y salió del cuarto. Sabía lo que tenía que hacer.

-∙:∙-

Akane se arrebujó en el par de mantas que Ranma le había dado. Estaba aterida de frío, y la piedra del piso del castillo irradiaba hielo, tanto que Akane tenía por momentos la sensación de estar otra vez en el agua helada, cuando el río congelado se abrió a sus pies y la tragó el abismo terrible, estremeciéndola un dolor que no había conocido antes. Los músculos se le tensaron ahora recordando las cuchillas del agua helada cortándole la piel. Se removió un poco para apartar esa sensación y el escozor en el brazo y parte de la espalda le hizo torcer los labios en una mueca de disgusto. Las heridas eran superficiales y debía agradecer que lo único perjudicado seriamente fuera su cabello; además, incluso Ranma le había dicho que se veía bonita así. Aunque hubiera sido un cumplido sin mayor significancia, se había sentido como un bálsamo en su corazón. Recordó con exactitud el gesto de Ranma cuando le decía aquello y la imagen la hizo sonreír, entonces sintió tirantes y resecos los labios y se preguntó cuánto tiempo había pasado, cuánto llevaba esperando allí, en esa prisión fría y austera.

No escuchaba nada, excepto el sonido de su propia respiración y la forma en la que el viento azotaba fuera del castillo, o pasaba silbando en corrientes de aire por su lado. No escuchaba espadas, no escuchaba gritos o voces. Estaba preocupada, comprendió que no sabía dónde exactamente quedaba la recámara de la Bruja, si era cerca o lejos de allí, y si entonces era normal la ausencia de sonidos o debería comenzar a temer. ¿Estaría bien Ranma? ¿Por qué había permitido que fuera solo?, se preguntó, pero de inmediato supo la respuesta, por lo mismo que él había permitido que ella se trepara a la bestia para matarla, sabiendo lo peligroso que era: porque confiaba en ella y en que era capaz de lograrlo.

Y ella también confiaba en él y en que podría derrotar a la Bruja; pero sobre todo, lo había dejado marchar solo porque vio esa mirada en él que no supo describir exactamente, pero era como de fuego, y la atemorizó, no por ella misma, sino por sus enemigos y cualquiera que tuviera que enfrentarse a él. Ranma ganaría. Confiaba en él. Pero la espera y la falta de noticias la abrumaban.

Quería ponerse de pie para estar más cerca, al menos llegar a la habitación y saber qué ocurría, pero al intentarlo comprendió que no podía, el tobillo lastimado dolía y el frío la había aterido, convirtiéndola en un témpano. Se arropó mejor y procuró al menos intentar no morir congelada allí esperando.

Al voltear a mirar a un lado distinguió a lo lejos la forma del dragón muerto, sus fauces abiertas y los ojos contraídos. Tuvo un escalofrío. No le había importado quedarse allí, con la bestia muerta a tan solo unos pasos, podía soportarlo, pero desesperada sin saber lo que estaba ocurriendo más allá, volvía los ojos una y otra vez hacia aquel cuerpo caído al que ella misma le había quitado la vida. Por momentos se lo quedaba mirando como en un trance y volvía a ver en su mente las cicatrices de sus alas cortadas.

Apretó la cajita de madera entre sus manos, no se atrevió a sacar la wisteria marchita para mirarla una vez más porque temía deshacerla con sus dedos congelados y torpes por el frío. Entonces lo sintió. No supo decir exactamente en qué, si quizá fue una vibración en el piso, un cambio en la luz que entraba por las altas ventanas y cuyas formas alargadas podía ver proyectadas en las paredes; tal vez fue en la forma en que el viento se removió distinto en el exterior, o solo lo sintió en el aire. Incluso pudo haberlo sentido en su interior solamente, aunque por fuera no hubiera cambios visibles, un sexto sentido suyo lo percibió, algo había cambiado.

Y lo supo cuando vio aparecer a Ranma al final del largo pasillo y la inundó una alegría y una emoción que no creyó que pudiera llegar a sentir nunca. Él caminaba lentamente hacia ella, las suelas de sus abrigadas botas hacían un ruido sordo sobre las piedras del piso. Cada paso era una agonía para Akane porque le daban solo un poco más de perspectiva, aún no podía llegar a verlo bien, no podía saber si estaba herido o qué había pasado en el tiempo que no estuvo con ella. Ranma se acercaba de a poco y su rostro iba saliendo despacio de la penumbra, traía la espada en una mano y Akane no podía decir, ni por su postura o por sus gestos, qué había ocurrido. Pero la Bruja había muerto, lo sabía, no solo por el hecho de que Ranma estuviera ahí, sino porque lo había sentido.

Por fin él estuvo a escasos dos pasos de distancia y Akane se apresuró a revisarlo entero con una mirada, no parecía tener heridas o moretones nuevos. El muchacho no dijo nada, se detuvo, enfundó a Nyannichuan con mucho cuidado —y Akane pudo ver que su hoja estaba impecable y limpia, como la había dejado luego de quitarla del dragón; daba la impresión de que no la había usado—, y finalmente se acercó a ella. Su mirada era solemne y profunda, con un cierto deje de tristeza. No habló, y Akane no se atrevió a preguntar nada tampoco, solo lo observó hacer en silencio. Ranma tomó su mochila, sacó algunas cosas indispensables y luego las agregó al equipaje de ella, que fue el que se echó sobre los hombros, abandonando el resto allí. Luego, con infinito cuidado y ternura, tomó a Akane en brazos, vigilando de cubrirla bien con las mantas, y a pasos tranquilos y firmes se encaminó a la puerta del castillo.

Akane no protestó, ni quiso decir nada para romper el silencio, sabía que aunque hubiera intentado caminar no habría llegado muy lejos, sus miembros incluso empezaban a insensibilizarse a causa del frío; pero entendió que quizá había otro significado en aquel acto de Ranma de resguardarla y ser quien la protegiera. Así que se dejó hacer y se relajó contra la tibieza que desprendía su pecho. La Bruja estaba muerta, el hechizo roto, lo habían logrado, aunque Ranma no dijera nada, y solo lo haría en realidad horas después, al calor de la estufa de una posada.

Cuando salieron al exterior el frío seguía siendo intenso, aunque el viento había amainado un poco, y suaves y lentos copos de nieve caían sobre ellos. Akane cerró los ojos y pudo sentir cómo también los músculos de Ranma se relajaban a medida que se alejaban del castillo. Sobre ellos, el cielo seguía siendo grisáceo, con apretujadas nubes de tormenta, pero ninguno de los dos se dio cuenta de que desde el sur una diminuta rendija de esperanza se había abierto entre las nubes oscuras y en un pequeño punto el cielo se veía de un color celeste claro.

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Las flores de color violeta se amontonaban en racimos frondosos que colgaban sobre el portón de entrada, desprendiendo una fragancia que le hacía sentir nostalgia, parecida al aroma de las uvas recién cosechadas en los campos del oeste. La reja chirrió débilmente cuando Ranma la abrió, y el viento cruzó dejando el murmullo de algunas hojas secas esparcidas por el patio delantero.

Una de las flores de la enredadera había caído, solitaria y casi marchita sobre una de las grandes piedras grises del sendero. De pronto, Ranma se detuvo y la observó desconcertado, después dobló las rodillas y la levantó del suelo, haciéndola girar entre el índice y el pulgar, examinándola atentamente. Luego levantó la cabeza hacia la enredadera que se erguía junto al muro, con hojas de un verde brillante, pero con otras de un verde más oscuro, casi amarronado. El otoño llegaba lentamente, y luego vendría el invierno; el tiempo corría inexorable.

—Pero la wisteria ha vuelto a florecer —murmuró mientras continuaba mirando la enredadera.

Luego dio un rodeo por su casa para entrar por el pequeño jardín trasero, donde vio a su padre y a su suegro, el señor Soun Tendo, jugando shogi mientras disfrutaban de la brisa agradable de la tarde. Fue una gran sorpresa para él y para Akane, cuando anunciaron su compromiso a las familias, saber que Genma y Soun eran en realidad amigos entrañables de muchos años. Pero lo que más los sorprendió fue saber que aquel arreglo matrimonial del que Akane le había hablado, donde una de las hijas de Soun se casaría con un hijo de un viejo amigo de su padre para unir a las familias y perpetuar el arte de la espada, era un acuerdo hecho con Genma. Él y Soun Tendo habían sido amigos de jóvenes, cuando ambos aprendían los secretos de la espada de su, ya fallecido, maestro Happosai. Cuando supo de aquello, Ranma no pudo evitar recordar a la Bruja en su cámara, hablándole sobre el verdadero amor.

Nieve y Viento.

Desde que el hechizo había desaparecido todos pudieron recomenzar sus vidas con más alegría, y después de la boda de Ranma y Akane las familias vivían juntas en una casa más grande. Soun y Genma habían vuelto a cultivar su amistad y ahora se la pasaban hablando de todo lo que enseñarían a los futuros herederos de su escuela de espadas, todo desde que Akane anunciara su embarazo.

También habían vuelto a plantar una wisteria, que estaba dando sus primeras flores ese año.

Ranma sonrió observando a los dos hombres en el patio de su casa, que no habían notado su presencia; y luego su sonrisa se ensanchó cuando Akane apareció desde la casa trayéndoles un par de bebidas y deteniéndose junto a ellos para compartir unas palabras con las que todos rieron.

La observó con atención, su hermoso rostro y su bonita piel; su corto y negro cabello, que había conservado siempre corto porque a él le gustaba más así. Y finalmente su vientre que comenzaba a abultarse, y crecería todavía más, llevando a su hijo. Las cosas habían salido bien para Ranma, esperaba estar honrando las últimas palabras de la Bruja. Estaba protegiendo ese amor.

Akane sintió una mirada sobre ella y giró a mirarlo en ese momento, sonriendo en seguida.

—Bienvenido, Ranma —le dijo.

Él sonrió en respuesta, perdiéndose en sus ojos canela.

—Ya estoy en casa —anunció.








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