Segunda parte

 



























Segunda parte





Los días continuaban siendo helados y grises. A veces una llovizna persistente y fría los sorprendía a mitad de la tarde y los obligaba a buscar refugio o improvisar un campamento más temprano de lo acostumbrado, a un lado del camino, en cuevas, o entre rocas escarpadas al pie de las montañas que atravesaban. En esos momentos, cada noche junto a la fogata tratando de encontrar calor, Akane sacaba de un lugar bien protegido de su equipaje la cajita de madera donde guardaba la marchita wisteria. Se quedaba largos momentos observándola en silencio, y Ranma aprovechaba esos momentos para observarla a ella. Le parecía que la chica se veía mucho más frágil en aquellos instantes, casi tan desamparada como la había visto cuando cayó en el agua helada del río; pero a la vez, cuando decidía que era suficiente y volvía sus recuerdos de nuevo a la cajita de madera, cerrándolos hasta una nueva parada, daba la impresión de volverse un poco más fuerte que antes. Era como si absorbiera la energía de esos recuerdos de los momentos felices y se hiciera más capaz para enfrentar a la Bruja. No es que Ranma fuera a permitir que ella lo hiciera, no pensaba dejarla arriesgar su vida así, además, no estaría a la altura: su técnica era buena, sin embargo le faltaba mucho entrenamiento para usar la espada de manera mortal. Y ese era el punto, ¿verdad?, matar a la Bruja. ¿Cómo pretendía lograrlo?

A veces, cuando estaban junto al fuego, o cuando andaban largas jornadas sin descanso, Akane le contaba pequeñas anécdotas de su vida, algunos retazos por aquí o por allá de lo que le habían contado que era la vida antes del invierno eterno. Por esas conversaciones Ranma supo que Soun Tendo les tenía otro destino preparado a sus hijas, ya que siendo joven había acordado con un entrañable amigo unir a las familias casando a una de ellas con el hijo de aquél. El matrimonio nunca se llevó a cabo porque el invierno llegó y nunca más se fue, las vidas de todos cambiaron, el padre de Akane jamás volvió a saber de su amigo. Sin embargo seguía confiando en que el arreglo se haría, y así su yerno perpetuaría el arte familiar de la espada. No había razón para que Akane o ninguna de sus hermanas fueran entrenadas en la técnica.

Ranma se preguntó si realmente aquél hombre creía que el matrimonio se realizaría al fin algún día o era solo un sueño que lo mantenía cada día con vida en ese mundo helado. Pero se guardó esta reflexión para él y no se lo dijo a su compañera de viaje.

Algunas otras veces tenían suerte y podían descansar del viaje en posadas, que eran un punto brillante de luz y calor en el largo camino. Allí podían cambiarse la ropa ya calada por la lluvia y regodear su espíritu con una cena caliente, dormir en una cama blanda y no sobre mantas para no tocar el suelo frío y duro; y también podían conversar con otra gente, algunos viajeros que hablaban sobre la gran tormenta que se aproximaba, donde nevaría como nunca lo habían visto desde que la Bruja de Corazón Helado lanzó su hechizo de frío. Otros, sin embargo, los que venían de más al este, los que conocían bien el mundo más allá del Gran Muro, decían que esa sería la gran tormenta antes del final, que la Bruja lanzaría todo su odio concentrado en aquel momento porque ya no tenía salida y su hechizo se debilitaba. En algunos lugares, decían, se empezaba a percibir el deshielo, un trozo de cielo celeste quería resplandecer por momentos entre las nubes oscuras de tormenta.

—Pero habrá nieve —terminó por sentenciar uno de los viajeros antes de beber largamente de su gran jarro.

—Y viento —agregó sombríamente la mujer que atendía las mesas en la posada.

«Cuidado si se encuentran la nieve y el viento» recordó Ranma, al mismo tiempo que otro de los comensales lo repetía en voz alta, esa misma frase o cualquier otra variante que en el fondo era lo mismo.

—Mañana habrá más lluvia —comentó la camarera, colocando platos sobre otra de las mesas.

En aquel lugar conversar sobre el clima entre desconocidos no solo era habitual para pasar el rato, sino que era un asunto de vital importancia. El clima estaba todo el tiempo en todas partes, era algo con lo que vivían, y Ranma se preguntó cómo sería un día cualquiera comentar qué hermosa mañana era, sin agregar nada más, sin que importara demasiado el color de las nubes, la temperatura, cómo soplaba el viento o la lluvia que había caído; solo eso, que fuera un saludo normal.

Miró a Akane, ella continuaba observando al hombre que había hablado sobre la gran tormenta, luego volteó a mirarlo. Quizá los dos pensaron lo mismo en ese momento: esa tormenta no existiría porque ellos matarían a la Bruja antes de que ocurriera.

—¿Crees que el hechizo se está debilitando? —preguntó Akane al otro día, mientras andaban por un camino ascendente lleno de rocas, subiendo despacio para cruzar entre las montañas.

—No, eso solo es la esperanza —comentó Ranma sin pensarlo demasiado—. Es casi una leyenda —agregó después—. Todos creen que vendrá un momento en que el frío desaparecerá por sí solo, porque el hechizo se hace débil, pero ¿has notado algún cambio? —Ranma sacudió la cabeza—. La realidad es que para que el frío acabe debemos hacer algo nosotros mismos, no ocurrirá solo, nada podemos conseguir sin luchar.

Akane continuó caminando detrás de él, pensativa.

—Pero creo en la esperanza —dijo después de un momento—, no es algo malo, es lo que puede mantenernos vivos. Lo vi en mi aldea, familias destruidas porque lo perdieron todo por culpa de la Bruja, porque su poder va más allá del invierno helado que nos envía. Cuentan que hay una maldición, los guerreros que no perecen en su castillo, devorados por las fauces de la bestia o calcinados por las llamas de su aliento asesino, vuelven solo para perder poco a poco a todos sus seres amados. He visto a hombres buenos y nobles tratar con descuido a sus amigos y sus hijos, ser tan poco cariñosos con sus esposas… era porque temían también perder lo poco que les había quedado. El poder y el odio de la Bruja hacia nosotros llega muy lejos. Destruye todo lo que amamos.

La espalda de Ranma se tensó y sintió la mochila como un peso que lo jalaba hacia el suelo. ¿Una maldición? Recordó el trato frío y distante de su padre casi desde que tenía memoria, la mirada nostálgica y casi perdida con la que lo descubría mirándolo por momentos, cómo en algunas noches percibía que entraba en su habitación para acomodarle las cobijas con un gesto protector, a pesar que él había dejado de ser un niño hacía tiempo. En esos momentos Ranma se quedaba inmóvil, casi deteniendo la respiración, observándolo a través de las pestañas, sin saber muy bien qué pensar, incrédulo de ver a su padre en aquella faceta que tan poco le conocía. La maldición. ¿Sería por eso? ¿Genma había temido también perderlo a él, lo único que le quedaba, y por eso lo había tratado con dureza, enseñándole el lenguaje de la espada y no el del amor fraternal?

«Yo conozco el verdadero dolor del hielo». Las palabras de su padre se le clavaban como dagas en el pecho.

—Por eso creo en la esperanza y sé que también es muy poderosa —seguía diciendo Akane, ajena a todos los sentimientos que atravesaban al muchacho que caminaba delante de ella—, incluso más poderosa que el hechizo de la Bruja. Por la esperanza esa gente aún vive, creyendo que un día vendrá algo mejor y el sol volverá a salir. Mi padre sigue viviendo con la esperanza de ver florecer la wisteria de nuevo un día.

Ranma se giró para mirarla, pero Akane no le prestaba atención en ese instante, si no que miraba el suelo y cuidadosamente dónde ponía los pies a cada paso. Ranma recordó en ese momento a su padre, apretujado en su abrigo, junto al fuego, mirando por la ventana la lluvia, o más allá de la lluvia. ¿Pensando en algo quizá? ¿Buscaría su propia esperanza de alguna manera? ¿Sería él su esperanza tal vez, su hijo, su descendencia, lo único que tenía en el mundo? Más que nunca, Ranma se prometió que mataría a la Bruja para deshacer el hechizo y poder traerles la paz a todos.

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Tres días más pasaron y por fin se aproximaron al Gran Muro. Era una construcción derruida, carcomida por los años, que habían construido los antiguos propietarios de esas tierras cuando el reino era próspero y debían proteger sus pertenencias de sus vecinos. Pero desde el comienzo del invierno eterno los pobladores se fueron alejando cada vez más de la región, dejando vacías las tierras. El frío se sentía con mucha más fuerza en aquella zona, los vientos helados golpeaban el rostro en todas direcciones cortando el aliento, era casi imposible cultivar o criar animales allí, apenas se sobrevivía, y si solamente por unas horas faltaba la leña para alimentar el fuego de la estufa se podía llegar a morir. No era extraño entonces que todos se fueran más al oeste, buscando tierras más cálidas, si es que eso era posible. Y allí había quedado solo la Bruja de Corazón Helado, ella rodeada de nieve y de hielo, ella sola en su castillo rodeada de frío, de su maldad y su odio.

Akane tuvo un escalofrío de pronto, no por el frío, sino más bien producto de una sensación de desasosiego al mirar a la distancia la enorme y oscura construcción del castillo, hecho de piedras, descoloridas y desgastadas, que contrastaban con el cielo gris y encapotado. La tenue llovizna empezó a caer una vez más mientras pasaban por un sitio casi completamente derruido del Gran Muro.

Akane miró a su izquierda, donde Ranma siempre iba a su lado. Era extraño cómo se había acostumbrado a su presencia en esos días, casi semanas, que habían pasado desde que había salido de casa. Se había acostumbrado a verlo en las mañanas mientras se daba vuelta en las mantas sin querer levantarse aún mientras ella ya estaba en pie. Todas las tardes, cuando la luz comenzaba a desaparecer, se afanaba haciendo una fogata, cocinando una cena rápida o repartiendo la comida que traían de las posadas. Si ella resbalaba apenas en algún camino escarpado la mano de él se estiraba de inmediato para que ella tuviera apoyo. Casi con miedo, Akane se dio cuenta de que se había acostumbrado a esa mano esperándola o sosteniéndola en todo momento, hasta transformar en un reflejo involuntario su brazo estirado para recibirlo.

Los recuerdos de su casa, de las mañanas limpiando; repasando una y otra vez los mismo libros en la pequeña biblioteca de su padre; intentando cocinar junto a su hermana mayor siempre con horrendos resultados; las tardes visitando el pueblo para aprovisionarse y lograr sobrevivir un día más en el invierno eterno, todo aquello le parecía tan lejano como si lo hubiera vivido otra persona en otra vida. Se le hacía demasiado natural viajar junto a Ranma Saotome por aquellos caminos por los que nunca se había atrevido a ir, hacia, quizá, una muerte segura. Sin embargo aquello no la atemorizaba. El invierno eterno afectaba a todos, de alguna u otra forma, tal vez a ella le había robado todo el sentido común, ¿cómo si no explicaba que una mañana cualquiera decidiera por fin de repente hacer su equipaje, tomar la espada de su padre y, dejando una carta para su hermana Kasumi, salir de casa sin volver la vista atrás ni una vez?

Estaba loca, pero no se arrepentía. ¿Quizá simplemente había llegado el momento de cumplir su destino? ¿Por qué aquel mismo día y a aquella misma hora, Ranma había cruzado el río congelado llegando justo a tiempo para salvarla de morir?

Mientras se acercaban lentamente a la entrada del castillo, Akane no podía dejar de pensar en aquello.

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Akane dio un paso intentando esquivar los grandes huesos esparcidos por el piso, pero de todas formas no pudo evitar pisar algunos, cortos y delgados, que se quebraron bajo su bota crujiendo. Ella hizo una mueca y abrió un poco más los ojos. Se estaba poniendo pálida, Ranma se dio cuenta mirándola de reojo, como siempre lo hacía, vigilándola. Muy pronto llegaría a su límite y él la mandaría a casa, ya había logrado mucho de todas formas, había llegado muy lejos, mucho más de lo que él había supuesto al principio, cuando la vio hundirse en la parte delgada del hielo en el río congelado, como una novata. Él lo haría por ella, mataría a la bestia y a la Bruja, libraría a todos del invierno eterno, incluso a su pueblo y su padre, y la wisteria volvería a crecer y florecería, Akane no debía preocuparse porque él lo haría por ella.

—Todo está demasiado silencioso… y vacío —comentó la muchacha.

Ranma pestañeó y volvió a la realidad, dándose cuenta que ella caminaba ya por delante de él, adentrándose cada vez más en la oscuridad del castillo.

—Será mejor que me esperes aquí —replicó él, alcanzándola en dos pasos.

—¿Eh? —Akane se giró completamente a mirarlo, su cabello ondeó a su espalda con el movimiento.

—Es muy peligroso, no sabemos qué hay ahí delante, tendrás que quedarte aquí.

—Es una broma, ¿cierto? ¿Crees que vine tan lejos para acobardarme al último minuto?

—No es momento para hacerse el héroe —refunfuñó Ranma.

—¡Eso mismo te digo! No volveré atrás, y no voy a quedarme a esperar. Además, si mueres allí tendré que seguir y acabar con la bestia yo misma, y luego con la Bruja.

—Oye… eso no es gracioso.

—No era un chiste.

Ranma cerró la boca de golpe y le sostuvo la mirada a la chica durante un largo momento. Después asintió.

—Bien, pero caminas detrás de mí —avisó.

—Te cuido las espaldas, como siempre —le sonrió Akane, y por un momento toda ella iluminó la habitación en penumbras con ese gesto tan simple y dulce. Y él estuvo perdido. No había forma de detenerla pasara lo que pasara. Pero sabían que bien valía la pena seguir adelante sin importar las consecuencias, porque buscaban la esperanza, y el precio a pagar quizá fuera alto.

No había guardias ni ninguna persona, supusieron que la Bruja no los necesitaba, que prefería estar allí encerrada sola con su maldad, como esas brujas malvadas de las historias, que solo tienen odio, odio y más odio dentro de ellas, y no tienen razón para hacer lo que hacen.

El castillo era una seguidilla de pasillos oscuros, paredes de piedra sin recubrir y grandes lozas grises tapizando el piso; las ventanas eran delgadas y estrechas, a una altura que hacía desconfiar que aún con el cielo muy despejado el sol lograra iluminar algo desde allí. No había muebles ni ningún adorno, sus pasos retumbaban por el suelo. Casi al pisar el vestíbulo escucharon los gruñidos.

Se acercaron despacio y vieron al animal. Era una bestia enorme, distinta a cualquier otra cosa que hubieran visto antes. La piel dura, ennegrecida y áspera; garras gigantescas y afiladas saliendo de las patas delanteras. Una cola larga con la que barría el piso lentamente, casi como si jugara.

Akane dio un paso atrás instintivamente, pero buscó la empuñadura de la espada, que colgaba como siempre de su equipaje, y de inmediato la desenvainó. El sonido del acero hizo brillar aún más los ojos de la bestia, que rugió de forma poderosa, casi hasta hacer temblar las paredes a su alrededor.

—Nunca vi una cosa semejante —comentó Akane en un hilo de voz.

—Al parecer las leyendas son reales —replicó Ranma asombrado—. Esto debe ser… un dragón.

—¿Dragón? —Akane lo miró con la frente arrugada a modo de incomprensión—. ¿Qué significa eso? Nunca escuché sobre esos animales.

—Lo que significa es que tendrás que cuidarte de su aliento o serás calcinada.

—¿Cómo?

Y la bestia inspiró por sus grandes fosas nasales dilatándolas y luego abrió las fauces todo lo que se lo permitía su anatomía, entonces pudieron sentir desde sus entrañas la brisa tibia y agradable, luego caliente, cada vez más caliente, hasta que Ranma se movió a tiempo para quitar a Akane de en medio, que observaba estupefacta aún el acontecimiento. Solo con un milímetro de diferencia de ellos el gran río de fuego salió de la boca de la bestia, dándoles el tiempo exacto de refugiarse entre las ruinas de las paredes.

—¿Qué…? ¿Qué fue eso? —preguntó Akane agitada, procurando agacharse lo suficiente para que la nueva fogonada no la tocara, ya que de nuevo el dragón estaba sobre ellos.

—Un dragón, te lo dije —afirmó Ranma muy seguro.

Se quitó la mochila y la arrojó lejos. Luego desenfundó a Nyannichuan y se puso de pie. La observó valeroso y gallardo desde su altura.

—Ocúltate y protégete bien.

Luego salió de la protección del muro manteniendo su espada baja, corriendo al encuentro de la bestia y asestándole un golpe en una de las patas cuando estuvo lo suficientemente cerca. Abrió un tajo y la sangre comenzó a caer, el dragón volvió a rugir y lanzar fuego, ahora hacia el muchacho, que lo esquivaba con agilidad y luego volvía al ataque. Lograba dañar cada vez a su oponente, pero ¿qué eran algunos cortes para una bestia de aquellas proporciones? ¿Y cuánto tiempo más podría Ranma esquivar los ataques y salvarse del fuego? No tardaría en agotarse y quedar al alcance del dragón.

—Ese idiota… —murmuró Akane para sí—. Ocultarme, por supuesto.

Se deshizo de su equipaje y lo arrojó lejos, junto con el de Ranma, respiró una y dos veces, luego se puso de pie. Entonces, sin pensar más que en el movimiento que tenía que hacer, con el corazón golpeándole en el pecho hasta llegar a doler y zumbándole en los oídos, se movió lo más rápido que pudo y batió la espada para dar un golpe a la otra pata del animal.

No llegó a herirlo, la piel de esa criatura era mucho más dura y resistente de lo que parecía, además su espada no era tan poderosa como la de su compañero, pero no se rindió, asestó otro golpe y otro, moviéndose en círculos alrededor de la pata sin perder la concentración.

Ranma hizo lo propio, sobre todo porque al verla correr hacia la bestia como si nada de forma tan tonta procuraba impedir el contraataque del animal y que se concentrara en él. Tomó impulso apoyándose en los muslos de la bestia y dando dos pasos saltó para golpear sobre el vientre, logrando abrir una herida que lo hizo aullar y mover la cola enloquecido con el dolor.

La cola barrió por el suelo y golpeó a Akane, que cayó al suelo y tuvo el momento justo para rodar a un lado y escapar del fuego que el dragón esparcía todo alrededor sin un rumbo fijo.

La chica gateó hasta protegerse tras un pedazo de muro para recuperar el aliento, sin embargo escuchó las fuertes pisadas del animal y luego agachó la cabeza por instinto. La cola del animal describió un arco encima de ella haciéndole ondear el cabello y rompiendo el muro a su paso. Akane escuchó otro grito de la bestia y sus pasos alejándose, al volverse a mirar supo que Ranma había vuelto a atacarlo. Su espada se había teñido de rojo y ahora el muchacho saltaba y daba una vuelta acrobática por el suelo para evitar la nueva exhalación de fuego. Corrió hasta perderse en uno de los recodos de lo que era una vieja galería, o lo que había quedado de ella.

El dragón aulló de nuevo y desesperado abrió la boca y miró al techo soltando una gran bola de fuego en señal de dolor. Akane aprovechó ese momento para correr junto a Ranma y agacharse a su lado tras la pared.

—¿Estás bien? —le preguntó preocupada.

—Sí, ¿y tú? —fue la réplica inmediata del muchacho. Después pareció recordar algo y se puso serio—. ¡Tonta! ¿Cómo vas a correr así hacia el dragón sin pensarlo?

—Solo hice lo que tú hiciste —se defendió ella—. Estoy luchando, intentando derrotarlo.

—Pero es completamente distinto. ¡No puedes correr sin tener un plan primero!

—¿Y tú lo tienes? ¿Cuál es el plan para derrotarlo? ¿O piensas atacarlo y saltar durante todo el día?

Ranma apretó los dientes y tomó aire. Luego lo exhaló intentando serenarse. Akane lo observó atentamente, la cara negra de hollín y húmeda por el sudor, la trenza un poco deshecha, pero sus ojos brillando atentos y concentrados. Lo respetó y lo admiró en aquel momento, enfrentado al peligro.

—Intento llegar a su cabeza —admitió finalmente el muchacho—. Su punto débil, o eso cuentan las historias, está justo aquí —agachó un poco la cabeza y se tocó con un dedo la base del cuello—. El fuego lo protege, nadie osaría ponerse frente a un dragón, se quemaría vivo. Pero su espalda es otra cuestión.

—Ah…

Akane desvió los ojos frunciendo el ceño, perdiendo su mirada por el piso, intentando calcular cómo se podría llegar hasta el cuello de ese monstruo.

—Hay que dejarlo herido y débil hasta poder darle le golpe final, por eso estoy…

Se interrumpió cuando percibieron el retumbar de los pasos de la bestia dirigiéndose a ellos. Los dos chicos se miraron a los ojos por un momento.

—¡A correr! —dijo Ranma.

Ambos salieron disparados en direcciones opuestas. La criatura dudó un momento girando la cabeza pesadamente hacia un lado y hacia el otro, y pareció decidirse al final por el más pequeño de esos dos humanos, que parecía insignificante y débil. Akane comprendió que iba a por ella y supo que debía atacar y escapar del fuego.

Se giró, se plantó con fuerza en el piso, dejando de correr, tomando por sorpresa al dragón que la observó con un rugido por algunos segundos antes de abrir las fauces y soltar fuego directamente hacia ella. Akane tomó carrera y cruzó entre sus patas, directamente hacia su cola. La pisó y se plantó en ella, el corazón le golpeaba el pecho con tal fuerza que creyó que en cualquier momento no lo toleraría más y moriría ahí mismo. Hacer aquello fue temerario y ahora estaba casi paralizada, temblaba un poco incluso. Su distracción fue demasiado larga y el dragón logró comprender su intención y sacudió la cola. Ranma volvió al ataque en aquel momento, aprovechando el momento para abrirle una herida profunda al costado del vientre.

El dragón aulló y agitó la cola con más fuerza, y Akane, que al principio pudo guardar el equilibrio y mantenerse en pie, fue lanzada lejos, su espada cayó y su cuerpo se deslizó por el piso algunos metros por la fuerza del impacto. Ella se quedó inmóvil tirada en el suelo.

Ranma respiró agitado y varias volutas de vapor salieron de su boca, recordándole el frío intenso que había en aquel castillo, pero que él ya no sentía, y mucho menos en aquel momento en que vio a Akane como una muñeca rota sobre las lozas del piso. El fuego de la furia corrió dentro de él y sintió el mismo calor que si las llamas de la bestia lo hubieran alcanzado. Tomando impulso con un grito dio un golpe horizontal con la espada para abrir otra herida y luego caer rodando sobre sí mismo. Cuando se levantaba, la cola del dragón se movía por el suelo delante de él y ni siquiera lo pensó, levantó a Nyannichuan y la bajó con fuerza cortando la punta de la cola. La sangre formó un charco en el piso y los gritos del animal resonaron por todas las paredes.

Akane se incorporó despacio y vio la sangre, al animal agitándose como enloquecido y, más allá, la figura de Ranma, erguida y poderosa, con la cabeza en alto y la punta de la espada rozando el suelo, dejando marcas rojas.

Después lo vio avanzar y arrodillarse a su lado.

—¿Estás bien? —preguntó con tranquilidad, pero Akane vio un fuego intenso brillando en el fondo de sus ojos, y solo pudo asentir en respuesta, abrumada.

La ayudó a levantarse y corrieron a tiempo, ocultándose del fuego tras unas paredes medio derrumbadas. Respiraron agitados, tratando de recobrar el aliento; la chica lo miró un momento y luego se decidió a hablar.

—Mientras lo distraes le daré le golpe final —dijo Akane muy segura.

Ranma abrió la boca con el rostro desencajado.

—¿Qué estás diciendo? ¿Crees que te dejaré enfrentarte a la bestia mientras solamente correteo por ahí?

—¿Entonces prefieres que yo sea la carnada desprotegida y luego el monstruo me caiga encima cuando acabes con él? —Akane lo miró con expresión altiva, el pálido rostro sucio de hollín, los ojos canela brillando de enfado. Luego cerró los ojos un momento y relajó los hombros un momento, y cuando volvió a mirarlo, lo hacía con dulzura—. Mira, Ranma, yo soy fuerte, y tú eres mucho más ágil, lograrás cansarlo y esquivar los ataques, mientras yo aprovecharé el momento para asestarle el golpe. Le destrozaré la base del cuello —habló con seguridad, y se tomó un tiempo para agregar—. Pero tendrás que prestarme a Nyannichuan, es más poderosa que mi espada y podré estar segura.

—¡No lo haré! No te dejaré arriesgarte así. Me enfrentaré al monstruo hasta dejarlo completamente exhausto y atontado, luego lo atacaré y podré liquidarlo.

—¡Por favor, Ranma! Soy una guerrera, te lo dije, hemos luchado codo a codo.

—No puedo permitir que te pase algo —aseguró el muchacho.

Akane no comprendió del todo el sentido de aquellas palabras, y creía que él simplemente no soportaba la idea de permitir que una mujer lo ayudara.

—No podrás hacerlo solo. ¿No te das cuenta?, ese fue el error de todos los demás que han venido aquí, quisieron hacerlo solos, querían la gloria. Pero se necesita más de uno para ganarle a la bestia; somos humanos y no podremos con ella a menos que trabajemos en equipo. Queremos librar a todos de este invierno eterno, ¿verdad? ¿Qué más importa?

Ranma suspiró y evocó por un momento su postura elegante, con el cabello suelto, proclamando «soy una guerrera»; la recordó jugando con la espada girando la muñeca, riendo; en las noches, junto a la fogata, sacando la cajita de madera, contemplando la wisteria marchita.

—¡Por Kami-sama, Ranma! ¿Qué más necesitas para darte cuenta de que es un buen plan y seré perfectamente capaz…?

Ranma la interrumpió tomándole las manos y poniendo entre ellas la empuñadura de Nyannichuan. Akane buscó su mirada de inmediato y la vio decidida y oscura, pero con un dejo de miedo… ¿por ella, quizá? ¿Eso le preocupaba?

—No hay tiempo —dijo Ranma apresurado y la empujó un poco, para después salir corriendo.

Akane cayó hacia atrás y rodó por instinto, con el tiempo justo para lograr escapar de otro ataque del dragón. Por un momento había llegado casi a olvidar su presencia, perdida en el rostro de Ranma y sus ojos.

Cuando se irguió de nuevo, buscó al muchacho por todo el amplio vestíbulo. La bestia chillaba y continuaba moviéndose inquieto, dejando por el suelo manchas de sangre. Ranma corría describiendo amplios círculos, girando a derecha e izquierda alternativamente, procurando que el animal lo siguiera, buscando atontarlo. El dragón rugía, chillaba de forma aguda, azotaba la cola por el piso.

En determinado momento Ranma aceleró y se dejó caer al suelo, deslizándose con fuerza, el brazo estirado para poder tomar el mango de la espada de Akane, y se levantó luego con la agilidad de un rayo cortando el cielo en la lejanía. Akane, atenta, apenas pudo ver el movimiento, pero lo tomó como una señal para actuar.

Se levantó y se movió por detrás de la criatura, intentando que no la percibiera; rogó porque el dragón estuviera lo suficientemente concentrado en Ranma como para desecharla a ella. Caminó rápido, sus botas, de gruesas suelas acolchadas, ahogaban sus pasos sobre las frías lozas. Aceleró el paso.

De pronto, Ranma se detuvo y giró para enfrentar a la bestia cara a cara. El animal meneó la cabeza a un lado y otro, desconcertado; Akane también quedó eclipsada por la figura del muchacho durante un momento, la trenza desordenada cayendo sobre un hombro, las piernas abiertas y bien plantadas, la espada grande y anticuada donde Akane podía vislumbrar apenas por entre los dedos de Ranma los tenues destellos de las piedras semipreciosas que adornaban la empuñadura. Durante un breve momento, que al mismo tiempo pareció durar una eternidad, Akane se concentró en su pecho subiendo y bajando por la respiración agitada; los gritos de la bestia hacían un eco en su cabeza mientras la chica lo observaba como algunos podrían llegar a haber visto a un personaje de leyenda en el momento de su batalla decisiva.

Sus ojos se encontraron y se comprendieron a la perfección, como si hubieran repasado el plan un millón de veces discutiendo cada detalle, aunque no era así.

Akane se impulsó, llenándose de valor un brevísimo momento; al mismo tiempo, casi como cuerpos coordinados a la perfección, Ranma se adelantó, corriendo hacia el dragón, que lo observaba aún como embrujado por su magnetismo.

La chica puso un pie en la cola del animal, intentando ser una pluma. No logró conseguirlo, pero quizá la parte cercenada del animal no permitía que él sintiera nada más que el dolor. Continuó escalando mientras el dragón rugía hacia Ranma, sin embargo, el muchacho no se detuvo en ningún momento. Se metió por entre las patas del animal, haciendo que este inclinara la cabeza para seguirlo con la mirada, desconcertado. El movimiento ayudó a Akane a llegar al punto exacto por la nuca del animal, y se plantó bien, apoyando los pies en la piel rugosa y dura de los flancos, sin embargo, allí detrás del cuello la piel cambiaba, transformándose en un verde claro, casi suave al tacto, donde había unas cicatrices que hicieron que Akane se detuviera por unos segundos. En ese instante comprendió que de allí debían nacer un par de apéndices que se extendían a cada lado del cuerpo, ¿alas quizá?, pero se los habían cortado, como se les cortan a las aves domésticas para que no abandonen la casa. ¿Eso había hecho la Bruja de Corazón Helado? Akane sintió una pena profunda, se dio cuenta que aquella bestia estaba encerrada en aquel salón desde muy pequeña, ¿cómo si no podría haber entrado después por las estrechas puertas del castillo?, y le cortaron las alas y le impidieron huir, condenado a crecer en aquel lugar. Comprendió que el animal era una víctima de la Bruja también, como lo eran ellos a causa de su hechizo de hielo, y estaban obligados a matarse los unos a los otros para tratar de vivir.

Las lágrimas asomaron a sus ojos y su determinado brazo estuvo a punto de flaquear, sin embargo, no había otra opción. Un grito de Ranma la devolvió a la realidad; no podía verlo, pero percibía el movimiento y el ruido, el dragón intentaba aplastarlo con sus patas y herirlo con sus garras, mientras el chico rodaba a un lado y a otro, se arrastraba por el suelo intentando escapar.

—¡Akane…! —gritó con premura, la voz ahogada.

El dragón pareció darse cuenta de lo que significaba aquel llamado y levantó la cabeza, en el momento exacto en que Akane le enterraba a Nyannichuan con todas sus fuerzas en aquella parte suave y verde de su cuello. El alarido fue estrepitoso y la sangre comenzó a manar descontrolada. Akane movió la espada para infligir más daño, susurrando «lo lamento, lo lamento».

El animal plantó sus cuatro patas en el piso, levantó la cabeza al techo y bramó exhalando una llamarada dolorosa. Akane se tambaleó, tomándose del mango de la espada que estaba bien asegurada en la carne para no caer.

En el suelo, Ranma se impulsó para abrirle un tajo enorme al animal en el vientre. La sangre lo salpicó, y al comprender que comenzaba a tambalearse, se alejó para no quedar aplastado por su peso. Las llamas de la criatura hacían sentir un verdadero horno lo que antes había sido un vestíbulo congelado. Akane, aún encima de la bestia, intentaba ahora liberar la espada, sin embargo sus manos enguantadas se resbalaban y ella apenas podía mantenerse en equilibrio por las sacudidas de la bestia. Entendió que tenía que dejarlo, así que se preparó para saltar.

En el mismo momento en que Akane saltaba, Ranma, a poca distancia, pudo ver cómo el animal cayó de lado abatido, no sin antes volver a abrir las fauces para lanzar más fuego. La estela fue directo hacia Akane, que caía en picada, con su cabello flotando al viento.

Ranma Saotome apenas vio cómo las llamas la tocaban. Sus ojos se volvieron también de fuego, dos ascuas encendidas de ira brillando en la penumbra del castillo. Le pareció que el tiempo se detenía mientras el cuerpo de Akane caía y él, dando un grito y girando para darle a su golpe más fuerza, arremetió y cercenó de un limpio corte la cabeza del dragón, que salió disparada lejos.

Respiró agitado, aún con su propio grito resonando en la cabeza.

La espada era totalmente roja a causa de la sangre.








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