りお en pixiv
Kuno estaba sentado en el piso, con las piernas cruzadas al igual que los brazos. Frente a él se enfriaba una taza de té colocada encima de una mesita baja. Su expresión era pétrea, los ojos cerrados, el rostro relajado, pero con un deje de arrogancia que en él era innato. Parecía dormido, aunque en realidad reflexionaba.
—El destino más cruel se ha personificado ante mis ojos —pensó en voz alta.
—Espero que no te refieras a mí —comentó Nabiki mirando una revista a su lado, acomodada también en el piso—. Por cierto, ¿qué rayos haces en mi casa, Kuno?
—¿Van a querer algunas galletas recién horneadas? —preguntó Kasumi apareciendo a su lado con un plato lleno de galletitas. Sonrió ampliamente.
Kuno no le prestó atención a ninguna de las dos, como si no estuvieran ahí o fueran simples criadas que lo atendían, así que Kasumi dejó las galletas y se fue, y Nabiki se puso a leer una nota en la revista sobre las tendencias de moda en esa temporada.
—¿Llegué a creer yo, Tatewaki Kuno, último descendiente de una estirpe guerrera y legendaria de samuráis, que terminarían mis sueños de esta manera? ¡Nunca! Y sin embargo, ¿es posible hacer algo para cambiar la situación en la que me encuentro?
Como Nabiki supuso que la pregunta no iba dirigida a ella, no le respondió, y se puso a comer una galleta. Hacía varios días que Kuno llegaba a la casa sin que nadie lo invitara, se sentaba en la sala a monologar sobre cosas que a nadie le interesaban y a las que nadie prestaba atención; no parecía dirigirse a nadie en particular. Kasumi se encargaba de servirle té y algún dulce, como hacía con cualquier visitante, por más loco que fuera. Después de un par de horas, Kuno se iba sin despedirse ni decir palabra. Nabiki suponía que sufría estrés postraumático por haberse enterado del matrimonio de Akane con Ranma.
—¿Será posible torcerle la mano al destino mismo y vencerlo? —continuó Kuno, sin abrir los ojos.
Nabiki masticó la galleta.
—Temo decir que… no —se respondió Kuno con desaliento—. ¡Oh, debo aceptar la cruel derrota!… mis sueños hechos trizas. Mi dulce Akane Tendo casada con un ser vil y pervertido, energúmeno sin clase ni medios. Akane, dulce Akane, ¿a qué vida te han condenado? Tu padre, el déspota carcelero, te ha entregado a las garras del más despiadado hechicero, el que además, apresa a mi chica de cabello de fuego. ¡Qué torpe he sido al no anticiparlo!, he fallado al no poder proteger las dos dulces llamas de mi amor. Cuando era tan solo un niño fui entrenado en las artes de la espada, se me enseñó…
Nabiki se levantó para ir al baño y volvió un rato después. Kuno seguía con su perorata.
—… siendo un hombre ya hecho y derecho, debo, a mi vez, afrontar mi destino. Deberé ser fuerte y aceptar el amor perdido, y que pronto alguien más tomará mi corazón en sus manos, elevándolo a un nuevo estado de felicidad y placer. ¿Habrá mujer mejor que mi dulce Akane, o que mi chica de la trenza, la de cabellos de fuego? ¿Existirá algo mejor que ellas dos juntas, bendita cúspide de éxtasis? Quizá podría encontrarla en el lugar más inesperado.
—Oh, por fin se está declarando y pidiéndote matrimonio, Nabiki —comentó Kasumi, que justamente pasaba por allí con un montón de sábanas dobladas y listas para ser guardadas.
Nabiki, que se estaba sonando la nariz, se quedó estupefacta.
—¿Qué?
—Tantos días viniendo a cortejarte, qué romántico —sonrió Kasumi y subió la escalera.
Nabiki, práctica ante todo, se giró hacia Kuno.
—¿Te estás declarando? —preguntó sin más.
—Mi corazón parece empezar a arder con una llama renovada, pequeña y humilde, es menester alimentar este fuego —dijo Kuno como en clave.
—Con que una llama, ¿eh? —Nabiki hizo algunas cuentas mentales muy rápidas—. Habrá un acuerdo prematrimonial, la mitad de lo tuyo será mío, o no habrá trato.
Kuno hizo un movimiento inconsciente, como si una flecha le hubiera dado en el hombro, y su mueca estuvo a juego.
—El camino hacia la dicha es escarpado y peligroso —dijo.
—Supongo que eso es un sí —replicó Nabiki, y siguió mirando su revista—. Necesito al menos dos meses para organizar la boda y la fiesta como es debido, por supuesto no escatimaré en gastos, querido. Será mejor que me dejes tus tarjetas de crédito.
—Muy escarpado y peligroso —repitió el muchacho.
—Oh, ni te lo imaginas, cariñito —dijo Nabiki y se comió otra galleta.


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