りお en pixiv
Nabiki Tendo y el amor II
La fusta cortó el aire, vibrando, doblándose ligeramente cuando dio contra la blanca carne de Tatewaki Kuno. El hombre se mordió el labio, aguantando el dolor de manera varonil mientras se le coloreaban las mejillas y una gota de sudor resbalaba por su mejilla.
—Mmmfff… —suspiró al final.
De nuevo, la fusta lo golpeó en la tersa piel del muslo y otra vez él apretó los dientes. Estaba apoyado con manos y rodillas sobre el piso, revestido de suave y mullida alfombra, del cuarto del hotel. Encima de él, montándolo como si fuera un caballo, iba Nabiki Tendo, ataviada con ropa interior de seda roja con detalles en encaje negro, medias negras que le llegaban a medio muslo y que sostenía con un portaligas y zapatos de tacón rojo haciendo juego. Su rostro era serio y concentrado, y lo cubría con un antifaz de fantasía, negro con strass brillantes.
Cambió la fusta de mano y golpeó a Kuno ahora en el otro muslo. El muchacho, desprevenido, no pudo evitar lanzar una exclamación.
—¡Ah!
Nabiki pestañeó, movió los labios haciendo una mueca y se levantó. Dio un par de pasos hasta ponerse frente a Kuno observó su rostro arrebolado, los ojos cerrados, el sudor empapando su frente y los labios apretados.
Nabiki dio un paso al frente y volvió a golpear el muslo, con un poco más fuerza que antes.
—¡Ah! —volvió a quejarse Kuno, que abrió los ojos y giró la cabeza para mirarla—. ¡Nabiki! Debo protestar, no creo que esta sea la forma de ganar el amor de mi dama.
—Al contrario, esta es la mejor manera de ganarte mi amor —replicó Nabiki poniéndose de frente ante él de nuevo, con la gruesa alfombra ahogando sus pasos. Sonrió—. ¿No quieres acaso complacerme en todo, querido?
Kuno se irguió, quedándose de rodillas, entonces Nabiki pudo deslizar la mirada por el torso sudoroso de su futuro esposo, apreciando los músculos marcados por las prácticas de kendo.
—Mi más profundo deseo es complacerte, Nabiki, pero… ¿esta es la manera? —interrogó Kuno alzando una ceja—. Creí que una jovencita de buena familia, tan tradicional, esperaría hasta el matrimonio para… comenzar los menesteres de la alcoba.
Nabiki soltó una risita acariciando la fusta con la otra mano.
—Ah, qué ingenuo —comentó—. Esta es la parte más esencial del matrimonio, ¿piensas que me casaría sin saber si hay un poco de chispa entre nosotros?
—Con la convivencia y el tiempo todos los matrimonios terminan congeniando en… —empezó a decir Kuno.
—Tonterías —lo interrumpió Nabiki—. ¿Acaso voy a quedar embarazada como un simple trámite? —cuestionó.
—¿Ansías llevar a mis hijos en tu vientre, dama mía? —preguntó Kuno emocionado.
—Claro, ¿quién me cuidará cuando esté vieja, si no? Además, vamos a necesitar herederos. Con mi inteligencia y tu fortuna haremos grandes cosas, mi cielo, y nuestro imperio no puede acabarse con nosotros.
Kuno la observó embelesado, porque aquella mujer no solo era hermosa, sino también inteligente y astuta. Anduvo por el piso de rodillas hasta acercarse a ella, tomarle una mano y besarle el dorso con caballerosidad.
—Mi dama, si insistes en que te desflore antes del matrimonio, lo haré complacido —susurró mirándola a los ojos. La mirada de Nabiki tras el antifaz chispeó divertida—, pero no es necesario nada de esto para que Tatewaki Kuno encienda su sangre y consienta a su futura esposa. El lecho es blando, perfumado y agradable para dedicarnos a los juegos del amor.
Nabiki alzó una ceja pensándolo un momento.
—No creo ser mujer de camas perfumadas y lechos blandos —dijo. Se inclinó para hablarle más de cerca y los ojos de Kuno se fueron de inmediato a su escote y a los pechos resaltados por el sostén—. Mejor usemos las cuerdas, ¿quieres? Te ataré a la cama —anunció.
Se alejó para ir hasta su bolso, que había dejado en un sofá junto a la puerta cuando entraron al cuarto de hotel. Rebuscó en su interior y sacó varios metros de gruesa cuerda, un par de esposas, un látigo de varias puntas y un rollo de cinta de género roja.
—Tus peculiares gustos me intrigan, bella dama —comentó Kuno sentándose en el piso con las piernas cruzadas—. ¿De dónde nacen tus fantasías por estos fetiches?
—Oh, no me gustan los fetiches ni tengo fantasías —respondió Nabiki girando a mirarlo, se quitó el antifaz, que le molestaba un poco, y bebió agua de una botella que había llevado.
—¿Entonces? —quiso saber Kuno.
Nabiki lo miró por un momento directamente a sus ojos café. Al principio había creído que Kuno estaba simplemente loco; luego, cuando le propuso casamiento y ella aceptó, comenzaron a pasar más tiempo juntos y aprendió a conocerlo un poco, entonces llegó a la conclusión de que él no estaba loco, solo veía las cosas de forma diferente. Con el tiempo, mientras organizaban la boda, creyó que se había enamorado, y seguramente había sido así. Kuno le compraba lo que ella quería sin cuestionar, la trataba como una reina, la llevaba a lugares caros y se encargaba de satisfacerla en todo; además, no era mal parecido, y si simplemente cerraba la boca y dejaba de decir cosas sin sentido hasta era un buen partido para llevar a la cama. Todo eso estaba muy bien. El único problema de Nabiki era que no había chispa, no había pasión entre ellos, o por lo menos ella no la sentía como soñaba sentirla, desbordándose de ella, intempestiva, incontrolable, así como la de Ranma y Akane, a quienes envidiaba en algunos aspectos.
Ella quería algo más que un simple matrimonio por dinero, y tenía las posibilidades para lograrlo. Tatewaki Kuno tenía un cuerpo para poner a babear a cualquiera, y ella no estaba nada mal, o eso creía. Juntos podían ser todo un volcán de pasión.
El problema era ¿cómo? Kuno insistía en esperar hasta el casamiento para intimar, pero ella no iba a atarse a una sosa vida marital. Necesitaba saber desde antes si podían congeniar entre las sábanas porque era demasiado joven para marchitarse bajo una montaña de dinero, frustrada por no conocer los orgasmos.
Había convencido a Kuno de ir a un hotel, lujoso por supuesto, a pasar la noche y había llevado todas las herramientas que se le habían ocurrido que podían encender su chispa. Ella era una mujer empoderada, fuerte, dueña de sus actos y su cuerpo, y quería trasladar esa visión a su vida conyugal. Y usar la fusta era divertido, mucho. Aunque no la excitaba lo más mínimo.
Quizá las cuerdas sí.
—Solo quiero que juguemos juntos para saber qué es lo que más nos gusta —respondió.
Con la gruesa cuerda en una mano dio pasos hacia Kuno, contoneando las caderas en las que el hombre perdía los ojos. Se detuvo ante él y le mostró lo que tenía entre el dedo índice y medio de la otra mano.
—Usarás esto, por supuesto —dijo cerrándole un ojo.
Era un preservativo.
—Tú sí sabes lo que quieres —comentó Kuno.
—Claro que sí, cariño, ¿no es por eso que me elegiste?
Nabiki se dio la vuelta y anduvo a lentos pasos hacia la cama, mientras Kuno la observaba con una mirada lujuriosa, sintiendo en su cuerpo los embates del deseo.
—¿Estás dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias? —preguntó el hombre.
Nabiki llegó a la cama y giró a mirarlo.
—Claro que sí —luego palmeó encima de la colcha con una mano—. Ven cariño, voy a atarte —le sonrió.
Tatewaki Kuno se puso de pie, solo con el bóxer puesto, que comenzaba a apretar y molestarle debido a las insinuaciones de Nabiki. Ella le sostuvo la mirada y luego dejó vagar los ojos por el resto de su cuerpo. Kuno se sentó sobre la cama, hundiendo el colchón con su peso.
Nabiki sonrió ante la brillante mirada de su futuro esposo y le ató una muñeca a uno de los postes de la cama.
—¿Y qué harás a continuación? —quiso saber Kuno.
—Te golpearé con el látigo —respondió Nabiki.
—¿Q-Qué?... ¿Es… necesario?
Nabiki se encogió de hombros.
—No, en realidad. Solo quiero hacerlo —le ató la otra muñeca al otro poste de la cama y fue a la mesa a recoger el látigo.
—Yo creo que… podríamos hacer las cosas de otra… —Kuno se interrumpió, conteniendo la respiración ante el primer azote de las múltiples colas del látigo. No fue fuerte, pero le dejó una estela de marcas rojas en el torso—… manera —terminó después soltando el aire de golpe.
—¿Tú crees? —Nabiki frunció el ceño, con una mano sostuvo el látigo y con la otra tomó las colas de cuero, tensándolas hasta hacerlas crujir—. Tienes razón, deberías desnudarte por completo.
Kuno pasó saliva.
—Pues yo… no me refería a eso.
—¿Ah, no?
Nabiki restalló el látigo una vez más en el aire, y después lo movió para darle a Kuno, que apretó los dientes y respiró agitado, preparándose para los futuros golpes. Sin embargo, Nabiki se quedó quieta, pensativa, dejando caer laxo el brazo que sostenía el látigo. Unos momentos después fue hasta la mesa y lo dejó encima.
—Esto es inútil —murmuró.
Se acercó a la cama y desató a Kuno, primero un brazo, luego el otro. Él pestañeó atónito observándola.
—¿Hemos terminado con la sesión sadomasoquista, mi dama? —indagó Kuno.
Nabiki lo miró con una sonrisa torcida.
—Hemos terminado… con todo. No está funcionando —dijo—. Nuestra boda se cancela —anunció.
Kuno, que se estaba frotando las adoloridas muñecas, levantó la cabeza para mirarla atónito.
—¿Qué cosa? ¡La boda no puede cancelarse!
—¿Por qué? —preguntó Nabiki.
—Las invitaciones fueron enviadas —dijo Kuno ofuscado—, se eligieron las flores, el vestido está encargado y la banda contratada. ¡Incluso están comprados los pasajes en el crucero que nos llevará de luna de miel!
—Estoy segura de que podrás encargarte de todo eso, cariño —respondió la chica.
—¡Y además no quiero cancelarla, Nabiki Tendo! —anunció Kuno poniéndose de pie, avanzando hacia ella a grandes pasos. Se le puso enfrente y Nabiki fue consciente por primera vez de su altura y los centímetros que le llevaba, tanto que tenía que hacer la cabeza hacia arriba para lograr mirarlo a los ojos.
—Sé que no querrás hacer el ridículo —asintió Nabiki—, y no te preocupes, podré pensar en algo para que no quedes mal. Pero no puedo seguir con esto, Kuno, he intentado todo, pero simplemente la química entre nosotros no nace, y no quiero un matrimonio sin pasión. Puedo ser fría y calculadora para elegir marido, pero no quiero ser fría en la cama, soy una mujer pasional, aunque no lo parezca. Todas las mujeres de mi familia somos así —dijo levantando con orgullo el mentón.
—Entonces, como piensas que no has logrado conjurar la pasión entre nosotros con tus elementos de tortura, simplemente vas a abandonarme —resumió Kuno con altivez.
—Es de sabios saber cuándo rendirse —recitó Nabiki.
—¿Y vas a dejar a tu hombre en este estado sin hacer nada? —quiso saber Kuno dando un paso más cerca de ella, que tuvo que retroceder y quedó acorralada entre la mesa y el poderoso cuerpo de Tatewaki Kuno, que la urgía con su latente dureza.
Nabiki bajó la mirada, luego la levantó hacia sus ojos de nuevo, perpleja.
—No sé qué podría hacer —comentó—. Lo he intentado todo, pero yo…
—Oh, mi bella flor, sí que lo has intentado, y lo has conseguido —habló Kuno con melosidad—. Ahora deja que tu futuro esposo se encargue del resto y logre complacer tus salvajes fantasías.
—¿Salvajes? —Nabiki levantó una ceja.
Kuno se inclinó hacia ella, Nabiki creyó que la besaría, y con cierta expectativa esperó, pero Kuno solo se inclinó más, hasta tomar de la mesa la fusta. Sus ojos se encontraron de cerca con los de Nabiki y ella pudo leer allí la más espesa lujuria, que chocó contra el desafío en los ojos de ella.
—Mi dama no es mujer de lechos blandos y perfumados —recordó Kuno tomándole la mano con delicadeza y llevándola despacio al centro de la habitación—. Podemos probar diferentes lugares hasta encontrar el que se adecúe a tus gustos. Comencemos con el piso.
Se arrodilló y tiró de la mano de Nabiki para llevarla con él.
—¿De qué se trata esto, Kuno? —quiso saber Nabiki.
Él la empujó con delicadeza hasta ponerla de espaldas sobre la alfombra del suelo.
—Has estado enfocando muy mal tu energía, Nabiki Tendo —dijo Kuno de manera sensual mientras usaba la punta de la fusta para recorrer el cuerpo de Nabiki lentamente, desde el encaje del sostén hasta la puntilla que ribeteaba las bragas.
—Ah… ¿sí? —dijo Nabiki, que sintió que la piel se le ponía de gallina. Tembló con un poco de expectativa, mezclada con temor al tener a aquel hombre sobre ella, y comprendió que estaba a su merced.
—Claro —respondió Kuno dando suaves besos por el vientre femenino—. Se supone que la cama es el lugar para jugar y desatar los más profundos deseos que uno no es capaz de confesarse ni a sí mismo.
—¿Es así? —preguntó Nabiki, de pronto perdiendo completamente la noción de lo que estaba diciendo porque sentía extrañas palpitaciones por todo el cuerpo, que llegaban incluso a ser dolorosas en ciertas zonas.
—Tú eres siempre una mujer tan dominante, tan segura de ti misma —dijo Kuno apreciativamente.
Mordisqueó el borde de las bragas y Nabiki abrió los ojos de par en par, agitada, con la vista clavada en el techo al sentir que él tiraba, bajándole la ropa interior.
—Kuno…
—Me encanta que seas así, Nabiki Tendo, mi esposa debe ser una mujer que se sienta y se sepa mejor que todo el resto —dijo Kuno, que había soltado la prenda y ahora usaba las dos manos para deslizarla sin prisas por las caderas de Nabiki—. Pero no puedes llevar eso mismo a la cama.
—Yo… ¿no puedo? —preguntó Nabiki con voz temblorosa, sintiéndose desprotegida al percibir el aire más fresco entre sus piernas, que juntó por instinto, pues estaba desnuda ante un hombre por primera vez en su vida. Tragó saliva intentando ordenar las ideas y saber cómo habían llegado a eso, en qué momento los papeles habían cambiado y Kuno había tomado el control dejándola a ella temblorosa y expectante.
—Sería muy aburrido para ti dominar también el lecho conyugal, mi bella dama, debes dejar que yo te domine en este ámbito o nunca podrás satisfacer tus deseos —sentenció Kuno en un susurro, deslizando las manos por el piso bajo la espalda femenina.
Tanteó buscando el broche para abrir el sostén, lo encontró y quitó el seguro.
Los senos florecieron para él, libres al fin de la tela. Nabiki gimió estupefacta, nerviosa, intrigada por lo que ocurriría, curiosa, deseosa de más, fascinada por aquella nueva faceta que descubría en Kuno. Él se alejó un momento y Nabiki pestañeó, preguntándose si iba a dejarla así.
Estaba a punto de incorporarse para saber qué ocurría cuando sintió las manos masculinas tocando sus muslos para separar las piernas delicadamente. Ella se dejó hacer, con el corazón agitado al comprender que quería más, quería continuar. Lo quería todo.
—¿Qué… hacías? —murmuró Nabiki con la boca seca.
—Tomaba precauciones —respondió Kuno acariciándola con su voz de terciopelo, mostrándole el empaque del preservativo vacío, que lanzó lejos.
Se acomodó sobre ella entre sus piernas y Nabiki pudo sentirlo, a él, pero también sintió el deseo pinchando en ella por todos los rincones de su cuerpo ante la sola perspectiva de que Kuno la tomara, allí mismo, sobre el piso. ¿Tendría razón él? ¿Acaso ella solo quería dejarse llevar y, en aquel acto tan íntimo, por primera vez, no tener las riendas sino ser conducida por alguien más?
Con una escandalosa sorpresa, se dio cuenta de que tenía tantas ganas de que Kuno continuara que estaba a punto de moverse ella misma para lograr la unión, o incitarlo un poco más con sus caderas, o decir lo que fuera. Deseaba a Kuno en ella con urgencia, y no solo aquello, sino que estaba dispuesta a que le hiciera lo que él quisiera, a que le mostrara los secretos caminos del amor y la pasión, a que la dominara en aquel ámbito privado de todas las formas posibles.
—Kuno… —susurró casi jadeante, separando un poco más las piernas.
—¿Estás completamente segura? —preguntó Kuno con los labios apretados. Una gota de sudor resbaló de su rostro y cayó sobre ella, deslizándose luego por su escote; ella entendió que él se estaba controlando. Tatewaki Kuno dispuesto a esperar, a retener sus ansias, a actuar solo con consentimiento. Era tan extraño como excitante.
—…Sí —su respuesta casi fue un desmayo.
Sosteniendo su peso en un brazo doblado sobre el suelo, Kuno acarició con la yema de los dedos los labios de su prometida.
—Mi bella flor, perder la inocencia puede ser doloroso —le susurró—, aunque haré que valga la pena.
Nabiki asintió sin poder contenerse, empezando a contonearse, gritándole con todo el cuerpo que quería ser suya en aquel mismo instante.
—Quizá quieras morder esto —le dijo Kuno con una voz sensual poniéndole cerca de los labios el mango de la fusta.
Sorprendida, Nabiki parpadeó y abrió la boca para morder la vara.
Y, cerrando los ojos, hundió con fuerza los dientes en el cuero mientras su amante se hundía en ella con ansias.


Comentarios
Publicar un comentario
¿Qué te pareció?